Capítulo XV La agenda roja
La agenda roja apareció dentro del bolso de Carmen Varela, entre un tensiómetro de muñeca y una funda de gafas.
No parecía importante.
Era pequeña, de tapas duras, con una goma elástica algo dada de sí y las esquinas rozadas por el uso.
Una de esas agendas que sobreviven al móvil porque ciertas personas no terminan de fiarse de los recordatorios que desaparecen detrás de una pantalla.
Carmen escribía en ella con letra apretada, inclinada hacia delante, como si incluso las palabras tuvieran que aprovechar mejor el espacio.
Alicia la vio por primera vez en el dormitorio de Rafael Cobo, el marido de Carmen, pero empezó a entenderla antes, en el coche, camino de la autoescuela donde él trabajaba.
Víctor conducía con una mano y con la otra sujetaba un café que ya estaba frío.
—Tenemos que admitir que Carmen pesa raro —dijo.
—Todos pesan raro hasta que sabemos dónde ponerlos.
—Carmen tiene hipertensión, síncope previo, medicación ajustada, sofocos, cefalea, palpitaciones, una edad menos incompatible y un médico informal llamado Raúl que todo el mundo consulta sin consulta. La farmacia no da nada. El inventario no da nada. El ambiente no da nada.
—Y aun así repite síntomas.
—Sí. Como media ciudad.
Alicia no contestó.
La autoescuela Cobo ocupaba un local estrecho junto a una avenida con tráfico constante.
En el escaparate había fotografías de alumnos sonrientes con una L en la mano, carteles de permisos de moto, horarios de clases teóricas y un coche azul aparcado frente a la puerta con el nombre de la empresa en los laterales.
Rafael Cobo los recibió en un despacho pequeño al fondo.
Era un hombre de cincuenta y cinco años, bajo, compacto, con el pelo gris muy corto y la piel enrojecida de quien ha pasado muchas horas dentro de coches con calefacción alta y ventanillas cerradas. Llevaba un jersey verde oscuro y unas gafas colgadas del cuello.
—Ya hablé con la policía —dijo.
—Lo sabemos —respondió Alicia—. Necesitamos revisar algunos detalles.
—Carmen murió del corazón.
—Eso intentamos confirmar.
—No. Intentan meterla en lo de la periodista.
Alicia esperó a que se sentara.
—La periodista la incluyó en una lista. Nosotros estamos intentando saber si esa lista tiene sentido.
—Carmen no era una noticia.
—No.
—Ni un misterio.
—Eso aún no lo sabemos.
Rafael apretó los labios. Había en él una resistencia que no era culpabilidad, sino defensa del tamaño de su pérdida.
—Necesitamos el bolso que llevaba el día que murió. Medicación, agenda, cualquier registro de tensión, informes médicos recientes.
—Lo tengo en casa. No lo he tocado mucho.
La frase tenía una precisión dolorosa. No dijo no lo he tocado. Dijo no lo he tocado mucho. Porque siempre se toca algo. Se busca una llave, un pañuelo, una tarjeta, una nota. Se abre una cremallera y luego uno se siente como si hubiera entrado en una habitación ajena.
Vivían a diez minutos de la autoescuela, en un piso de los años ochenta con ascensor pequeño y un descansillo que olía a comida recién hecha.
Carmen y Rafael no tenían hijos. Había orden, fotografías de viajes, libros de cocina, recuerdos de playa, dos tazas junto a la cafetera, un silencio sin juguetes ni habitaciones reconvertidas.
El bolso de Carmen estaba en una silla del dormitorio.
No colgado. No guardado. Colocado.
Era un bolso marrón, grande, práctico, con un pañuelo anudado al asa. Rafael lo cogió con cuidado y lo dejó sobre la cama.
—Hagan lo que tengan que hacer.
Salió de la habitación.
Dentro del bolso había una cartera, llaves, una funda de gafas, dos bolígrafos, pañuelos, caramelos de menta, una crema de manos, un pequeño tensiómetro de muñeca, un blíster de paracetamol, otro de un antihipertensivo, un protector gástrico, una caja de comprimidos para dormir casi llena, recibos, una agenda y tres papeles doblados con resultados de analíticas.
—Llevaba un tensiómetro encima —dijo Víctor.
Alicia encendió el aparato y revisó la memoria. Había registros de los días anteriores: cifras variables, algunas altas, otras no especialmente llamativas. El último registro era de la misma tarde de su muerte.
Diecisiete cuarenta y ocho.
154/96.
Pulso: 104.
—Alta, pero no escandalosa —dijo Víctor.
—Para morirse, no.
—Para asustarse, sí.
La agenda era de tapas rojas. En la semana de su muerte aparecían tres anotaciones relevantes.
Raúl — tensión / palpitaciones.
Holter? preguntar.
No olvidar analítica viernes.
—Holter —dijo Víctor.
—Sí.
—Eso suena a que ella misma estaba pensando en arritmias.
—O en descartar arritmias.
Dos semanas antes, Carmen había escrito:
Sofocos otra vez. No es menopausia?
La interrogación final tenía un trazo más fuerte que el resto.
En una de las analíticas, varios valores estaban subrayados.
Colesterol alto. Glucosa ligeramente elevada.
Función renal normal. TSH normal. Hemoglobina normal.
