Capítulo X No es una lista
A las once y media de la noche, la sala de reuniones de Homicidios parecía menos una sala de reuniones que una enfermedad extendida sobre una mesa.
Había fotografías, fichas, informes preliminares, notas adhesivas, copias del artículo de Dalia Tellería, horarios reconstruidos, mapas impresos de la ciudad, recibos, registros de llamadas y una pizarra blanca con doce nombres escritos en rotulador negro.
Algunos estaban rodeados por círculos. Otros tenían signos de interrogación.
Carmen Varela tenía dos. Lucía Merino Salvatierra tenía una línea debajo que Alicia no recordaba haber trazado.
Víctor entró con dos cafés de máquina y una bolsa de frutos secos.
—Cena de campeones.
—Eso no es cena.
—Es comestible, tiene sal y no requiere cubiertos. Para esta unidad, es cena.
Alicia aceptó el café. Estaba malo antes incluso de probarlo. Lo bebió igual.
Salcedo había autorizado que siguieran trabajando esa noche con una frase que no pretendía sonar heroica y por eso había sonado honesta: quiero algo que pueda defender mañana sin sentirme idiota .
Orduña se había marchado a una reunión telemática con Madrid.
Cardoso había prometido no llamar salvo que encontrara algo capaz de arruinarles el sueño, lo cual, en su escala personal de cortesía, equivalía a desearles buenas noches.
La comisaría se había ido vaciando poco a poco. Quedaban los turnos, los detenidos, los teléfonos inevitables, una patrulla que entraba y salía con barro en las botas. Pero en la segunda planta el ruido se había reducido a un zumbido de fluorescentes y teclados lejanos.
Alicia prefería esa hora.
Los edificios policiales, como los hospitales, decían más de noche.
—Repasemos —dijo.
Víctor dejó la bolsa de frutos secos sobre la mesa.
—Me encanta cuando finges que no llevamos repasando seis horas.
—Daniel Robles.
—Veintidós. Estudiante. Colapso en autobús. Síntomas previos: cefalea, calor, palpitaciones, mareo leve. Toxicología inicial sin explicación. Corazón sin hallazgo macroscópico suficiente.
Alicia puso una marca junto al nombre.
—Lucía Merino.
—Treinta y cuatro. Archivera municipal. Muerta en baño. Calor y malestar esa mañana según marido. Sin antecedentes relevantes conocidos. Toxicología rutinaria negativa. Explicación pobre.
Otra marca.
—Diego Salvatierra.
—Veintinueve. Entrenador personal. Muerto en gimnasio. Tenemos informe incompleto. Testigo dice que se quejó de calor durante el entrenamiento y que paró dos veces para beber agua. Suplementos sin revisar aún.
—Hugo Sanz.
—Treinta y tres. Informático. Oficina. Compañero refiere dolor de cabeza y palpitaciones. Pendiente entrevista formal. Sin autopsia completa.
—León García.
—Cuarenta y seis. Comercial. Garaje. Posible visita a urgencias cuarenta y ocho horas antes. Sudoración y palpitaciones según viuda. Necesitamos informe de urgencias.
—Samir El Amrani.
—Treinta y nueve. Camarero. Ducha. Hermano refiere ahogo y calor la noche anterior. Informe médico pobre. Cuerpo ya inhumado. Muestras, si existen, dudosas.
Alicia escribió los seis nombres en una columna aparte.
—Carmen.
Víctor comió un fruto seco antes de responder.
—Cincuenta y dos. Farmacéutica. Trastienda. Antecedentes. Hipertensión. Síncope previo. Medicación ajustada. Síntomas compatibles: calor, cefalea, palpitaciones. Escenario llamativo, pero sin indicio ambiental. Cardoso dice explicación clínica plausible.
—No la saco.
—No he dicho que la saques.
—Pero la bajarías.
—La pondría en el purgatorio.
Alicia escribió pendiente junto a Carmen.
—Mauricio Ibáñez.
—Treinta y siete. Autónomo. Cocina. Hermana enfadada. Certificado vago. Sin muestras por ahora. No tenemos síntomas claros, salvo que “estaba raro”, que ya no sé si es dato, poesía familiar o epidemia lingüística.
—Andrés Lobo.
—Cuarenta y uno. Portal. Antecedentes de consumo de alcohol y ansiedad. Explicación posible. Pocos datos.
—Adrián Paredes.
—Sesenta y uno. Transportista. Área de servicio. Hipertenso, fumador, obesidad. Puede ser natural.
