Diana (Tríptico Delbran 2) Capítulo V La mujer que avisó
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Capítulo V La mujer que avisó

Dalia Tellería no estaba en la redacción cuando Alicia y Víctor llegaron.

Eso no sorprendió a nadie excepto al becario que los recibió en la entrada, un chico con acreditación colgada del cuello, camisa de cuadros y la expresión ligeramente culpable de quien trabaja en un sitio donde todo el mundo sabe más que él.

Les pidió que esperaran junto a una mesa cubierta de periódicos atrasados y desapareció por un pasillo estrecho con paredes llenas de portadas enmarcadas.

La redacción de El Diario Provincial ocupaba la segunda planta de un edificio antiguo del centro.

No era grande, pero tenía esa clase de desorden estable que no se ordena nunca porque quienes trabajan allí han aprendido a orientarse en él.

Mesas demasiado juntas. Cables bajo las sillas.

Archivadores con etiquetas despegadas. Un televisor sin sonido en una esquina.

Varias pantallas abiertas con mapas, notas municipales, fotografías de archivo y una página de estadísticas que alguien había dejado cargando sin esperanza.

El periódico olía a café recalentado, papel, polvo de impresora y cansancio.

Alicia pensó que no era muy distinto de una comisaría. Solo cambiaba la forma del miedo.

Un hombre de unos cincuenta y tantos años salió de un despacho con cristales al fondo de la sala.

Llevaba la corbata floja, el pelo escaso y una camisa blanca con las mangas arremangadas.

Su cara tenía el color ligeramente gris de quienes han pasado demasiados años bajo luz artificial y demasiadas mañanas justificando titulares ante personas que no los han leído enteros.

—Inspectores —dijo—. Soy Méndez. Redactor jefe.

Alicia le estrechó la mano.

—Alicia Herrera. Víctor Olmos.

—Dalia está de camino.

—¿De dónde? —preguntó Víctor.

Méndez sonrió sin alegría.

—Si lo supiera siempre, ganaría más dinero.

Los condujo a una sala pequeña de reuniones, con una mesa ovalada, seis sillas y una pizarra blanca donde alguien había escrito tres temas pendientes: presupuestos municipales, juicio urbanismo, perros parque ribera.

La normalidad administrativa de una ciudad seguía pegada a las paredes incluso cuando alguien había decidido que doce muertes podían no ser normales.

La puerta se abrió antes de que Víctor pudiera hacer el primer comentario.

Dalia Tellería entró sin pedir disculpas.

Llevaba un abrigo negro, una bufanda gris y el pelo húmedo por la lluvia que había empezado a caer sin que Alicia se hubiera dado cuenta.

Tenía la piel pálida, los ojos oscuros y una libreta pequeña en la mano.

No parecía nerviosa. Tampoco satisfecha.

Parecía alguien que había calculado el coste de lo que acababa de hacer y había decidido pagarlo, aunque no estuviera segura de tener suficiente.

—Inspectora Herrera —dijo.

—Dalia Tellería.

—Inspector Olmos.

Víctor levantó dos dedos desde la silla.

—Fuente policial de escasa utilidad, si no recuerdo mal.

Dalia lo miró.

—Ha mejorado mi opinión de usted por recordarlo.

—La mía de usted aún está en revisión.

Méndez suspiró.

—Voy a dejaros solos antes de que esto se convierta en una columna de opinión.

—Quédate —dijo Dalia.

—No. Si hay que invocar principios periodísticos, me llamas. Si hay que impedir que digas algo estúpido, también. Mientras tanto, tengo tres concejales negando una cosa que no les he preguntado.

Salió y cerró la puerta.

Dalia dejó la libreta sobre la mesa y se quitó el abrigo. Debajo llevaba un jersey oscuro y una camisa blanca sin planchar del todo. No se sentó hasta que Alicia lo hizo.

Durante unos segundos se miraron sin hablar.

Alicia había conocido muchos tipos de periodistas.

Los que olían la sangre antes que los hechos.

Los que confundían insistencia con inteligencia.

Los que sabían escuchar. Los que solo buscaban la frase que ya traían escrita en la cabeza.

Dalia Tellería pertenecía a una categoría más incómoda: la de quienes podían equivocarse trabajando bien.

Eso era lo que la hacía peligrosa.

—¿Qué quieren saber? —preguntó Dalia.

—Cómo construyó la lista.

—Con tiempo.

—Pruebe con algo más útil.

Dalia abrió la libreta, aunque no necesitaba leerla.

—Obituarios, avisos de emergencias, conversaciones con familias, fuentes sanitarias, fuentes judiciales, alguna funeraria, notas de sucesos no publicadas, llamadas que al principio parecían quejas sueltas. Lo normal.

—Nada de eso es normal —dijo Víctor.

—Para ustedes no. Para un periódico local, sí.

Alicia sacó de la carpeta una copia del artículo y la dejó sobre la mesa.

—Doce muertes súbitas en seis semanas.

—Sí.

—¿Por qué esas doce?

—Porque cumplían tres condiciones. Primera: muerte inesperada, en principio no violenta. Segunda: causa consignada o comunicada de forma vaga, casi siempre cardíaca o cardiorrespiratoria. Tercera: algún elemento de rareza según la familia, testigos o circunstancias.

—Eso es muy amplio.

—Lo sé.

—Demasiado amplio.

—Por eso no publiqué la primera lista.

Víctor alzó la cabeza.

—¿Había una primera lista?

