Capítulo XX La llave interior #2
—Entonces seguimos callados.
—Seguimos precisos —dijo Alicia.
—Eso es una forma más bonita de decir callados.
—A veces sí.
La pantalla de Néstor parpadeó un segundo. Cuando volvió, él estaba revisando algo fuera de cámara.
—Hay otra cosa —dijo.
Cardoso cerró los ojos.
—Siempre hay otra cosa.
—Javier. El material inicial que me han dejado ver no muestra nada concluyente, pero hay una pequeña señal en una fracción de muestra que no me gusta.
La sala cambió.
No mucho. Lo suficiente.
Alicia dejó el bolígrafo.
—¿Qué señal?
—No quiero sobreactuarlo. Puede ser contaminación, degradación, ruido técnico, una lectura mala. Pero hay fragmentos de ARN que no encajan limpiamente con humano ni con los virus comunes del panel. Muy pocos. Demasiado pocos. Y en una muestra complicada.
Pilar se enderezó.
—¿Por qué no me lo has mandado?
—Porque quería mirarlo dos veces antes de que me gritaras.
—Te gritaré igual.
—Lo sé, pero con más contexto.
Cardoso se acercó a la pantalla.
—¿Puede ser artefacto?
—Sí.
—¿Puede ser algo?
—También.
—Eso no ayuda.
—Es biología molecular, Félix. La mitad del trabajo consiste en no enamorarse de basura con buen aspecto.
Pilar ya estaba abriendo su portátil.
—Mándamelo ahora.
—Ya está enviado.
Víctor susurró:
—Esta gente discute como si se pasara droga en conferencias.
Alicia apenas lo oyó.
—Si no es artefacto —dijo—, ¿qué sería?
Néstor miró a la cámara.
—Un rastro. No una identificación. No una prueba de agente. No una causa. Un rastro de algo que merece que no gastemos la muestra alegremente.
Pilar leyó en silencio en su portátil. Por primera vez desde que la conocían, Alicia tuvo la impresión de que su cara cambiaba antes de que pudiera impedirlo. No fue miedo. Tampoco sorpresa. Fue reconocimiento, o algo lo bastante parecido para que Alicia lo registrara.
Duró menos de un segundo.
Luego Pilar volvió a ser Pilar.
—Esto no basta para nada —dijo.
—Nadie ha dicho que baste —respondió Néstor.
—Hay que repetir extracción, validar, comparar con blanco, descartar contaminación ambiental, revisar índices de calidad, mirar si aparece en otra muestra.
—Sí.
—Y no enseñar esto fuera de esta sala.
Alicia la observó.
—Eso ya lo ha dicho varias veces.
Pilar levantó la vista del portátil.
—Porque ustedes trabajan con personas que convierten fragmentos en titulares.
—También trabajamos con personas que convierten fragmentos en hipótesis.
La frase salió antes de que Alicia decidiera si convenía decirla.
Pilar sostuvo su mirada.
—Eso es mi trabajo.
—El nuestro es saber cuándo una hipótesis empieza a parecerse demasiado a alguien que ya la conocía.
El silencio posterior fue pequeño, pero real.
Elena miró a Alicia, no como reproche, sino como advertencia. Demasiado pronto, parecía decir. O quizá: cuidado con desearlo.
Cardoso intervino.
—No vamos a convertir esto en sospecha personal. Todavía. Néstor, manda el paquete completo a Pilar y a mí. Pilar, revisión técnica sin interpretación expansiva. Elena, necesitamos que sigas blindando la parte de Lucía. Alicia, Víctor, ustedes no han oído la palabra ARN fuera de esta sala.
—La he oído demasiadas veces para olvidarla —dijo Víctor.
—Entonces finja mejor.
Salcedo se separó de la pared.
—¿Orduña?
Todos lo miraron.
Salcedo no se defendió.
—Va a preguntar. Y esta vez tendrá razón en preguntar.
Alicia pensó en la videollamada del día anterior, en Orduña diciendo que una filtración sería morbo, ruido ideológico, violencia contra la memoria de una víctima y destrucción de la investigación. Había tenido razón. Eso lo hacía más incómodo, no menos.
—Dígale que hay una línea técnica de análisis sobre muestras de Javier, sin resultado concluyente —dijo Alicia—. Nada más.
—¿Y si pide más?
—Que lo pida por escrito.
Salcedo casi sonrió.
—Eso sí es lenguaje de Orduña.
La reunión terminó sin terminar. Nadie cerró realmente nada.
Néstor siguió conectado con Pilar por otra llamada.
Elena se marchó al hospital. Cardoso se quedó revisando formularios de custodia de muestras como si el orden de los papeles pudiera impedir que la realidad se desbordara.
Salcedo salió para hacer una llamada que nadie quería escuchar.
Alicia y Víctor bajaron a la cafetería del Instituto.
No había mesa libre. Se quedaron junto a la ventana, con dos cafés que no necesitaban. Desde allí se veía el patio interior, los cristales del hospital y un rectángulo de cielo gris entre edificios.
—¿La has visto? —preguntó Víctor.
—Sí.
—¿A Pilar?
—Sí.
—Eso no ha sido normal.
Alicia bebió café.
—No sé qué ha sido.
—Reconoció algo.
—O creyó reconocerlo. O le molestó que Néstor lo dijera antes que ella. O estaba calculando si el dato era basura. O estamos haciendo justo lo que Cardoso nos dijo que no hiciéramos.
—Enamorarnos de una señal.
—Sí.
Víctor miró hacia el patio.
—Pero hay señal.
Alicia no respondió.
No porque no lo creyera. Porque decirlo convertía el rastro en algo con más forma de la que tenía.
El móvil vibró en su bolsillo.
Dalia.
Mi fuente insiste. Dice que los correos internos hablan de “llave celular” y “respuesta selectiva”. No me gusta nada esto.
Alicia leyó el mensaje una vez.
Luego otra.
No contestó enseguida.
Víctor leyó por encima y dejó escapar un suspiro.
—Llave celular.
La metáfora acababa de llegar desde otro sitio.
Eso podía significar que Dalia tenía una fuente real.
O que alguien conocía el lenguaje que ellos acababan de empezar a usar y estaba empujándolos por una pendiente.
Alicia escribió:
No aceptes archivos. No quedes con nadie. Espera.
La respuesta llegó casi al instante.
Demasiado tarde.
Alicia cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, la Y seguía en su cabeza, pequeña, escrita al margen de todos los nombres.
Ya no era solo una letra.
Era una condición posible.