Diana (Tríptico Delbran 2) Capítulo VIII El baño
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Capítulo VIII El baño

El piso de Lucía Merino Salvatierra estaba demasiado ordenado.

Alicia desconfió de esa impresión en cuanto apareció.

El orden no significaba nada. Había casas limpias donde habían ocurrido atrocidades y casas caóticas donde la desgracia no había entrado nunca.

Aun así, cuando Marcos Rueda les abrió la puerta y los condujo hasta el salón, la sensación fue inmediata: allí cada cosa parecía haber sido colocada por alguien que necesitaba que el mundo obedeciera al menos en lo pequeño.

Libros por tamaño. Carpetas etiquetadas.

Una cesta junto al sofá con mantas dobladas.

Dos tazas iguales en una bandeja. Fotografías en marcos de madera clara: una boda civil, una playa del norte, una comida familiar, Lucía riendo con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, como si la cámara hubiera capturado justo el instante en que había dejado de protegerse.

En las fotografías parecía más joven que treinta y cuatro.

O quizá los muertos siempre lo parecían cuando alguien los había querido.

Marcos Rueda no se parecía a un viudo reciente hasta que hablaba.

De pie, en silencio, podía confundirse con un hombre cansado: treinta y ocho años, barba sin arreglar, jersey azul, manos grandes, postura encogida.

Pero al decir el nombre de Lucía, la voz se le quedaba sin fondo.

No temblaba. Solo perdía profundidad, como si hubiera gastado todo el aire en una frase anterior.

—Era muy ordenada —dijo, al ver que Alicia miraba las carpetas.

—¿Archivera municipal?

—Sí. En el archivo histórico. Le gustaba decir que pasaba el día cuidando papeles que nadie sabía que necesitaba hasta que los necesitaba.

Víctor miró una estantería llena de cajas de cartón decorativas, todas con pequeñas etiquetas escritas a mano.

—Parece que también archivaba la casa.

Marcos sonrió apenas.

No fue una sonrisa feliz. Fue el reflejo muscular de una costumbre.

—Decía que yo era un expediente imposible.

La frase quedó en el aire y se rompió sola.

Alicia no llenó el silencio.

Habían decidido visitar a Marcos después de la farmacia de Carmen porque las dos mujeres seguían ocupando un lugar incómodo en la mesa de trabajo.

Carmen tenía un exceso de explicaciones posibles.

Lucía, una escasez. La primera había muerto en un lugar que invitaba a mirar productos, medicamentos, errores, accesos.

La segunda había muerto en un baño doméstico, uno de esos espacios donde casi todo parece accidente hasta que alguien demuestra lo contrario.

—Sabemos que ya habló con otra unidad —dijo Alicia—. Necesitamos reconstruir algunas cosas.

Marcos asintió.

—Me lo dijeron.

—¿Está en condiciones?

—No.

La respuesta fue tan limpia que Víctor levantó la vista.

Marcos añadió:

—Pero eso no va a cambiar pronto.

Se sentaron en el salón. Alicia frente a Marcos. Víctor junto a la ventana, desde donde podía ver la puerta del pasillo y, al fondo, la entrada del baño. Era una costumbre. Alicia no necesitaba verlo para saber que lo había hecho.

—Lucía murió hace diecisiete días —dijo ella.

Marcos cerró los ojos un instante.

—Sí.

—Usted la encontró.

—Sí.

—Necesito que me cuente ese día desde el principio.

Marcos apoyó las manos sobre las rodillas. Tenía una alianza en la mano izquierda. La giraba con el pulgar sin darse cuenta.

—Era lunes. Yo salí a las siete y media. Trabajo en una empresa de instalación eléctrica. Teníamos una obra en un colegio. Lucía entraba al archivo a las ocho. Ocho y media, según el día. Esa mañana no fue.

—¿Por qué?

—Dijo que se encontraba mal.

Alicia bajó la mirada a la libreta.

—¿Mal cómo?

—Cansada. Con calor. Como... no sé. Como si le hubiera dado una bajada o una subida. Se levantó, fue a la cocina, abrió la ventana. Yo le dije que hacía frío. Ella dijo que se estaba asando.

Calor.

Alicia escribió la palabra sin subrayarla.

—¿Fiebre?

—No. Le puse la mano en la frente. No estaba caliente. O no más de lo normal.

—¿Palpitaciones?

Marcos tardó.

—Dijo que estaba nerviosa.

—¿Usó esa palabra?

—Sí. Que tenía el cuerpo nervioso. Pero Lucía no era nerviosa. No así.

—¿Dolor en el pecho?

—No. No me lo dijo.

—¿Mareo?

—Un poco. Se sentó en la cocina. Bebió agua.

—¿Tomó algo?

—Paracetamol. Creo. O un ibuprofeno. No sé. Tenemos un cajón con esas cosas.

—¿Alguna medicación habitual?

—No.

La respuesta llegó demasiado rápida.

Alicia levantó la vista.

Marcos lo notó.

—Quiero decir, nada importante. Alguna cosa de ginecología, vitaminas, hierro alguna vez. Pero no medicación de corazón ni nada así.

