Diana (Tríptico Delbran 2) Capítulo II Homicidios no investiga infartos
5%

Capítulo II Homicidios no investiga infartos

Alicia Herrera estaba a punto de cerrar un expediente cuando la llamaron al despacho del comisario.

El expediente sí tenía sangre: una botella rota, un vecino con la ceja abierta, una mujer que había mentido tres veces en la misma declaración y un cadáver en una cocina estrecha con azulejos color mostaza. Era la clase de asunto que Alicia entendía. Feo, vulgar, triste, humano. Pero entendible.

Aquello era homicidios.

Lo demás entraba por otras puertas.

—Nos quiere Salcedo —dijo Víctor Olmos desde la puerta.

No entró. Víctor rara vez entraba del todo en los sitios si podía ocuparlos desde el umbral.

Era alto, ancho de hombros, con una barba de dos días que en él parecía permanente y una camisa que ya había perdido la batalla contra la mañana.

Tenía cuarenta y cinco años y una forma de sonreír que podía ser cordial, burlona o amenazante según el ángulo desde el que se mirara.

En comisaría decían que era buen policía porque sabía caer bien.

Alicia sabía que era buen policía porque sabía exactamente cuándo dejar de hacerlo.

—Estoy terminando —dijo ella.

—Eso le he dicho.

—¿Y?

—Me ha mirado.

Alicia levantó los ojos del informe.

—¿Solo te ha mirado?

—Con la mirada de “dile a Herrera que mueva el culo o le cambio la cerradura del despacho”.

Alicia firmó la última hoja con una letra inclinada y precisa.

No tenía aspecto de inspectora hasta que uno se fijaba en cómo observaba.

Era una mujer de cuarenta y dos años, estatura media, pelo castaño oscuro recogido casi siempre de cualquier manera, abrigo negro sobre el respaldo de la silla y una austeridad física que algunos confundían con frialdad.

Elegía cuándo gastar un gesto, una sonrisa o una palabra.

Su autoridad no estaba en la voz ni en el cuerpo, sino en la atención.

Alicia miraba como si estuviera desmontando una máquina invisible pieza por pieza.

Esa mirada había hecho hablar a testigos arrogantes, había incomodado a abogados demasiado seguros y había convertido declaraciones aparentemente limpias en trampas para quien las había preparado.

Cerró la carpeta.

—¿Sabes de qué va?

—Creo que sí.

—¿Y?

Víctor hizo una mueca.

—Infartos.

Alicia dejó de ordenar los papeles.

—¿Infartos?

—Técnicamente, muertes súbitas. Según prensa, una posible epidemia de corazones parándose por la ciudad. Según Salcedo, nuestro nuevo problema.

Alicia se quedó inmóvil un segundo. Luego guardó el bolígrafo en el bolsillo interior de la chaqueta.

—Homicidios no investiga infartos.

—He pensado exactamente lo mismo.

—Eso no me tranquiliza.

—A mí tampoco.

Caminaron juntos por el pasillo de la segunda planta.

A esa hora la comisaría estaba en plena combustión: teléfonos, pasos rápidos, impresoras escupiendo hojas, agentes con vasos de café, una mujer llorando junto a la sala de denuncias y dos detenidos sentados en un banco con la misma expresión ofendida de quienes habían sido pillados demasiado pronto.

La vida normal de un edificio dedicado a administrar lo peor de la ciudad.

Víctor caminaba con las manos en los bolsillos y una media sonrisa pegada a la boca.

—Igual es una promoción interna —dijo—. De homicidios a cardiología.

—No empieces.

—Podríamos pedir fonendos.

—Víctor.

—Solo digo que si empezamos a investigar arritmias, conviene actualizar el material.

Alicia no respondió. Estaba pensando en otra cosa.

—¿Lo de la periodista? —preguntó.

Víctor asintió.

—Dalia Tellería.

—La conozco.

—Todo el mundo conoce a Dalia Tellería.

—No todo el mundo ha tenido que aguantarla en una escena.

—Yo sí. Dos veces. La segunda me llamó “fuente policial de escasa utilidad”.

—Fue generosa.

Víctor se llevó una mano al pecho.

—Eso ha sido innecesario.

El despacho de Juan Salcedo estaba al fondo del pasillo. La puerta estaba abierta, lo que nunca era buena señal. Cuando el comisario quería hablar, la dejaba entornada. Cuando quería obediencia, la abría del todo.

Salcedo estaba de pie junto a la ventana, con el móvil en una mano y una carpeta en la otra.

Parecía más ancho que de costumbre, como si el despacho se le hubiera quedado pequeño durante la última hora.

Vestía traje gris, camisa blanca y una corbata azul que se inclinaba hacia la izquierda con la resignación de siempre.

Tenía el pelo corto, gris, peinado hacia atrás sin demasiada fe, y unas ojeras que no pertenecían solo a aquella mañana.

—Cerrad —dijo.

Víctor cerró la puerta.

—Comisario —empezó Alicia—, antes de que nos lo pida: homicidios no investiga infartos.

Salcedo la miró.

—Buenos días a ti también.

—Buenos días. Homicidios no investiga infartos.

—Ya.

—Ni ictus, ni síncopes, ni muertes naturales sin indicio penal.

—Lo sé.

—Entonces nos ha llamado para algo distinto.

Salcedo dejó la carpeta sobre la mesa.

—Os he llamado porque tengo a Delegación preguntando qué vamos a hacer, a prensa preguntando qué estamos haciendo, a media ciudad compartiendo una foto de un chaval muerto en un autobús y a Madrid queriendo saber si esto es una alarma sanitaria, una negligencia institucional o una gilipollez periodística.

