Diana (Tríptico Delbran 2) Capítulo XIII La sala de espera
51%

Capítulo XIII La sala de espera

La sala de espera de Urgencias tenía una forma particular de cansancio.

No era el cansancio de las casas ni el de las oficinas ni el de los bares a última hora.

Era otro: una mezcla de cuerpos incómodos, fluorescentes, abrigos puestos durante demasiado tiempo, máquinas de café con vasos de plástico y conversaciones dichas a media voz por miedo a que una palabra equivocada convirtiera la preocupación en algo más serio.

Alicia siempre había pensado que los hospitales enseñaban a la gente una forma especial de obediencia.

Uno llegaba con dolor, fiebre, miedo, una mano puesta sobre el abdomen o el pecho, y casi de inmediato aprendía a esperar.

Esperar turno. Esperar triaje. Esperar análisis.

Esperar al médico. Esperar a que alguien dijera que no era nada, o que sí era algo, o que todavía no se sabía qué era.

La espera no curaba, pero organizaba el miedo. Lo volvía administrable.

A veces también lo volvía invisible.

Víctor caminaba a su lado con una carpeta bajo el brazo.

—Odio los hospitales.

—Todo el mundo odia los hospitales.

—No. Hay gente que dice cosas como “por lo menos aquí estás atendido”. Esa gente me preocupa.

Habían conseguido el informe de León García a primera hora de la mañana.

Varón, cuarenta y seis años. Dolor torácico inespecífico.

Sudoración. Palpitaciones. Sensación de ansiedad.

ECG sin signos agudos. Troponina inicial negativa.

Tensión elevada. Alta con diagnóstico de probable cuadro ansioso/somático y recomendación de seguimiento por Atención Primaria si persistían síntomas.

Dos días después, su mujer lo encontró muerto en el garaje de casa.

El hospital era el mismo en el que Javier Ochoa seguía ingresado.

Eso podía significar algo.

O solo que la ciudad tenía un hospital principal y la gente acudía a él cuando el cuerpo dejaba de parecer de fiar.

La doctora que los esperaba se llamaba Beatriz San Román.

Coordinaba el servicio aquella semana y tenía la cara de alguien que llevaba demasiadas horas protegiendo a otros de un sistema que también la estaba aplastando a ella.

Cincuenta años, pelo corto con algunas canas, pijama quirúrgico verde, zuecos, una identificación colgada del cuello y ojeras que no intentaban disimular nada.

Los recibió en un despacho compartido.

—Antes de empezar —dijo—, no voy a aceptar que conviertan un alta médica en homicidio por omisión porque ahora haya alarma pública.

—No hemos venido a acusar a nadie —dijo Alicia.

—Todavía.

—No somos tan rápidos.

—La prensa sí.

—No trabajamos para la prensa.

—Pero la prensa nos ha puesto a todos a trabajar de otra manera.

Se sentaron. Ella no. Permaneció de pie junto al escritorio, con los brazos cruzados.

—León García —dijo Alicia.

—Lo he revisado.

—¿Y?

—Y entiendo cómo se ve ahora. Varón de cuarenta y seis años, dolor torácico, sudoración, palpitaciones, alta, muerte dos días después. Es una secuencia horrible. También es una secuencia que no demuestra por sí sola un error.

—Explíquenoslo.

San Román respiró hondo.

—Entró por dolor torácico atípico, no opresivo, sin irradiación clara, con ansiedad marcada, tensión alta.

ECG sin elevación de ST ni arritmia documentada.

Troponina inicial negativa. Exploración sin datos de insuficiencia cardíaca.

Se observó, mejoró, se fue con recomendaciones.

Con los datos que había, no era un infarto evidente.

—¿Le hicieron segunda troponina?

La doctora miró a Alicia con otra atención.

—No.

—¿Por qué?

—Porque el protocolo permite estratificar riesgo. No todos los dolores torácicos se quedan horas. Si hiciéramos seriación completa a cada paciente de bajo riesgo, Urgencias colapsaría aún más de lo que ya está.

—Pero murió.

—Sí.

La respuesta salió sin defensa.

—Y eso cambia cómo se lee el episodio —añadió San Román—. Pero no cambia automáticamente lo que vio el médico que lo atendió. La medicina se practica hacia delante. Las familias, los jueces y la prensa la leen hacia atrás.

Víctor escribió la frase.

—¿Eso es suyo?

—De todos los que trabajamos aquí.

Alicia abrió otra hoja.

—¿Ha revisado otros casos citados por la lista?

—No oficialmente.

—¿Extraoficialmente?

San Román se sentó al fin.

—He revisado lo que ha pasado por este hospital.

León. Javier, obviamente. Daniel llegó ya en parada, derivado tras reanimación fallida.

Hugo Sanz tuvo una consulta telefónica con su centro de salud, no aquí.

Samir no pasó por Urgencias. Diego fue atendido por una ambulancia medicalizada y trasladado ya crítico; falleció en el box de críticos.

Carmen Varela no vino aquí antes de morir. Lucía tampoco.

—Ha revisado bastante para no ser oficial —dijo Víctor.

—Cuando una periodista escribe que doce personas se han muerto y que nadie mira, una empieza a mirar aunque solo sea por rabia.

—¿Y qué ha visto?

—Ruido.

—Esa palabra la usamos mucho últimamente.

—Porque probablemente es lo que hay. Ruido clínico, administrativo, familiar.

La gente consulta por palpitaciones todos los días.

Por mareo. Por calor. Por ansiedad. Por dolor torácico.

La mayoría no se muere. Algunos se mueren.

Algunos se iban a morir aunque los ingresaras.

Otros quizá no. Esa es la parte que nadie quiere oír.

