Diana (Tríptico Delbran 2) Capítulo III Hablar sin palabras
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Capítulo III Hablar sin palabras

El Instituto de Medicina Legal no olía a muerte.

A Víctor Olmos le sorprendió, como siempre, la limpieza de la sala de autopsias.

Esperaba un olor más brutal, algo que justificara el gesto de apretar la mandíbula antes de cruzar aquella puerta.

Allí predominaban el desinfectante, el metal limpio, el plástico, el látex y una frialdad química preparada para que los vivos siguieran trabajando.

Daniel Robles Martín yacía sobre la mesa central, cubierto hasta el pecho por una sábana blanca. La luz cenital caía sobre su rostro con una claridad excesiva, casi obscena. Sin el ruido del autobús, sin los pasajeros, sin la mochila azul y sin la urgencia de los sanitarios, parecía aún más joven.

No dormido. Alicia odiaba esa comparación. Los muertos no parecían dormidos. El sueño conservaba una promesa de regreso. Aquello no. Aquello era otra cosa: una retirada completa, silenciosa, irreversible.

El doctor Félix Cardoso estaba junto a la mesa, ajustándose los guantes con la parsimonia de quien no tenía intención de acelerar por culpa de nadie.

Llevaba bata blanca, mascarilla bajada bajo la barbilla y unas gafas de montura fina que se empañaban cada vez que respiraba hacia abajo.

A su lado, una auxiliar preparaba bandejas, recipientes de muestras y etiquetas.

—Si alguno se marea —dijo Cardoso sin levantar la vista—, la puerta está detrás.

Víctor miró a Alicia.

—Eso va por ti.

—Claro.

—Siempre has tenido aspecto delicado.

—Y tú siempre has tenido vocación de cadáver.

Cardoso alzó apenas los ojos.

—Me alegra que traigan humor. Aquí suele durar poco.

Alicia se situó al lado izquierdo de la mesa, a una distancia suficiente para no estorbar y bastante cerca para observar.

Víctor se quedó un paso por detrás. No por miedo, se dijo a sí mismo, sino porque su trabajo consistía en tener perspectiva.

Era una explicación razonable y, como tantas explicaciones razonables, no del todo cierta.

Cardoso retiró la sábana hasta la cintura de Daniel.

—Varón. Veintidós años. Identificado como Daniel Robles Martín. Sin signos externos de violencia apreciables en la exploración inicial. Maniobras de reanimación realizadas en vía pública y durante el traslado. Declarado fallecido a las nueve horas y doce minutos.

Su voz cambió al dictar. Se volvió plana, exacta, casi ajena a él. Alicia conocía bien ese tono: era la voz de los profesionales cuando necesitaban separarse de lo que tenían delante.

Daniel tenía el torso estrecho, piel clara, alguna marca reciente en el pecho por los electrodos y una lividez que Cardoso examinó con atención.

Había una pequeña abrasión en el pómulo, probablemente de la caída.

Nada más. Ninguna herida defensiva. Ningún hematoma relevante.

Ningún signo teatral que permitiera a la policía entrar en la investigación con la comodidad de lo evidente.

—No hay pelea —dijo Víctor.

Cardoso no lo miró.

—No hay marcas externas que sugieran pelea. No es lo mismo.

—Me conformo con la corrección.

—Haga de eso un hábito.

Alicia observaba las manos del forense. Eran manos largas, secas, precisas. No había en ellas brutalidad ni ternura. Solo método. Cardoso tocaba el cuerpo como quien lee un texto escrito en un idioma difícil: sin prisa, sin confianza excesiva, aceptando que algunas frases podían estar incompletas.

—¿Antecedentes? —preguntó ella.

—La familia no refiere cardiopatía conocida. No medicación habitual. No consumo declarado de drogas. Vida normal, sueño probablemente insuficiente, dieta probablemente absurda, como corresponde a su edad.

—Eso no mata.

—A veces la edad tampoco protege.

Víctor cruzó los brazos.

—Doctor, con cariño: si la conclusión va a ser “a veces pasa”, hemos madrugado para nada.

Cardoso dejó la pinza que tenía en la mano y miró al inspector por encima de las gafas.

—Inspector Olmos, si la conclusión fuera sencilla, ustedes no estarían aquí. Y si la muerte tuviera la cortesía de explicar sus motivos, yo estaría en paro.

Alicia intervino antes de que Víctor contestara.

—Queremos saber si este caso puede conectarse con los otros once.

—Quieren saber si alguien lo ha matado sin dejar rastro.

—Eso también.

Cardoso volvió al cuerpo.

—Entonces empiecen aceptando una incomodidad: hay muchas maneras de morir sin que el cadáver parezca acusar a nadie.

La auxiliar le acercó un recipiente. Cardoso tomó muestras de sangre, humor vítreo y contenido gástrico.

Etiquetó cada una con cuidado. Alicia siguió el proceso.

No necesitaba entender todos los detalles técnicos.

Lo que buscaba era otra cosa: la pausa, la duda, el gesto mínimo con que un experto delata que algo no termina de encajar.

—Toxicología completa —dijo Cardoso—. Y no solo rutina.

Alicia levantó la vista.

—¿Por qué?

—Porque tiene veintidós años.

—Eso no responde del todo.

—Responde bastante.

—No para mí.

Cardoso suspiró.

