Diana (Tríptico Delbran 2) Capítulo IV El último día
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Capítulo IV El último día

La casa de Daniel Robles Martín conservaba la forma exacta de una mañana interrumpida demasiado pronto.

Había casas que recibían a la policía con una evidencia casi física de la desgracia: persianas bajadas a destiempo, familiares llorando en el pasillo, vecinos agrupados junto a la puerta, objetos desplazados por la urgencia de una ambulancia que ya se había marchado. Aquella no.

Un abrigo colgaba en el perchero. Había una taza en el fregadero con un cerco oscuro de café en el fondo.

Sobre la mesa de la cocina, un paquete de galletas seguía abierto, con la pestaña de plástico doblada hacia dentro para que no se quedaran blandas.

En la entrada, junto al zapatero, quedaba el hueco de unas zapatillas que ya no iban a volver a ocuparlo.

La muerte no había pasado por allí.

Solo había salido de allí.

Teresa Martín los recibió con una calma que no era calma.

Era otra cosa: una forma rígida de estar de pie, de sujetarse el cuerpo desde dentro para que no se desarmara delante de desconocidos.

Tenía cincuenta y dos años, el pelo castaño recogido de cualquier manera y una bata azul sobre un jersey gris, como si la mañana hubiese empezado antes de que pudiera vestirse del todo y después ya no hubiera encontrado el momento ni el sentido.

—Pasen —dijo.

No preguntó si querían café. Alicia agradeció en silencio esa omisión.

Había familias que ofrecían café porque no sabían qué otra cosa ofrecer a la policía cuando ya no se podía ofrecer ayuda, ni esperanza, ni nada útil.

Había familias que no ofrecían nada porque toda cortesía les parecía una traición a lo que acababa de ocurrir.

Teresa pertenecía a las segundas.

Víctor se quedó un paso detrás de Alicia al entrar en la cocina. Hacía eso cuando entendía que una escena no necesitaba volumen masculino añadido. Podía ser ruidoso, irónico, casi invasivo si la situación lo pedía. También podía desaparecer lo justo.

—Señora Martín —dijo Alicia—, siento mucho tener que venir hoy.

Teresa asintió. No dijo gracias. Tampoco hacía falta.

Se sentaron en la mesa de la cocina. Había tres sillas. Teresa ocupó la que quedaba de espaldas a la ventana. Alicia se sentó frente a ella. Víctor permaneció junto a la encimera, con una libreta cerrada en la mano, mirando sin mirar los objetos de la casa.

—Nos han dicho que están revisando lo que pasó —dijo Teresa.

Su voz era más baja de lo que Alicia esperaba.

—Sí.

—Pero no saben lo que pasó.

—Todavía no.

Teresa movió apenas la cabeza, como si esa respuesta fuera la única que había imaginado y aun así le hiciera daño escucharla.

—Era sano.

Alicia no escribió nada. Esperó.

—No sano de esos que hacen todo bien —añadió Teresa—. No. Comía fatal cuando yo no estaba encima. Dormía poco. Se pasaba demasiadas horas con el ordenador. Pero sano. No se quejaba. No tenía nada del corazón.

—¿Algún desmayo previo? ¿Palpitaciones? ¿Dolor en el pecho? ¿Mareos?

—No.

La respuesta salió demasiado deprisa.

Alicia la dejó reposar.

Teresa miró la mesa. Las manos se le habían cerrado sobre el borde de la bata.

—Ayer dijo que estaba cansado.

—¿Cómo lo dijo?

—Como lo dicen todos a esa edad. Que estaba reventado, que le dolía la cabeza, que el profesor les había cambiado una entrega. No era… —Se detuvo—. No era una queja importante.

Las quejas importantes, pensó Alicia, casi nunca saben que lo son cuando aparecen.

—¿Tuvo fiebre?

—No.

—¿Náuseas?

—No que yo sepa.

—¿Dificultad para respirar?

Teresa negó otra vez.

—Anoche cenó poco. Pero estaba con el móvil. Ya sabe cómo son. A veces no comen porque están mirando una pantalla y luego a las doce se hacen cualquier cosa.

Víctor abrió por fin la libreta.

—¿Salió ayer por la tarde?

—A la universidad. Después creo que fue a la biblioteca. Volvió sobre las nueve.

—¿Solo?

—Sí.

—¿Comentó con quién había estado?

—Con Álvaro. Y con una chica, Laura. Son compañeros. Supongo que había más gente, pero esos nombres los oía más.

Alicia anotó los dos nombres.

—¿Daniel hacía deporte?

Teresa pareció sorprenderse por la pregunta.

—Poco. Salía a correr cuando decía que iba a ponerse en serio, que era cada tres meses. Luego se le pasaba.

—¿Gimnasio?

—No. Se apuntó una vez con Álvaro, pero creo que fue dos semanas.

—¿Suplementos? Proteínas, estimulantes, pastillas para estudiar, bebidas energéticas.

Teresa frunció el ceño.