—Tomás Rendón.
—Sesenta y ocho. Jubilado. Parque. Coronariopatía conocida. Probablemente ruido.
—Nicolás Pereira.
—Cincuenta y cuatro. Empresario. Hotel. Informe pendiente. Familia no quiere hablar. El hotel sí quiere que dejemos de llamar.
Alicia miró la pizarra.
Doce nombres.
Seis más incómodos que los demás. Uno que molestaba de otra forma. Cinco que podían caer de la lista sin hacer demasiado ruido.
Aún no era una serie.
Pero tampoco era una acumulación inocente.
—No tenemos un vínculo —dijo Víctor.
—No.
—Ni producto común, ni lugar común, ni profesión, ni barrio, ni médico, ni farmacia, ni gimnasio.
—No.
—La mayoría son de aquí, pero eso en una ciudad pequeña es como decir que la mayoría compran pan cerca de casa.
—Sí.
—Diez hombres, dos mujeres.
—Sí.
—Y cuando quitamos los casos más flojos, seguimos teniendo mayoría masculina, pero Lucía se queda.
Alicia miró el nombre de Lucía.
—Lucía se queda.
—Carmen no sabemos.
—Carmen espera.
—Qué verbo tan raro para una muerta.
—Los muertos esperan mucho en las investigaciones.
Víctor se sentó frente a ella.
—¿Qué estás buscando de verdad?
Alicia no contestó enseguida.
En la mesa había dos formas de ordenar los nombres.
La de Dalia, por acumulación y rareza. La de Cardoso, por calidad de explicación.
La policial, todavía incompleta, intentaba ordenar por últimas horas, contactos y posibles exposiciones.
Ninguna se superponía del todo con las demás. Eso era lo que le impedía apartarse.
Una mentira suele tener una forma clara cuando se la mira desde lejos.
La verdad, no siempre.
—Estoy buscando el borde —dijo.
—¿El borde de qué?
—De la lista. Saber quién está dentro y quién está fuera.
Víctor miró la pizarra.
—Eso suena a que la lista existe.
—No. Suena a que si existe, todavía no sabemos dibujarla.
La puerta se abrió.
Salcedo entró con la chaqueta en la mano y la corbata aflojada. Detrás venía Orduña, sin abrigo, con el móvil en silencio y la cara intacta de quien parecía no necesitar cansarse.
—Creía que se había ido a Madrid por una pantalla —dijo Víctor.
—He vuelto de Madrid por una pantalla —respondió Orduña.
—Qué mundo tan triste.
Salcedo ignoró el intercambio.
—Decidme que tenéis algo.
Alicia señaló la pizarra.
—Tenemos una depuración preliminar.
Salcedo se acercó. Leyó los nombres. Se detuvo en Carmen, luego en Lucía, luego en Daniel.
—¿Cuántos quedan?
—Seis fuertes, uno intermedio, cinco débiles. Pero fuerte no significa criminal. Significa mal explicado.
—¿Cuáles son los seis?
Alicia los leyó.
Daniel. Lucía. Diego. Hugo. León. Samir.
—Carmen pendiente.
Salcedo señaló el nombre de Carmen.
—¿La farmacéutica?
—Sí.
—¿La farmacia tuvo algo que ver?
—Por ahora, no.
—Eso nos quita una línea.
—Nos quita una línea fácil.
Orduña estudió la pizarra sin tocar nada.
—¿Qué comparten los seis?
—Síntomas previos parecidos en varios: calor, palpitaciones, cefalea, mareo, sensación de ansiedad o malestar difícil de describir. Muerte rápida. Ausencia de explicación suficiente en los datos disponibles.
—Eso es clínico, no policial.
—De momento, todo esto es clínico.
—Pero ustedes están aquí.
—Porque la clínica no está cerrando las preguntas.
Orduña aceptó la frase con un movimiento mínimo.
Salcedo dejó la chaqueta sobre una silla.
—¿Podemos pedir oficialmente colaboración sanitaria?
Alicia miró a Orduña.
—Podemos pedirla. El problema es cómo.
—Sin hablar de serie —dijo Orduña.
—Sin hablar de serie fuera —corrigió Alicia.
El asesor sostuvo su mirada.
—Dentro también conviene ser precisos.
—Dentro conviene ser honestos.
Víctor se levantó despacio, como si quisiera alejarse físicamente de la frase antes de que chocara con alguien.
Salcedo levantó una mano.
