Diana (Tríptico Delbran 2) Capítulo VII La trastienda
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Capítulo VII La trastienda

La farmacia de Carmen Varela seguía abierta.

Alicia no esperaba duelo en el escaparate, pero la normalidad del local la incomodó.

Sabía que los negocios familiares tenían una resistencia cruel a la muerte: alquileres, proveedores, recetas pendientes, vecinos que necesitaban su medicación.

Aun así, ver la cruz verde encendida, la puerta automática abriéndose y cerrándose y el expositor de protectores solares perfectamente alineado la obligó a mirar dos veces.

Una mujer había muerto allí dentro.

El local, sin embargo, seguía vendiendo pastillas para la garganta.

Víctor se detuvo junto al escaparate.

—Carmen Varela, cincuenta y dos años, farmacéutica titular. Encontrada en la trastienda a las nueve y veinte de la noche por su auxiliar. Antecedentes de hipertensión y un síncope previo tres meses antes.

—No recites —dijo Alicia.

—Estoy ambientando.

—Ambientas mal.

Entraron.

El timbre de la puerta sonó con un pitido breve, casi alegre.

Dentro olía a alcohol sanitario, crema hidratante, cartón limpio y ese fondo dulce de los jarabes infantiles que parece pegarse a las farmacias aunque no haya ningún frasco abierto.

Detrás del mostrador había una mujer de unos cuarenta años, bata blanca, pelo rubio recogido en una coleta tensa y una expresión de cortesía automática que se apagó en cuanto vio las placas.

—Inspectora Herrera. Inspector Olmos —dijo Alicia—. ¿Sara Quintana?

La mujer asintió.

—Sí.

—Nos gustaría hablar con usted sobre Carmen Varela.

Sara miró hacia una señora mayor que esperaba junto al expositor de tensiómetros con una receta doblada en la mano.

—Tengo que atender.

—Esperamos —dijo Alicia.

Sara agradeció esa mínima concesión con un movimiento de cabeza.

Atendió a la clienta con una precisión triste.

Buscó una caja en una estantería, comprobó el código, explicó la pauta como si la hubiera explicado mil veces y aún así pudiera equivocarse si se permitía pensar en otra cosa.

La señora mayor pagó, guardó el medicamento en el bolso y, antes de salir, miró a los policías con esa curiosidad cautelosa de las ciudades pequeñas, donde todo acaba relacionándose con alguien conocido.

Cuando la puerta se cerró, Sara bajó la persiana interior media altura y colocó un cartel de vuelvo en diez minutos .

—No puedo cerrar más —dijo—. Hay gente que viene a por medicación crónica.

—Será breve —respondió Alicia.

—Eso dice todo el mundo.

No había reproche en la frase. Solo cansancio.

Sara los condujo hacia la parte trasera.

La farmacia parecía más grande desde dentro que desde la calle.

Había el espacio de venta, una zona de almacenamiento, un pequeño despacho, un baño y la trastienda donde Carmen Varela había muerto.

Alicia notó la diferencia de temperatura al cruzar el umbral: detrás hacía más frío, no mucho, pero sí lo suficiente para que el cuerpo lo registrara antes que la cabeza.

La trastienda estaba ordenada.

Demasiado ordenada para ser una escena de muerte reciente, pensó Víctor.

Cajas clasificadas por laboratorio, albaranes en una bandeja, una mesa metálica, un ordenador pequeño, una silla giratoria, un armario con llave para medicamentos sujetos a control especial.

En una esquina había una nevera con termómetro digital.

Sobre la mesa, un dispensador de gel hidroalcohólico y un bolígrafo mordido en el extremo.

—Aquí —dijo Sara.

No señaló el suelo. Miró hacia él.

Alicia siguió la dirección de sus ojos. Carmen había caído entre la mesa y una estantería baja. No quedaba marca. Alguien había fregado. La ausencia de huella era, de alguna manera, más violenta que una mancha.

—¿Quién la encontró?

—Yo.

—Cuéntemelo desde el principio.

Sara se cruzó de brazos, luego pareció darse cuenta y los descruzó.

—Era jueves. Cerrábamos a las nueve. Carmen se quedó dentro revisando un pedido.

