Capítulo XVI La carpeta azul
La carpeta de Lucía Merino Salvatierra no pesaba más que las otras.
Alicia la dejó sobre la mesa de reuniones y esperó unos segundos antes de abrirla.
No porque creyera en ningún tipo de respeto ceremonial hacia los papeles, sino porque algunos expedientes cambiaban de naturaleza cuando se los miraba después de otro.
Carmen, hasta el día anterior, había sido una de las dos mujeres de la lista.
Ahora era una advertencia en el borde. Una muerte probablemente natural que no convenía usar para definir nada.
Lucía, en cambio, seguía allí.
Treinta y cuatro años. Archivera municipal. Hallada en el baño de su piso. Sin lesión traumática relevante. Sin toxicología rutinaria significativa. Sin explicación anatómica suficiente.
La mujer que no terminaba de sobrar.
Víctor entró con dos cafés y una bolsa pequeña de cruasanes industriales.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de cuando el expediente te cae mal porque no te obedece.
Alicia abrió la carpeta.
—Lucía no me cae mal.
—No he dicho Lucía. He dicho el expediente.
Sacó las primeras hojas y las dispuso en tres grupos: informe forense inicial, documentación médica entregada por Marcos, notas de entrevistas.
—Repasemos —dijo.
Víctor abrió la libreta.
—Lucía se queda en casa porque se encuentra mal.
Marcos la ve con calor, mareo, “el cuerpo nervioso”.
No fiebre. No dolor torácico declarado. Toma algo común, quizá paracetamol o ibuprofeno.
No acude a urgencias. Muere sola. Baño. Grifo del lavabo abierto.
Pijama. Sin signos de violencia. Toxicología rutinaria negativa.
Histología inespecífica. Muestras conservadas, escasas.
—Eso ya lo sabemos.
—Me pediste repasar.
—Necesito lo que no sabemos.
—Eso es más largo.
Alicia tomó la carpeta azul que Marcos les había entregado.
Dentro había analíticas, informes de Atención Primaria, alguna ecografía ginecológica antigua, resultados de hierro, vitamina D, revisiones sin demasiada narrativa.
La salud cotidiana de una mujer joven cabía en muy pocas hojas y demasiadas omisiones.
—No hay cardiología —dijo.
—No.
—No hay hipertensión.
—No.
—No hay antecedentes de síncope.
—No.
—No hay consumo de estimulantes.
—No conocido.
—No hay gimnasio.
—No conocido.
—No hay urgencias previas.
—No.
Alicia colocó un dedo sobre una hoja.
—Y hay ginecología.
El informe era de una consulta de hacía ocho meses. Sangrados irregulares. Astenia. Ferropenia leve corregida. Recomendación de control. Más abajo aparecía una nota: deseo gestacional. Ácido fólico. Nueva revisión si no embarazo en seis meses.
—Intentaban tener hijos —dijo Alicia.
Víctor dejó el café en la mesa.
—Marcos no lo dijo.
—No directamente.
—Quizá no quiso.
—O quizá nadie le preguntó bien.
La frase sonó a Cardoso y Alicia lo notó con disgusto.
Otra hoja hablaba de analítica hormonal incompleta.
Una solicitud pendiente de nueva valoración.
Un comentario manuscrito del médico de familia: ciclos irregulares desde juventud; valorar estudio si persistencia.
Nada raro en sí mismo. Nada concluyente.
Una de esas pequeñas zonas blandas de la medicina donde el cuerpo no encaja del todo en la narrativa que se le asigna, pero tampoco protesta lo suficiente para que alguien lo escuche de inmediato.
—Me molesta porque no se ha mirado —dijo Alicia.
—¿El qué?
—La historia de Lucía. Con Carmen todo el mundo había mirado demasiado: farmacia, tensión, medicación, menopausia, ambiente. Con Lucía se miró lo justo para cerrar una muerte súbita sin violencia. Mujer joven, baño, no tóxicos, no trauma. Y ya.
—Porque no había indicios.
—Porque no había los indicios que sabían buscar.
El piso de Marcos y Lucía estaba igual que la primera vez. En la entrada, las mismas llaves en el cuenco. En el salón, las carpetas etiquetadas. En la estantería, los libros ordenados por tamaño. En el pasillo, la puerta del baño abierta.
Marcos los recibió sin sorpresa.
