Diana (Tríptico Delbran 2) Capítulo III Hablar sin palabras #3
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Capítulo III Hablar sin palabras #3

—¿Y las muestras?

—Si quedan.

Víctor frunció el ceño.

—¿Si quedan?

—No todo se conserva eternamente con la esperanza de que una periodista escriba un artículo.

—Doctor —dijo Alicia—, necesito saber si esas dos muertes están dentro o fuera.

—No. Necesita saber si las otras diez están dentro o fuera. Las dos mujeres solo le molestan porque hacen que una explicación simple sea imposible.

—Las explicaciones simples son las que más gustan arriba —dijo Víctor.

Orduña miró al inspector.

—Arriba también hay gente capaz de contar hasta doce.

—No lo dudo —respondió Víctor—. Lo que me preocupa es qué hacen después con el número.

Cardoso se dirigió de nuevo a la sala.

—Inspectora.

—¿Sí?

—Cuando hablen con la familia, pregunten por síntomas pequeños.

—¿Qué síntomas?

—Los que no parecen síntomas. Calor repentino, palpitaciones, mareo, náusea, visión borrosa, hormigueos, sensación de ansiedad sin motivo. La gente olvida lo que no sabe interpretar.

—¿Y si no hubo nada?

Cardoso abrió la puerta.

—Entonces pregúntenlo mejor.

Entró en la sala y la puerta se cerró tras él.

Durante unos segundos nadie dijo nada.

Después, Orduña sacó una tarjeta del bolsillo interior de la chaqueta y se la ofreció a Alicia.

—Mi número directo.

Ella la aceptó sin mirarla.

—Qué optimista.

—Vamos a tener que hablar.

—Eso no significa que vaya a gustarnos.

—No hace falta.

Víctor también recibió una tarjeta.

—¿Pone “asesor de coordinación” o “hombre que no interfiere”?

Orduña sonrió.

—Pone Gabriel Orduña.

—Lo otro habría sido más útil.

Salcedo señaló el pasillo.

—Vamos.

Salieron del Instituto de Medicina Legal con más preguntas de las que habían traído.

En la entrada, dos periodistas esperaban junto a la verja, uno con cámara y otro con micrófono.

Alicia reconoció al fotógrafo de El Diario Provincial , pero no vio a Dalia Tellería.

Eso la inquietó más que si hubiera estado allí.

Tellería no estaba esperando la imagen.

Estaría buscando otra cosa.

Víctor encendió un cigarrillo junto al coche oficial, aunque había prometido dejarlo hacía seis meses y desde entonces lo había dejado todos los días hasta las once de la mañana.

—Bueno —dijo—. Recapitulando: el chico está muerto, el corazón no explica del todo por qué, Cardoso odia a todo el mundo, Madrid nos ha mandado un señor que sonríe como si supiera dónde están enterrados los procedimientos y tú estás pensando en las dos mujeres.

Alicia miró la fachada del Instituto.

—Estoy pensando en Daniel.

—No. En Daniel estás trabajando. En las dos mujeres estás pensando.

Ella no respondió.

Víctor expulsó el humo hacia un lado.

—¿Por qué?

—Porque estorban.

—Eso es muy poco empático, incluso para ti.

—Estorban a cualquier hipótesis limpia. Si esto fuera una serie masculina, Carmen y Lucía la romperían. Si no lo es, entonces diez hombres son demasiados para no preguntarse nada. Y si Carmen o Lucía no pertenecen, necesitamos saber cuál de las dos nos está confundiendo.

—O las dos.

—O ninguna.

Víctor tiró el cigarrillo al suelo y lo apagó con el zapato.

—Cada vez que hablas así, echo de menos los homicidios normales.

—No existen homicidios normales.

—Existen homicidios donde alguien clava algo a alguien. Me estoy volviendo nostálgico.

Al otro lado del aparcamiento, Gabriel Orduña se había separado de Salcedo y hablaba por teléfono. Estaba de espaldas, junto a una hilera de cipreses podados con una precisión desagradable. No gesticulaba. No levantaba la voz. No parecía preocupado.

Alicia no podía oírlo.

Pero sí vio que, antes de colgar, Orduña giraba ligeramente la cabeza hacia ellos.

Solo un instante.

Después guardó el móvil.

Víctor también lo vio.

—¿Nos acaba de mirar como si fuéramos parte del informe?

—Sí.

—¿Y somos parte del informe?

Alicia abrió la puerta del coche.

—Desde el momento en que ha llegado, todos lo somos.

Orduña permaneció junto a los cipreses hasta que el coche oficial salió del aparcamiento. Solo entonces consultó el móvil. Tenía tres llamadas perdidas y un mensaje de un número sin nombre.

Valoración inicial.

Miró hacia la puerta del Instituto, detrás de la cual Cardoso seguía trabajando sobre el cuerpo de Daniel Robles. Luego miró hacia la calle por donde acababan de marcharse Herrera y Olmos.

Escribió:

Sin indicios externos de violencia. Autopsia pendiente de histología y toxicología ampliada. Herrera es metódica, no alarmista. Olmos observa más de lo que aparenta. Cardoso no aceptará presión. Recomiendo no emitir conclusión cerrada.

Esperó unos segundos antes de enviar el mensaje. Después añadió una última línea:

La periodista ha llegado antes que la estructura oficial. Ese es el problema inmediato.

Envió.

La respuesta tardó menos de un minuto.

Mantén informado. Evitar contradicciones públicas entre Policía, Delegación y Ministerio.

Orduña guardó el teléfono.

En su rostro no había satisfacción ni miedo; solo atención administrativa, el hábito de nombrar una crisis antes de que otros la usaran.

Volvió junto a Salcedo con la misma expresión tranquila con la que había llegado.