Capítulo XVII El artículo #2
—No entremos ahí todavía. Es una mezcla de convocatoria pública, universidad y un convenio privado menor canalizado por una fundación. Nada raro a primera vista.
—¿Menor?
—Menor en cantidad. No sé en intención.
Alicia levantó la mirada.
—Dalia.
—No lo tengo limpio. Si digo Delbran ahora, vais a hacer exactamente lo que me acusáis de hacer a mí.
Víctor sonrió apenas.
—Tocada.
Alicia no sonrió.
—De acuerdo. Sin nombre. ¿El convenio sigue activo?
—No. Terminó antes de los casos. Al menos sobre el papel.
—¿Y Pilar?
—Siguió publicando en líneas cercanas. Menos conducta, más vector, más neuroinmunología. Eso puede ser evolución normal de carrera. O no.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Poner “o no” al final de todo.
Dalia aceptó la corrección.
—Tienes razón.
Esa fue la segunda cosa extraña de la mañana: Dalia cediendo sin pelear.
Alicia recogió las hojas en el orden en que Dalia las había colocado.
—Necesito copias.
—Las tienes en el USB.
—¿Fuentes?
—Todo esto es público o semipúblico. Repositorios universitarios, programas de congresos, memorias de proyectos, boletines. Lo que no es público no está en ese USB.
—¿Y lo no público?
Dalia cerró la carpeta.
—Todavía no.
Víctor se recostó en la silla.
—Eso significa que lo tiene.
—Significa que no sé si lo tengo o si tengo a alguien intentando que crea que lo tiene.
Alicia se quedó quieta.
—¿Fuente nueva?
—Sí.
—¿Sobre Montoya?
—Sobre esa línea de investigación.
—¿Confías en ella?
—No.
—Bien.
—Tampoco confío en que sea falsa.
—Eso ya es peor.
Dalia guardó el portátil sin abrirlo.
—Me han ofrecido correos internos. No de Pilar. Del grupo. Antiguos. Sobre una discrepancia ética en el proyecto. No sé si existen. No sé si están manipulados. No sé si alguien quiere usarme para empujaros hacia un sitio.
Alicia miró a Víctor.
Aquello era la fisura que faltaba. Dalia tenía método, sí. Pero el método acababa de cruzarse con una fuente que quizá tenía agenda propia.
—No aceptes nada sin avisar —dijo Alicia.
Dalia soltó una risa breve.
—¿Eso es una orden?
—Es una forma de evitar que te conviertas en herramienta de alguien.
—Ya lo soy.
—Entonces intenta saber de quién.
La frase quedó entre ellas con más dureza de la prevista.
Dalia bajó la vista.
—Eso intento.
Durante unos segundos, la cafetería volvió a existir alrededor: la máquina de café, una cucharilla contra un vaso, dos hombres discutiendo sobre una factura en la barra, la televisión muda mostrando imágenes de una carretera inundada.
Afuera había empezado a llover otra vez, una lluvia fina que convertía la acera en una superficie gris.
Alicia conectó el USB al portátil de comisaría veinte minutos después, no al suyo personal. Víctor se quedó detrás de ella, de pie, con los brazos cruzados. Salcedo entró a mitad de lectura y no preguntó por qué estaban tan callados. Eso fue una muestra de inteligencia.
En la carpeta había ocho archivos.
1. Comunicación de congreso.
2. Proyecto inicial.
3. Solicitud de financiación.
4. Memoria de resultados.
5. Curriculum abreviado de varios miembros del grupo.
6. Revisión sobre testosterona y agresividad reactiva.
7. Programa de una jornada sobre violencia y biología preventiva.
8. Tabla de términos recurrentes preparada por Dalia.
Víctor abrió la tabla.
Las palabras estaban ordenadas por frecuencia y contexto:
testosterona.
respuesta de amenaza.
agresividad reactiva.
modulación.
neuroinmunidad.
androgénico.
varones.
estratificación.
intervención selectiva.
vector no replicativo.
Salcedo leyó en silencio.
—No entiendo la mitad —dijo al fin.
—Yo tampoco —respondió Víctor.