—Bebidas sí. Esas latas horribles. Yo le decía que le iban a estropear el estómago.

—¿Las tomaba a menudo?

—Cuando tenía entregas. Esta semana bastante.

Víctor escribió algo.

—¿Dónde las compraba?

—En cualquier sitio. Supermercado, máquina de la facultad, gasolinera. No sé.

Alicia pensó en Cardoso: todo lo que parezca banal.

La banalidad tenía esa ventaja. Nadie la vigilaba.

La habitación de Daniel estaba como la había dejado.

No de una manera caótica, sino de una manera viva.

La cama estaba abierta, con el edredón empujado hacia un lado.

Había unos vaqueros sobre la silla, una sudadera caída a medias del respaldo, apuntes impresos junto al portátil y una botella de agua casi vacía en la mesilla.

En la pared, un calendario académico tenía marcadas dos fechas con rotulador rojo.

Una de ellas era la entrega de aquel día.

Alicia se detuvo en el umbral.

Las habitaciones de los muertos jóvenes tenían una violencia distinta.

No por el desorden, ni por los objetos, ni siquiera por las fotografías.

Por la confianza. Todo en ellas estaba dispuesto bajo la premisa de que habría regreso.

Un portátil en suspensión. Un cargador colgando del enchufe.

Un vaso usado. Ropa que alguien pensaba ponerse después de lavarla o no lavarla.

La muerte volvía crueles las cosas que antes solo eran descuidadas.

Sobre la mesa había una libreta de espiral con fórmulas, diagramas y frases escritas a medias.

Al lado, dos latas vacías de bebida energética, una marca conocida y otra de supermercado.

Un blíster de ibuprofeno con dos comprimidos menos.

Un paquete de chicles. Un recibo arrugado de una tienda de conveniencia.

Víctor cogió el recibo con dos dedos.

—Ayer. Veintidós cuarenta y tres. Dos bebidas energéticas, una bolsa de patatas, un paquete de chicles.

—¿Lugar?

—Tienda veinticuatro horas en la calle Norte.

Alicia miró a Teresa.

—¿Salió después de volver de la universidad?

Teresa pareció reconstruir la noche con esfuerzo.

—Sí. Dijo que bajaba un momento. Yo estaba viendo la televisión. Volvió enseguida.

—¿Notó algo raro al volver?

—No.

La respuesta llegó menos rápida que antes.

—Señora Martín?

Teresa se apoyó en el marco de la puerta.

—Se quedó en la cocina un rato. De pie. Con una lata en la mano. Le pregunté si estaba bien y me dijo que sí. Que solo tenía calor.

Alicia levantó la vista.

—¿Calor?

—Sí. Se quitó la sudadera. Yo le dije que cómo iba a tener calor con el frío que hacía. Me dijo que era la calefacción. Pero la calefacción estaba igual que siempre.

Víctor dejó de escribir durante medio segundo.

Después continuó.

—¿Dijo algo más?

—Que le latía raro el corazón.

La frase cayó en la habitación con una precisión insoportable.

Teresa se dio cuenta al decirla. La cara cambió. No mucho. Lo justo para que el recuerdo dejara de ser un dato y se convirtiera en culpa.

—¿Cómo lo dijo? —preguntó Alicia, con cuidado.

—No sé. Así. Se puso la mano aquí. —Teresa se tocó el centro del pecho—. Dijo: “Me late raro”. Yo le dije que dejara esas latas. Que un día le iba a dar algo.

No lloró.

Eso fue peor.

—¿Y después?

—Se rió. Me dijo que no fuera exagerada. Subió a su cuarto.

Víctor se acercó a la papelera. Había papeles, un envoltorio de chocolatina, pañuelos usados y una lata aplastada.

—¿Podemos llevarnos esto?

Teresa miró la papelera como si no hubiera sabido hasta ese momento que podía contener algo importante.

—Sí.

La tienda veinticuatro horas de la calle Norte estaba a cinco minutos en coche de la casa de Daniel.

Era un local estrecho, iluminado con una luz demasiado blanca, con estanterías de snacks, bebidas frías, pilas, cargadores baratos y productos de emergencia para personas que descubren demasiado tarde que se les ha acabado algo.

El dependiente no recordaba a Daniel hasta que vio la fotografía.

Luego dijo que quizá sí. Que podía ser. Que iban muchos chicos de la zona.

La grabación era mala, granulada, con el color alterado por la luz fluorescente.

Pero era él. Daniel entraba a las veintidós cuarenta y uno, iba directo a la nevera, abría la puerta, se quedaba mirando las latas unos segundos más de lo necesario.

Cogía dos. Luego una bolsa de patatas. Luego volvía, dudaba y añadía un paquete de chicles.

—Ahí —dijo Alicia.

La imagen se detuvo.

Daniel estaba con la mano sobre el tirador de la nevera. La cabeza ligeramente girada hacia la derecha, no hacia las bebidas, sino hacia el cristal de la puerta. Durante un segundo pareció mirar su propio reflejo.

