Diana (Tríptico Delbran 2) Capítulo XIV La experta
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Capítulo XIV La experta

Pilar Montoya-Prado trabajaba en un edificio demasiado parecido a cualquier otro edificio nuevo del entorno hospitalario.

Cristal, hormigón claro, pasillos amplios, carteles de congresos antiguos, una cafetería en la planta baja y un directorio digital que cambiaba de pantalla cada pocos segundos.

El Instituto de Investigación Biomédica no parecía un lugar secreto ni especialmente amenazante.

Parecía, más bien, uno de esos espacios donde la precariedad científica y la ambición institucional conviven bajo una iluminación muy blanca.

Cardoso los esperaba en la entrada, junto al directorio. Llevaba la misma bufanda gris del hospital y una carpeta bajo el brazo. Parecía irritado por el edificio antes incluso de entrar en él.

—Me molestan los centros con tanto cristal —dijo.

Víctor miró la fachada.

—¿Por qué?

—Porque luego todo el mundo cree que eso significa transparencia.

—La arquitectura también te cae mal.

—Solo cuando presume.

Alicia miró el directorio.

—¿Pilar Montoya-Prado?

—Tercera planta. Unidad de Virología Molecular y Respuesta Neuroinmune.

—¿La conoce bien?

—La conozco lo suficiente para saber que no va a regalarnos una hipótesis bonita.

Subieron en ascensor. En la tercera planta, el pasillo tenía una limpieza distinta a la del hospital: la limpieza metódica de los lugares donde se intenta que una muestra no contamine a otra.

Puertas con tarjetas magnéticas. Carteles de bioseguridad.

Congeladores con alarmas luminosas. Una sala de cultivos vista a través de un cristal.

Pilar abrió la puerta después de que Cardoso llamara dos veces.

Tendría cuarenta y pocos años. Llevaba el pelo oscuro recogido de cualquier manera, bata blanca sobre ropa negra y unas gafas de montura fina.

No tenía el aspecto teatral de una científica brillante.

Parecía cansada, concentrada y un poco molesta por haber tenido que interrumpir algo.

En una mano sostenía un rotulador; en la otra, una taza de café con una mancha antigua en el borde.

—Félix —dijo.

—Pilar.

—Inspectora Herrera. Inspector Olmos.

Les estrechó la mano sin solemnidad y se apartó para dejarlos pasar.

—Perdonen el desorden. Me avisaron tarde.

El despacho no estaba desordenado de verdad, pero tampoco tenía la frialdad perfecta que Alicia había esperado.

Había pilas de artículos impresos, una chaqueta sobre el respaldo de una silla, una caja de puntas de pipeta sin abrir en el suelo, libros de virología, inmunología y neurociencia, y una planta medio seca en la repisa de la ventana.

En la pizarra había rutas inflamatorias, abreviaturas y flechas.

Sobre la mesa había tres carpetas.

—Cardoso me envió un resumen —dijo Pilar—. No los expedientes completos.

—Era lo que podía enviar —dijo él.

—No. Era lo que decidió enviar.

Se sentaron. Pilar abrió la primera carpeta y pasó una hoja marcada con notas.

—Daniel Robles, Javier Ochoa, Lucía Merino, Diego Salvatierra, León García, Hugo Sanz y algunos casos periféricos.

Síntomas previos variables: calor subjetivo, palpitaciones, cefalea, mareo, náusea, sensación de ansiedad o de cuerpo extraño.

Muerte súbita o parada ventricular en varios.

Tóxicos habituales negativos o insuficientes.

Sin lesión macroscópica cardíaca concluyente en los casos mejor estudiados. ¿Voy bien?

—Preliminarmente —dijo Alicia.

—Entonces todavía no vamos a casarnos con ninguna hipótesis.

Cardoso se inclinó hacia delante.

—Queremos saber si una causa infecciosa tiene sentido.

—Depende de lo que llamen causa infecciosa.

Si pensamos en una infección cardíaca clásica, la hipótesis es débil.

No hay fiebre sostenida, no hay agrupación doméstica o laboral clara, no hay cadena epidemiológica evidente, no hay un cuadro respiratorio común, no hay signos de miocarditis franca en lo que me han enviado. Eso no favorece un brote convencional.

—¿Y uno no convencional? —preguntó Alicia.

—La palabra no convencional sirve para muchas cosas, algunas serias y otras ridículas.

Hay agentes capaces de afectar al corazón de forma indirecta, o de precipitar una arritmia en un contexto de susceptibilidad.

También hay respuestas inmunes que no se ven como un daño anatómico limpio.

Pero si entramos ahí, entramos en terreno caro, lento y lleno de falsos positivos.

—Eso no es un no.

—No. Es un todavía no sé cómo formular la pregunta.

Pilar dibujó tres flechas en la pizarra.