Yo estaba fuera, terminando de cuadrar unas recetas.

La oí toser una vez. No me pareció raro.

Después pasó un rato. Cinco minutos, quizá diez.

La llamé porque había una duda con una fórmula infantil. No contestó. Vine y estaba en el suelo.

—¿Boca arriba, boca abajo?

—De lado. Con una mano aquí. —Sara se tocó el pecho, justo por debajo del esternón—. O eso creo. No lo sé. No sé si lo recuerdo bien o si lo he reconstruido después.

Alicia agradeció la precisión. La gente que dudaba de su memoria solía ser más útil que la que estaba segura de todo.

—¿Estaba consciente?

—No. Respiraba raro. O eso me pareció. Llamé al 112. Me dijeron que la pusiera boca arriba. Intenté hacer lo que me decían.

La voz de Sara se volvió más plana, como si hubiera ensayado la frase para no caer dentro de ella.

—No pude.

Víctor miró la distancia entre la mesa y la estantería.

—¿No pudo moverla?

—Pesaba. O yo no tenía fuerza. O estaba nerviosa. No sé. Llegó la ambulancia. Intentaron reanimarla. Luego... luego ya saben.

Alicia se acercó a la mesa. Había etiquetas adhesivas, un lector de códigos, una caja abierta de tiras reactivas. Nada dramático. Nada que gritara peligro.

—¿Notó algún olor? ¿Gas? ¿Producto derramado? ¿Algo diferente?

—No.

—¿Había medicamentos fuera de sitio?

—No.

—¿Faltaba algo?

Sara negó.

—Revisamos el inventario.

—¿Quiénes?

—Su marido, yo y el gestor. Luego vino Sanidad para el cierre administrativo temporal. No faltaba nada importante. Nada que justificara... —No terminó.

—¿Medicamentos controlados?

—Correctos.

—¿Tóxicos, productos de laboratorio, fórmulas magistrales?

—Carmen apenas hacía fórmulas ya. Alguna crema, cosas sencillas. No tenemos nada raro aquí.

Víctor abrió un armario con la mirada, no con las manos.

—En una farmacia todo parece raro si uno no sabe lo que mira.

—Y todo parece culpable si uno quiere que lo sea —dijo Sara.

Alicia la miró.

—¿Cree que alguien quiere eso?

Sara bajó la vista.

—La gente pregunta cosas. Si Carmen se equivocó con algo. Si alguien entró. Si había productos peligrosos. Si la mató su propio trabajo. Era farmacéutica, así que todos creen que su muerte tiene que tener que ver con medicamentos. Como si un panadero solo pudiera morir de pan.

La frase era torpe y exacta.

—¿Y usted qué cree?

Sara tardó en contestar.

—Creo que Carmen estaba mal desde hacía semanas.

Alicia no se movió.

—¿Mal cómo?

—Cansada. Irritable. Con sofocos. Decía que eran cosas de la edad, de las hormonas, de la tensión. Se tomaba la tensión aquí, en el tensiómetro del mostrador. A veces alta, a veces normal. Eso la enfadaba más.

—¿Sofocos?

—Sí.

—¿Calor repentino?

Sara asintió.

—Se abanicaba con lo primero que pillaba. Yo le decía que se fuera al médico.

—¿Fue?

—Sí. O eso dijo. Le ajustaron la medicación.

—¿Cuándo?

—No sé. Dos semanas antes. Quizá tres.

Víctor anotó.

—¿Se quejaba de palpitaciones?

—Alguna vez. Pero Carmen hablaba mucho de su cuerpo. No de forma hipocondríaca, solo... profesional. Sabía nombrar las cosas. Si le dolía algo, lo decía con nombre y apellido.

—¿Y el día que murió?

Sara cerró los ojos un instante.

—Dijo que tenía calor. Eso sí lo recuerdo. Se quitó la bata un rato. Luego se la volvió a poner porque entró una clienta. También dijo que le pesaba la cabeza.

Calor. Cabeza.

Alicia sintió cómo el dato buscaba encajar demasiado pronto. Lo detuvo.

—¿Tomó algo?

—Paracetamol. Creo. O quizá ibuprofeno. Carmen siempre decía que no había que automedicarse, y luego se automedicaba como todos los sanitarios.

