Diana (Tríptico Delbran 2) Capítulo VI Familias
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Capítulo VI Familias

La palabra calor no parecía extraña en una conversación.

Era una palabra de ascensor, de cocina, de consulta médica sin gravedad.

Una palabra que servía para abrir ventanas, quitarse una chaqueta, beber agua, bajar un termostato.

Nadie la guardaba en la memoria con cuidado.

Nadie volvía a ella después de un entierro salvo que alguien hiciera la pregunta exacta.

Alicia Herrera la escribió en la pizarra de la sala pequeña de Homicidios y se quedó mirándola como si hubiera cometido una imprudencia.

Calor.

Debajo escribió otras cuatro.

Palpitaciones. Mareo. Cefalea. Raro.

Víctor Olmos estaba sentado en el borde de la mesa, con el pendrive de Dalia Tellería entre los dedos. Lo hacía girar una y otra vez, no porque estuviera nervioso, sino porque necesitaba tener algo en la mano cuando una investigación empezaba a parecerse demasiado a una habitación sin puertas.

—Eso no es una pizarra —dijo—. Es una consulta de atención primaria.

—De momento sí.

—De momento es mi expresión favorita para nombrar la falta de caso.

Alicia no respondió. Había impreso la tabla de Dalia y la había pegado con imanes junto a las fichas policiales. Dos listas de los mismos muertos. La oficial era más limpia y más pobre. La de la periodista era más sucia y más útil. Eso le molestaba por motivos que no pensaba explicar a nadie.

Salcedo entró sin llamar.

Llevaba el móvil en la mano y esa expresión de quien ha dicho la misma frase tranquilizadora demasiadas veces para seguir creyéndola.

—Decidme que tenéis algo que pueda decirse sin incendiar la ciudad.

—Tenemos síntomas previos en Daniel —dijo Alicia.

—Eso ya me lo dijiste.

—Y la misma palabra en otros casos, según Tellería.

Salcedo miró la pizarra.

—¿Calor?

—Calor.

—¿Esa es la palabra que va a arruinarme la tarde?

Víctor levantó la mano.

—Yo había apostado por raro .

Salcedo no sonrió.

—No quiero una investigación basada en adjetivos de familiares.

—Yo tampoco —dijo Alicia—. Por eso vamos a hablar con ellos antes de que lean diez titulares más y empiecen a recordar lo que la televisión les diga que tienen que recordar.

El comisario la miró. Esa sí era una frase policial. No porque sonara a ley, sino porque reconocía una contaminación posible.

—¿Cuántas familias?

—Hoy, tres. León García, Samir El Amrani y Mauricio Ibáñez.

—¿Por qué esos?

—Porque en la tabla de Dalia tienen síntomas previos y porque sus muertes no se explican con suficiente comodidad.

—La comodidad no es un criterio forense.

—No. Pero la incomodidad suele ser un buen punto de partida.

Salcedo se frotó el puente de la nariz.

—Orduña quiere un informe de situación antes de las siete.

—Orduña quiere muchas cosas.

—Madrid quiere muchas cosas. Orduña solo tiene la mala suerte de decirlas con traje.

Víctor se guardó el pendrive en el bolsillo.

—Eso casi ha sonado a defensa.

—No os confundáis. También me cae mal.

Alicia recogió las carpetas.

—A las siete tendrá un informe.

—Quiero hechos, no sensaciones.

—Entonces conviene que nos deje ir a buscarlos.

La viuda de León García vivía en una urbanización al norte, en uno de esos bloques recientes donde todos los portales parecían iguales y cada terraza intentaba demostrar que dentro había una vida distinta.

Macetas, bicicletas infantiles, toldos, una bandera desteñida por el sol, sillas plegables.

Desde fuera, nada permitía saber qué piso había perdido a alguien de forma absurda.

María Casado abrió la puerta antes de que llamaran por segunda vez.

Tenía cuarenta y cuatro años y una belleza cansada, de las que no desaparecen sino que cambian de función.

Llevaba vaqueros, un jersey claro y el pelo recogido con una pinza.

En la mesa del salón había papeles ordenados en montones pequeños: facturas, informes, certificados, fotocopias del DNI de su marido.

La burocracia del duelo había colonizado la casa con más rapidez que las visitas.

—Ya hablé con una periodista —dijo.

No era reproche. Era agotamiento.

—Lo sabemos —respondió Alicia—. Venimos a comprobar, no a publicar.

María los dejó pasar.

El salón tenía fotografías familiares en una estantería: León con traje en una boda, León con una niña pequeña a hombros, León en una playa con una camiseta demasiado ajustada y una sonrisa amplia.

En ninguna parecía un hombre destinado a morir en un garaje.

Alicia sabía que esa impresión no significaba nada.

Casi nadie parecía destinado a su propia muerte en las fotografías felices.

—León era comercial —dijo María cuando se sentaron—. Hacía muchos kilómetros. Comía mal. Eso ya lo sé. Si me van a decir que pudo ser el estrés, ya me lo dijeron.

—No hemos venido a decirle nada —dijo Alicia—. Hemos venido a preguntarle.

María la miró con algo parecido a desconfianza útil.

—Pregunte.

—Dalia Tellería anotó que su marido tuvo sudoración y palpitaciones antes de morir.

—Sí.

—¿Cuándo empezó?

María cerró los ojos un momento.

—Dos días antes. O tres. La primera vez fue por la noche. Estábamos viendo una serie y se levantó para abrir la ventana. Yo le dije que estaba loca la calefacción, pero la calefacción estaba apagada. Él dijo que tenía calor. Muchísimo calor.

