Capítulo VI Familias #2
—Mi madre. Oyó el agua demasiado tiempo. Llamó. No contestó. Entró. Estaba en el suelo de la ducha. El agua seguía cayendo. Decían que quizá se golpeó. Pero el golpe fue después, ¿no? Primero se cayó. Siempre dicen las cosas en el orden que les conviene.
Alicia anotó esa frase también.
—¿Conocía a alguno de los otros fallecidos?
Yusef leyó la lista. Se detuvo en Diego Salvatierra.
—Ese entrenaba en un gimnasio cerca del bar. Venía a veces a tomar café. Samir lo llamaba el chico de los batidos.
—¿Se conocían?
—De servirle café. Nada más.
—¿Coincidieron los días previos?
—No lo sé.
—Necesitaremos revisar el bar.
—Está abierto. Pregunten al dueño. Y si van a hacer que parezca que mi hermano murió por algo que tomó allí, háganlo después de saberlo, no antes.
—Eso intentamos —dijo Alicia.
Yusef la miró.
—No. Ustedes intentan muchas cosas. Saberlo es solo una.
Alicia no respondió. Había familiares que entendían la investigación con una claridad dolorosa: sabían que la verdad no era la única fuerza en juego. Estaban la prensa, la vergüenza, la prisa, la necesidad de que alguien firmara algo y la ciudad pudiera pasar a otra noticia.
Cuando salieron del edificio, Víctor se detuvo bajo el portal para encender un cigarrillo. La lluvia fina había vuelto.
—Calor sin fiebre otra vez.
—Sí.
—Palpitaciones otra vez.
—Sí.
—Café, bebidas, turnos, sueño malo. Si queremos una explicación vulgar, nos la están sirviendo en bandeja.
—Demasiado vulgar para doce.
—Todavía no sabemos si son doce.
—Por eso seguimos.
Mauricio Ibáñez era el nombre que había empezado todo para Dalia Tellería.
Su hermana, Eva, los recibió en una gestoría de barrio con el cartel medio despegado y una impresora que no dejaba de escupir documentos en la mesa de una empleada joven.
No quiso hablar en su casa. Dijo que allí estaba su cuñada con los niños, que bastante tenían.
Los llevó a un despacho interior, cerró la puerta y se quedó de pie.
—Yo llamé a la periodista —dijo.
Alicia no se sentó.
—Lo sabemos.
—No por esto. Al principio no por esto.
—¿Por qué entonces?
—Porque nadie me explicaba nada. Porque mi hermano se murió en la cocina como si alguien hubiera apagado un interruptor, y a los tres días todo el mundo hablaba de papeles, certificados, plazos, seguros. Y porque cuando preguntaba, me decían que a veces pasa.
La frase volvió.
A veces pasa.
Alicia pensó que, si la muerte súbita era una papelera elegante, aquella frase era la tapa.
—Cuéntenos el día anterior.
Eva se cruzó de brazos.
—Mauricio estaba raro.
Víctor bajó la vista a la libreta.
—¿Raro cómo?
—No sé. Raro. Se distraía. Se levantaba y se quedaba quieto. Mi cuñada decía que estaba agobiado por un pago, pero él no era así. O sí era así, pero no de esa forma.
—Necesito detalles.
Eva hizo un gesto de frustración.
—Eso es lo que nadie entiende. Que no hay detalles.
No llegó con un cuchillo clavado ni diciendo me muero.
Dijo que tenía calor. Bebió agua. Se sentó.
Dijo que el corazón le hacía una cosa rara.
Mi cuñada le dijo que fueran a urgencias.
Él dijo que después, que primero cenaban los niños.
Y luego, por la mañana, cayó en la cocina.
—¿Había tomado algo?
—Café. Siempre café. Un medicamento para la acidez. No sé. Nada que no tomara cualquier persona.
Cualquier persona. Como todo el mundo. Normal. Raro.
La investigación empezaba a llenarse de frases que no valían nada por separado y pesaban demasiado juntas.