Nada que explicara nada. Nada que dejara de formar parte de una biografía clínica perfectamente corriente para una mujer de cincuenta y dos años con hipertensión, estrés y poco tiempo para cuidarse.
Lo corriente también mataba.
Y cuando lo hacía en medio de una serie posible, se volvía una coartada perfecta para todo lo demás.
Rafael volvió al dormitorio con dos vasos de agua que nadie había pedido.
—Carmen decía que el cuerpo tiene muy mala educación —dijo.
—¿Por qué?
—Porque interrumpe siempre en el peor momento. Le dolía la cabeza cuando había pedido. Le subía la tensión cuando venía inspección. Le daban sofocos cuando tenía clientes. Decía que una farmacéutica no podía permitirse dar síntomas delante del mostrador.
—¿Desde cuándo estaba así?
—Meses. Pero peor las últimas semanas. La farmacia. La inspección. Dinero. Cansancio. Dormía mal. Se despertaba de madrugada. A veces se levantaba y se iba al salón porque decía que tenía calor.
—¿Palpitaciones?
—Sí. A veces. Se ponía la mano aquí. Luego se enfadaba consigo misma. Decía que parecía una paciente de las suyas.
Alicia fotografió la agenda, el tensiómetro y las analíticas. Rafael aceptó sin discutir. En el dormitorio, mirando el bolso abierto, preguntó:
—Si no fue lo mismo que los otros, ¿van a decirlo?
—Cuando lo sepamos.
—No me refiero a ustedes. Me refiero al periódico. A la gente. A todos los que ya la han puesto donde no estaba.
—No puedo responder por ellos.
—Claro. Nadie puede responder nunca por nadie cuando ya se ha dicho algo.
La frase los siguió hasta el ascensor.
En el Instituto de Medicina Legal, Cardoso recibió las fotografías de la agenda, los registros del tensiómetro y las analíticas. Leyó en silencio.
—Hipertensión variable, pulso alto en registro reciente, antecedentes de síncope o presíncope, sofocos, palpitaciones, posible consulta por Holter, estrés, mal sueño, ajuste terapéutico. Analítica anodina. Nada heroico.
—¿Natural? —preguntó Víctor.
—Probablemente.
La palabra cayó con menos fuerza de la que Alicia esperaba. Quizá porque la había visto venir.
—¿Probablemente cuánto? —preguntó ella.
—Lo suficiente para bajarla de prioridad. No lo suficiente para sacarla del todo si ustedes aún no han cerrado la serie.
—Eso no es cómodo.
—Por eso se lo digo.
—¿Puede haber tenido síntomas parecidos por causas propias?
—Por supuesto. Una mujer de cincuenta y dos años con hipertensión, palpitaciones y probable transición hormonal puede tener calor, cefalea, ansiedad, taquicardia y morirse de una arritmia sin que nadie la haya tocado. No todo lo que se parece pertenece.
Alicia anotó la frase.
—No todo lo que se parece pertenece.
Cardoso tomó la hoja de Alicia y escribió junto al nombre de Carmen:
Explicación clínica plausible. No prioritaria. No usar para definir patrón.
—Ahí tiene su borde.
Alicia leyó la frase.
No usar para definir patrón.
Eso era más importante que descartarla. Carmen podía seguir dentro como advertencia, no como pilar. Podía recordarles que una lista no se purifica deseando que sus errores desaparezcan.
—¿Y Lucía? —preguntó.
Cardoso volvió a ponerse las gafas.
—Lucía no me da ese consuelo.
Carmen se movía hacia el borde.
Lucía, sin hacer nada, acababa de acercarse al centro.
En la comisaría, Salcedo escuchó el resumen sin interrumpir. Dalia no estaba allí, pero la sombra de su lista sí. Orduña había dejado un mensaje escrito: Evitar variaciones públicas sobre composición de la lista hasta nueva valoración.
—Carmen no define el patrón —dijo Alicia.
—¿Pero sigue en la investigación? —preguntó Salcedo.
—Sí. Como caso periférico o posible falso positivo. No como caso fuerte.
—Eso no se puede decir en una rueda de prensa.
—No vamos a dar una rueda de prensa.
—La rueda de prensa vendrá a buscarnos.
Alicia separó los nombres de nuevo.
Daniel. Javier. Diego. León. Hugo. Samir, pendiente. Lucía. Carmen en el borde.
La proporción se volvía más incómoda cuanto más intentaban limpiarla.
El teléfono de Alicia vibró.
Un mensaje de Dalia.
Lo que encontré no era lo que creía. Es más antiguo. Una línea de investigación sobre testosterona, agresividad y modulación. ¿Te interesa o vas a fingir que no?
Alicia dejó el móvil sobre la mesa.
Salcedo leyó el mensaje.
—¿Tiene que ver con Montoya-Prado?
—No lo sé.
Víctor se acercó y leyó también.
—Testosterona, agresividad, modulación. Eso suena a charla TED con problemas legales.
Alicia no sonrió.
Carmen Varela acababa de moverse hacia el borde de la lista.
Y, como si el espacio que dejaba hubiera exigido otra cosa en su lugar, una línea antigua de investigación empezaba a rozar el caso por un sitio que todavía no sabían nombrar.
—Respóndele —dijo Salcedo.
Alicia escribió:
Me interesa. No publiques.
La respuesta de Dalia llegó casi de inmediato.
Entonces ven rápido.