—No empecéis.
Pero Alicia ya había empezado.
—Tenemos al menos seis muertes recientes que no se explican bien, con síntomas previos semejantes y una distribución que no es concluyente pero tampoco neutra.
No podemos llamarlo homicidio. No podemos llamarlo brote.
No podemos llamarlo accidente. Pero si seguimos llamándolo acumulación, nos estamos mintiendo.
Orduña no respondió de inmediato.
—¿Y cómo propone llamarlo?
Alicia miró los nombres.
Durante todo el día habían peleado con palabras que no bastaban. Muerte súbita. Fallo cardíaco. Lista. Alarma. Estadística. Revisión. Ninguna servía. Algunas tranquilizaban demasiado. Otras incendiaban.
—No es una lista —dijo al fin.
Víctor la miró.
Salcedo también.
—¿Entonces? —preguntó el comisario.
Alicia tocó con el rotulador los seis nombres de la columna.
—Es un conjunto de muertes mal explicadas con elementos comunes preliminares. Y hasta que podamos romperlo, tenemos que tratarlo como si fuera una serie posible.
La expresión no era elegante. Tampoco cómoda. Pero, por primera vez desde la muerte de Daniel, Alicia sintió que no estaba usando una palabra para tapar un hueco.
Orduña respiró hondo.
—Esa formulación no puede salir de esta sala.
—No he dicho que salga.
—Bien.
—Pero tiene que existir dentro.
Salcedo se sentó.
Durante unos segundos pareció más viejo. No agotado, exactamente. Desprovisto de la pequeña ficción jerárquica que sostiene a los mandos cuando todavía pueden fingir que las cosas obedecen.
—De acuerdo —dijo.
Víctor dejó de moverse.
Alicia no habló.
Salcedo repitió:
—De acuerdo. Investigación formal dentro de Homicidios, discreta.
Coordinación con Cardoso. Solicitud de expedientes sanitarios de los casos fuertes y pendientes.
Científica revisará escenas disponibles, cámaras, objetos personales y cualquier producto común.
Nada de filtraciones. Nada de palabras bonitas para la prensa. ¿Está claro?
—Claro —dijo Alicia.
—Olmos.
—Cristalino.
Salcedo miró a Orduña.
—Gabriel.
—Lo comunicaré como revisión ampliada de fallecimientos recientes sin causa concluyente, con coordinación interinstitucional.
Víctor alzó una ceja.
—Qué talento.
—Es mi triste don —dijo Orduña.
Alicia casi sonrió.
Casi.
El teléfono de Salcedo sonó antes de que nadie pudiera moverse. Miró la pantalla y no contestó. Después sonó el de Orduña. Tampoco contestó. Un segundo después, el móvil de Víctor vibró sobre la mesa.
—Qué coordinación tan bonita —murmuró.
Leyó el mensaje.
La expresión cambió.
Alicia lo notó antes de que hablara.
—¿Qué?
Víctor levantó la vista.
—Emergencias acaba de atender a un varón de cuarenta años con parada cardiorrespiratoria en un aparcamiento subterráneo. Reanimado. Traslado al hospital. Está vivo.
La sala se quedó inmóvil.
Vivo.
La palabra tenía una fuerza desproporcionada. Hasta entonces todos los casos habían llegado tarde. Como certificados, informes, cuerpos, familias, frases rotas. Por primera vez, la posibilidad no era reconstruir una muerte, sino alcanzar una vida antes de que terminara de convertirse en una ficha.
—¿Nombre? —preguntó Alicia.
Víctor miró el móvil.
—Javier Ochoa. Cuarenta años. Sin antecedentes conocidos según acompañante. Síntomas previos: mareo, calor intenso, palpitaciones.
Salcedo se levantó.
—Hospital.
Alicia ya estaba recogiendo la carpeta.
Orduña miró la pizarra, luego el móvil, luego a Alicia.
—Esto cambia la comunicación.
—No —dijo ella.
—Inspectora.
—Esto cambia la investigación.
Víctor abrió la puerta sin comentario.
Alicia salió detrás de él con los nombres todavía escritos en la pizarra a su espalda. Daniel. Lucía. Diego. Hugo. León. Samir. Carmen esperando en el borde. Doce muertos posibles y, ahora, un hombre vivo que quizá todavía podía decirles algo que ningún cadáver había podido.
Al cruzar el pasillo, Alicia entendió que la alarma no había terminado: había cambiado de forma.
Acababa de convertirse en caso.