Víctor escribió.

—¿Fiebre?

—No. Se puso el termómetro porque yo insistí. Treinta y seis y medio.

—¿Dolor en el pecho?

—No dolor. Eso fue lo que me dijo. Que no era dolor. Que era… —María se tocó el pecho con la palma abierta—. Como si tuviera el corazón demasiado presente. Así lo dijo. Me acuerdo porque me pareció una frase ridícula.

Alicia no apartó la vista de ella.

—¿Fue a urgencias?

—Al día siguiente. Le hicieron un electro. Le dijeron que no veían nada grave. Ansiedad, cansancio, cafeína. Le recomendaron reposo y que pidiera cita con su médico si seguía igual.

—¿Siguió igual?

—Me dijo que mejor. Mintió.

La última palabra salió sin énfasis.

—¿Por qué cree que mintió?

—Porque esa noche lo oí en el baño. Se había levantado a echarse agua en la nuca. Le pregunté desde la cama y dijo que estaba bien. Todos los hombres de mi familia dicen que están bien cuando no están bien. No sé si eso sirve para su investigación.

—Todo sirve hasta que deja de servir —dijo Alicia.

María asintió, como si aquella frase le pareciera más honesta que cualquier consuelo.

—Lo encontré en el garaje por la mañana. Tenía que salir temprano. Bajé porque se había dejado el móvil en la cocina. El coche estaba abierto. Él estaba medio fuera, como si hubiera intentado salir.

La voz no se rompió. Se vació.

Víctor dejó de escribir.

—¿Tomaba algo? Medicación, suplementos, productos nuevos.

—Omeprazol cuando se acordaba. Ibuprofeno si le dolía algo. Café como si fuera agua. Nada más. Ni gimnasio, ni batidos, ni pastillas raras. Si le vendían algo para adelgazar, se reía. Decía que su barriga era un archivo histórico.

Víctor miró a Alicia un instante.

No había nada ahí.

O había demasiado poco.

—¿Conocía a alguno de estos nombres? —preguntó Alicia.

María leyó la lista despacio. El dedo se detuvo en Carmen Varela.

—La farmacia de la calle San Roque. He comprado allí alguna vez.

—¿La conocían personalmente?

—No. Como se conoce a una farmacéutica. Buenos días, ibuprofeno, tarjeta, gracias. Nada más.

Siguió leyendo. Negó con la cabeza.

—Los demás no.

Cuando salieron, María no los acompañó hasta la puerta. Se quedó junto a la mesa de los papeles, mirando las fotocopias como si fueran una prueba de que la muerte de León había entrado en una fase ordenada.

En el ascensor, Víctor dijo:

—Calor sin fiebre. Palpitaciones. Ansiedad como cajón de sastre.

Alicia miró los números bajar.

—Y urgencias cuarenta y ocho horas antes.

—Eso va a gustarle a Salcedo.

—No hemos venido a gustarle a Salcedo.

—Por suerte. Fracasamos a diario.

Samir El Amrani había muerto en la ducha de un piso pequeño sobre un bar cerrado por traspaso.

Su hermano Yusef los recibió en una cocina donde olía a café fuerte y a comino.

Tenía treinta y cinco años, barba recortada, ojos enrojecidos y una camiseta de trabajo con el nombre de una empresa de climatización.

Hablaba un castellano de Valladolid con una naturalidad que volvía absurda cualquier explicación sobre de dónde era.

—Nació aquí? —preguntó Víctor al repasar los datos.

Yusef negó.

—Llegó con tres años. Si eso cuenta como venir de fuera, entonces medio barrio es extranjero de algo.

—No lo preguntaba por eso.

—Todos lo preguntan por eso.

La respuesta no fue agresiva. Fue antigua.

Alicia intervino:

—Estamos buscando vínculos. A veces preguntamos cosas que no significan lo que parecen.

—Ya. Y a veces sí.

Alicia aceptó el golpe.

—Tiene razón.

Eso desarmó un poco a Yusef. No mucho. Lo suficiente para que les ofreciera sentarse.

—Samir trabajaba en hostelería —dijo—. Turnos largos. Dormía cuando podía. Se quejaba de todo, pero no de morirse.

—¿Había tenido síntomas?

Yusef miró hacia el pasillo, hacia la puerta cerrada del baño.

—La noche anterior abrió la ventana de su cuarto. Hacía frío. Mi madre le dijo que estaba loco. Él dijo que se estaba asando. Esa palabra. Asando. Luego se rió.

—¿Fiebre?

—No. Mi madre le tocó la frente. Nada.

—¿Palpitaciones?

—Dijo que el pecho le iba rápido. Pensamos que era por el café. En el bar tomaba mucho. Café, bebidas, lo que hubiera.

—¿Mareo?

—Por la mañana se sentó en la cama antes de levantarse. Lo vi. Le pregunté y dijo que se le había ido la cabeza un momento.

—¿Fue al médico?

Yusef soltó una risa seca.

—Samir no iba al médico. Samir decía que los médicos solo sirven para decirte que trabajes menos, duermas más y bebas agua. Cosas imposibles.

Víctor anotó.

—¿Tomaba medicación?

—Nada. Algún antiácido. Paracetamol. Y tabaco, si eso cuenta como medicación contra estar despierto.

—¿Drogas?

Yusef miró a Víctor.

—No.

La palabra fue corta, cerrada.

—Tenemos que preguntarlo.

—Y yo tengo que contestarlo todos los días desde que murió. No.

Alicia dejó que el silencio limpiara un poco la mesa.

—¿Quién lo encontró?