Diana (Tríptico Delbran 2) Capítulo XIX Resultados #2
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Capítulo XIX Resultados #2

Pero por primera vez la palabra Y dejaba de ser una categoría estadística y se convertía en un posible mecanismo.

Víctor miró a Cardoso.

—¿Eso existe?

—Existen genes en el cromosoma Y —dijo Cardoso—. Existen proteínas codificadas por ellos. Existe biología diferencial. Lo que no existe todavía es una explicación de estas muertes.

—¿Y si alguien pudiera diseñar algo para eso? —preguntó Alicia.

Pilar no respondió enseguida.

Cardoso la miró. Elena también.

—Diseñar algo selectivo para una variable así sería extraordinariamente complejo —dijo Pilar—. Y muy inestable. Y lleno de efectos no deseados. No sería mi primera hipótesis.

—No he preguntado si sería su primera hipótesis.

—Entonces sí. En principio, se puede imaginar una plataforma que dependa de una condición celular específica. Imaginar no es demostrar. Y demostrar no es encontrar al responsable.

Alicia oyó la prudencia. También oyó la puerta.

—Necesito que haga una lista de genes o proteínas del cromosoma Y que puedan tener sentido en un contexto celular, aunque sea remoto.

Pilar negó con la cabeza.

—No así.

—¿Por qué?

—Porque si hacemos una lista al azar, veremos patrones donde no los hay.

Primero hay que revisar muestras de Javier y, si es posible, de Lucía y Daniel.

Buscar señales de agente externo, respuesta inmune, material genético extraño, daño funcional.

Luego veremos si la Y importa como diana o como coincidencia.

Elena añadió:

—Y recuerden que Lucía tenía cromosoma Y, pero no testosterona masculina funcional necesariamente. Si el patrón fuera hormonal simple, ella quizá no encajaría. Si encaja, no piensen solo en hormonas.

Alicia la miró.

Eso era importante.

No por lo que decía, sino por lo que descartaba.

La hipótesis pública más fácil habría sido testosterona, hombres, violencia, biología masculina. Lucía acababa de romper esa comodidad incluso al confirmar el patrón.

—Entonces no buscamos testosterona —dijo Víctor.

—No como explicación única —respondió Elena.

Pilar añadió:

—Quizá ni siquiera como explicación central.

Cardoso miró a Alicia.

—Ahora entiende por qué quería a Elena aquí.

Alicia asintió.

Sí. Elena no había venido a resolver el caso. Había venido a impedir que lo resolvieran mal.

La reunión terminó sin una conclusión operativa limpia.

Eso no impidió que todos salieran de ella distintos.

Cardoso se quedó con Pilar revisando la disponibilidad de muestras.

Elena pidió hablar con Marcos antes de que el resultado circulara más.

Alicia y Víctor bajaron al aparcamiento sin decir nada durante casi dos plantas.

En el ascensor, Víctor rompió el silencio.

—Alicia.

—Qué.

—Si esto se filtra, destrozan a Lucía por segunda vez.

—No se va a filtrar.

—Eso no puedes saberlo.

—No.

—Entonces no lo digas como si pudieras.

Alicia miró el reflejo borroso de ambos en la puerta metálica del ascensor. Tenían mala cara. No mala cara de cansancio. Mala cara de haber entendido algo que no mejoraba nada.

—No se va a filtrar desde nosotros —dijo.

Víctor aceptó la corrección.

En el coche, Alicia llamó a Salcedo.

—Tenemos un resultado relevante sobre Lucía —dijo.

—Define relevante.

—No por teléfono.

El silencio de Salcedo fue breve.

—¿Tengo que llamar a Orduña?

—No todavía.

—Eso significa que sí, pero quieres ganar tiempo.

—Sí.

—¿Es defendible?

Alicia miró a Víctor. Él no se movió.

—Es necesario.

—No he preguntado eso.

—Lo sé.

Salcedo soltó una palabra baja, probablemente dirigida a sí mismo.

—Tenéis una hora.

—Necesitamos más.

—Tenéis una hora antes de que empiece a preguntarme por qué estoy dejando que no me contéis algo.

Colgó.

Víctor se abrochó el cinturón.

—Una hora.

—Suficiente para hablar con Marcos.

—No es suficiente para eso.

—No.

Fueron al domicilio de Marcos Rueda con Elena Satrústegui. Cardoso no fue. Tampoco Pilar. Eso lo decidió Alicia y nadie lo discutió. La genetista llevaba una carpeta cerrada contra el pecho y una forma de caminar que no pretendía hacer más liviano lo que venía.

Marcos abrió la puerta con ropa de trabajo. Tenía las manos limpias, pero las uñas conservaban un borde oscuro de grasa o polvo metálico. Miró primero a Alicia, luego a Elena.

—Hay resultado —dijo.

No preguntó.

Alicia asintió.

—Sí.

—Pasen.

Se sentaron en el salón. La casa seguía ordenada. Las carpetas seguían etiquetadas. La puerta del baño seguía abierta al fondo del pasillo. Alicia sintió una aversión física a contar allí algo que pertenecía a Lucía más que a la investigación.

Elena lo hizo mejor de lo que ella habría podido.

No habló de caso. No habló de patrón. No habló de sospecha.