—Sabía que volverían.
—Tenemos que hacerle preguntas más personales —dijo Alicia.
—Sobre los médicos.
—Sí.
—Sobre si queríamos tener hijos.
—Sí.
Marcos se inclinó hacia delante, los codos sobre las rodillas. La alianza giró bajo su pulgar.
—No lo dije porque no pensé que importara.
—Puede que no importe.
—Entonces ¿por qué están aquí?
—Porque en este caso casi nada importa hasta que empieza a repetirse. Y Lucía no se parece a los demás por lo que hacía. Se parece por lo que no podemos explicar.
Marcos aceptó la frase con una especie de cansancio nuevo.
—Llevábamos casi dos años intentándolo. Al principio sin darle importancia. Luego con calendarios, aplicaciones, análisis, consejos que todo el mundo da sin que se los pidas. Después dejamos de contarlo. La gente pregunta mucho al principio. Luego deja de preguntar y eso también duele.
—¿Consultaron por infertilidad?
—Sí. En una clínica privada. Una primera visita. Nos pidieron pruebas. A mí me hicieron un seminograma.
—¿Resultado?
—Normal. O eso dijeron. Faltaban pruebas de ella. Analíticas, ecografía, pruebas de segundo nivel si seguía sin explicación. No llegamos.
La expresión pruebas de segundo nivel apareció en la habitación sin que nadie supiera aún qué hacer con ella.
—¿Por qué iban a pedir esas pruebas?
—No sé. Por protocolo, creo. La doctora dijo que a veces, cuando todo parece normal y no hay embarazo, hay que mirar cosas menos frecuentes. Lucía hizo un chiste. Dijo que si seguían mirando iban a encontrar que era extraterrestre.
Intentó sonreír. No pudo.
—¿Lucía tenía reglas irregulares?
—Sí. Desde joven. Ella lo llevaba como algo suyo. A veces decía que le venía, a veces que no, a veces que manchaba, a veces que los médicos decían que eran nervios, hormonas, estrés. No sé. Yo no preguntaba demasiado. Me parecía íntimo.
—¿Tomaba anticonceptivos o tratamiento hormonal?
—Antes sí. Durante años. Luego los dejó cuando empezamos a buscar embarazo. Después le dieron progesterona un tiempo, creo. O algo parecido. No sé los nombres.
—¿Dónde están esos informes?
—Algunos en la carpeta. Otros los tenía ella en el correo. La clínica usa una aplicación.
—Necesitaremos autorización para acceder.
—La tienen.
—Puede revisar usted antes lo que nos entrega —dijo Alicia.
—No quiero. Si empiezo a leerlo todo, voy a buscar señales. Y si encuentro algo que no vi, no sé qué hago con eso.
Marcos los llevó al despacho de Lucía. Era pequeño, más ordenado aún que el salón: una mesa blanca, un ordenador portátil cerrado, archivadores, cajas con etiquetas. Abrió un cajón y sacó una carpeta azul de plástico semitransparente.
—Esta.
Alicia la tomó con guantes.
Dentro había presupuestos de la clínica, consentimientos informados, una hoja con indicaciones para pruebas hormonales, una solicitud de estudio genético en blanco y una lista manuscrita de Lucía.
Preguntar: sangrados / útero ok / ovarios? / pruebas genéticas? / Marcos normal / no obsesionarse.
La última frase estaba subrayada.
No obsesionarse.
Víctor la leyó por encima del hombro.
—Eso nunca funciona.
Marcos se apoyó en el marco de la puerta.
—Lucía decía que los archivos se ordenan porque la vida no. Supongo que intentaba hacer lo mismo con esto.
De vuelta en comisaría, Alicia colocó la carpeta azul de Lucía junto a la tabla de Pilar Montoya-Prado. No había una conexión clara entre ambas. Eso era importante. Si la conexión hubiera sido evidente, habría sido sospechosa de ser una fabricación de la propia investigación.
Víctor pegó una nota nueva en la pizarra:
Lucía: infertilidad / estudio de segundo nivel pendiente / sangrados irregulares / tratamiento hormonal previo.
—Esto no dice que pertenezca —dijo.
—No.
—Pero impide sacarla.
—Sí.