—¿Y en estos casos?

—En estos casos no sé qué parte es cuál.

Necesitaban identificar consultas previas con síntomas similares en las víctimas y, si era posible, en personas vivas con episodios parecidos.

San Román les dijo lo evidente: eso eran cientos de consultas.

Si la gente sabía qué síntomas buscaban, al día siguiente la sala estaría llena de ciudadanos convencidos de estar muriendo y de personas que quizá sí lo estaban por razones completamente distintas.

—El médico que atendió a León —dijo Alicia.

—Está de guardia.

—Queremos hablar con él.

El médico se llamaba Raúl Montalvo.

Alicia reconoció el nombre en cuanto San Román lo dijo. Lo tenía anotado junto al calendario de Carmen Varela: llamar Raúl. El hombre que entró diez minutos después era médico adjunto de Urgencias, cuarenta y tantos, barba breve, bata abierta y un cansancio impaciente.

—Usted atendió a León García —dijo Alicia.

—Sí.

—Y conocía a Carmen Varela.

Montalvo se quedó quieto.

—¿Carmen?

—Tenía anotado “llamar Raúl” el día de su muerte.

—No era paciente mía de Urgencias. Soy médico de familia en excedencia parcial y hago guardias aquí. Carmen me consultaba a veces de manera informal. Nos conocíamos del barrio.

—¿Consulta informal médica?

—No debería. Ya lo sé. Pero en una ciudad de este tamaño, si eres médico, la gente te consulta en el supermercado, en la farmacia, en el portal y en los entierros. Carmen era farmacéutica. Hablábamos de tensión, medicación, cosas así.

—¿La había visto recientemente?

—Dos semanas antes de morir. Me dijo que tenía sofocos, palpitaciones, tensión variable, dolor de cabeza. Le dije que fuera a su médico y que no ajustara medicación por su cuenta.

—¿León García?

Montalvo miró hacia la puerta, como si esperara que San Román lo protegiera. Ella permaneció en silencio.

—León llegó muy nervioso. Sudaba. Decía que el corazón le iba raro. El ECG estaba bien. La troponina estaba bien. La exploración no era alarmante. Tenía antecedentes de ansiedad, tensión alta, mucho estrés laboral. Lo dejé en observación, mejoró y se fue.

—¿Le creyó?

La pregunta de Alicia pareció irritarlo.

—Claro que le creí.

—Me refiero a si creyó que lo que sentía era físico.

—Inspectora, la ansiedad es física. El pánico es físico. El estrés te sube la tensión, te acelera el corazón, te cierra el pecho. No es imaginario porque no sea un infarto.

—No he dicho que lo fuera.

—Pero está buscando una frase donde yo lo haya descartado por ansioso.

—Estoy buscando si alguien oyó el mismo aviso que estamos oyendo ahora.

La frase cambió algo en la cara de Montalvo.

—Sí —dijo—. Lo oí. Y decidí que no gritaba lo suficiente.

Nadie habló.

—¿Ha visto otros? —preguntó Alicia.

—Javier. Y quizá Diego. Llegó muy mal. El equipo de emergencias habló de hipertermia subjetiva, no real. Decían que el chico repetía que se quemaba por dentro antes de caer, según el cliente que estaba con él. Pero en el hospital ya no hablaba.

Alicia escribió: se quemaba por dentro.

—¿Eso está en el informe?

Montalvo negó.

—No con esas palabras. En el informe pone malestar previo y colapso durante ejercicio.

San Román intervino:

—Los informes no son novelas. En críticos se prioriza lo operativo. “Se quemaba por dentro” no es una categoría clínica. Estamos entrenados para traducir el lenguaje de los pacientes a términos manejables, y al traducir también perdemos cosas.

Alicia aceptó el golpe. Era justo.

Antes de marcharse, pidió entrar de nuevo en la sala de espera. Víctor no preguntó por qué.

La sala estaba más llena que por la mañana.

Una mujer joven con un bebé dormido en brazos.

Un anciano con la mano vendada. Un hombre sudando dentro de una cazadora, mirando el móvil cada pocos segundos.

Una adolescente pálida con una bolsa de plástico en las rodillas.

Un chico con ropa de trabajo y una mirada perdida de fiebre.

Ninguno de ellos pertenecía al caso.

Todos podían parecerlo si uno miraba demasiado.

Ese era el peligro.

—No es negligencia única —dijo Alicia.

—¿Qué?

—No hay un médico que lo explique. Ni una puerta.

Ni una sala. Ni un protocolo. León pasó por aquí y se fue.

Carmen habló con Raúl. Daniel se quejó en casa y en la biblioteca.

Javier casi se muere en un aparcamiento.

Lucía se quedó en casa porque se encontraba mal.

Todos tuvieron síntomas que podían ser cualquier cosa.

—Y por eso nadie hizo nada extraordinario.

—Porque todavía no eran extraordinarios.

En el coche, Alicia recibió un correo de San Román con una tabla provisional: León en Urgencias cuarenta y ocho horas antes; Diego con sensación de calor intenso según testigo; Javier superviviente; Daniel con síntomas referidos por familia y compañeros; Lucía sin consulta urgente registrada; Carmen con contacto informal con Montalvo; Samir pendiente de centro de salud; Hugo con consulta telefónica por palpitaciones y ansiedad.

Habían buscado un producto y habían encontrado síntomas.

Habían buscado negligencia y habían encontrado traducciones imperfectas.

La sala de espera no era la causa. Les había enseñado algo más útil: antes de caer, varios cuerpos habían intentado avisar.

Lo hicieron en un idioma demasiado común.

Todavía no sabían traducirlo.