Capítulo V La mujer que avisó #2
—Y que once queden no significa que haya asesino.
—No he dicho asesino.
—Lo piensa.
Dalia miró a Víctor.
—No. Pienso que hay una pregunta. Si tuviera una respuesta, la habría escrito.
Alicia intervino:
—No puedo prometerle cómo se comunicará nada.
—Entonces no puede pedirme confianza.
—Puedo prometerle que si su lista está parcialmente equivocada, no la usaremos como excusa para dejar de mirar lo que siga en pie.
Dalia mantuvo la mano sobre el pendrive.
—Eso me vale.
—No debería.
—Ya lo sé.
Soltó el pendrive.
Alicia no lo cogió enseguida.
—¿Por qué empezó? —preguntó.
Dalia pareció no entender.
—¿Qué?
—A contar.
La periodista retiró la mano del pendrive y la dejó sobre la mesa, abierta.
—Porque la hermana de Mauricio Ibáñez me llamó para hablar de otra cosa.
—El autónomo. Treinta y siete. Cocina de su casa.
—Sí. Quería denunciar que tardaron demasiado en entregarle el informe. Estaba enfadada, no asustada. Me dijo que su hermano había muerto de pronto, que no tenía nada, que le habían dicho que a veces pasa. Esa frase. A veces pasa . La dijo con tanto odio que se me quedó.
Alicia no escribió.
Dalia continuó:
—Dos días después, en una esquela, vi otro nombre que me sonaba de una nota de emergencias. León García. Luego Samir. Luego Carmen. Al principio eran coincidencias. Después eran coincidencias con carpetas. Y cuando una coincidencia necesita carpetas, deja de ser cómoda.
Víctor la miró con menos ironía.
—Eso no responde del todo.
—No.
—¿Entonces?
Dalia tardó.
—Porque mi padre murió de un infarto real a los sesenta y cuatro años.
Real, quiero decir: coronarias hechas polvo, diabetes, tabaco, todos los avisos ignorados durante una década.
No hubo misterio. No hubo injusticia médica.
Hubo un cuerpo llegando al final de sus excusas.
Sé cómo suena una muerte cardíaca cuando todo encaja.
Alicia la observó.
Dalia no parecía querer haber dicho aquello.
—Estas no sonaban igual —añadió.
La pantalla del portátil mostró una tabla más ordenada que la copia impresa del artículo.
Columnas con fechas, edades, sexo, lugar, fuente primaria, fuente secundaria, causa comunicada, rareza percibida, observaciones, estado.
Algunas celdas estaban en gris. Otras en amarillo pálido.
No era el trabajo de alguien que colecciona rumores al azar.
Alicia recorrió la tabla con la vista.
León García. Sudoración previa. Urgencias cuarenta y ocho horas antes, sin confirmar.
Samir El Amrani. Sensación de ahogo la noche anterior, según hermano.
Carmen Varela. Antecedentes. Entorno farmacéutico. Inventario sin revisar, según familiar.
Lucía Merino Salvatierra. Baño. Sin antecedentes comunicados. Marido no entrevistado.
Diego Salvatierra. Gimnasio. Colapso durante entrenamiento individual. Suplementación referida por compañero.
Hugo Sanz. Oficina. Cefalea y palpitaciones, según colega.
Daniel Robles. Colapso público. Información preliminar.
Había demasiados según .
Pero también había demasiadas repeticiones pequeñas.
—¿Por qué no publicó los síntomas previos? —preguntó Alicia.
—Porque algunos no estaban confirmados y porque si escribo palpitaciones, sudoración y mareo, mañana media ciudad va a urgencias por haber subido una escalera.
—Eso sí fue prudente.
—Gracias por parecer sorprendida.
Alicia no respondió.
—Una cosa más —dijo antes de salir—. ¿Qué no publicó porque no podía demostrarlo?
Dalia miró hacia la pantalla del televisor, al otro lado del cristal. Una presentadora hablaba de la alarma generada por las muertes súbitas. Debajo de la imagen corría una frase en rojo que no pertenecía a ningún hecho, pero tenía apariencia de urgencia.
—Que algunas familias usaron la misma palabra.
—¿Cuál?
—Raro.
Alicia esperó.
—No dijeron doloroso. No dijeron inesperado. No dijeron injusto. Dijeron raro. Mi hermano estaba raro. Mi marido llevaba dos días raro. Mi hija se encontraba rara. Daniel, según me han dicho esta mañana, también estaba raro.
—Eso no prueba nada.
—No. Pero cuando la gente que no se conoce elige la misma palabra para no saber explicar algo, yo escucho.
Alicia no respondió.
Dalia añadió:
—Y había otra palabra.
—¿Cuál?
—Calor.
Víctor dejó de moverse.
Alicia pensó en Teresa Martín, en la cocina, en Daniel con una lata en la mano diciendo que tenía calor con la calefacción igual que siempre.
—¿Cuántos? —preguntó.
—Tres seguros. Dos dudosos. Daniel sería el cuarto seguro si ustedes lo confirman.
—No lo publique.
—No pensaba hacerlo.
—Dalia.
—No pensaba hacerlo —repitió ella—. No todo lo que sé merece convertirse en miedo público.
Alicia sostuvo su mirada un segundo más.
Por primera vez desde que había entrado, la periodista no le pareció peligrosa por imprudente.
Le pareció peligrosa porque podía tener razón antes de tiempo.
Salieron a la calle con el pendrive y la lluvia fina sobre los hombros.
Víctor abrió el coche y se quedó un momento de pie junto a la puerta.
—Calor —dijo.
—Sí.
—Palpitaciones, mareo, cefalea, calor.
—Sí.
—Y nada que conecte a las víctimas.
—Todavía.
—O nunca.
Alicia miró el bolsillo donde guardaba el pendrive.
—Dalia descartó casos.
—Eso te molesta.
—Me obliga a tomarla en serio.
—Eso también te molesta.
—Sí.
Víctor sonrió apenas.
—¿A Cardoso?
—A Cardoso.
—¿Y luego Salcedo?
Alicia miró hacia el edificio del periódico. En la segunda planta, una silueta cruzó junto a una ventana. No supo si era Dalia.
—Luego Salcedo.
—¿Qué le vamos a decir?
Alicia abrió la puerta del coche.
—Que la periodista no tiene una teoría.
—Eso debería tranquilizarlo.
—Y que quizá tiene algo peor.
Víctor se detuvo.
—¿Qué?
Alicia se sentó y cerró la puerta antes de responder.
—Un método.