Alicia no preguntó aún. Guardó la palabra en el sitio donde se guardan las cosas que pueden convertirse en una puerta o en una distracción.

—¿Qué pasó después?

—Le dije que no fuera a trabajar. Que llamara. Me dijo que sí, que luego llamaba. Yo me fui. Le escribí a media mañana. No contestó. Pensé que dormía.

—¿A qué hora escribió?

—A las once y algo. Luego a la una. La llamé a las dos. Nada. Pero a veces dejaba el móvil en silencio. Si estaba con dolor de cabeza, sobre todo.

Víctor intervino:

—¿No volvió entonces?

Marcos lo miró.

—Estaba en una obra a treinta kilómetros. Y no pensé... —Se detuvo—. No pensé que una persona se muere por no contestar al móvil tres horas.

Nadie dijo nada.

—Volví a las seis y cuarto —continuó—. La casa estaba cerrada. Las luces apagadas. Su bolso en la entrada. La llamé. No contestó. La encontré en el baño.

El silencio cambió.

Hay palabras que desplazan el aire de una habitación. Baño era una de ellas cuando todos sabían lo que había ocurrido allí.

—¿Dónde exactamente? —preguntó Alicia.

Marcos miró hacia el pasillo.

—Junto a la bañera. Medio de lado. Como si hubiera intentado levantarse o agarrarse al lavabo. No lo sé.

—¿Había agua?

—La bañera estaba seca. La ducha también. El grifo del lavabo abierto un poco. No mucho. Un hilo.

—¿Ropa?

—Pijama. No se había vestido.

—¿Vómito? ¿Sangre? ¿Algún medicamento fuera?

Marcos negó.

—Nada. Solo ella.

La frase no buscaba efecto. Precisamente por eso lo tuvo.

Alicia pidió ver el baño.

Marcos se levantó despacio. Caminó por el pasillo como si cada metro tuviera una gravedad diferente.

La puerta estaba abierta. El baño era pequeño, blanco, sin ventana exterior.

Un espejo sobre el lavabo. Una bañera con mampara.

Una alfombrilla gris. Un armario estrecho con productos de higiene, toallas y medicamentos domésticos.

No había escena.

Eso también lo había dicho Cardoso, con otras palabras: los lugares demasiado cotidianos hablan demasiado.

Alicia se quedó en la entrada. No entró de inmediato. Miró el espejo, la distancia entre el lavabo y la bañera, el suelo donde Marcos había encontrado a Lucía. Intentó no imaginarla. No por delicadeza, sino porque imaginar demasiado pronto era otra forma de contaminar.

—¿Se limpió algo? —preguntó.

Marcos apretó la mandíbula.

—Vino mi hermana al día siguiente. Yo no podía entrar. Limpió. Lo siento.

—No se disculpe.

La disculpa siempre llegaba tarde y al sitio equivocado.

Víctor abrió el armario del baño después de pedir permiso.

Había paracetamol, ibuprofeno, omeprazol, antihistamínicos, sobres de suero oral, gasas, tiritas, un termómetro, vitaminas.

En la parte de abajo, una caja con productos de higiene femenina.

Otra con medicamentos sin caja, blísteres sueltos, prospectos doblados.

—¿Podemos revisar esto?

Marcos asintió desde el pasillo.

Alicia tomó nota de los nombres. Nada llamativo a primera vista. Un anticonceptivo antiguo, caducado hacía meses. Un suplemento de ácido fólico. Hierro. Vitamina D. Un antiinflamatorio. Sobres para la acidez.

—¿Ácido fólico? —preguntó Víctor, con la cautela de quien no sabe si la pregunta pertenece a la investigación o a la intimidad.

Marcos miró la caja.

—Lo tomaba a veces.

—¿Por alguna indicación?

—Su ginecóloga se lo recomendó.

La palabra volvió a aparecer.

Ginecología.

Alicia no cambió la expresión.

—¿Lucía tenía algún problema ginecológico?

Marcos se encogió apenas.

—Reglas irregulares. Desde siempre, creo. Dolores. A veces anemia. No sé mucho. Ella no hablaba demasiado de eso. O yo no preguntaba lo suficiente.

La culpa encontró otra grieta.

Alicia la dejó pasar sin tocarla.

—¿Alguna consulta reciente?

—Sí. Tenía una revisión pendiente. No sé la fecha.

—Necesitaremos autorización para solicitar informes médicos.

Marcos asintió antes de que terminara.

—Lo que haga falta.

—Puede que no tenga relación.

—Da igual.

No era verdad, pensó Alicia. Nada daba igual. Pero había momentos en que la gente necesitaba decirlo para seguir colaborando con la destrucción ordenada de su propia intimidad.

En el dormitorio, Lucía había dejado la cama hecha.

Eso incomodó a Alicia más que el baño. Si se encontraba mal y no fue a trabajar, ¿por qué hacer la cama? Tal vez costumbre. Tal vez intentó empezar el día y no pudo. Tal vez Marcos la había hecho sin recordarlo. Tal vez nada.

