Diana (Tríptico Delbran 2) Capítulo XII Lotes
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Capítulo XII Lotes

La palabra lote tranquilizaba más de lo debido.

Alicia la vio escrita en la primera hoja del informe de Consumo: número de lote, fecha de envasado, caducidad, distribuidor, trazabilidad. Si algo venía de un lote, había un origen. Si había un origen, quizá había explicación.

Por eso no terminó de fiarse.

Las explicaciones que llegaban demasiado bien vestidas solían tener prisa por cerrar puertas.

Víctor apareció en la sala con una carpeta bajo el brazo y una bolsa de plástico transparente en la otra mano.

—He traído el desayuno de los campeones.

Alicia levantó la vista.

Dentro de la bolsa había tres latas de bebidas energéticas, una barrita proteica, un bote pequeño de cafeína en cápsulas y un paquete de chicles.

—Eso no es desayuno.

—Es una línea de investigación con taurina.

—Peor.

Víctor dejó la bolsa sobre la mesa. Daniel había comprado dos latas de una marca negra en la tienda veinticuatro horas.

La máquina de la facultad vendía otra azul.

Diego Salvatierra aparecía en una foto de redes con una plateada.

Javier Ochoa decía que no tomaba bebidas energéticas, pero en su oficina tenían una nevera con refrescos para clientes y comerciales.

Carmen vendía suplementos de magnesio y vitaminas en la farmacia, no aquellas latas. Lucía, de momento, nada.

—Demasiado y demasiado poco —dijo Alicia.

—Exacto. Mi especialidad.

La carpeta de Víctor contenía tickets, fotografías, capturas de cámaras de seguridad, listados de proveedores y una tabla que había elaborado con una precisión que jamás habría admitido en voz alta.

Víctor fingía desorden porque le daba libertad para observar sin que le pidieran método.

Pero tenía método. Alicia lo sabía desde hacía años.

—¿Distribuidor común?

—Para las bebidas, sí y no. Dos marcas vienen del mismo mayorista regional. La tercera no. Pero ese mayorista sirve a media ciudad: supermercados, máquinas de vending, tiendas pequeñas, gimnasios, gasolineras. Si eso fuera el vínculo, también tendríamos a media ciudad con palpitaciones.

—Quizá la tenemos.

—No empieces.

Víctor se sentó frente a ella.

—Javier no encaja bien con bebidas energéticas. Dice que no las toma y Marta lo confirma. Paracetamol, antiácido, spray nasal. Café normal. Si miente sobre eso, es el mentiroso más aburrido que he visto en años.

—La gente miente por vergüenza, no solo por culpa.

—¿Vergüenza de una lata?

—Vergüenza de cualquier cosa que crea que le hace parecer responsable de su propia desgracia.

Víctor aceptó el punto con un gesto.

—He pedido cámaras de la oficina. Si cogió algo de la nevera común, lo veremos. O no, porque la cámara enfoca la entrada y un ficus, pero no la nevera. Las cámaras siempre enfocan lo que no importa.

—Vamos al gimnasio de Diego.

El gimnasio donde había muerto Diego Salvatierra se llamaba Nexo Fit y ocupaba la planta baja de un edificio nuevo junto a una avenida de salida de la ciudad.

Desde fuera parecía una promesa de salud empaquetada en cristal: fotografías de cuerpos imposibles, letras blancas sobre fondo negro, ofertas de inscripción sin matrícula y una frase en vinilo junto a la puerta: tu límite lo decides tú.

Víctor la leyó al entrar.

—Qué mal envejecen algunas frases.

Dentro olía a goma, desinfectante, sudor limpio y perfume barato. Había música alta, máquinas alineadas, espejos en todas partes y gente mirando su propio esfuerzo con una concentración que a Alicia siempre le había parecido parecida a la oración.

El gerente los recibió en una oficina acristalada desde la que se veía toda la sala.

Se llamaba Roberto Navas, treinta y pocos, polo negro con el logotipo del gimnasio, brazos demasiado trabajados para que la manga no pareciera una elección casual.

Hablaba con cordialidad comercial y miedo a la mala prensa.

—Ya entregamos las grabaciones —dijo.

—A otra unidad.

Roberto miró a Víctor.

—¿Hay muchas unidades?

—Más de las convenientes.

Alicia sacó la ficha de Diego.

—Queremos revisar las horas previas al colapso. Entrenamiento, consumo, clientes, productos que pudiera haber tomado o vendido.

—Diego era entrenador autónomo, colaboraba con nosotros. No vendía nada en nombre del gimnasio.

La frase salió preparada.

—No he dicho en nombre del gimnasio.

Roberto tragó saliva.

—Aquí la gente trae sus cosas. Batidos, botellas, suplementos. No podemos controlar todo lo que toma cada socio.

—Pero algo controlan.

—Máquinas de vending. Agua, bebidas isotónicas, alguna barrita. Nada raro.

—¿Y Diego?

—Diego sabía mucho de nutrición deportiva.

—Eso tampoco responde.

Víctor se acercó a una vitrina con proteínas, monodosis de magnesio, sobres de electrolitos y geles energéticos.

—¿Todo esto con factura?

—Por supuesto.

—Qué decepción.

Alicia abrió la libreta.