—Porque si buscamos solo lo habitual, encontraremos solo lo habitual. Alcohol, drogas comunes, psicofármacos, estimulantes conocidos. Si hay algo menos corriente, podríamos no verlo. O verlo tarde. O verlo sin saber qué estamos viendo.

Víctor se movió por primera vez.

—¿Está pensando en veneno?

—Estoy pensando en química. La palabra veneno pertenece más a la literatura.

—Estamos en una novela mala, entonces.

—Esperemos que no.

El corte inicial silenció la sala durante unos segundos. No hubo dramatismo. Cardoso trabajó con la misma serenidad con la que habría abierto una carpeta. Alicia no apartó la mirada. Víctor sí, pero solo una vez.

El corazón de Daniel apareció más pequeño de lo que Alicia habría esperado. Esa fue una impresión absurda; no tenía experiencia suficiente para juzgarlo. Aun así, el órgano en la mesa de disección parecía no estar a la altura de todo lo que dependía de él.

Cardoso lo examinó con especial atención. Pesó, midió, abrió cavidades, revisó coronarias. La auxiliar anotaba.

—No hay lesión coronaria significativa a simple vista —dijo él—. No hay hipertrofia evidente. No hay malformación macroscópica clara. Habrá que esperar histología.

—En cristiano —dijo Víctor.

—En cristiano: no veo un corazón que explique cómodamente por qué Daniel Robles cayó muerto en un autobús.

Alicia sintió que el caso cambiaba de peso.

No era una prueba ni un indicio penal. Pero la ausencia de explicación empezaba a tener forma.

—¿Puede ser una arritmia? —preguntó.

—Sí.

—¿Una canalopatía?

Cardoso la miró con una aprobación breve.

—También. Síndrome de Brugada, QT largo, taquicardia ventricular catecolaminérgica, otras. Algunas no dejan grandes señales anatómicas. Con veintidós años, si no encontramos causa, habría que plantear estudio familiar.

—Eso no conecta doce casos.

—No. Pero puede impedir que los desconectemos demasiado deprisa.

Víctor se acercó un poco.

—¿Qué quiere decir?

Cardoso dejó el corazón en la bandeja.

—Que si cada caso tiene una explicación distinta, la lista de Tellería se cae.

Uno tenía coronarias, otro una miocardiopatía, otro cocaína, otro una embolia, otro una malformación.

Eso sería una colección de desgracias. Pero si varios no tienen explicación suficiente, entonces no tendremos una respuesta. Tendremos un hueco repetido.

Alicia pensó en las doce fichas sobre la mesa de Salcedo.

Doce nombres.

Diez hombres.

Dos mujeres.

Nada más.

O demasiado poco.

—Hábleme de las dos mujeres —dijo.

Cardoso no respondió de inmediato. Terminó de colocar una muestra en su recipiente, cerró la tapa y solo entonces la miró.

—Lucía Merino Salvatierra y Carmen Varela.

—Sí.

—Una archivera municipal de treinta y cuatro años. Una farmacéutica de cincuenta y dos.

Víctor miró a Alicia de reojo. Aquello era exactamente lo que ella quería: no una conclusión, sino una separación limpia de los datos.

—¿Pasaron por aquí? —preguntó ella.

—Las dos.

—¿Las hizo usted?

—Una la hice yo. La otra la supervisé.

—¿Y?

Cardoso se quitó las gafas y las dejó sobre una bandeja limpia. Sin ellas, sus ojos parecían más hundidos.

—Son incómodas por motivos distintos.

—Empiece por Carmen —dijo Alicia.

El forense entrelazó los dedos un segundo, como si midiera cuánto podía decir sin traicionar sus propios informes.

—Carmen Varela tenía antecedentes. Hipertensión. Un episodio previo compatible con síncope. Medicación. Edad menos escandalosa que la de Daniel. Un contexto clínico que permite cerrar una puerta sin parecer negligente.

—¿Entonces no pertenece a la lista?

Cardoso la miró.

—Yo no he dicho eso.

—Pero podría no pertenecer.

—Todos podrían no pertenecer. Ese es el problema de las listas hechas desde fuera del cadáver.

Víctor apoyó una mano en el borde de la mesa.

—Doctor, intenta usted desesperadamente no mojarse.

—No. Intento no mentirles.

—A veces se parecen.

—Solo para quien necesita una respuesta antes de tiempo.

Alicia no intervino. Dejó que el silencio hiciera presión.

Cardoso terminó cediendo un poco.

—Carmen Varela es la clase de caso que todo el mundo cree entender demasiado deprisa. Eso no la convierte en sospechosa. Tampoco en irrelevante.

—¿Y Lucía? —preguntó Alicia.

—Lucía Merino es incómoda por el motivo contrario.

—¿No explica su propia muerte?

—Explica menos. Treinta y cuatro años. Sin lesiones externas. Sin hallazgos macroscópicos suficientes. Toxicología rutinaria sin nada llamativo. Hallada en el baño de su piso.

Víctor frunció el ceño.

—¿Por qué insiste todo el mundo en el baño?

—Porque los baños son malos lugares para morir.

—¿Hay buenos?

—Desde el punto de vista forense, algunos son mejores que otros. En un baño todo parece doméstico, privado, accidental. Un mareo. Una caída. Una bajada de tensión. Un desmayo bajo la ducha. El escenario ofrece explicaciones antes de que el cuerpo pueda hacerlo.

Alicia anotó algo en su libreta.

—Entonces tenemos a Carmen, que parece explicarse demasiado bien, y a Lucía, que se explica demasiado poco.