Diana (Tríptico Delbran 2) Capítulo XVII El artículo
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Capítulo XVII El artículo

Dalia Tellería no los citó en la redacción.

Eso, por sí solo, ya era una información.

Los periodistas que querían impresionar llevaban a la policía a su mesa, a sus pantallas, a sus montones de papeles subrayados, como si el desorden fuera una credencial profesional.

Dalia eligió una cafetería estrecha junto a la hemeroteca municipal, a tres calles del periódico y a dos de la comisaría.

Un lugar sin encanto, con mesas de mármol falso, ruido de cucharillas y una televisión encendida sin volumen sobre la barra.

Alicia llegó con Víctor cinco minutos tarde.

Dalia ya estaba allí.

Tenía un café intacto delante, el portátil cerrado y una carpeta de cartón azul oscuro sobre la mesa. Llevaba el pelo recogido, ojeras leves y una chaqueta gris que parecía elegida por descarte. No saludó con ironía. Eso inquietó más a Víctor que cualquier frase.

—Qué seria —dijo él al sentarse—. Casi prefiero cuando nos desprecia.

—Hoy no tengo energía para despreciarlo bien.

—Acepto desprecio de baja intensidad.

Alicia se quitó el abrigo.

—Dijiste que habías encontrado una línea antigua.

—Sí.

—¿Sobre Montoya-Prado?

Dalia no contestó enseguida.

Abrió la carpeta y sacó varias hojas impresas: resúmenes de artículos, capturas de programas de congresos, una ficha de proyecto, un PDF con el membrete de una universidad y otro con el de una convocatoria competitiva.

Nada parecía clandestino. Nada parecía secreto.

Era peor: todo tenía el aspecto aburrido de lo que había estado a la vista de cualquiera con el tiempo suficiente para buscarlo mal varias veces.

—No empecé por ella —dijo Dalia—. Empecé por las palabras.

Víctor miró a Alicia.

—Eso suena peligroso.

—Lo es. Las palabras se dejan encontrar aunque los datos no.

Dalia colocó una primera hoja sobre la mesa.

—Testosterona. Agresividad reactiva. Respuesta de amenaza. Modulación neuroinmune. Conducta impulsiva. Diferencias ligadas al sexo. Esas palabras aparecían por separado en varios trabajos. Al principio no significaban nada. Después encontré un grupo que las ponía juntas con demasiada frecuencia.

Alicia tomó la hoja.

No era un artículo completo, sino el resumen de una comunicación en un congreso europeo de neuroinmunología traslacional. El título estaba en inglés:

Androgenic modulation of threat-reactive aggression and inflammatory priming in male subjects.

Debajo, una lista de autores.

Montoya-Prado P. no era la primera.

Tampoco la última.

Alicia se quedó en esa línea más tiempo del necesario.

—No está sola —dijo.

—No.

—Ni es primera autora.

—Tampoco.

—Eso importa.

—Por eso no escribí nada.

Víctor se inclinó sobre el papel.

—Traducid para los que fuimos felices sin congresos europeos.

—El trabajo relaciona testosterona, respuesta inflamatoria y agresividad reactiva en varones —dijo Dalia—. No dice “vamos a matar hombres”. No dice “diana biológica”. No dice nada de muertes súbitas. Es un abstract bastante prudente, incluso feo.

—Los abstracts científicos son el único género literario que consigue ser cobarde y arrogante a la vez —dijo Víctor.

Dalia lo miró.

—Esa frase no está mal.

—No la publiques.

Alicia pasó a la segunda hoja.

Era un proyecto de investigación de años atrás, anterior a la comunicación. Título más administrativo:

Modulación neuroinmune de la conducta agresiva reactiva en contextos de alta impulsividad: marcadores endocrinos, inflamatorios y celulares.

No aparecía Pilar Montoya-Prado en el título principal, pero sí en el equipo colaborador, dentro de un subapartado de metodología. Unidad de Virología Molecular. Vectores experimentales no replicativos. Modelos celulares.

Alicia dejó la hoja sobre la mesa.

—Esto no es un artículo sobre víctimas.

—No.

—Ni sobre enfermedad cardíaca.

—No.

—Ni siquiera sobre cromosomas.

Dalia sostuvo su mirada.

—No he dicho que fuera la respuesta. He dicho que toca de refilón lo que estáis mirando.

—¿Qué crees que toca?

Dalia abrió el portátil. En vez de encenderlo, apoyó la mano sobre la tapa.

—Una forma de pensar. Eso es lo que me molestó.

—Explícate.

—Llevamos días buscando conexiones entre muertos.

Trabajo, barrios, productos, gimnasios, consultas, farmacias, hoteles, lotes.

Todo exterior. Todo social. Y de pronto aparece una línea de investigación que no mira dónde estuvo alguien, sino qué parte de su biología podría hacerlo más propenso a una conducta.

Alicia no contestó.

Dalia continuó:

—No es el mismo problema. Lo sé. Pero es otra gramática. Ya no es “qué hizo esta persona”. Es “qué se puede modificar en un cuerpo para cambiar algo que creemos saber de esa persona”.

Víctor dejó de jugar con la cucharilla.

—Eso sigue sin explicar un corazón parado.

—No. Pero explica que alguien, antes de todo esto, ya estaba pensando la conducta como algo intervenible.

—Eso lo piensan muchos científicos —dijo Alicia.

—Sí.

La rapidez de la respuesta los dejó sin réplica un segundo.

Dalia bajó la vista al café.

—Y muchos lo piensan sin matar a nadie. Por eso estoy aquí y no escribiendo.

