Diana (Tríptico Delbran 2) Capítulo III Hablar sin palabras #2
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Capítulo III Hablar sin palabras #2

—Tienen dos mujeres dentro de una lista dominada por hombres —corrigió Cardoso—. Y todavía no saben si eso significa algo o solo les está molestando porque quieren que signifique algo.

—¿Usted qué haría?

—Lo que ya están haciendo. No sacarlas. No ponerlas en el centro. Dejarlas sobre la mesa.

Víctor soltó una risa breve.

—Qué manera tan elegante de no resolvernos nada.

—Resolver cosas demasiado pronto es una forma cara de equivocarse.

La puerta de la sala se abrió antes de que Alicia pudiera responder.

No entró nadie. Solo apareció una auxiliar distinta, con gesto incómodo.

—Doctor Cardoso.

El forense no levantó la vista.

—Estoy ocupado.

—Hay un señor preguntando por los inspectores. Dice que viene del Ministerio.

Víctor miró a Alicia.

—Qué rápido viajan los infartos cuando quieren.

Cardoso dejó el instrumental con un cuidado que sonó a irritación.

—Nadie del Ministerio entra en mi sala de autopsias.

—Está esperando fuera —dijo la auxiliar—. Con el comisario.

Eso hizo que Alicia se volviera hacia la puerta.

—¿Salcedo está aquí?

La auxiliar asintió.

Cardoso cubrió parcialmente el cuerpo de Daniel y se quitó los guantes.

—Terminamos la exploración macroscópica en diez minutos. Las conclusiones, cuando tenga algo que no sea humo. Vayan a atender a Madrid antes de que Madrid decida atendernos a todos.

El pasillo exterior parecía más frío que la propia sala. Juan Salcedo estaba junto a una máquina de café, con cara de haber bebido ya tres y no haber disfrutado ninguno. A su lado había un hombre al que Alicia no había visto nunca.

No vestía como policía. Tampoco exactamente como político.

Llevaba traje azul oscuro, camisa sin corbata y un abrigo gris doblado sobre el brazo.

Era de estatura media, delgado, con el pelo negro empezando a retirarse en las sienes y una barba corta cuidadosamente mantenida.

Tendría cuarenta años, quizá algo menos.

Su aspecto no llamaba la atención por elegante, sino por calibrado.

Nada sobraba. Nada parecía casual. Ni los zapatos, demasiado limpios para aquel día húmedo, ni el reloj discreto, ni la manera de colocarse a medio paso de Salcedo sin parecer subordinado ni superior.

Alicia lo detestó antes de que abriera la boca.

—Inspectora Herrera —dijo Salcedo—. Inspector Olmos. Gabriel Orduña.

El hombre tendió la mano primero a Alicia.

—Encantado.

Alicia se la estrechó. Tenía una mano templada, firme, sin exceso de fuerza. La clase de saludo que había sido entrenado para no decir nada.

—¿Ministerio del Interior? —preguntó ella.

—Asesor de coordinación.

Víctor estrechó su mano después.

—Eso suena a cargo que cabe en cualquier sitio.

Orduña sonrió apenas.

—Esa es una de sus ventajas.

Salcedo no estaba para bromas.

—Madrid quiere seguimiento directo.

—Madrid siempre quiere seguimiento directo cuando ya hay cámaras en la puerta —dijo Alicia.

—No vengo a interferir —dijo Orduña.

Víctor soltó una risa breve.

—Es una frase preciosa. Siempre significa lo contrario.

Orduña no pareció ofenderse. Eso, para Alicia, fue otro punto en contra. Los hombres que no se ofendían nunca solían estar demasiado acostumbrados a decidir cuándo hacerlo.

—Vengo a facilitar comunicación entre niveles —dijo él—. Policía, Delegación, Ministerio y, si hace falta, Sanidad. El asunto está generando ruido.

—Todavía no hay asunto —dijo Alicia.

—Entonces vengo a facilitar que siga sin haberlo, si eso es lo correcto.

—¿Y si no lo es?

—Entonces a facilitar que no llegue tarde a donde tenga que llegar.

Salcedo intervino antes de que la conversación se tensara más.

—Gabriel tendrá acceso a los informes operativos.

Alicia miró al comisario.

—¿A todos?

—A los necesarios.

—Eso no responde.

Salcedo sostuvo su mirada. Había advertencia en sus ojos, pero también algo parecido a una disculpa. No era decisión suya. O no del todo.

—Alicia.

Ella entendió el límite.

Por ahora.

—Estamos en una revisión preliminar —dijo—. No hay indicios penales confirmados.

—Lo sé —respondió Orduña.

—No hay hipótesis criminal.

—Lo sé.

—No hay serie demostrada.

—Lo sé.

Víctor ladeó la cabeza.

—Sabe muchas cosas para acabar de llegar.

Orduña lo miró con cortesía.

—Leo rápido.

—¿Qué ha leído exactamente?

—El artículo de Tellería. El resumen de Delegación. Una nota del comisario. Y parte de los antecedentes administrativos que se han podido recopilar.

Alicia se fijó en la fórmula: antecedentes administrativos. No expedientes médicos. No informes forenses. No datos judiciales. Orduña sabía hablar sin pisar terreno ilegal y sin dejar claro de dónde salía cada cosa.