—¿Conocía a León García? ¿A Samir El Amrani? ¿A Daniel Robles? ¿A Carmen Varela? ¿Lucía Merino?
Eva leyó la lista con una atención casi agresiva.
—A Carmen. La farmacia. Todos conocemos esa farmacia.
—¿Compraba allí?
—A veces. Mi cuñada más. Cosas de los niños.
—¿Mauricio?
—No lo sé. Puede. No me diga que ahora va a ser la farmacia.
—No se lo estoy diciendo.
—Pero lo está pensando.
Alicia sostuvo su mirada.
—Estoy pensando que mucha gente compra en la misma farmacia sin morirse por eso.
Eva pareció aceptar la respuesta porque era lo bastante poco tranquilizadora para sonar real.
—Entonces ¿qué buscan?
Alicia miró la lista en sus manos.
—El mismo hueco repetido.
Eva no entendió. O entendió demasiado poco.
—Eso no es una respuesta.
—No. Todavía no.
De vuelta en el coche, Víctor no arrancó enseguida.
La lluvia golpeaba el parabrisas con una regularidad pequeña. La ciudad, detrás del cristal, parecía más borrosa y más cercana. Alicia revisó sus notas.
León: calor sin fiebre, palpitaciones, urgencias, sudoración.
Samir: calor sin fiebre, palpitaciones, mareo breve, ducha.
Mauricio: calor, palpitaciones, distracción, caída en cocina.
Daniel: calor, cefalea, palpitaciones, mareo, colapso público.
—Cuatro —dijo Víctor.
—Cuatro seguros.
—Y dos dudosos según Dalia.
—Sí.
—Eso ya no es solo una palabra.
—No.
—¿Y qué es?
Alicia no respondió enseguida.
Había visto demasiadas investigaciones torcerse por el deseo de que los datos empezaran a hablar antes de tiempo.
Cuatro familias podían contaminarse por una noticia.
Cuatro recuerdos podían reorganizarse alrededor de una pregunta.
Cuatro muertos podían parecerse por azar en lo único que sus vivos habían sabido contar.
Pero también había otra posibilidad.
Que el cuerpo hubiera avisado siempre de la misma manera.
Que nadie hubiera sabido leer el aviso porque cada muerte había sido guardada en una carpeta distinta.
—Es una forma —dijo al fin.
—¿Una forma?
—Todavía no sé de qué.
El teléfono de Alicia sonó antes de que Víctor pudiera contestar.
Era Cardoso.
—Dígame que me llama para traerme menos trabajo —dijo el forense.
—Le llevo síntomas.
—Entonces me trae más trabajo.
—Calor sin fiebre, palpitaciones, mareo, cefalea, sensación de estar raro. Daniel, León García, Samir El Amrani, Mauricio Ibáñez. Tres familias distintas más la de Daniel. Algunas menciones previas a urgencias o a testigos.
Cardoso guardó silencio.
En Cardoso, el silencio no era vacío. Era procesamiento.
—¿Tiempos? —preguntó.
—Entre veinticuatro y setenta y dos horas antes de la muerte. Variable.
—¿Fármacos comunes?
—Cafeína, antiácidos, ibuprofeno, paracetamol. Nada que una casa cualquiera no tenga.
—¿Exposición común?
—No encontrada. Una farmacia aparece como lugar común débil en algunos casos, pero podría ser solo barrio. Gimnasio, bar, universidad, casa, trabajo. Nada limpio.
—No me gusta la palabra limpio.
—A mí tampoco.
—Tráigame las notas. Y no llame a eso pródromo todavía.
—No lo he llamado.
—Pero lo ha pensado.
Alicia miró la libreta.
—Sí.
Cardoso respiró al otro lado.
—Bien. Pensar todavía es legal.
Colgó.
Víctor arrancó.
—¿A Cardoso?
—A Cardoso.
—¿Y Salcedo?
Alicia miró la hora. Las seis y diez.
—Después.
—Nos va a matar.