—¿Comida, bebida?

—Café. Agua. Tenía una botella aquí.

—¿La conservaron?

Sara negó.

—No. Nadie nos dijo que la guardáramos. Se tiró todo al día siguiente.

Víctor hizo una mueca.

—Todo se degrada.

Alicia pensó en Cardoso y no dijo nada.

Sara los llevó al despacho de Carmen. Era una habitación pequeña, sin ventana, con una mesa de madera, una silla, un archivador y varias fotografías pegadas en un corcho: Carmen con su marido en una playa ventosa; Carmen con Sara y otra empleada delante de la farmacia en Navidad; Carmen, más joven, recibiendo algún premio del colegio farmacéutico; Carmen sonriendo con una rigidez educada, como si incluso en las fotos estuviera pendiente de que algo quedara bien colocado.

—¿Vivía sola? —preguntó Víctor.

—Con su marido. No tenían hijos.

—¿Relación?

Sara lo miró con frialdad.

—¿Con su marido?

—Sí.

—Normal.

Alicia giró apenas la cabeza.

Sara se dio cuenta.

—Perdón. Ya sé que esa palabra no sirve para nada.

—Sirve si se explica.

—Se querían. Discutían por la farmacia. Por horarios. Por dinero, a veces. Como todo el mundo.

Como todo el mundo. Otra vez.

—¿Él trabajaba aquí?

—No. Es profesor de autoescuela. Venía a recogerla algunas noches.

—¿La noche de la muerte?

—No. Tenía clase práctica. Llegó después, al hospital.

Alicia miró el corcho. Carmen aparecía en todas las fotografías como una mujer competente.

No necesariamente feliz, no necesariamente triste.

Competente. Algunas personas construían una vida entera alrededor de esa palabra y morían dejando a los demás sin saber qué parte de ellas había sido otra cosa.

—¿Carmen estaba preocupada por algo? —preguntó.

Sara se sentó en la silla del despacho, como si la pregunta le hubiera quitado la energía de estar de pie.

—Por la inspección.

—¿Qué inspección?

—Sanidad. Rutinaria. Habían encontrado dos tonterías la vez anterior: registros de temperatura incompletos, una incidencia con caducidades. Nada grave. Pero Carmen se lo tomó fatal.

Víctor anotó otra vez.

—¿Cuándo fue la inspección?

—La semana anterior a su muerte.

—¿Algún expediente abierto?

—No. Requerimiento menor.

—¿Podemos verlo?

Sara dudó.

—Supongo.

Alicia intervino:

—No ahora. Lo pediremos por vía formal.

La palabra formal pareció aliviar a Sara. En las investigaciones, la formalidad a veces era una forma de misericordia: convertía la intromisión en trámite.

—¿La alarma del local registra entradas y salidas? —preguntó Alicia.

—Sí.

—¿Cámaras?

—Mostrador y entrada. No trastienda.

—Necesitaremos las grabaciones de ese día.

—Las tiene la policía.

—Otra unidad —dijo Víctor.

Sara lo miró.

—¿Hay otra policía?

—Siempre hay otra policía.

Alicia recorrió el despacho con la mirada. En la mesa había un calendario de sobremesa. El día de la muerte de Carmen estaba marcado con dos anotaciones: pedido almacén y llamar Raúl . Ninguna parecía el principio de una tragedia.

—¿Quién es Raúl?

—Su cardiólogo. O el médico de cabecera. No estoy segura.

—¿Por qué tenía que llamarlo?

Sara se quedó muy quieta.

—No lo sé.

—Pero lo vio.

—Sí.

—¿Y no preguntó?

—Ese día no.

Alicia entendió lo que no decía: después sí había preguntado. Después todo el mundo pregunta lo que antes no tenía derecho a preguntar.

—¿Puede conseguirnos el nombre completo?

—Creo que era Raúl Montalvo. Consulta privada. Carmen decía que en la Seguridad Social todo iba lento.

Alicia anotó.

Otro nombre. Otra puerta.

Víctor se acercó al archivador.

—¿Carmen guardaba aquí cosas personales?

—Papeles de la farmacia. Facturas. Nóminas. Recetas. Sus cosas personales estaban en el bolso.

