Capítulo II Homicidios no investiga infartos #3
—Fuentes consultadas —repitió—. Qué expresión tan bonita para decir que alguien ha hablado demasiado pronto.
—O demasiado tarde.
—Sigues pensando en Tellería.
—Pienso en los doce nombres.
—Diez hombres y dos mujeres.
—Piensas mejor de lo que finges.
Víctor arrancó.
—No lo divulgues.
El Instituto de Medicina Legal quedaba a quince minutos de la comisaría, en una zona de edificios administrativos donde la ciudad parecía haber sido diseñada por alguien que odiaba las esquinas amables.
Fachadas claras, ventanas repetidas, jardines mínimos, bancos donde nadie se sentaba.
El tipo de lugar donde la muerte se gestionaba sin escándalo.
El doctor Félix Cardoso los recibió con una bata abierta sobre una camisa azul y la expresión de quien ya había decidido que aquella visita iba a empeorar su día.
Cardoso tenía sesenta años, aunque su delgadez nerviosa le daba una apariencia más afilada que anciana.
Era alto, huesudo, con el pelo blanco peinado hacia atrás y unas manos largas, limpias, casi elegantes, que parecían demasiado delicadas para el trabajo que hacían.
Llevaba gafas de montura fina y hablaba con una lentitud ligeramente irritante, como si cada palabra tuviera que pasar antes por una mesa de disección.
—Inspectora Herrera —dijo—. Inspector Olmos.
—Doctor —respondió Alicia.
Víctor levantó una mano.
—Prometemos no decir “asesino de infartos” si usted promete no echarnos en los próximos cinco minutos.
Cardoso lo miró sin cambiar la expresión.
—Puedo comprometerme a tres.
Alicia abrió la carpeta.
—Queremos revisar los casos citados por Dalia Tellería.
—Ya me lo ha dicho el comisario.
—¿Y?
—Y le he dicho al comisario que los periodistas deberían necesitar licencia para usar porcentajes.
Víctor sonrió.
—Ahí estamos de acuerdo.
Cardoso los condujo a una sala pequeña, más despacho que laboratorio, con estanterías llenas de carpetas y varios tratados forenses que parecían no haber sido abiertos en años, aunque probablemente lo habían sido más que la mayoría de novelas de la ciudad.
Sobre la mesa había un informe a medio corregir, una taza de café intacta y una fotografía clínica vuelta boca abajo.
—La mayoría de esas muertes no pasaron por autopsia judicial completa —dijo Cardoso—. Algunas ni siquiera pasaron por aquí. Si un médico certifica muerte natural y no hay signos externos de violencia ni circunstancias sospechosas inmediatas, no todo cadáver acaba en mi mesa. Por suerte para todos.
—¿Y Daniel Robles? —preguntó Alicia.
—Daniel Robles sí acabará aquí.
—¿Cuándo?
—Cuando el juzgado termine de firmar lo que ya sabe que tiene que firmar.
Víctor se apoyó en la pared.
—¿Le parece raro?
Cardoso se quitó las gafas y las dejó sobre el informe.
—¿Un varón de veintidós años que se desploma en un autobús? Sí. Me parece raro. ¿Me parece criminal? Eso es otra pregunta.
—Hágase la primera —dijo Alicia.
—Ya me la estoy haciendo.
—Hágase la segunda también.
Cardoso la observó con algo parecido a la curiosidad.
—La muerte súbita es una papelera elegante, inspectora.
Sirve para guardar lo que no grita. A veces dentro hay una miocardiopatía que nadie diagnosticó.
A veces una arritmia hereditaria. A veces una droga.
A veces una estupidez química comprada por internet.
A veces nada que podamos encontrar con las herramientas habituales.
—¿Y a veces un homicidio? —preguntó Víctor.
—A veces —dijo Cardoso—. Pero no conviene enamorarse de esa posibilidad demasiado pronto.
Alicia puso las doce fichas sobre la mesa.
Cardoso las miró. No tocó ninguna.
—Diez hombres —dijo ella—. Dos mujeres.
El forense permaneció callado un instante.
—Eso ya lo he visto.
—¿Y?
—Y no sé si significa algo.
—Pero lo ha visto.
—Claro que lo he visto. No soy periodista, inspectora, pero también sé contar.
Víctor bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
El móvil de Cardoso vibró sobre la mesa. El forense leyó el mensaje y su expresión se endureció apenas, lo justo para que Alicia lo notara.
—El juzgado acaba de autorizar la autopsia de Daniel Robles —dijo.
Víctor se incorporó.
—¿Cuándo empieza?
Cardoso recogió las fichas y se las devolvió a Alicia.
—Ahora.
Alicia guardó la carpeta, pero mantuvo fuera las de Carmen Varela y Lucía Merino durante un segundo más.
Diez hombres y dos mujeres. Ninguna edad común.
Ningún oficio común. Ningún barrio común.
Nada que uniera a los muertos salvo una fórmula médica demasiado cómoda y una proporción que no quería quedarse quieta.
Cardoso se dirigió a la puerta.
—Inspectores.
—¿Sí? —dijo Alicia.
El forense apoyó una mano en el pomo.
—No esperen que un cadáver les diga si alguien lo ha matado. Los cadáveres no son tan generosos.
Abrió la puerta y salió al pasillo.
Víctor miró a Alicia.
—Qué hombre tan alegre.
Ella no contestó. Estaba mirando otra vez la ficha de Daniel.
—Vamos —dijo.
—¿A la autopsia?
—A empezar por el único que todavía puede darnos algo.
Víctor apagó la sonrisa.
—Creía que Cardoso acababa de decir que no hablan.
Alicia guardó la ficha en la carpeta.
—No con palabras.