Capítulo XI Volver
Javier Ochoa estaba vivo porque una mujer en un aparcamiento había llamado antes de entender del todo lo que veía.
Alicia lo pensó al llegar al hospital. En el segundo sótano de un centro comercial, aquella mujer vio a un hombre apoyarse contra una columna, llevarse la mano al pecho y quedarse mirando el suelo como si acabara de perder una instrucción básica del cuerpo.
No esperó a que la escena se ordenara sola.
El vigilante del aparcamiento llegó con un desfibrilador antes que la ambulancia. No porque supiera usarlo bien, sino porque el aparato sí sabía hablar. Abra la tapa. Coloque los parches. No toque al paciente. Analizando ritmo. Descarga recomendada.
La máquina había dado una orden.
El corazón de Javier Ochoa, por alguna razón que nadie entendía todavía, la había obedecido.
Ahora estaba en una cama de la Unidad Coronaria, con electrodos en el pecho, una vía en el brazo izquierdo y la piel demasiado pálida bajo la luz clara del box.
Tenía cuarenta años, el pelo negro muy corto, barba de un día y una complexión compacta que hacía que su fragilidad resultara casi ofensiva.
Algunos cuerpos parecen construidos para resistir.
Cuando fallan, el fallo parece más grave.
Alicia lo observó desde el pasillo acristalado antes de entrar.
Había visto muchos muertos durante años. No tantos vivos que pudieran haberlo sido.
Víctor apareció a su lado con dos vasos de café de máquina.
—El cardiólogo dice que podemos hablar cinco minutos.
—¿Está consciente?
—Consciente, asustado y convencido de que hemos venido a decirle que hizo algo mal.
—¿Lo hizo?
—No según el cardiólogo. Según su mujer, aparcar en el menos dos porque arriba siempre hay atasco ya era una decisión discutible.
—¿La mujer está aquí?
—En la sala de familiares. Se llama Marta Duarte. Fue quien llamó al 112.
—Bien.
—No parece bien.
—No. Pero es más de lo que teníamos ayer.
Al otro lado del cristal, una enfermera ajustó una bomba de medicación y habló con Javier inclinándose hacia él. Él asintió una vez, con una docilidad que no parecía pertenecerle. En la cama, todos los hombres aprenden enseguida una forma nueva de obediencia.
El doctor que los recibió se llamaba Álvaro Ledesma y llevaba una bata blanca sobre un pijama quirúrgico azul. Tenía la expresión concentrada de quienes hablan rápido porque el hospital no les concede frases largas.
—Cinco minutos —dijo—. Y sin ponerlo nervioso.
—Las preguntas raras son las únicas que tenemos —dijo Alicia.
—Entonces formulen despacio.
El box olía a plástico, antiséptico y aire demasiado limpio.
Javier giró la cabeza cuando entraron. Miró primero las placas, luego las caras, luego otra vez las placas.
La pantalla del monitor traducía su corazón en una línea verde y un número que Alicia no pudo evitar leer aunque no supiera qué hacer con él.
Ochenta y seis.
Una cifra viva.
—Señor Ochoa —dijo—. Soy la inspectora Herrera. Él es el inspector Olmos.
Javier intentó incorporarse un poco. Ledesma le puso una mano en el hombro.
—Quieto.
—¿Ha pasado algo? —preguntó Javier.
La voz le salió ronca.
—Usted ha sufrido una parada cardíaca —dijo Alicia—. Estamos intentando entender por qué.
Javier cerró los ojos un segundo.
—Eso ya me lo han dicho. Pero no sé qué hacen ustedes aquí.
—Estamos revisando varios episodios recientes de muerte súbita o parada cardíaca sin explicación clara. El suyo puede ayudarnos a saber si hay algún elemento común.
Javier abrió los ojos.
—¿Como lo del chico del autobús?
—¿Lo había leído? —preguntó Víctor.
—Todo el mundo lo ha leído.
—Necesitamos que nos cuente lo que recuerda antes de perder el conocimiento —dijo Alicia.
Javier tragó saliva. Tenía los labios secos.
—Había ido al centro comercial. Fui a comprar unas cosas. Nada especial. Aparqué abajo porque arriba estaba lleno. Bajé del coche y empecé a caminar hacia el ascensor. Entonces me dio... calor.
La palabra ocupó el box de una forma desproporcionada.
—¿Calor cómo?
—No sé. Calor. De golpe. Como cuando entras en una habitación cerrada en agosto, pero estaba en el aparcamiento. Hacía frío. Me quité la chaqueta. Luego pensé que me iba a vomitar.
—¿Náuseas?
—Sí. Pero no vomité. Se me nubló la vista.
—¿Dolor en el pecho?
—Presión. No dolor. Como si alguien empujara desde dentro. Y el corazón... iba mal.
—¿Mal?
—Rápido. No, rápido no. Desordenado. No sé explicarlo.
—Palpitaciones.
