Capítulo XXI Demasiado tarde
Dalia Tellería no había esperado.
Alicia lo supo antes de verla. Lo supo por el mensaje, por esas dos palabras que no pedían disculpas y tampoco presumían de valentía.
Demasiado tarde.
La encontró en el archivo municipal, no en la redacción ni en la cafetería de la hemeroteca.
Dalia había elegido un lugar con demasiadas estanterías, demasiados pasillos y demasiado silencio para una conversación que ya venía torcida.
En la planta baja, una funcionaria sellaba documentos detrás de un mostrador.
En la sala de consulta, dos opositores copiaban apuntes con los auriculares puestos.
Nadie habría dicho que una investigación de homicidios acababa de entrar allí con el abrigo mojado y mala cara.
Víctor caminaba medio paso detrás de Alicia.
—Esto es muy de periodista —murmuró.
—¿Qué cosa?
—Citar a la policía en un archivo después de hacer exactamente lo contrario de lo que la policía le pidió.
—No la provoques.
—No pensaba empezar yo.
Dalia estaba sentada al fondo, junto a una mesa larga de madera clara.
Tenía el portátil cerrado, una libreta abierta y una memoria USB dentro de una bolsa transparente de farmacia.
El detalle de la bolsa irritó a Alicia más de lo razonable.
Como si envolver una imprudencia en plástico la convirtiera en procedimiento.
Dalia levantó la vista cuando los vio.
—Antes de que empieces: no quedé sola.
Alicia se sentó frente a ella.
—Empiezas mal.
—Había gente alrededor.
—Eso no significa no estar sola.
Víctor se quedó de pie.
—Voy a intentar ser el simpático. ¿De quién es el USB?
Dalia miró la bolsa.
—De mi fuente.
—Nombre.
—No.
Alicia apoyó las manos sobre la mesa. No levantó la voz. En una sala de archivo, levantar la voz habría parecido menos amenazante que hablar bajo.
—Dalia.
—No.
—Ya no estamos hablando de proteger una fuente sobre un contrato municipal. Estamos hablando de muertes.
—Precisamente.
—No uses esa palabra como escudo.
Dalia bajó la vista a la libreta. Había escrito tres líneas y las había tachado con demasiada fuerza.
—No sé si la fuente está asustada, manipulándome o las dos cosas. Si doy el nombre ahora y resulta ser alguien usado por otra persona, la quemo antes de saber para quién trabaja. Si no lo doy, os bloqueo una línea. Lo sé.
—Y aun así aceptaste el USB.
—Sí.
La respuesta fue tan seca que Víctor no pudo meter un comentario.
Alicia miró la bolsa.
—¿Lo abriste?
—No.
—¿Lo copiaste?
—No.
—¿Lo conectaste a algo?
—No soy idiota.
—Eso no contesta a si fuiste prudente.
Dalia aceptó el golpe sin moverse.
—No fui prudente. Fui tarde.
La frase no era buena. Era verdad, que era peor.
Alicia respiró despacio.
—Cuéntalo desde el principio.
Dalia cerró la libreta.
—Me escribió hace tres días, después del primer artículo.
Decía que la lista estaba mal, pero que el error no anulaba el patrón.
Al principio pensé que era otro lector con una teoría.
Luego usó términos que no estaban en mis piezas: intervención selectiva, baja persistencia, llave celular.
Ayer, después de que te escribiera, insistió en verme.
Dijo que si esperaba, alguien borraría material.
—¿Quién?
—No lo dijo.
—¿Dónde quedasteis?
—Aquí. En la sala de consulta. A plena vista.
—Descripción.
—Mujer. Treinta y pocos. Pelo claro, gafas, abrigo azul. Nerviosa, pero no histérica. Hablaba como alguien de laboratorio intentando no hablar como alguien de laboratorio.
Víctor abrió la boca.
Alicia lo miró.
La cerró.
—¿Dijo haber trabajado con Montoya-Prado?
—No directamente.
—Dalia.
—Dijo: “yo estuve allí cuando esto todavía tenía otro nombre”.
La frase cayó entre las carpetas del archivo y se quedó allí, demasiado literaria para ser segura.
—¿Qué nombre? —preguntó Alicia.
—No lo dijo.
—¿Y tú no preguntaste?
—Pregunté. Se levantó.
—¿La dejaste ir?
—No la podía retener.
—Podías llamarnos.
Dalia miró la bolsa transparente.
—Lo sé.
Esa admisión empezó a molestar a Alicia de otra forma. Era más fácil enfrentarse a una Dalia desafiante que a una Dalia consciente de haber hecho mal y aun así convencida de que no podía haber hecho otra cosa.
Víctor se sentó por fin.
—¿Qué se supone que hay ahí?
—Correos internos. Borradores de memorias. Comentarios de revisión ética. Algo sobre una discrepancia dentro del grupo. Y una tabla de términos que, según ella, no aparece en las memorias públicas.
—¿Correos de Pilar?
Dalia tardó un segundo.
—Algunos.
Alicia cogió la bolsa por una esquina.
—Esto se entrega a informática forense. No lo abrimos aquí. No lo abre tu periódico. No lo abre nadie sin cadena de custodia.
—Lo traje por eso.
—Lo trajiste porque ya lo tenías.
Dalia no contestó.
Alicia se levantó.
—Vienes con nosotros.
—No puedo.
—No era una invitación.
Dalia señaló el portátil cerrado.
—Mi fuente dijo que si no recibía un mensaje mío antes de una hora, asumiría que la había entregado.