—Primera posibilidad: daño directo. El agente entra en células cardíacas y produce lesión.

Segunda: daño indirecto. El agente activa una respuesta inmunitaria que termina afectando al corazón.

Tercera: interferencia funcional. No destruye necesariamente el tejido de manera evidente, pero altera durante un tiempo la excitabilidad, la señalización, el equilibrio iónico o la respuesta autonómica.

El corazón puede parecer aceptable y comportarse mal.

Víctor miró la pizarra.

—Eso último suena a coche que pasa la ITV y se queda sin frenos en una curva.

Pilar lo miró por primera vez con algo parecido a interés.

—No es una mala traducción.

Alicia se inclinó hacia delante.

—¿Puede matar sin dejar una lesión clara?

—Una arritmia puede matar sin dejar una confesión anatómica. Eso no convierte la causa en biológica externa. Pero significa que buscar solo trombos, arterias cerradas o inflamación evidente puede no bastar.

—¿Qué buscaría usted?

—En Javier, muestras amplias y bien conservadas.

Sangre total, suero, plasma, células si las han guardado, orina.

Marcadores inflamatorios, panel viral amplio, autoanticuerpos, tóxicos menos habituales y, si alguien lo paga y lo justifica, metagenómica.

Pero no empezaría por una palabra grande. Empezaría por no tirar nada.

—Y no me convertiría a mí en la única puerta —añadió Pilar—. Hagan leer esto a alguien de genética, a alguien de bioinformática y a alguien que conozca la parte regulatoria de la línea. Si se equivocan de especialista, pueden equivocarse de sospechoso.

Cardoso no protestó. Apuntó tres nombres en el margen de la carpeta antes de seguir.

Pilar ordenaba los casos también por disponibilidad de material: Javier era el mejor para laboratorio porque seguía vivo; Daniel era central para la periodista por edad, escena y alarma; Lucía era interesante por falta de explicación, pero quizá pobre si no quedaban muestras; Carmen parecía clínicamente más ruidosa; Diego interesaba por contexto de esfuerzo y productos; León por consulta previa.

—¿Y la distribución por sexo? —preguntó Alicia.

Pilar miró la tabla.

—Todavía no me atrevería a usarla.

—Pero la ha visto.

—Claro. Diez hombres y dos mujeres en la lista inicial. Si depuran la lista, quizá cambia. Quizá no. Hay sesgo de selección, diferencias de riesgo cardiovascular, edad, presentación clínica, hábitos, azar. Pueden tardar semanas en distinguir biología de ruido.

—¿Y si no fuera ruido?

—Entonces habría que revisar qué están metiendo en la misma casilla cuando dicen “sexo”. A veces una categoría útil para un formulario no sirve para una pregunta biológica.

—¿Eso significa algo o es una manera elegante de decir que no lo sabe? —preguntó Víctor.

—Las dos cosas.

Cardoso se removió en la silla.

—Pilar.

—No estoy proponiendo nada. Estoy diciendo que, si esto sigue apuntando hacia una diferencia de susceptibilidad, tendrán que precisar mucho antes de concluir nada.

Alicia sostuvo la frase, pero no intentó convertirla aún en hipótesis.

—Recomendaciones —dijo.

—No busquen ya una infección convencional como explicación principal, pero no destruyan esa vía.

No hablen de contagio. No conviertan los suplementos en culpables si no explican a Javier.

No conviertan Urgencias en culpable si solo tradujo mal síntomas corrientes.

Guarden muestras. Prioricen a Javier. Reanalicen los casos con peor explicación anatómica.

Y documenten los síntomas previos con las palabras exactas de testigos y pacientes.

—¿Por qué las palabras exactas?

—Porque el lenguaje clínico aplasta diferencias. Calor, ardor, quemazón, presión, cuerpo nervioso, palpitación, ansiedad. Todo puede terminar codificado como malestar inespecífico. Y malestar inespecífico no significa nada hasta que demasiadas personas dicen cosas parecidas por caminos distintos.

Alicia anotó.

Salieron del despacho con una lista de pruebas y una incomodidad nueva. Pilar quedaba, por ahora, como una experta útil: severa, prudente, difícil de colocar en una sola casilla.

En la planta baja, el instituto seguía siendo luminoso, transparente, eficiente.

El móvil de Alicia vibró.

Un mensaje de Dalia Tellería.

He encontrado una línea antigua sobre agresividad y modulación biológica. No sé si sirve. Pero toca de refilón lo que estáis mirando.

Alicia leyó el mensaje dos veces.

Víctor lo leyó por encima.

—Eso no dice Pilar.

—No.

—Eso es nuevo.

—O viejo.

—¿Y ahora?

—Primero las muestras de Javier.

Alicia miró hacia el instituto.

—Después veremos qué significa “de refilón” cuando lo dice Dalia.