—¿Qué pasa? —preguntó Víctor.

—No lo sé.

—Está eligiendo una lata.

—Quizá.

Alicia pidió avanzar despacio. Daniel abría la nevera. Sacaba una lata. La sostenía. Se tocaba el pecho con la mano libre.

Era poco, quizá casi nada.

Pero Alicia ya había oído a Teresa.

Me late raro.

En la universidad, Álvaro Ríos los esperaba junto a la entrada de la biblioteca.

Tenía veintidós años, una sudadera negra, gafas redondas y la cara deshecha de alguien que ha dormido una hora o ninguna.

Movía el móvil entre las manos sin encenderlo, girándolo una y otra vez como si fuera una pieza que se hubiera roto y todavía pudiera arreglarse.

—Yo le escribí —dijo antes de que le preguntaran.

—¿A las ocho y quince?

—Sí.

—¿Qué le puso?

—Que si venía ya.

—¿Y él respondió?

—Que llegaba en diez.

El chico se quedó mirando la pantalla apagada de su móvil.

—Llegaba siempre tarde —dijo—. Pero no mucho. Diez minutos era su manera de decir veinte.

—¿Cómo estaba ayer? —preguntó Alicia.

Álvaro se encogió de hombros.

—Normal.

La palabra apareció por segunda vez aquel día.

—Necesito algo mejor que normal.

Álvaro respiró hondo.

—Cansado. Estábamos todos cansados. Teníamos entrega. Se quejó de dolor de cabeza por la tarde. Laura le dio un ibuprofeno o algo. Luego estuvimos en la biblioteca hasta las ocho y media. Se fue a casa.

—¿Dijo algo de palpitaciones, calor, mareo?

Álvaro frunció el ceño.

—Dijo que estaba como acelerado. Pero nos reímos. Todos estábamos acelerados.

Laura Medina apareció veinte minutos después.

Era baja, con el pelo rizado recogido en una coleta y los ojos inflamados de haber llorado.

Llevaba un abrigo claro y una bufanda demasiado grande.

Alicia pensó que debía de haber salido de casa sin saber cómo vestirse para hablar con la policía sobre un amigo muerto.

—Le di un ibuprofeno —dijo casi antes de sentarse.

—Álvaro nos lo ha dicho.

—Era mío. Lo llevaba en el bolso. Le dolía la cabeza.

—¿Cuánto le dio?

—Uno. De cuatrocientos. Normal.

La palabra ya no sorprendió a Alicia. Empezaba a parecer parte del caso.

—¿Cómo estaba?

Laura apretó la bufanda entre los dedos.

—Raro.

Alicia levantó la vista.

—Explíqueme raro.

—No raro de comportamiento. Era Daniel. Hacía bromas, pero menos. Se tocaba el pecho a veces.

Víctor dejó de mirar a los estudiantes.

—¿A veces?

—Dos o tres. Yo le dije que dejara la cafeína. Me dijo que sí, mamá.

Laura sonrió un segundo al recordarlo y la sonrisa se le deshizo antes de terminar.

—¿Sudaba? ¿Tenía calor?

—Se quitó la sudadera. En la biblioteca hacía calor.

—¿Hacía calor?

Laura dudó.

—A mí no especialmente.

El teléfono de Alicia vibró. Era Salcedo.

—Tellería acaba de publicar una actualización —dijo el comisario, sin saludo—. Dice que la Policía ya revisa los casos.

Alicia cerró los ojos un instante.

—¿Y eso es falso?

—El problema es que no es falso.

Víctor la miró.

—¿Qué quiere?

—Quiero saber si vosotros habéis hablado con ella.

—No.

—Pues alguien sí.

La alarma ya no estaba fuera. Había entrado en el edificio.

—Estamos en la universidad —dijo Alicia—. Tenemos síntomas leves previos. Nada concluyente. Bebidas energéticas, ibuprofeno, cefalea, sensación de calor y palpitaciones desde la tarde anterior.

—¿Me estás diciendo que murió por una lata?

—No. Te estoy diciendo que no sabemos por qué murió.

Salcedo guardó silencio.

—Eso ya lo sabía esta mañana.

—Ahora lo sabemos con más precisión.

—No me consuela.

—No era mi intención.

Antes de marcharse, Alicia volvió una vez más la vista hacia la biblioteca.

En la puerta, los estudiantes seguían entrando y saliendo.

Algunos mirarían esa noche la fotografía de Daniel en sus teléfonos y dirían que lo habían visto alguna vez.

Otros descubrirían que habían compartido clase, máquina de café, pasillo o mesa de estudio con un muerto reciente.

Durante unos días, la universidad hablaría de él en voz baja.

Después la vida encontraría otras urgencias.

La memoria de los demás empezaba a trabajar sobre él.

Y Daniel Robles Martín, que había escrito Llego en diez la mañana de su muerte, empezaba a convertirse también en una prueba que la ciudad aún no sabía leer.