Capítulo XVIII Pruebas de segundo nivel
La primera vez que Alicia leyó la expresión pruebas de segundo nivel , le pareció una forma administrativa de aplazar una respuesta.
No era una prueba concreta. No era un diagnóstico.
No era siquiera una sospecha bien escrita.
Era una puerta entreabierta en un informe de fertilidad: si lo habitual no explicaba nada, habría que mirar más abajo, más lejos, en una zona donde los pacientes dejaban de entender las palabras y los médicos empezaban a hablar con siglas.
Lucía Merino Salvatierra había muerto antes de cruzar esa puerta.
Ahora les tocaba abrirla a ellos.
Cardoso recibió a Alicia y Víctor en el Instituto de Medicina Legal con tres carpetas sobre la mesa y un humor peor de lo normal.
La noche anterior había enviado la documentación de Lucía a Pilar Montoya-Prado y a una genetista clínica del hospital.
La respuesta no había sido inmediata, pero sí suficiente para que Cardoso los citara a primera hora.
—Antes de que pregunten —dijo—, no tenemos una revelación. Tenemos una posibilidad de hacer el ridículo con método.
Víctor dejó el abrigo en una silla.
—Es nuestro mejor método.
—Lo sé. Por eso les he llamado.
Alicia se sentó.
—¿Qué han dicho?
Cardoso abrió la primera carpeta. Dentro estaban las copias de la clínica de fertilidad: seminograma normal de Marcos, ecografía de Lucía, analíticas hormonales incompletas, recomendación de completar estudio endocrino-genético, solicitud no realizada.
—La ginecóloga que vio a Lucía no recuerda el caso con detalle. Normal. Era una primera evaluación de infertilidad y no llegaron a completar el estudio. Pero, al revisar la historia, dice que había motivos para pedir pruebas ampliadas.
—¿Qué motivos?
—Infertilidad de casi dos años, historia de sangrados muy irregulares desde la adolescencia, periodos prolongados de amenorrea, sangrados escasos o inducidos por tratamiento hormonal, útero presente en ecografía, ovarios mal caracterizados en una exploración no concluyente.
Víctor levantó una mano.
—Traduzca antes de que me pierda del todo.
Cardoso lo miró.
—Lucía tenía útero, pero su historia hormonal y reproductiva no era del todo normal. La ginecóloga quería saber por qué.
—Eso ya lo sabíamos.
—No. Sabíamos que había irregularidades. Ahora sabemos que alguien competente pensó que merecían una segunda línea de estudio.
Alicia miró la hoja.
—¿Y esa segunda línea qué incluía?
Cardoso dudó.
No fue una duda médica. Fue una duda narrativa, casi moral: cómo decir una palabra sin convertirla todavía en respuesta.
—Genética básica —dijo al fin—. Entre otras cosas.
Víctor frunció el ceño.
—¿Genética básica puede hacerse ahora?
—Depende de las muestras. Y de si quieren que sigamos abriendo puertas que quizá no llevan a ninguna parte.
Alicia no contestó.
Había puertas que no se abrían porque prometieran una respuesta, sino porque ya no había manera honesta de fingir que no estaban allí.
—¿Quedan muestras útiles de Lucía? —preguntó.
—Pocas. Sangre conservada, no ideal. Tejido en parafina. Algún material congelado, pendiente de confirmar. Suficiente quizá para algunas pruebas. No para todo. No sin gastar muestra que podríamos necesitar después.
—Pilar dijo que no consumiéramos sin avisar.
—Pilar dice muchas cosas sensatas cuando no está intentando resultar insoportable.
—¿Y la genetista?
—La doctora Elena Satrústegui. Dice que, si queremos aclarar la historia biológica de Lucía, hay que pedir primero lo más básico. No paneles enormes. No fuegos artificiales. Primero comprobar si las piezas grandes del tablero estaban donde se suponía que estaban.
Víctor miró a Alicia.
—Eso no ha sido una traducción. Ha sido una amenaza en metáfora.
Cardoso cerró la carpeta.
—La traducción es que quizá debamos comprobar los cromosomas sexuales de Lucía.
La frase quedó limpia sobre la mesa.
Alicia no dijo nada.
Víctor tardó un poco más.
—¿Porque no podía quedarse embarazada?
—Entre otras cosas.
—Pero era una mujer.
Cardoso no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, eligió las palabras con una precisión que le quitó cualquier resto de ironía.
—Lucía era una mujer. Eso no está en discusión. Otra cosa es que su biología gonadal o cromosómica pudiera tener una particularidad que ella no conociera.
Alicia miró el informe de fertilidad.
Lucía no conocía su diagnóstico. Ni siquiera sabían si había un diagnóstico. Solo papeles incompletos, sangrados mal nombrados, tratamientos hormonales, un deseo gestacional, una prueba que no llegó a hacerse.
—¿Y eso qué tiene que ver con las muertes? —preguntó Víctor.
—Probablemente nada —dijo Cardoso.
Alicia levantó la vista.
—¿Probablemente?
—Esa palabra está siendo muy útil últimamente.
—No has respondido.
—Porque no quiero responder antes de tener un resultado.
El teléfono de Alicia vibró sobre la mesa. Era Salcedo.
—Dime.
—¿Dónde estáis?
—Con Cardoso.
—Claro. Cada vez que alguien dice algo incomprensible acabáis con Cardoso. ¿Tenemos algo que deba saber?