La clínica envió la documentación con la autorización de Marcos. Entre los documentos aparecía el seminograma normal, varias analíticas solicitadas para Lucía, una ecografía con útero de morfología normal y una recomendación de completar estudio por esterilidad primaria.
No había estudio genético realizado.
Solo una recomendación pendiente.
En la nota clínica, la ginecóloga había escrito:
Paciente refiere historia de sangrados muy irregulares desde la adolescencia, periodos prolongados de amenorrea y sangrados escasos inducidos ocasionalmente tras tratamiento hormonal. No estudio genético previo. Recomiendo completar evaluación endocrino-genética si persiste deseo gestacional.
Alicia leyó la frase dos veces.
No estudio genético previo.
Endocrino-genética.
No significaba nada para el caso todavía. O significaba demasiado en un idioma que aún no sabían leer.
—Esto hay que pasárselo a Cardoso —dijo.
—Y a Pilar.
Alicia levantó la vista.
—Primero Cardoso.
El forense recibió las nuevas hojas con una expresión que empeoró a medida que leía.
—No soy ginecólogo —dijo.
—Lo sabemos.
—Me alegra. Hay días en que esta investigación parece olvidarlo.
—Necesito saber si esto importa.
Cardoso dejó los papeles sobre la mesa.
—Para la vida de Lucía, sí. Para la causa de muerte, no lo sé. Ciclos irregulares, amenorrea, tratamientos hormonales, esterilidad primaria, estudio genético pendiente... Todo eso puede pertenecer a muchas historias clínicas. Algunas banales. Otras no.
—¿Puede relacionarse con muerte súbita?
—De forma directa, no en principio. De forma indirecta, según el diagnóstico de fondo, quién sabe. Pero no hagan una línea recta donde todavía solo hay puntos.
—Pilar habló de variables biológicas.
—Pilar habla de muchas cosas antes de decidir cuáles merecen existir.
—¿Le paso esto?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque si aparece una indicación de estudio genético en una investigación donde la distribución por sexo no deja de molestarnos, prefiero que una viróloga insoportable me diga que no importa antes que ignorarlo yo solo.
Cardoso respondió cuarenta y dos minutos después.
No llamó. No pidió explicaciones. Reenvió una sola nota, con copia a Pilar Montoya-Prado:
Revisad documentación completa. Si quedan muestras de Lucía, no se consumen sin avisar.
Alicia leyó el mensaje en su mesa.
Víctor, de pie detrás de ella, lo leyó también.
—Eso ya no es “no importa”.
—No.
—Tampoco es “importa”.
—Exacto.
—Qué manera tan elegante de no ayudarnos.
Alicia abrió la tabla de casos fuertes y modificó la columna de Lucía. Donde antes decía sin explicación útil, añadió:
historia endocrino-genética incompleta.
La frase era fea, fría y probablemente insuficiente.
Pero cambiaba algo.
Carmen se había movido hacia el borde porque su muerte empezaba a explicarse demasiado bien por sí sola.
Lucía, en cambio, se quedaba porque su vida empezaba a explicarse demasiado poco.
Esa noche, antes de salir, Alicia volvió a mirar la pizarra.
Daniel. Javier. Diego. León. Hugo. Samir. Lucía.
Carmen aparte.
Diez hombres y dos mujeres había dicho la lista inicial.
Ahora, al depurarla, la frase ya no servía. Ya no eran diez y dos. Ya no eran siquiera hombres y mujeres en el sentido en que la investigación había usado esas palabras al principio. Había cuerpos, historias clínicas, huecos, síntomas, muestras, palabras mal traducidas.
Y Lucía Merino Salvatierra, archivera municipal, treinta y cuatro años, muerta en el baño de su piso, no se dejaba sacar.
Víctor apareció en la puerta con el abrigo puesto.
—¿Te vas?
—En cinco minutos.
—Eso dijiste hace media hora.
—Entonces en otros cinco.
Él no insistió. Antes de salir, miró la pizarra.
—Pobre Lucía.
Alicia lo miró.
Víctor no solía decir esas cosas.
—¿Por qué?
—Porque todos intentaban averiguar por qué no podía traer una vida al mundo. Y ahora nosotros intentamos averiguar por qué se fue la suya.
No esperó respuesta.
Se marchó.
Alicia se quedó sola frente a los nombres.
Decía lo suficiente.
Pedir la documentación completa impedía que Lucía volviera al margen.