Sobre la mesilla había un libro boca abajo, unas gafas y una libreta pequeña. Alicia pidió permiso para verla. Marcos dudó menos de lo que ella esperaba.

—Era de listas —dijo.

La libreta estaba llena de tareas domésticas, recordatorios del archivo, compras, nombres de libros, números de expediente que no significaban nada para ellos. La letra era ordenada, inclinada hacia la derecha, con abreviaturas personales. En una página había escrito:

Pedir cita Dra. S.

Debajo:

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Y más abajo, aislado:

no olvidar carpeta azul

Alicia no preguntó qué era la carpeta azul. Dejó esa pregunta para después.

—¿Dónde trabajaba exactamente? —dijo.

—Archivo municipal. Sección histórica. Contratos, licencias antiguas, padrones, cosas así.

—¿Le gustaba?

Marcos miró la libreta.

—Sí. Mucho. Decía que la ciudad mentía menos en los papeles viejos que en las ruedas de prensa.

Víctor soltó una pequeña risa.

—Habría hecho buena policía.

—No. Odiaba discutir.

—Entonces no.

Marcos miró hacia el salón.

—Pero era terca. Si algo no cuadraba, podía pasar horas hasta encontrar el documento que lo explicara.

Alicia cerró la libreta.

Una archivera que buscaba documentos para corregir el relato de los demás. Una mujer muerta en un baño. Una carpeta azul. Una historia clínica con huecos que nadie había pedido aún. Alicia cerró la libreta antes de convertir aquellas piezas en una respuesta prematura.

—¿Lucía conocía a Diego Salvatierra? —preguntó.

Marcos frunció el ceño.

—¿Quién?

—Diego Salvatierra. Entrenador personal. Fallecido hace unas semanas.

—No. No que yo sepa.

—Comparten apellido.

—Salvatierra era el segundo de Lucía. De su madre. Hay varios por aquí. No creo que fueran familia cercana.

—¿Y Carmen Varela?

—La farmacéutica, ¿no? Íbamos a su farmacia a veces. Como todo el barrio. Pero no eran amigas.

—¿Daniel Robles?

—No.

—¿León García, Samir El Amrani, Hugo Sanz?

Marcos negó con más seguridad cada vez.

—No.

La lista volvía a deshacerse.

Alicia sintió la tentación de odiarla.

Antes de marcharse, Marcos les entregó una carpeta con informes médicos generales, informes de urgencias de años anteriores, analíticas y recetas. Había ido reuniéndolo desde que le dijeron que revisarían el caso. La carpeta era azul.

Alicia la miró.

—¿Esta es la carpeta azul?

Marcos pareció no entender al principio. Luego recordó la libreta.

—No. Esa era otra. Del archivo. O eso creo. Lucía usaba carpetas de colores para todo.

Demasiado fácil, pensó Alicia.

Demasiado literario.

Desconfió también de eso.

En el ascensor, Víctor apoyó la espalda contra la pared y cerró los ojos un segundo.

—Calor otra vez.

—Sí.

—Mareo, cuerpo nervioso, cefalea quizá, medicación banal.

—Sí.

—Y ginecología.

Alicia lo miró.

—No empieces por ahí.

—No he empezado. Solo he dicho una palabra que ha salido tres veces.

—En una mujer de treinta y cuatro años, la palabra ginecología no es una pista. Es vida normal.

Víctor abrió los ojos.

—Como todo el mundo.

La frase, dicha por él, no sonó a burla.

Alicia no contestó.

Salieron al portal. Había dejado de llover, pero el aire seguía húmedo.

En la acera, una mujer paseaba un perro pequeño con abrigo rojo.

Un niño pasó en patinete. Un hombre sacó la basura.

La vida alrededor del piso de Lucía tenía una obscenidad tranquila, la misma que en la farmacia de Carmen y en la universidad de Daniel: seguía.

El móvil de Alicia vibró.

Era un mensaje de Orduña.

Reunión en comisaría a las 18:30. Delegación solicita valoración actualizada. Conviene evitar términos no confirmados.

Víctor leyó por encima.

—Conviene evitar términos no confirmados. Qué manera tan larga de decir cállense.

Alicia guardó el móvil.

—Todavía no tenemos términos.

—Tenemos calor.

—Calor no es un término. Es un síntoma.

—Tenemos raro.

—Raro no es un síntoma. Es una rendición del lenguaje.

Víctor la miró.

—Eso te ha quedado muy de Cardoso.

—No se lo digas.

Caminaron hacia el coche con la carpeta azul de Lucía bajo el brazo de Alicia.

Pesaba poco.

Aun así, mientras la sostenía, Alicia tuvo la sensación de llevar algo más que informes médicos generales, analíticas antiguas y recetas domésticas: una vida ordenada por alguien que había confiado en que los papeles, si se guardaban bien, servirían para explicar las cosas cuando llegara el momento.

Lucía Merino Salvatierra había muerto sola en un baño.

La carpeta, por ordenada que estuviera, aún no explicaba por qué.