Alicia miró al forense.
Cardoso negó con la cabeza. No porque Salcedo no tuviera derecho a saberlo, sino porque todavía no había una frase que soportara una llamada.
—Una línea de revisión sobre Lucía —dijo Alicia—. Todavía nada concluyente.
—Eso significa que sí.
—Eso significa que todavía nada concluyente.
Salcedo respiró al otro lado.
—No me hagas lenguaje de Orduña.
—Entonces no me pidas conclusiones que no existen.
Colgó antes de que el comisario pudiera responder.
Víctor la miró.
—Te va a echar de menos cuando te suspenda.
—Que espere turno.
Cardoso tomó otra hoja.
—La cuestión no es solo Lucía. La cuestión es qué hacemos con la categoría que hemos estado usando para ordenar la lista.
—Hombres y mujeres —dijo Alicia.
—Sí.
—Carmen se mueve al borde. Lucía se queda.
—Sí.
—Y si Lucía tiene una particularidad cromosómica...
No terminó la frase.
No hacía falta. O sí, pero nadie quiso hacerlo todavía.
Víctor se levantó y caminó hasta la ventana. El patio interior del instituto estaba húmedo por la lluvia. Un celador fumaba bajo una cornisa, mirando el móvil. En una ventana del edificio de enfrente, alguien había pegado una nota con cinta adhesiva que desde allí no se podía leer.
—No me gusta esto —dijo.
—A nadie —respondió Cardoso.
—No. No me refiero a la prueba. Me refiero a lo que estamos haciendo con Lucía. La estamos convirtiendo en clave de algo que quizá no quería que nadie supiera.
Alicia no respondió enseguida.
Era una objeción justa. Quizá por eso dolía.
Lucía había intentado entender su cuerpo para tener un hijo.
No para convertirse en la excepción que explicara una serie de muertes.
Su intimidad médica no había desaparecido porque hubiera muerto.
Pero una investigación criminal tenía la costumbre de comportarse como si la muerte convirtiera todos los secretos en bienes públicos.
—No lo vamos a contar si no importa —dijo Alicia.
—¿Y si importa?
—Entonces intentaremos contarlo sin usarla.
Víctor se volvió.
—Eso es imposible.
—Casi todo esto lo es.
Cardoso dejó la hoja sobre la mesa.
—Hay una forma correcta de hacerlo. Pedimos autorización judicial para estudios adicionales estrictamente vinculados a causa de muerte e identificación de patrón.
Resultado restringido. Nada de filtraciones.
Nada de Dalia. Nada de Orduña hasta que tengamos algo que no pueda convertirse en una caricatura.
—Orduña se va a enterar —dijo Víctor.
—Orduña se entera de las cosas que son útiles para su trabajo —dijo Alicia—. Hagamos que todavía no lo sea.
La frase no era limpia, pero servía.
La autorización no fue rápida, aunque todos fingieron que sí.
Hubo llamadas, correos, una petición escrita con términos que Alicia leyó tres veces antes de firmar, una consulta con Fiscalía y una conversación breve con Marcos Rueda que dejó a Alicia más cansada que las dos horas de trámite anteriores.
Marcos contestó desde el trabajo. Se oían voces y golpes metálicos al fondo.
—¿Otra prueba? —preguntó.
—Sí.
—¿De qué?
Alicia cerró los ojos un instante.
—Una prueba genética relacionada con la historia médica incompleta de Lucía. Puede no tener relación con la muerte, pero necesitamos aclararlo.
Hubo silencio.
—¿Ella la tenía pendiente?
—Sí.
—Entonces háganla.
Demasiado rápido otra vez.
—Marcos, puede revelar información que Lucía no conocía.
—Lucía quería saber.
—Quería saber para otra cosa.
—Ya no hay otra cosa.
La frase llegó sin emoción visible, y por eso fue peor.
Alicia no intentó consolarlo.
—Le avisaremos antes de que cualquier resultado conste fuera del circuito médico-judicial.
—¿Eso significa que puede salir en los periódicos?
—No si depende de nosotros.
Marcos respiró al otro lado.
—Nada depende solo de ustedes, inspectora.
La llamada terminó con una autorización verbal que luego tendría que completarse por escrito. Alicia se quedó un momento con el móvil en la mano.
Víctor no preguntó.
A veces aprendía.
La doctora Satrústegui apareció por el Instituto de Medicina Legal a media tarde.
Era genetista clínica, aunque no tenía el aspecto que Víctor esperaba de alguien que trabajara con cromosomas.
Tendría unos cincuenta años, el pelo corto, la voz tranquila y una manera de mirar los informes como si cada dato tuviera derecho a no ser forzado demasiado pronto.
Pilar Montoya-Prado llegó diez minutos después, con retraso y sin disculparse del todo.
—Estaba con cultivos —dijo.
—Los cultivos siempre parecen una excusa perfecta —murmuró Víctor.
—Lo son —respondió Pilar—. Esa es una de sus ventajas.
Se reunieron en una sala pequeña, no en el despacho de Cardoso.
Sobre la mesa había copias de informes, una lista de muestras disponibles y una hoja donde Satrústegui había dibujado un esquema simple de desarrollo sexual: cromosomas, gónadas, hormonas, órganos internos, fenotipo.
Lo había hecho con una claridad casi pedagógica, pero sin infantilizar a nadie.