—Entonces sabrá que la mayoría de esa lista no tiene relación entre sí —dijo ella.

—Eso parece.

—Edades distintas. Profesiones distintas. Barrios distintos. Diez hombres, dos mujeres. Ningún patrón fuerte.

—Salvo la percepción pública.

Víctor perdió la sonrisa.

—Eso no es un patrón médico.

—No. Pero puede convertirse en un problema policial antes de que exista un patrón médico.

Alicia lo estudió con más atención.

Aquello era más inteligente de lo que esperaba. También más peligroso. Orduña no estaba afirmando que hubiera un asesino. Ni siquiera parecía necesitarlo. Para él, el peligro inmediato no era la causa de las muertes, sino la forma en que la ciudad empezaba a nombrarlas.

—A veces la percepción pública llega antes que la verdad —dijo Orduña—. Y cuando llega primero, ocupa mucho espacio.

—¿Su trabajo es buscar la verdad o despejar espacio? —preguntó Alicia.

—Mi trabajo es que las instituciones no se contradigan antes de saber qué están diciendo.

—Eso tampoco responde.

—Responde a lo que me han encargado.

Salcedo se frotó el puente de la nariz.

—Necesito que trabajemos sin pisarnos. Herrera, Olmos: seguís con Daniel Robles y con la revisión de los once anteriores. Cardoso tendrá prioridad para toxicología. Gabriel centralizará lo que suba a Madrid.

—¿Y lo que baje de Madrid? —preguntó Alicia.

Orduña respondió antes que Salcedo.

—También pasará por mí.

Ahí estaba.

No un investigador.

Un filtro.

Alicia guardó silencio el tiempo justo para que él entendiera que lo había entendido.

—Entonces espero que sea rápido —dijo.

—Suelo serlo.

—Y transparente.

La sonrisa de Orduña no cambió.

—Cuando el procedimiento lo permita.

Víctor miró a Salcedo.

—Me está cayendo fatal, jefe. Lo digo por si constara en acta.

—No consta nada —dijo Salcedo—. Todavía.

La puerta de la sala se abrió de nuevo. Cardoso apareció quitándose la bata, con las gafas algo torcidas y el cansancio ya instalado en la cara. Miró a Orduña sin curiosidad.

—Usted debe de ser el Ministerio.

—Gabriel Orduña.

—Yo soy quien tiene al chico abierto en la mesa. Vamos a ahorrar solemnidades.

Orduña no se inmutó.

—¿Tiene una primera impresión?

Cardoso lo observó unos segundos.

—Sí.

—¿Puede compartirla?

—Puedo. No le va a servir.

—Déjeme juzgarlo.

—No.

A Víctor se le escapó una sonrisa real.

Cardoso continuó:

—No hay hallazgos macroscópicos que expliquen de forma cómoda la muerte de Daniel Robles. No hay signos externos de violencia. No hay lesión cardíaca evidente. No hay coronarias obstruidas. No hay nada que me permita decir “esto fue”. Habrá que esperar histología y toxicología ampliada.

Orduña asintió lentamente.

—Entonces no descarta nada.

—Descarto muchas cosas todos los días. Lo que no hago es inventarme una causa para tranquilizar despachos.

Salcedo miró al techo.

—Félix.

—¿Qué? ¿Ha venido a preguntar o a ser tranquilizado?

Orduña sostuvo la embestida con una calma perfecta.

—He venido a evitar errores.

—Eso decimos todos.

Alicia intervino:

—Doctor, ¿hay algo que quiera que revisemos mientras esperamos los resultados?

Cardoso se volvió hacia ella. Agradeció la pregunta, aunque no lo mostró.

—Sí. Las últimas veinticuatro horas. Todo lo ingerido. Todo lo administrado. Todo lo que parezca banal. Comida, bebida, medicación, suplementos, tratamientos, inhaladores, gotas, cualquier cosa que alguien pueda aceptar porque viene en un envase limpio.

Víctor apuntó mentalmente.

—¿Cree que puede ser algo ingerido?

—Creo que puede ser cualquier cosa hasta que deje de poder serlo.

Alicia miró a Cardoso.

—¿Y en los casos anteriores?

—Lo mismo. Pero con una dificultad añadida: cuanto más tiempo pasa, más se degrada la verdad.

—Qué optimista.

—No soy optimista. Soy forense.

Orduña intervino con suavidad:

—Doctor, desde el Ministerio se agradecería prudencia en cualquier formulación preliminar.

Cardoso lo miró como si acabara de encontrar una mancha en una muestra limpia.

—La prudencia es mi oficio. No necesito que me la envíen desde Madrid.

Orduña aceptó el golpe sin pestañear.

—Me alegra oírlo.

—No lo he dicho para alegrarlo.

Víctor bajó la cabeza para ocultar la sonrisa.

Salcedo decidió cortar aquello antes de que Cardoso terminara de adoptar al asesor como enemigo personal.

—Herrera, habla con la familia de Daniel. Olmos, testigos del autobús y pertenencias. Quiero un mapa de sus últimas horas esta tarde.

—Eso no va a ser rápido —dijo Víctor.

—No he dicho que lo sea. He dicho que lo quiero.

—Ah, la diferencia administrativa.

Alicia miró a Cardoso.

—¿Puede pedir ya los expedientes completos de Carmen Varela y Lucía Merino?

—Puedo pedirlos.