—¿Cómo estaba Diego ese día?

Roberto miró hacia la sala.

—Cansado. Había dado clases por la mañana y tenía clientes por la tarde. Se quejó de calor, pero aquí hace calor cuando hay gente. Dijo que le latía rápido el corazón. Yo le dije que bajara el ritmo.

—¿Lo hizo?

—Un rato. Luego siguió con un cliente.

—¿Tomó algo antes?

—Un batido. Y un preentreno, creo.

—¿Marca?

Roberto dudó.

Víctor sacó una fotografía impresa. Procedía de redes sociales: Diego sonriendo frente a un espejo, con un bote negro y rojo en la mano y una frase motivacional debajo.

—¿Este?

—Puede ser.

—¿Lo vendían aquí?

—No.

—¿Lo recomendaba aquí?

—No oficialmente.

—Todo lo interesante en este caso ocurre no oficialmente —dijo Víctor.

Roberto los llevó a una pequeña sala de empleados donde guardaban objetos personales que nadie había reclamado.

La taquilla de Diego ya había sido abierta por la primera unidad, pero quedaban fotografías del contenido: ropa, toalla, zapatillas, una botella mezcladora, un bote de cápsulas sin etiqueta, dos sobres de monodosis y una libreta con horarios de clientes.

Alicia observó las fotografías. La botella mezcladora tenía restos secos en el fondo. El bote sin etiqueta era de plástico blanco, genérico, con cápsulas de color ámbar.

Víctor señaló la libreta de horarios.

En la última semana, junto a varios nombres de clientes, Diego había escrito pequeñas anotaciones: pierna, cardio, dieta, revisar sueño, no estimulantes. Junto al día de su muerte, a primera hora, había una frase:

calor raro otra vez

Alicia se quedó mirándola.

No era un informe. No era una prueba. Era una frase privada, escrita por un hombre que todavía no sabía que estaba dejando constancia de su propio cuerpo empezando a fallar.

—Otra vez —dijo Víctor.

—Sí.

—Eso implica que ya le había pasado.

—O que él creía que ya le había pasado.

El material de la taquilla había sido remitido para análisis toxicológico básico.

El preliminar llegó aquella tarde: no había anfetaminas, no había efedrina, no había estimulantes ilegales claros.

Cafeína elevada en el preentreno, dentro de lo declarado si uno aceptaba que la etiqueta era un género literario flexible.

Creatina, aminoácidos, edulcorantes, extractos vegetales.

Nada que explicara por sí solo una muerte.

Nada.

La palabra llegó en un correo adjunto, con membrete, firma, tablas y una sobriedad capaz de desesperar.

Antes, pasaron por la oficina de Javier.

Una correduría de seguros en una entreplanta con mamparas transparentes, plantas de plástico y carpetas azules.

El jefe de Javier aseguró que era un trabajador excelente sin que nadie se lo preguntara.

Una compañera, Nuria, confirmó que Javier no tomaba bebidas energéticas.

—Le daban taquicardia —dijo.

Alicia se giró.

—¿Lo decía él?

—Sí. Decía que no podía con esas cosas. Tomaba café, pero poco. Era más de infusiones, aunque se metían con él.

—¿Había tenido palpitaciones antes?

Nuria miró al jefe antes de responder.

—Esta semana sí. El martes se sentó un rato aquí. Dijo que estaba como acelerado. Le dije que fuera al médico. Dijo que era estrés.

Las cámaras no mostraban a Javier tocando la nevera común. Café a las diez treinta. Agua de su botella. Nada más.

En el coche, de vuelta a comisaría, Víctor dijo:

—No son los suplementos.

—No hemos terminado.

—No son los suplementos.

Alicia miró por la ventanilla. La ciudad pasaba con sus farmacias, gimnasios, tiendas, oficinas y bares, cada uno ofreciendo su pequeña explicación posible.

Bebidas. Pastillas. Estrés. Café. Calor.

Productos de limpieza. Máquinas expendedoras.

Botellas. Spray nasal. Todas las cosas que la gente tocaba sin pensar porque pensar cada gesto volvería invivible cualquier día.

—No como causa general —admitió.

—Gracias.

—Pero han servido.

—¿Para qué?

—Para separar a Daniel y Diego de Javier. Si los dos primeros consumieron estimulantes y Javier no, el consumo no explica el patrón. Si Javier tiene síntomas parecidos sin consumir lo mismo, el síntoma pesa más que el producto.

Víctor tardó un segundo en contestar.

—O sea, no buscamos la lata. Buscamos lo que la lata imitaba.

Al llegar a comisaría, encontraron a Salcedo con dos carpetas nuevas.

—León García estuvo en urgencias dos días antes de morir —dijo—. Dolor torácico inespecífico, sudoración, ansiedad. ECG sin cambios agudos. Alta con recomendación de control por su médico.

Alicia sintió cómo la sala se estrechaba.

—Entonces el siguiente camino es urgencias —dijo Víctor.

Alicia miró las latas sobre la mesa, los botes, los informes negativos, la pequeña montaña de objetos inocentes o insuficientemente culpables.

—No —dijo.

Víctor la miró.

—¿No?

—El siguiente camino no es urgencias.

Alicia recogió el informe de León.

—Es la sala de espera.