—¿Dónde está?

—Se lo llevó su marido.

Alicia y Víctor se miraron.

—Hablaremos con él —dijo ella.

Sara no pareció sorprendida.

—Está destrozado.

—Lo imaginamos.

—No. No creo que lo imaginen.

La frase no fue agresiva. Fue una constatación. Alicia la aceptó.

Regresaron a la trastienda. Sara abrió el armario de medicamentos controlados.

Todo estaba inventariado, etiquetado, sometido a una disciplina que probablemente había sobrevivido mejor a Carmen que Carmen a sí misma.

Víctor revisó sin tocar. Alicia observó la nevera, el termómetro, los registros de temperatura pegados en una carpeta.

—¿Alguna avería de ventilación? —preguntó.

—No.

—¿Obras recientes?

—No.

—¿Fumigación?

—No.

—¿Cambio de productos de limpieza?

Sara negó.

—La empresa viene los martes. Siempre lo mismo.

—¿Puede darnos el contacto?

—Sí.

La investigación, pensó Alicia, era muchas veces una forma lenta de agotar posibilidades absurdas.

Fumigación. Ventilación. Producto de limpieza.

Bebida energética. Ibuprofeno. Un médico llamado Raúl.

Una botella de agua tirada a la basura. Nada parecía importante.

Precisamente por eso todo tenía que ser tocado al menos una vez.

Cuando salieron a la zona de venta, había tres personas esperando junto a la persiana interior. Una madre con un niño, un hombre con ropa de trabajo, una chica joven mirando productos para el acné. La farmacia había seguido acumulando necesidades mientras ellos estaban dentro con la muerte.

Sara levantó la persiana.

—¿Han terminado?

—Por ahora —dijo Alicia.

—Eso significa que volverán.

—Probablemente.

Sara asintió. Luego, antes de que se fueran, añadió:

—Carmen no era una víctima.

Alicia se volvió.

—¿Qué quiere decir?

—No sé. Todo el mundo habla de ella como si la hubieran metido en algo. Como si fuera una pieza de una cosa. Carmen era Carmen. Tenía mal genio, era muy buena con los clientes mayores, se enfadaba si alguien doblaba mal los albaranes y odiaba que la llamaran Carmencita. No era un dato.

Alicia sostuvo su mirada.

—Nadie es solo un dato.

Sara miró las bolsas de la farmacia, los expositores, la cruz verde encendida al otro lado del cristal.

—Pero se convierten rápido.

No había respuesta útil a eso.

En la calle, la lluvia había dejado de caer, pero las aceras seguían brillantes. Víctor se encendió un cigarrillo y Alicia no le dijo nada. A veces una concesión mínima evitaba una conversación inútil.

—La farmacia no parece una escena criminal —dijo él.

—No.

—Tampoco una exposición ambiental clara.

—No.

—Pero tenemos calor, cefalea, palpitaciones, antecedentes, un cardiólogo privado, una inspección de Sanidad y una auxiliar traumatizada.

—Tenemos ruido.

—Mucho.

Alicia miró la cruz verde de la farmacia. Seguía encendida, intermitente, marcando temperatura y hora: catorce grados, diecisiete treinta y dos.

—El problema es saber si dentro del ruido hay una señal.

Víctor expulsó el humo hacia un lado.

—¿Y Carmen?

—Carmen hace ruido de otra manera.

—Eso no significa nada.

—Todavía no.

Caminaron hacia el coche. Antes de subir, Alicia recibió un mensaje de Cardoso.

Daniel Robles: toxicología inicial sin hallazgos relevantes. Cafeína presente, no en rango letal. Ibuprofeno compatible con dosis terapéutica. Histología pendiente.

Alicia leyó el mensaje dos veces.

Víctor la miró.

—¿Buenas noticias?

—Negativas.

—Eso no responde.

—Exacto.

Guardó el móvil.

La muerte de Daniel acababa de perder una explicación cómoda.

Carmen Varela, dentro de su farmacia abierta, rodeada de productos capaces de distraer a cualquiera, seguía sin entrar ni salir de la lista.

Sacar un nombre de una hipótesis, entendió Alicia, no lo devolvía intacto a su sitio.