Capítulo XVIII Pruebas de segundo nivel #2
—Hay una cosa importante —dijo la genetista—. No mezclen identidad, aspecto, anatomía, gónadas y cromosomas como si fueran siempre la misma línea. En la mayoría de personas coinciden de forma previsible. En algunas no. Y cuando no coinciden, los errores de lenguaje pueden hacer mucho daño.
Alicia asintió.
Pilar permaneció callada.
Cardoso también.
—Lucía tenía útero documentado por ecografía —continuó Satrústegui—.
Eso descarta algunas posibilidades y abre otras.
Los sangrados que refería podían ser irregulares, inducidos por tratamiento hormonal o interpretados por ella como menstruaciones.
No podemos asumir ciclos ovulatorios normales.
La esterilidad primaria y la amenorrea prolongada justificaban ampliar estudio.
—Y antes de que nadie salte a una conclusión —añadió—, eso podía apuntar a muchas cosas: insuficiencia ovárica primaria, alteraciones hipotalámicas, hiperprolactinemia, tratamientos hormonales mal registrados, incluso diagnósticos ginecológicos más corrientes mal entendidos durante años.
El cariotipo es una pregunta básica, no una respuesta anticipada.
Víctor agradeció aquella lista precisamente porque no la entendía del todo. Al menos no parecía una flecha.
Alicia aprovechó el silencio.
—¿Qué prueba concreta se pide? —preguntó Alicia.
—Cariotipo si hay muestra adecuada —dijo Satrústegui.
La palabra apareció por fin.
Nadie la subrayó. Nadie la repitió. Pero todos entendieron que algo acababa de volverse más concreto.
—Y si no hay muestra adecuada —añadió la genetista—, técnicas alternativas según material disponible. Pero el cariotipo convencional sería lo más claro si aún es posible.
Pilar intervino por primera vez.
—Y no conviene consumir toda la muestra en eso. Si luego necesitamos buscar material exógeno, nos habremos quedado sin margen.
Satrústegui la miró.
—Por eso he pedido mínima invasión de muestra.
—Bien.
Alicia observó el intercambio. No había tensión dramática. Había profesionales discutiendo la cantidad de material que se podía gastar para formular una pregunta. Eso lo hacía más real y más inquietante.
—Si apareciera una particularidad cromosómica —dijo Alicia—, ¿podría relacionarse con una susceptibilidad cardíaca?
Satrústegui respondió antes que Pilar.
—Depende de cuál. En términos generales, muchas diferencias del desarrollo sexual no implican por sí solas muerte súbita. No construyan un puente demasiado largo.
—No queremos eso.
—Todos queremos eso cuando estamos perdidos.
Pilar miró a la genetista con algo que podía parecer aprobación.
—La pregunta no es si explica la muerte por sí sola —dijo—. La pregunta es si coloca a Lucía dentro o fuera de la categoría biológica que ustedes están intentando definir sin saberlo.
Alicia sintió que la sala se quedaba un segundo más quieta.
—¿Qué categoría? —preguntó Víctor.
Pilar negó con la cabeza.
—Todavía no hay categoría. Hay una molestia estadística, una lista depurada a medias y una mujer que no encaja como excepción simple. Eso no basta para nada. Pero basta para no tirar la muestra equivocada.
Cardoso apoyó las manos sobre la mesa.
—Entonces se pide.
Satrústegui asintió.
—Se pide.
La tarde se fue en trámites, etiquetas y cadenas de custodia.
Alicia descubrió que incluso una pregunta urgente podía tardar horas en adquirir forma legal.
Tubos, formularios, firmas, códigos, fecha, hora, responsable, traslado.
La investigación parecía avanzar hacia el centro de Lucía a través de una burocracia minúscula, casi ritual.
A las ocho y media, cuando salieron del Instituto, la ciudad ya estaba oscura.
Víctor caminó a su lado sin encender un cigarrillo.
—¿Cuánto tardará?
—No lo sé.
—Eso lo dices mucho.
—Porque es verdad muchas veces.
—No me gusta la verdad últimamente.
Alicia se detuvo junto al coche. El aire estaba frío y olía a lluvia sobre asfalto.
—¿Qué te preocupa más? —preguntó.
Víctor tardó.
—Que dé algo.
—¿Y si no da nada?
—Entonces me preocupará haber querido que diera.
Alicia no respondió.
Esa era la parte más sucia de investigar: uno empezaba deseando que una prueba encontrara una anomalía en la vida de alguien porque la anomalía podía salvar a otros de la ignorancia. Luego había que convivir con ese deseo.
Antes de subir al coche, Alicia recibió un mensaje de Dalia.
¿Has leído ya la memoria de resultados? Hay una frase sobre intervención reversible que no me gusta nada.
Alicia escribió:
La he leído. No publiques.
Dalia respondió:
No pensaba hacerlo hoy.
Alicia miró la pantalla.
Hoy.
Guardó el móvil.
En algún lugar del hospital, Javier Ochoa seguía vivo.
En una sala del Instituto, una muestra de Lucía Merino Salvatierra acababa de entrar en una máquina o en un protocolo que diría algo que ella nunca había llegado a saber de sí misma.
Carmen Varela se alejaba del centro sin abandonarlo del todo.
Pilar Montoya-Prado había vuelto a su laboratorio.
Dalia Tellería esperaba en algún sitio con un artículo antiguo y una fuente que quizá mentía.
Todo seguía siendo preliminar.
Esa palabra, que antes parecía una protección, empezaba a parecer una amenaza.
Al arrancar el coche, Víctor dijo:
—¿Y si Lucía no era la excepción?
Alicia miró la calle mojada delante de ellos.
—Entonces hemos estado leyendo mal la lista desde el principio.
No dijo más.
La idea ya no parecía exagerada.