—¿Y cuál es? —preguntó Víctor.

—Eso me gustaría saber antes de que alguien lo decida por nosotros.

Alicia no se sentó. Víctor sí, porque Víctor se sentaba siempre que sospechaba que una conversación podía alargarse.

Salcedo empujó la carpeta hacia ellos.

—Doce muertes súbitas en seis semanas.

—Según una periodista —dijo Alicia.

—Según una periodista que ha hecho mejor trabajo de documentación del que me gustaría admitir.

Alicia abrió la carpeta. Dentro había impresiones del artículo de El Diario Provincial , capturas de redes, una tabla con nombres y fechas, varias notas manuscritas y una primera recopilación de datos obtenida a toda prisa por la comisaría.

Víctor se inclinó para mirar.

—Daniel Robles Martín —leyó—. Veintidós años. Esta mañana. Autobús de la línea 4.

—Estudiante de Ingeniería —dijo Salcedo—. Sin antecedentes conocidos. Fallecimiento confirmado en el hospital. La familia ya está avisada.

Alicia pasó la primera hoja sin cambiar de expresión.

—¿Autopsia?

—Pendiente de decisión judicial.

—Con veintidós años y desplome en transporte público, debería hacerse.

—Eso piensa también Cardoso.

Alicia alzó un poco la vista.

—¿Ha hablado con él?

—Hace diez minutos.

—¿Y?

—Que no le hace ninguna gracia que ahora todo el mundo descubra la muerte súbita porque lo ha escrito Dalia Tellería.

Víctor resopló.

—Normal. A nadie le gusta que le organicen la mañana desde un periódico.

Alicia siguió leyendo. Había doce fichas, algunas completas, otras pobres hasta rozar lo inútil. Nombres, edades, lugares, fórmulas médicas. Fallo cardíaco. Parada cardiorrespiratoria. Muerte súbita de probable origen cardíaco. Hallado sin vida. Sin signos externos de violencia.

Las palabras tenían una cualidad anestésica. Repetidas suficientes veces, parecían explicar algo.

No explicaban nada.

—Esto no es una investigación —dijo Alicia—. Es un recorte de prensa con ansiedad.

Salcedo se sentó al fin.

—Correcto. Quiero que lo convirtáis en una comprobación.

—¿Una comprobación de qué?

—De si puedo salir ahí fuera y decir, sin mentir, que no hay indicios de delito.

Alicia dejó la primera ficha sobre la mesa.

—Ahora mismo no los hay.

—Ahora mismo no lo sabes.

—No hay escena criminal.

—No en apariencia.

—No hay arma.

—No visible.

—No hay relación entre víctimas.

—No encontrada.

—No hay móvil.

—Tampoco hay explicación suficiente.

Alicia cerró la carpeta con suavidad.

—Comisario, una acumulación no es un homicidio.

—Y un titular no es una denuncia —añadió Víctor.

—No os estoy pidiendo que le deis la razón a Tellería —dijo Salcedo—. Os estoy pidiendo que me digáis si puedo quitársela.

Hubo un silencio breve.

Esa frase sí tenía otra textura. Alicia lo notó. Salcedo no estaba asustado por el periódico. No solo por el periódico. Algo en la lista le había molestado lo suficiente para llamar a sus dos mejores inspectores en vez de mandar a alguien a redactar un informe tranquilizador.

—¿Qué le incomoda? —preguntó ella.

Salcedo apoyó los codos sobre la mesa.

—Que los casos no encajan lo bastante como para ser una serie, pero tampoco son lo bastante limpios como para ignorarlos.

Víctor cogió la carpeta.

—Eso es poesía administrativa.

—Eso es experiencia.

—A veces se confunden.

Salcedo lo señaló con un dedo.

—Hoy no.

Alicia tomó las fichas y las extendió sobre la mesa de reuniones del despacho.

Lo hizo sin prisa, alineándolas en dos columnas de seis, como si el orden físico pudiera revelar una lógica oculta.

Salcedo la observó. Víctor también. Era una costumbre de Alicia: necesitaba ver los datos fuera de la carpeta, emancipados del relato de quien los había reunido.

—León García —leyó—. Cuarenta y seis años. Comercial. Garaje de su casa.

—Samir El Amrani —siguió Víctor—. Treinta y nueve. Camarero. Baño de su piso. Vecino del barrio de toda la vida, aunque el apellido ya estará haciendo trabajar a media tertulia.

—Carmen Varela. Cincuenta y dos. Farmacéutica. Trastienda de su farmacia después del cierre.

—Adrián Paredes. Sesenta y uno. Transportista. Área de servicio.

—Mauricio Ibáñez. Treinta y siete. Autónomo. Cocina de su casa.

—Tomás Rendón. Sesenta y ocho. Jubilado. Parque.

—Diego Salvatierra. Veintinueve. Entrenador personal. Gimnasio.

—Nicolás Pereira. Cincuenta y cuatro. Empresario. Hotel.

—Andrés Lobo. Cuarenta y uno. En paro. Portal de su edificio.

—Lucía Merino Salvatierra —dijo Alicia—. Treinta y cuatro. Archivera municipal. Baño de su piso.

—Hugo Sanz. Treinta y tres. Informático. Oficina.

—Y Daniel Robles —cerró Alicia—. Veintidós. Estudiante. Autobús.

Víctor se echó hacia atrás.

—No hay nada.

—Hay doce muertos —dijo Salcedo.

—Muertos hay todos los días, jefe.

—No así.

Víctor levantó una ceja.

—¿“Así” cómo?

Salcedo no contestó enseguida.

Alicia volvió a mirar las fichas.