Alicia la observó.

Había algo distinto en Dalia esa mañana. No era miedo. Tampoco prudencia. Era una incomodidad más íntima, como si el hallazgo no la hubiera confirmado, sino corregido.

—¿Qué no me estás diciendo? —preguntó.

Dalia no abrió el portátil. Sacó otra hoja de la carpeta.

—Me equivoqué con uno de los nombres.

Víctor miró a Alicia.

Dalia puso la hoja entre los tres.

—Mauricio Ibáñez. Lo incluí en la lista inicial como caso dudoso.

Hermana enfadada, certificado vago, muerte en cocina, “estaba raro”.

Ayer conseguí hablar con su médico de familia fuera de grabación y con un primo que vive en la misma finca.

Mauricio llevaba meses con dolor torácico y disnea.

No lo decía en casa. Tenía una prueba pendiente. Probablemente no pertenece.

—Probablemente —repitió Alicia.

—Sí. No voy a fingir certeza cuando lo que tengo es vergüenza.

La palabra fue inesperada.

Víctor no hizo ningún comentario.

—¿Lo vas a corregir? —preguntó Alicia.

—No sé cómo.

—Como lo publicaste.

Dalia levantó la mirada.

—No lo publiqué con nombre completo.

—Pero su familia sabe que está ahí.

—Sí.

—Y su hermana quizá creyó que al fin alguien la estaba escuchando.

—Sí.

La repetición no era defensiva. Era aceptación.

Dalia dobló las manos sobre la mesa.

—Ese es el problema. Si digo que Mauricio probablemente no pertenece, su hermana sentirá que lo he usado.

Si no lo digo, sigo usándolo. Si publico una corrección amplia, puedo darle al Ministerio una excusa perfecta para decir que toda la lista era periodismo irresponsable.

Si no corrijo, soy exactamente lo que Salcedo cree que soy.

—¿Y qué eres? —preguntó Víctor.

Dalia lo miró sin hostilidad.

—Alguien que llegó antes de tener derecho a llegar.

Alicia dejó la hoja de Mauricio sobre la mesa.

Esa frase sí le interesó. No por literaria, sino por honesta. Dalia empezaba a pagar el precio de haber visto una forma antes de que la forma pudiera defenderse sola.

—No uses a Mauricio para sostener la serie —dijo Alicia.

—No pienso hacerlo.

—Ni a Carmen.

Dalia apretó los labios.

—Carmen se cae.

—Carmen se mueve.

—Eso es lenguaje policial para decir que se cae despacio.

—Es lenguaje policial para no mentir antes de tiempo.

Dalia asintió.

—Rafael Cobo me llamó anoche.

Alicia no lo sabía.

—¿El marido?

—Sí. Me pidió que dejara de nombrarla en nada. No en esos términos. Pero eso quería. Me dijo que Carmen no había vivido para que una periodista la necesitara muerta.

Víctor bajó la mirada.

—Duro.

—Cierto —dijo Dalia.

No había manera de discutir eso.

La camarera dejó tres cafés nuevos sin que nadie los hubiera pedido. Quizá había entendido que el primero se había muerto frío. Quizá la cafetería tenía su propio sistema de observación. Alicia agradeció el gesto con un movimiento de cabeza.

—Volvamos al artículo —dijo.

Dalia aceptó el cambio como quien acepta una tregua breve.

—No es solo un artículo. Es una línea. Congresos, proyectos, una tesis codirigida, una solicitud de financiación. Nada ilegal. Nada espectacular. Todo alrededor de la misma idea: la agresividad masculina como fenómeno medible, predecible y quizá modulable.

—¿Masculina? —preguntó Víctor.

—En los textos usan “varones”, “sujetos masculinos”, “exposición androgénica”, “respuesta a testosterona”. A veces se nota que están hablando de sexo biológico. A veces parece que hablan de conducta masculina como categoría social. Lo mezclan según conviene al resumen.

Alicia recordó la frase de Pilar: una categoría útil para un formulario no sirve para una pregunta biológica.

No la repitió.

—¿Montoya-Prado qué papel tiene? —preguntó.

Dalia pasó varias hojas.

—Al principio, pequeño. Técnicas. Modelos celulares. Vectores no replicativos para modular respuesta inflamatoria en cultivos. Después aparece más. Aquí.

Le mostró una solicitud de proyecto más reciente, aunque no demasiado. Pilar Montoya-Prado figuraba como responsable de un subproyecto:

Desarrollo de plataformas vectoriales de baja persistencia para intervención neuroinmune selectiva.

Alicia leyó la línea despacio.

—Intervención selectiva.

—Sí.

—¿Selectiva cómo?

—No lo dice en el resumen público. O lo dice con palabras que no dicen nada: perfiles endocrino-inmunes, estratificación biológica, respuesta diferencial.

Víctor hizo una mueca.

—Cuando alguien quiere esconder algo, debería prohibírsele usar más de tres palabras seguidas.

—No están escondiendo —dijo Dalia—. Ese es el problema. Están hablando en su idioma. Para ellos eso quizá era una forma normal de pedir dinero.

Alicia siguió leyendo.

El documento tenía el tono de las cosas que se escriben para ser aprobadas por comités: ambición sin escándalo, riesgo sin peligro, utilidad social sin culpa. Prevención. Conducta. Marcadores. Intervención. Transferencia. Impacto.

No había muertos.

No había autobuses.

No había baños, trastiendas ni aparcamientos.

Y sin embargo algo del vocabulario parecía rozar los bordes del caso.

—¿Quién financió esto? —preguntó.

Dalia negó con la cabeza.