—Sí. Pero raras. He tenido palpitaciones alguna vez con café o estrés. Esto no era igual.
Víctor anotaba sin levantar la cabeza.
—¿Había tomado café? ¿Bebidas energéticas? ¿Suplementos? ¿Alguna medicación?
—Café por la mañana. Uno. Como siempre. No tomo bebidas energéticas. Me dan asco.
—¿Gimnasio?
—No desde enero.
—¿Suplementos deportivos?
—No.
—¿Drogas?
Javier hizo algo parecido a una risa, pero se quedó sin aire antes de terminarla.
—No.
Alicia intervino:
—¿Había estado enfermo los últimos días? Catarro, fiebre, diarrea, dolor muscular.
—No. Cansado. Pero todos estamos cansados.
—¿Cuántos días llevaba cansado?
—Tres. Cuatro. Dormía mal. Creía que era trabajo.
—¿A qué se dedica?
—Gestor comercial. Seguros. Mucho coche, mucho teléfono, mucha gente que no quiere hablar conmigo.
—¿Visitó algún médico esta semana?
—No.
—¿Farmacia?
—Compré paracetamol el lunes.
—¿Dónde?
—No me acuerdo. Una farmacia cerca del trabajo. O en casa. No sé.
Ledesma dio un paso hacia la cama.
—Última pregunta.
—¿Recuerda algo más antes de caer?
Javier abrió los ojos y miró el techo.
—El ruido. Del aparcamiento. Coches, puertas, una alarma de marcha atrás. Todo empezó a sonar lejos. Como si estuviera bajo el agua. Y luego pensé una cosa muy idiota.
Alicia esperó.
—Pensé: no puede ser ahora. Tengo yogures en el maletero.
Nadie sonrió.
Quizá por eso Javier entendió que estaba a punto de llorar. Giró la cabeza hacia la pared.
—Perdón.
—No tiene que pedir perdón —dijo Alicia.
Ledesma hizo una señal con la mano. La entrevista había terminado.
Salieron al pasillo sin hablar. A través del cristal, Javier seguía mirando hacia la pared, con los cables del monitor saliendo de su pecho como si alguien hubiera decidido demostrar que todavía estaba unido al mundo.
—Tiene suerte —dijo Ledesma.
No sonó a consuelo. Sonó a diagnóstico.
—¿Qué saben? —preguntó Alicia.
—Parada por fibrilación ventricular. Reanimación precoz, desfibrilación efectiva.
En el ECG posterior hay alteraciones, pero no un infarto claro.
Troponinas elevadas, como era esperable tras el episodio y la reanimación.
Ecocardiograma sin una cardiopatía estructural evidente.
Coronarias pendientes de valorar según evolución.
Analítica toxicológica solicitada. Infeccioso, autoinmune, genético...
todo abierto. Lo cual es una forma elegante de decir que no tengo una causa.
—¿Le parece un caso aislado?
Ledesma miró hacia el box.
—Con un paciente vivo, mi obligación es tratarlo como si fuera único. Con ustedes aquí, supongo que su obligación es no hacerlo.
La sala de familiares estaba al final del pasillo. Marta Duarte estaba sentada con las manos cerradas alrededor de un vaso de plástico. Tendría treinta y nueve años. Llevaba el abrigo puesto todavía, como si no hubiera logrado aceptar que iba a quedarse allí más tiempo del previsto.
Cuando Alicia y Víctor entraron, se levantó demasiado deprisa.
—¿Está bien?
—Está estable —dijo Alicia—. El médico les irá informando.
Marta asintió. Luego miró a Víctor.
—Yo llamé.
—Lo sabemos —dijo él—. Hizo lo correcto.
La frase pareció golpearla de una manera inesperada. Marta se llevó una mano a la boca. No lloró, pero tuvo que sentarse.
—Pensé que se estaba mareando. Al principio pensé eso. Que le había bajado el azúcar o algo. Pero tenía una cara... No era su cara.
—Necesitamos que nos cuente desde antes de llegar al aparcamiento.
—Habíamos ido a comprar. Nada. Cuatro cosas. Yogures, detergente, una mochila para nuestra hija. Javier estaba raro desde que salimos de casa.
—¿Raro cómo?
—Callado. Irritable. Luego decía que tenía calor. Yo le dije que estaba exagerando porque hacía un frío horrible. En el coche bajó la ventanilla.
—¿Había comido algo?
—Comimos en casa. Pasta. Ensalada. Lo mismo los dos. Nuestra hija también.
—¿Tomó medicación?
—Paracetamol por la mañana. Le dolía la cabeza. Y un antiácido después de comer. También un spray nasal. Lleva unos días con la nariz tapada, pero no estaba enfermo.
—¿Había leído lo de las muertes?
—Sí. En el coche dijo que era una barbaridad, que la gente se asustaba por todo. Luego dijo que a veces él también tenía palpitaciones, pero que si uno empieza a mirar síntomas, se vuelve loco.
—¿Tenía palpitaciones antes de hoy?
