Capítulo XX La llave interior
La letra Y estuvo dos horas en la pizarra antes de que nadie se atreviera a rodearla con un círculo. No faltaban rotuladores. Faltaba derecho.
Alicia la miró desde el extremo de la sala con los brazos cruzados. Era una letra pequeña, escrita casi al margen de los nombres, como si todavía pidiera permiso para pertenecer a la investigación: Daniel, Javier, Diego, León, Hugo, Samir, Lucía.
Podía ser estadística, coincidencia o una forma nueva de equivocarse.
Cardoso entró con una carpeta bajo el brazo y dos vasos de café. Uno se lo dio a Alicia. El otro lo dejó sobre la mesa, sin beber.
—No la mire tanto —dijo.
—¿La letra?
—La tentación.
—Es una letra.
—La mayoría de las tentaciones empiezan con algo manejable.
Víctor llegó detrás, con el abrigo abierto y el móvil en la mano.
—Javier sigue estable. Ledesma dice que preguntó si ya podía irse a casa y que eso, en Cardiología, suele considerarse signo de recuperación o de absoluta falta de conciencia del peligro.
—¿Resultados nuevos?
—Analítica general, marcadores cardíacos bajando, inflamación leve, nada espectacular. Pilar está pidiendo más muestra como si coleccionara sangre ajena.
—Pilar no colecciona —dijo Cardoso—. Administra escasez.
—Qué bonito. Se lo pondré en una taza.
Alicia bebió café. Estaba frío y amargo. Le pareció apropiado.
—¿Dónde está Elena?
—En camino —dijo Cardoso—. Y Pilar también. He pedido además a Néstor Ayala que se conecte.
Víctor levantó una ceja.
—¿Quién es Néstor Ayala?
—Biólogo molecular. Bioinformática clínica. De esos que miran archivos enormes y encuentran una letra fuera de sitio.
—Hoy va de letras.
—Desgraciadamente.
La reunión no se hizo en el despacho de Cardoso, sino en una sala pequeña del Instituto con pantalla, pizarra y una mesa demasiado grande para el número de personas que iban a sentarse alrededor.
Elena Satrústegui llegó con una carpeta delgada y una expresión que dejaba claro que no venía a permitir entusiasmos.
Pilar Montoya-Prado apareció cinco minutos después, con el portátil bajo el brazo, el pelo recogido de cualquier manera y el cansancio concentrado de quien ya había empezado a trabajar antes de que los demás supieran qué preguntar.
En la pantalla apareció Néstor Ayala, desde algún despacho sin ventanas visibles.
Tendría unos cuarenta años, barba breve, auriculares grandes y una camiseta negra bajo una bata que parecía más simbólica que necesaria.
Detrás de él se veían estanterías, una impresora y una pizarra llena de abreviaturas.
—¿Me oís? —preguntó.
—Por desgracia, sí —dijo Cardoso.
—Entonces también me alegro de verte, Félix.
Víctor se inclinó hacia Alicia.
—¿Cardoso se pelea con todo el mundo útil?
—Parece su forma de hacer red.
Pilar abrió el portátil sin sentarse del todo.
—Antes de hablar de mecanismos, conviene decir lo obvio: el cromosoma Y no mata a nadie.
Elena asintió.
—Gracias.
—Tampoco convierte a nadie en una categoría simple —añadió Pilar—. Si empezamos por ahí, quizá no estropeemos todo en los primeros cinco minutos.
Alicia se sentó.
—Empiece por ahí entonces.
Pilar proyectó una diapositiva improvisada. No tenía logos ni colores. Solo tres líneas.
Sexo registral / fenotipo / cromosomas: no equivalentes absolutos.
Y como marcador posible, no como explicación.
Buscar mecanismo antes que relato.
Víctor miró la pantalla.
—Eso último debería estar en la entrada de comisaría.
—No les haría caso nadie —dijo Cardoso.
Pilar continuó:
—Lucía cambia la lectura porque nos obliga a separar “hombre” de “presencia de cromosoma Y”. Eso no significa que la Y sea la causa. Significa que la categoría social no basta para una pregunta celular. Todavía no sabemos cuál.
—¿Qué posibilidades hay? —preguntó Salcedo, que acababa de entrar y se quedó de pie junto a la puerta.
Nadie se sorprendió. Salcedo tenía esa habilidad de los mandos: aparecer justo cuando ya no era posible fingir que la conversación no le incumbía.
Pilar lo miró un segundo y siguió.
—Hormonal, improbable como explicación única por Lucía.
Genética directa, muy amplia y por ahora demasiado vaga.
Inmunológica, posible pero sin datos suficientes.
Celular, quizá. Y luego está la posibilidad más incómoda: que la Y no sea el origen del problema, sino la condición que permite que otro agente produzca efecto.
Alicia notó que Víctor dejaba de moverse.
—Otro agente —dijo ella.
—Agente externo, molécula, vector, exposición biológica, algo que todavía no hemos demostrado que exista. No le pongamos nombre antes de verlo.
Néstor Ayala levantó una mano desde la pantalla.
—Si puedo meterme antes de que la palabra vector incendie la sala.
—Adelante —dijo Cardoso.
—Yo miraría esto como un problema de dependencia. En biología, una cosa puede entrar por una puerta común y, sin embargo, funcionar solo si dentro encuentra una herramienta concreta. La entrada no tiene por qué ser selectiva. La ejecución sí.
