Diana (Tríptico Delbran 2) Capítulo VI Familias #3
33%

Capítulo VI Familias #3

—No si Cardoso le quita las ganas primero.

En el Instituto de Medicina Legal, Cardoso los recibió en el mismo despacho pequeño, pero esta vez no hizo ningún comentario sobre periodistas ni porcentajes. Eso inquietó a Víctor más que cualquier frase.

El forense leyó las notas despacio, con un lápiz en la mano. No subrayaba. Solo ponía pequeños puntos junto a algunas palabras.

Calor.

Palpitaciones.

Mareo.

Cefalea.

Raro.

—Esto puede ser memoria contaminada —dijo al final.

—Lo sé.

—Después de un artículo así, una familia reordena recuerdos. Lo que antes era una frase cualquiera se convierte en síntoma. Lo que era cansancio se vuelve aviso. Lo que era calor porque hacía calor se vuelve parte de una serie.

—Lo sé.

—Y aun así me lo trae.

—Sí.

Cardoso dejó el lápiz sobre la mesa.

—Bien.

Víctor parpadeó.

—¿Bien?

—Bien porque sabe que puede estar contaminado. Mal sería si viniera convencida.

—Nos felicita de una manera muy triste, doctor.

—Es la única que tengo.

Alicia se sentó frente a él.

—¿Puede significar algo?

—Puede significar demasiadas cosas. Ansiedad, estimulantes, arritmias intermitentes, infecciones banales, crisis de pánico, intoxicaciones leves, hipertiroidismo, mil cosas que no conectan doce muertos.

O puede significar que hay una fase previa común que nadie registró porque nadie sabía que debía registrarla.

—¿Y Daniel?

—Daniel nos dirá algo cuando lleguen histología y toxicología. O no. No se encariñen con la idea de que el cadáver más reciente será también el más generoso.

—¿Y si no encontramos nada?

Cardoso miró las fichas.

—Entonces el nada empezará a parecerse a un dato.

Esa frase se quedó en la habitación.

Alicia pensó que algunas investigaciones avanzaban así: no por encontrar una cosa, sino porque la ausencia de cosas empezaba a repetirse con demasiada disciplina.

A las siete y doce, Salcedo los esperaba en la comisaría con Orduña sentado en una de las sillas de su despacho.

El asesor del Ministerio tenía una carpeta cerrada sobre las rodillas y la misma expresión calibrada de la mañana. No parecía cansado. Eso, después de un día así, era casi ofensivo.

—Llegáis tarde —dijo Salcedo.

—Traemos hechos —respondió Alicia.

—Más os vale.

Alicia colocó las notas sobre la mesa. No adornó nada.

Habló de cuatro familias, de síntomas leves previos, de calor sin fiebre, de palpitaciones, de mareo, de una consulta a urgencias en el caso de León, de la necesidad de revisar registros médicos, cámaras, compras y posibles exposiciones.

Habló también de contaminación por prensa, de cautela y de la imposibilidad de comunicar nada de aquello sin producir una oleada absurda de consultas.

Orduña escuchó sin interrumpir.

Eso era parte de su peligro.

Cuando Alicia terminó, Salcedo miró al asesor.

—¿Y ahora qué quiere Madrid?

Orduña cruzó las manos sobre la carpeta.

—Madrid quiere que no digamos la palabra serie.

Víctor soltó una risa seca.

—Qué casualidad. Nosotros tampoco estamos seguros de poder decirla.

—Me alegra que coincidamos.

—No se acostumbre.

Alicia miró a Orduña.

—No vamos a decir serie. Pero tampoco vamos a decir que no la hay.

—Eso es difícil de comunicar.

—La verdad suele tener ese defecto.

Orduña aceptó la frase con una inclinación mínima de cabeza.

—Entonces propongo: revisión técnica de casos tras la muerte de Daniel Robles, sin indicios actuales de criminalidad, a la espera de informes forenses.

—Eso no dice nada —dijo Víctor.

—Exacto —respondió Orduña—. Y hoy no sabemos lo suficiente como para decir algo más útil sin hacer daño.

Alicia lo detestó un poco menos durante medio segundo.

Luego recordó que medio segundo no era una absolución.

Salcedo cerró la carpeta.

—Mañana quiero Carmen Varela y Lucía Merino sobre la mesa.

—Mañana? —preguntó Víctor.

—Mañana. Una murió en una farmacia y la otra en un baño. Si las dos mujeres son ruido, quiero saberlo. Si no lo son, también.

Alicia recogió sus notas.

—Empezaremos por Carmen.

—¿Por qué Carmen? —preguntó Orduña.

—Porque parece explicarse mejor.

—No entiendo.

—Precisamente por eso.

Al salir del despacho, Víctor caminó a su lado en silencio hasta el final del pasillo.

—Hoy hemos hablado con tres familias —dijo al fin.

—Sí.

—Y tengo la sensación de que ninguna nos ha contado lo que buscamos.

—Quizá porque seguimos haciendo la pregunta equivocada.

—¿Y cuál es la correcta?

Alicia se detuvo junto a la ventana del pasillo.

En la calle, la furgoneta de televisión seguía aparcada frente a la comisaría, con el motor encendido y un técnico fumando bajo la lluvia.

La ciudad esperaba una palabra. La policía esperaba un dato.

Las familias esperaban algo que pudiera parecerse a una explicación.

Y entre todas esas esperas, los muertos empezaban a parecer menos aislados.

—No lo sé —dijo Alicia.

Víctor la miró.

—Esa respuesta me gustaba más por la mañana.

Alicia no sonrió.

En la pizarra de la sala pequeña, la palabra calor seguía escrita en negro. Nadie la había borrado.

Nadie la borró.

Bastaba verla escrita para que la sala siguiera despierta.