—Había más nombres. Algunos los descarté.

Alicia se quedó quieta.

—¿Cuántos?

—Cinco seguros. Dos dudosos.

—¿Por qué no están en el artículo?

—Porque tenían explicación suficiente. Edad muy avanzada, antecedentes claros, enfermedad conocida, autopsia concluyente, accidente mal contado por alguien que quería convertirlo en otra cosa. Las familias también se equivocan. El dolor no es una prueba.

Alicia anotó mentalmente aquella frase. No por compasión, sino porque decía algo importante de Dalia: había descartado. No solo acumulado.

—Carmen Varela —dijo Alicia.

Dalia tardó un instante.

—Cincuenta y dos. Farmacéutica. La encontraron en la trastienda después del cierre.

Tenía antecedentes, sí. Hipertensión. Un síncope previo.

Lo sé. También sé que una farmacéutica con hipertensión no se convierte automáticamente en una muerte interesante.

La incluí por las circunstancias: sola, en un entorno con acceso a productos, muerte rápida, familia incómoda con la explicación.

—El entorno de la farmacia puede no tener nada que ver.

—Puede.

—Podría ser una muerte natural.

—Podría.

—Entonces su lista está contaminada.

—Todas las listas iniciales lo están.

Alicia levantó la vista.

Dalia continuó:

—Una lista limpia desde el primer día es propaganda, no investigación. Lo importante no es que todos los nombres sean ciertos al principio. Lo importante es saber cuáles sobreviven cuando los miran ustedes.

Víctor se inclinó hacia Alicia.

—Me irrita cuando dice cosas razonables.

—A mí también —dijo Alicia.

Dalia no sonrió.

—Lucía Merino Salvatierra —dijo Alicia.

La periodista cerró la libreta un segundo, como si ese gesto le permitiera ordenar mejor lo que iba a decir.

—Treinta y cuatro. Archivera municipal. Murió en el baño de su piso.

La encontró su marido al volver de trabajar.

No había signos de violencia. No había antecedentes relevantes según la familia.

No era una mujer que apareciera en las estadísticas por edad ni por patología previa. Eso me bastó para dejarla dentro.

—¿Habló con el marido?

—No.

—¿Con quién?

Dalia no contestó.

Alicia la observó.

—No necesito el nombre ahora. Necesito saber si la información viene de alguien que conocía su salud o de alguien que oyó un rumor.

—De alguien que conocía parte de su salud.

—¿Parte?

—Nadie conoce la salud completa de otra persona.

La frase sonó menos defensiva que las anteriores. Casi involuntaria.

Alicia la dejó pasar.

No era el momento.

—Daniel.

Dalia se quedó callada.

—¿Por qué lo incorporó tan rápido?

—Porque encajaba con la pregunta.

—No con la respuesta.

—No tengo respuesta.

—Pero publicó una actualización diciendo que la Policía revisa los casos.

—La Policía revisa los casos.

—¿Quién se lo dijo?

Dalia apoyó la espalda en la silla.

—La Policía.

Víctor soltó una risa corta.

—Qué raro. A mí no me suena haberla llamado.

—No todos los policías son ustedes.

Alicia guardó el bolígrafo.

—¿Fue alguien de comisaría?

—No voy a responder eso.

—¿Delegación?

—No voy a responder eso tampoco.

—¿Ministerio?

Dalia la miró con interés por primera vez.

—¿Ya hay Ministerio?

La pregunta fue demasiado rápida para ser fingida.

Alicia registró la reacción.

—No he dicho eso.

—No hacía falta.

—Quiero su hoja de cálculo —dijo Alicia.

—No.

—No con fuentes. Con campos, fechas, edades, lugares, causa consignada y nivel de certeza. Puede anonimizar lo que considere necesario de los descartes, pero necesito ver cómo pensó.

Dalia se quedó inmóvil.

—¿Cómo pensé?

—Sí.

—No es una frase muy policial.

—Estoy intentando no usar una orden judicial.

Dalia miró hacia la puerta cerrada. Al otro lado se oía el ruido de la redacción: un teléfono, una silla arrastrándose, alguien riéndose de forma demasiado breve.

El periódico seguía fabricando mundo mientras en aquella sala pequeña tres personas discutían sobre doce muertos que tal vez fueran doce cosas distintas o una sola cosa mal vista.

—Puedo darle una versión —dijo Dalia al fin.

—¿Cuándo?

—Hoy.

—¿Completa?

—Suficiente.

—Esa palabra no me gusta.

—A mí tampoco la suya: completa.

Víctor se frotó la cara.

—Esto es precioso. Si quieren, salgo y vuelvo cuando hayan definido el diccionario.

Dalia abrió el portátil que había traído bajo el brazo y que Alicia no había visto hasta entonces. Lo encendió. Mientras esperaba, sacó un pendrive del bolsillo interior del abrigo y lo dejó sobre la mesa, sin soltarlo del todo.

—Le daré una copia sin nombres de fuentes. Los doce casos publicados, los descartes codificados y la razón de exclusión. Nada que identifique a quien me llamó, me escribió o me dejó ver algo que no debía.

—Eso puede servir.

—No he terminado.

Alicia esperó.

—A cambio, cuando sepan que uno de los casos no pertenece a la lista, no van a usarlo para decir que todo el artículo era falso.

Víctor se echó hacia atrás.

—Ah, claro. Un acuerdo editorial con Homicidios.

—No es editorial. Es matemático. Que un caso caiga no significa que todos caigan.