Víctor miró la pantalla.
—Eso sí necesito que lo traduzcan.
Néstor apoyó los codos sobre la mesa, fuera de cámara.
—Imagine que un mensaje llega a muchas casas —dijo Néstor—. La entrada puede ser común. La activación, no. Solo algunas células tendrían la condición interna necesaria para procesarlo.
—¿Esa condición sería la Y?
—Una proteína codificada por un gen del cromosoma Y, por ejemplo. O una consecuencia celular de esa proteína. No la letra entera. Una herramienta concreta dentro de la célula.
Alicia miró a Pilar.
—¿Eso puede afectar al corazón?
Pilar tardó en contestar.
—En teoría, si la célula donde ocurre está implicada en tejido cardíaco, sistema de conducción, respuesta autonómica o señalización inflamatoria. Pero insisto: estamos describiendo un tipo de lógica, no un hallazgo.
Elena intervino:
—Y conviene recordar que Lucía, con probable síndrome de Swyer, no tendría una exposición hormonal masculina típica. Si encaja en el patrón, la hipótesis no debería depender solo de testosterona. Eso estrecha y complica.
—Pero también limpia —dijo Cardoso.
—Limpia de manera peligrosa —respondió Elena—. Las hipótesis limpias seducen demasiado.
Alicia escribió una frase en la libreta:
Entrada común. Activación selectiva.
No sabía si era una explicación o una forma poética de seguir perdidos.
Pilar vio la anotación.
—No se quede con la metáfora.
—Es lo único que entiendo por ahora.
—Entonces úsela solo hasta que pueda tirarla.
Néstor cambió la pantalla compartida. Apareció una tabla con nombres de genes, funciones resumidas y comentarios que Alicia no intentó leer completos.
Entre las siglas vio varias que empezaban por DDX, otras por UTY, ZFY, TSPY.
Todo parecía un idioma donde las palabras habían renunciado a ser pronunciables.
—No voy a dar una clase de cromosoma Y —dijo Néstor—.
Tampoco sería útil. Pero hay genes en la Y que producen proteínas con funciones celulares reales: regulación de expresión, procesamiento de ARN, traducción, modificación de cromatina, proliferación, cosas así.
Muchas no son exclusivas del corazón. Algunas tienen homólogos en el cromosoma X.
Otras tienen expresión variable. Casi nada es tan simple como “está en Y, luego afecta solo a hombres”.
—Gracias —dijo Elena.
—Lo digo por mí también. Si simplifico demasiado, luego me odio al revisar la grabación.
Víctor señaló una sigla de la pantalla.
—DDX3Y. Eso parece contraseña de wifi.
Néstor sonrió.
—Es una helicasa de ARN codificada en el cromosoma Y. Dicho de forma muy vulgar: una proteína que participa en procesos relacionados con el manejo del ARN dentro de la célula. Tiene un pariente en el cromosoma X, DDX3X, que hace muchas cosas parecidas, pero no idénticas en todos los contextos.
Pilar miró a Néstor.
—No la conviertas en protagonista.
—No lo estoy haciendo. La pongo como ejemplo de llave plausible en abstracto, no como candidata del caso.
Alicia levantó la vista.
—¿Por qué es plausible?
Néstor dudó un instante.
No por ignorancia. Por prudencia.
—Porque si uno imagina un agente que depende de procesamiento de ARN, una proteína de ese tipo podría importar.
Pero eso es una frase demasiado grande para los datos que tenemos.
Podría ser DDX3Y, otra proteína relacionada, un factor regulador, o nada de eso.
No me gustaría que dentro de dos capítulos alguien dijera “buscamos DDX3Y” como si fuera una matrícula.
—No hay capítulos aquí —dijo Salcedo.
Víctor lo miró.
—En esta investigación, a veces parece que sí.
Alicia no apartó la mirada de la pantalla.
—¿Podemos buscar si algo interactúa con una proteína así?
Pilar contestó antes que Néstor:
—No directamente con lo que tenemos. Podemos buscar señales indirectas.
Material genético extraño en muestras de Javier.
Patrones de respuesta celular. Alteraciones compatibles con un agente no detectado por paneles rutinarios.
Pero no se puede pedir una prueba mágica que diga “era esta proteína y no otra”.
Néstor asintió.
—Y necesitamos comparadores. Javier vivo, Lucía si queda muestra, quizá Daniel. Controles adecuados. Si no, cualquier ruido parecerá una señal.
Cardoso miró a Alicia.
—Esto significa semanas.
—No tenemos semanas.
—Las muertes tampoco pidieron cita.
Salcedo golpeó la mesa con los nudillos, una vez, sin violencia.
—Necesito saber si hay riesgo actual.
Elena le respondió con calma:
—No lo sabemos.
—Esa respuesta empieza a ser institucionalmente inútil.
—La utilidad institucional no cambia la biología.
Pilar añadió:
—Lo único nuevo es que el riesgo, si existe, podría no distribuirse de forma general en la población. Pero decir eso en público sería una irresponsabilidad enorme.
—Porque señalaría a media ciudad masculina —dijo Víctor.
—Porque señalaría mal —corrigió Elena—. Porque excluiría mal. Porque convertiría a Lucía en munición para gente que no entiende ni quiere entender. Y porque no sabemos si hay un agente activo, una exposición pasada o una coincidencia biológica dentro de una lista ya contaminada.
Salcedo respiró hondo.