Habló de una prueba que Lucía tenía pendiente, de una particularidad del desarrollo sexual, de un cariotipo 46,XY compatible con síndrome de Swyer, de que Lucía era una mujer, de que probablemente no conocía ese diagnóstico, de que sus sangrados podían haber sido inducidos o interpretados dentro de tratamientos hormonales, de que eso explicaba la infertilidad y algunas irregularidades, pero no significaba que ella hubiera ocultado nada ni que nadie tuviera derecho a corregir su identidad después de muerta.

Marcos escuchó sin interrumpir.

Al principio no pareció entender. Luego entendió demasiado deprisa. La cara no se le rompió; se le vació.

—Entonces... —dijo.

No terminó.

Elena esperó.

—Entonces no podíamos tener hijos.

—Con óvulos propios, probablemente no —dijo Elena—. Pero existían opciones reproductivas que se podrían haber hablado si el diagnóstico se hubiera conocido.

Marcos miró hacia una de las fotografías del salón. Lucía en la playa, con el pelo levantado por el viento.

—Ella pensaba que era culpa suya.

Nadie corrigió la palabra culpa. No en ese momento.

—Pensaba que su cuerpo no hacía lo que tenía que hacer —añadió—. Y yo le decía que no importaba. Que ya veríamos. Que no se obsesionara.

Alicia recordó la lista manuscrita.

No obsesionarse.

Marcos cerró los ojos.

—Y era verdad. Había algo.

Elena habló con mucho cuidado.

—Había información que le faltaba. Eso no es culpa.

Marcos la miró.

—¿Y esto tiene que ver con su muerte?

La pregunta llegó limpia.

Alicia sintió que el aire del salón cambiaba.

Elena no respondió. Miró a Alicia.

Era su pregunta.

—No lo sabemos —dijo Alicia—. Puede no tener relación directa. Pero cambia la forma en que estamos leyendo la serie de muertes. Por eso necesitábamos saberlo.

Marcos tardó en asentir.

—¿Quién va a saber esto?

—El mínimo imprescindible.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que puedo darle sin mentir.

Marcos bajó la mirada a sus manos.

—Lucía archivaba cosas para que otros no pudieran cambiarlas después.

Alicia no entendió al principio.

—Perdón.

—Decía eso. Que los papeles servían para que alguien no pudiera venir luego a cambiar lo que había pasado.

Miró la carpeta de Elena.

—No dejen que esto cambie quién era.

Alicia sostuvo su mirada.

—No.

No añadió promesas. No porque no quisiera hacerlas, sino porque algunas promesas se vuelven indecentes cuando uno sabe cuántas personas pueden romperlas.

Al salir, Elena se quedó un momento en el descansillo.

—Ha sido menos malo de lo que podía ser —dijo.

Víctor cerró la puerta con cuidado.

—Eso es una frase terrible.

—Sí.

Alicia llamó a Salcedo desde el portal.

—Vamos para comisaría.

—Se acabó la hora.

—Lo sé.

—¿Orduña?

Alicia miró la calle. Seguía lloviendo. Una mujer cruzó con un paraguas rojo. Un repartidor pasó en bicicleta, salpicando agua contra el bordillo. La ciudad seguía sin saber que una letra acababa de cambiarlo todo.

—Ahora sí —dijo.

En comisaría, la reunión fue breve y desagradable. Salcedo escuchó sin interrumpir. Orduña, presente por videollamada, permaneció inmóvil durante toda la explicación. No hizo preguntas hasta el final.

—¿Confirmado? —dijo.

—Preliminar, pero sólido —respondió Cardoso.

—¿Relevancia operativa?

Alicia contestó:

—La lista depurada ya no apunta a hombres en sentido social o registral. Apunta a presencia de cromosoma Y. Eso no prueba causa, pero redefine el patrón.

Orduña miró hacia abajo, quizá tomando notas.

—Esto no puede filtrarse.

—Ya lo sabemos —dijo Víctor.

—No. No lo saben. Una filtración de este dato no sería solo alarma sanitaria. Sería morbo, ruido ideológico, violencia contra la memoria de una víctima y destrucción de la investigación. No puede salir.

Por una vez, nadie discutió con él.

Salcedo se pasó una mano por la cara.

—¿Qué buscamos ahora?

Cardoso respondió:

—Un mecanismo que relacione la presencia del cromosoma Y con vulnerabilidad al episodio cardíaco.

—¿Eso existe?

—Todavía no en este caso.

—Necesito una respuesta menos inútil.

Pilar, que había acudido en persona a regañadientes, habló desde el fondo de la sala.

—Buscamos señales de que un agente, una molécula o una respuesta biológica haya necesitado una condición ligada al cromosoma Y para producir efecto. Si no las encontramos, esto puede ser una coincidencia sofisticada. Si las encontramos, cambia todo.

Salcedo la miró.

—¿Puede encontrarlas?

—Puedo buscarlas.

—No es lo mismo.

—Nada importante lo es al principio.

Salcedo pareció a punto de contestar, pero se contuvo. Quizá porque la frase no le gustó. Quizá porque le gustó demasiado poco para discutirla.

Cuando la reunión terminó, Alicia se quedó sola unos minutos en la sala. Los nombres seguían en la pizarra. Daniel. Javier. Diego. León. Hugo. Samir. Lucía. Carmen aparte. Mauricio casi fuera.

No cambió los nombres.

Solo añadió una letra al margen.

Y.

La escribió pequeña, casi con vergüenza.

Luego dejó el rotulador sobre la mesa.

No bastaba como respuesta, pero ya no podían leer la lista sin verla.