Víctor dejó escapar aire por la nariz.
—Eso suena a trampa barata.
—Sí.
—¿Y aun así?
—Y aun así quizá sea una persona asustada.
Alicia miró el reloj.
Quedaban treinta y siete minutos.
El mundo, pensó, tenía una habilidad indecente para convertir cualquier decisión ética en un problema de agenda.
—Escribe —dijo—. Dile que has leído el material, que no entiendes suficiente y que necesitas tiempo.
—Mentira.
—Sí.
—¿Así de fácil?
—No tiene nada de fácil. Es una mentira para ganar tiempo a una fuente que quizá te está usando. Bienvenida a nuestro lado de la mesa.
Dalia sostuvo su mirada.
Luego sacó el móvil.
Escribió despacio.
Alicia no miró la pantalla. Víctor sí, hasta que ella le golpeó el tobillo con el zapato.
—Enviado —dijo Dalia.
—¿Respuesta?
—Nada.
—Vamos.
La unidad de informática de la comisaría tenía menos aspecto de película que de habitación cansada.
Ordenadores, cables, monitores, un ventilador que no debería seguir vivo y una planta de plástico cubierta de polvo.
El técnico que recibió la memoria se llamaba Prieto y llevaba una sudadera con el logotipo de un torneo de ajedrez.
Miró la bolsa como si le hubieran traído una granada envuelta en papel de regalo.
—¿Procedencia?
—Fuente periodística —dijo Alicia.
Prieto miró a Dalia.
—Eso no es una procedencia. Es un dolor de cabeza.
—Lo sé —respondió ella.
—Bien. Me gusta que el dolor de cabeza venga informado.
No conectó el USB a ningún equipo de red. Preparó un portátil aislado, hizo fotografías, registró la hora, abrió un formulario y empezó a trabajar con una lentitud que a Víctor le pareció provocadora hasta que Alicia le recordó con una mirada que la lentitud, allí, era una forma de seguir vivos.
Salcedo apareció a los veinte minutos.
No gritó.
Eso fue mala señal.
—¿Qué tenemos?
—Una memoria entregada a Dalia por una fuente no identificada —dijo Alicia—. Posibles correos internos del grupo de investigación antiguo. Sin validar.
Salcedo miró a Dalia.
—Usted y yo vamos a desarrollar una relación pésima.
—Ya veníamos trabajando en ello.
Víctor miró al techo.
Alicia no supo si para no reírse o para rezar.
Salcedo se acercó a la mesa de Prieto.
—¿Riesgo?
—Informático, manejable si nadie se pone creativo. Probatorio, enorme. Documental, veremos. Personal, no es mi departamento.
—Todo es su departamento hasta que deja de serlo —dijo Salcedo.
Prieto lo ignoró con la serenidad de los técnicos que saben que un mando no entiende la máquina que están usando.
El primer listado de archivos apareció en la pantalla aislada media hora después.
Carpetas con nombres secos:
Memorias_2017_2019 .
Comite_Etica .
Correos_revision .
Vector_baja_persistencia .
Tabla_lenguaje .
Financiacion_anexos .
Alicia leyó el último nombre de carpeta, pero no dijo nada. La financiación no debía distraerlos todavía.
Delbran volvió a aparecer más tarde, dentro de un anexo de convenios, como había aparecido antes en la carpeta de Dalia: una aportación privada menor, una memoria pública, una firma administrativa al margen de una línea que otros habían ejecutado.
No era una prueba contra Pilar Montoya-Prado. No decía quién había matado a nadie. Solo indicaba que alguien, en algún momento, había considerado aquella investigación lo bastante transferible como para dejar constancia de un interés.
Prieto levantó una mano.
—Antes de que nadie se emocione: los nombres de carpeta pueden escribirse ayer. Necesito metadatos, coherencia interna, cabeceras, trazas, versiones. Esto no es prueba de nada.
—Abra tabla_lenguaje —dijo Alicia.
Prieto la miró.
—¿Ha oído lo que acabo de decir?
—Sí. Ábrala.
El archivo era una hoja de cálculo. Tenía columnas de término, uso interno, uso público recomendado, riesgo comunicativo y observaciones.
Víctor se acercó.
—Esto sí que da mal rollo.
Salcedo leyó en silencio.
Algunas filas eran inocuas, casi administrativas.
Modulación conductual → intervención preventiva .
Agresividad masculina → respuesta reactiva de amenaza .
Sujetos XY → poblaciones biológicamente estratificadas .
Vector → plataforma de intervención de baja persistencia .
Y luego, hacia la mitad, una fila subrayada en amarillo pálido:
Llave celular → condición intracelular de activación selectiva .
Nadie habló.
Dalia cerró los ojos un segundo.
No parecía satisfecha.
Parecía peor.
Alicia sintió que la metáfora del capítulo anterior se le volvía contra las manos. Entrada común. Activación selectiva. Llave celular. Demasiadas coincidencias empezaban a sonar como alguien eligiendo el mismo idioma desde distintos sitios.
—Prieto —dijo—. Fecha probable.
—No todavía.
—A ojo.
—A ojo se arruinan carreras.
—A ojo operativo.
El técnico suspiró.
—Hay marcas internas que apuntan a documentos antiguos. Dos mil diecinueve. Dos mil veinte. Pero eso puede falsificarse. No lo pongan en un informe hasta que me dejen odiarlo con calma.
Salcedo señaló otra carpeta.
—Correos.