—Alguna vez. Esta semana, creo. Yo le dije que fuera al médico. Él dijo que era estrés.
—¿Javier conocía a Daniel Robles? ¿A Lucía Merino? ¿A Carmen Varela? ¿A Diego Salvatierra?
Marta escuchó los nombres con atención.
—No. Carmen Varela era farmacéutica, ¿no? Quizá hemos comprado allí alguna vez. No estoy segura. Daniel es el chico del autobús. Lucía no me suena. Diego tampoco.
—¿Gimnasio?
—Javier se apuntó en enero y fue hasta marzo. Luego nada. AltaFit Norte. O Fit Norte. Algo así.
—¿Viajes recientes? ¿Eventos, comidas, reuniones, cursos?
—Una jornada de la empresa la semana pasada. En un hotel. Pero fue aquí. El Castilla Plaza.
Alicia anotó. Otra coincidencia posible. Otra cosa que quizá no significara nada.
Cuando salieron de la sala, Cardoso estaba esperándolos junto al control de enfermería. No llevaba bata. Llevaba el abrigo puesto, una bufanda gris y la expresión de alguien arrancado de su rutina por una fuerza que no reconocía autoridad ninguna.
—No sabía que hacía visitas a vivos —dijo Víctor.
—Intento evitarlas. Son imprecisos.
Alicia le entregó sus notas.
—Javier refiere calor intenso, náuseas, visión borrosa, presión torácica, palpitaciones desordenadas. Su mujer confirma calor desde antes de llegar al aparcamiento, cefalea por la mañana, paracetamol, antiácido, spray nasal, estrés laboral. Gimnasio meses atrás, jornada de empresa la semana pasada.
Cardoso leyó sin interrumpir.
—¿Tiempo entre inicio de síntomas fuertes y parada?
—Minutos.
—Eso nos sirve.
—¿Para qué?
—Para saber que no siempre avisa durante días. O que avisa durante días y luego decide matar en minutos. Ninguna de las dos opciones me gusta.
—¿Qué busca en sus muestras?
—Todo lo que me dejen. Marcadores cardíacos, inflamatorios, tóxicos menos habituales, infecciosos si conseguimos justificarlo, autoinmunidad, genética si el cuadro lo permite. Y guardar. Sobre todo guardar.
—¿Guardar?
—Muestras congeladas, duplicadas, trazables. Si dentro de una semana alguien pregunta por una molécula que hoy no sabemos nombrar, no quiero que la respuesta sea que se tiró el tubo porque ocupaba sitio.
—¿Cree que puede ser infección? —preguntó Alicia.
—Creo que un proceso infeccioso típico no encaja bien. Pero si me pregunta si un agente biológico raro podría alterar el corazón sin venir vestido de gripe, la respuesta es sí. Si me pregunta si eso es lo más probable, la respuesta es no. Si me pregunta si me tranquiliza, la respuesta es tampoco.
—Necesitamos a alguien de infecciosas.
—Necesitamos a alguien que no se asuste de la palabra improbable.
Cardoso cerró la carpeta.
—Conozco a una viróloga en el Instituto de Investigación. Pilar Montoya-Prado. Trabajó en vectores virales y respuesta neuroinmune. Es difícil, lo cual suele ser señal de que al menos no va a decirnos lo que queremos oír.
Alicia anotó el nombre.
—Llámela.
—Ya la he llamado.
El móvil de Alicia vibró. Salcedo.
—¿Está vivo? —preguntó el comisario.
—Sí.
—¿Puede hablar?
—Ha hablado.
—¿Y?
Alicia miró a Cardoso. Luego al pasillo de la Unidad Coronaria.
—Y se parece demasiado a los muertos —dijo.
Salcedo no contestó.
Al otro lado de la línea solo se oyó el ruido de la comisaría.
—Vuelve —dijo al fin.
Cuando salieron del hospital, ya era noche cerrada.
La entrada de Urgencias seguía llena: taxis, ambulancias, familiares fumando bajo la marquesina, un hombre con una bolsa de ropa, una niña dormida sobre las rodillas de su madre.
La ciudad había descubierto una forma nueva de tener miedo, pero los cuerpos seguían rompiéndose por las razones de siempre.
Víctor se detuvo antes de cruzar hacia el coche.
—¿Te das cuenta?
—¿De qué?
—Hasta ahora llegábamos tarde. Ahora podemos llegar demasiado pronto.
Alicia miró la fachada del hospital. En algún lugar de la tercera planta, Javier Ochoa respiraba conectado a una vigilancia que ningún muerto había tenido.
—O justo a tiempo.
—Eso sería nuevo.
En el móvil, el nombre de Pilar Montoya-Prado quedaba anotado en una línea limpia, sin peso todavía.
Había otros nombres pendientes: técnicos de laboratorio, responsables de comités, firmas en memorias antiguas, especialistas capaces de leer una muestra de otra manera. Pilar era una entrada más en una red que todavía no sabían dibujar.