—Eso no me consuela.
Alicia abrió la memoria de resultados. Era un documento de treinta páginas, con gráficos, tablas y un resumen ejecutivo redactado para que nadie ajeno al campo se sintiera expulsado del todo.
Hablaba de correlaciones débiles, de marcadores inflamatorios, de respuesta a estímulos de amenaza, de limitaciones del estudio, de la necesidad de replicar resultados. Nada criminal. Nada clandestino.
Y, sin embargo, en una sección metodológica aparecía una frase subrayada por Dalia:
La modulación experimental se plantea como intervención reversible y de baja persistencia, con el objetivo de reducir respuestas conductuales de riesgo en perfiles biológicamente estratificados.
Alicia leyó la frase una vez.
Luego otra.
—No dice nada —dijo Salcedo.
—Dice mucho sin decirlo —respondió ella.
—Eso es exactamente lo que diría una periodista.
—No. Una periodista ya lo habría convertido en titular.
Víctor señaló otra línea.
—Perfiles biológicamente estratificados.
—Sí.
—¿Eso significa seleccionar a quién afecta?
—Puede significar seleccionar a quién estudias —dijo Alicia—. A quién tratas. A quién excluyes. A quién crees que pertenece al grupo.
—O a quién apuntas.
Nadie contestó.
La palabra apuntar había llegado demasiado cerca de Diana para no oírla.
Alicia cerró el documento.
—No vamos a convertir esto en prueba.
—Nadie ha dicho prueba —dijo Salcedo.
—Lo digo antes de que alguien lo piense.
—Demasiado tarde —murmuró Víctor.
Salcedo se apoyó en el borde de la mesa.
—¿Qué hacemos con esto?
Alicia abrió la tabla de casos fuertes.
Daniel. Javier. Diego. León. Hugo. Samir. Lucía.
Carmen, periférica.
Mauricio, probable fuera.
La lista era cada vez menos lista y más resto. Lo que quedaba después de quitar explicaciones.
—Lo mismo que antes —dijo—. Muestras, historiales, síntomas exactos, revisión de casos fuertes. Pero cambiamos la pregunta.
—¿A cuál?
Alicia miró la tabla de Dalia y luego la de Pilar.
Durante días habían preguntado qué habían consumido, dónde habían estado, quién los había visto, qué médico los había atendido, qué error administrativo los había dejado caer por una grieta. Todas eran preguntas necesarias. Todas habían fallado como centro.
—Hasta ahora buscábamos algo que las víctimas hubieran compartido fuera de ellas —dijo—. Un lugar, un producto, una consulta, una costumbre.
Salcedo esperó.
Víctor también.
—Quizá tenemos que empezar a buscar qué compartían dentro.
La frase no resolvía nada.
Por eso era útil.
Salcedo miró la pantalla.
—Eso no sale de esta sala.
—Nada de esto sale de esta sala.
—¿Dalia?
—Dalia no va a publicar todavía.
—¿Confías en ella?
Alicia pensó en Mauricio Ibáñez. En Rafael Cobo. En la fuente nueva. En los correos que quizá existían o quizá eran una trampa. En Dalia diciendo que había llegado antes de tener derecho a llegar.
—No.
Salcedo pareció satisfecho.
Alicia añadió:
—Pero la tomo en serio.
Eso le gustó menos.
Al anochecer, Alicia volvió a abrir el documento subrayado. Buscaba el cambio de lenguaje: no una prueba, sino la forma en que una línea científica aprendía a no nombrarse del todo.
En una columna anotó: modulación, intervención, estratificación, reversible, baja persistencia, perfil biológico.
Palabras limpias, de proyecto, aptas para una memoria científica.
Pensó en Javier Ochoa, vivo por una descarga; en Daniel Robles, muerto en un autobús; en Lucía Merino, muerta en un baño; en Carmen Varela, quizá muerta solo de lo suyo y arrastrada a una lista por la semejanza imperfecta del cuerpo humano.
La pregunta dejaba de estar solo en lo que las víctimas habían tocado, bebido o visitado. Empezaba a entrar en lo que sus cuerpos permitían activar.