Diana (Tríptico Delbran 2)
© inepub.com
Capítulo I Línea 4
A las ocho de la mañana ya no era solo transporte público.
Era una costumbre en movimiento: mochilas apoyadas contra piernas ajenas, abrigos húmedos, pantallas encendidas, auriculares blancos, bufandas mal colocadas, el vaho de las respiraciones pegado a los cristales.
Nadie miraba a nadie más de lo necesario.
Nadie ocupaba del todo el sitio en el que estaba.
El conductor sabía distinguir los sonidos de aquella hora.
La tarjeta que no pasaba a la primera. El pitido corto del validador.
Las suelas arrastradas de los estudiantes.
La tos seca de los jubilados que subían dos paradas antes del centro.
El golpe de las mochilas contra las barras metálicas cuando el autobús frenaba.
El murmullo bajo de las conversaciones que no querían empezar todavía.
Esa mañana, Daniel Robles Martín viajaba de pie junto a la segunda puerta.
Tenía veintidós años. Más tarde, esa cifra sería repetida muchas veces, como si la edad explicara por sí sola la gravedad de lo ocurrido.
Veintidós años, dirían en la radio. Veintidós años, escribirían debajo de una fotografía.
Veintidós años, repetiría alguien en una cafetería sin saber muy bien qué añadir después.
Pero entonces no significaba nada.
Era solo un chico joven en un autobús lleno de gente que iba tarde.
Llevaba una mochila azul colgada de un hombro, una cazadora oscura y unas zapatillas blancas que ya no eran blancas del todo.
Tenía el pelo algo húmedo, como si hubiera salido de casa sin terminar de secárselo, y una expresión de cansancio ligero, común, casi tranquilizadora.
La clase de cansancio que no anuncia nada.
La clase de cansancio que pertenece a los exámenes, a las entregas, a los mensajes contestados demasiado tarde, a las horas mal dormidas.
Se agarraba a la barra vertical con la mano izquierda. Con la derecha sostenía el móvil.
A las ocho y quince recibió un mensaje.
¿Vienes ya?
Daniel contestó:
Llego en diez.
La frase quedó allí, iluminada en la pantalla durante unos segundos, antes de que él bajara el teléfono.
O quizá no llegó a bajarlo. Después habría versiones distintas.
Una chica con abrigo verde diría que lo guardó en el bolsillo.
Un hombre con una maleta pequeña aseguraría que lo vio todavía en su mano cuando cayó.
Otro pasajero afirmaría que no recordaba el móvil, pero sí la cara del chico un instante antes: una cara de sorpresa contenida, como si hubiera oído su nombre en un lugar donde nadie podía conocerlo.
El autobús avanzaba por la avenida con la lentitud habitual de los días laborables.
Fuera, la ciudad seguía haciendo lo suyo.
Una farmacia con la cruz apagada. Un bar donde un camarero colocaba las sillas de la terraza.
Una mujer arrastrando a un niño hacia un paso de cebra.
Un repartidor detenido junto a una furgoneta con los intermitentes puestos.
Dentro, nada se había roto todavía.
Daniel miró por la ventana.
Luego se llevó una mano al pecho.
No fue un gesto dramático. No tuvo la precisión teatral de quien anuncia su propia muerte. Fue apenas una presión de los dedos sobre la sudadera, una comprobación íntima, casi pudorosa. Como si algo en el cuerpo hubiera hecho una pregunta y él no supiera todavía si merecía contestarla.
La chica del abrigo verde lo vio parpadear varias veces.
Ramiro no lo vio. Estaba pendiente del semáforo.
Daniel pensó algo.
Quizá pensó en la clase. Quizá en el mensaje. Quizá en la incomodidad breve que acababa de abrirse en el centro del pecho. Nadie podría saberlo después, y esa ignorancia tendría una violencia particular: la de las cosas mínimas que quedan sin testigo cuando una vida se interrumpe.
Soltó la barra.
Primero cedieron las rodillas. Después el cuerpo se inclinó hacia un lado con una discreción casi ofensiva, como si incluso entonces quisiera no molestar.
La mochila quedó enganchada a un hombro.
Una mano se abrió junto a la rueda de la maleta de un desconocido.
El móvil golpeó el suelo y se deslizó unos centímetros, boca arriba.
Durante un segundo, el autobús siguió siendo un autobús.
El motor vibraba. Alguien respiraba con dificultad. El subrayador de la chica del abrigo verde quedó suspendido sobre una frase a medio marcar.
Luego alguien dijo:
—¿Está borracho?
Durante un segundo, todos tardaron en entender qué estaban mirando.
Ramiro frenó junto a la acera y abrió las puertas por instinto. Nadie bajó. Nadie subió. El aire frío de la calle entró en el vehículo con una brusquedad que algunos recordarían más tarde sin saber por qué. El conductor se levantó de su asiento y avanzó por el pasillo.
—Dejad sitio.
La gente obedeció mal, como se obedecen las órdenes cuando todavía no se entiende qué clase de escena se está formando. Algunos se apartaron. Otros se inclinaron para mirar mejor. Una mujer se llevó una mano a la boca. Uno de los adolescentes del fondo se quitó los auriculares.
Daniel estaba tendido entre la segunda puerta y la plataforma central.
Ramiro se agachó junto a él.
—Chaval.
Nada.
—Eh. ¿Me oyes?
Le tocó el hombro. Daniel no respondió. Tenía los ojos entreabiertos, pero no miraba. Eso fue lo que a Ramiro le produjo el primer miedo verdadero: no la caída, no la palidez, sino aquella mirada que estaba sin estar, orientada hacia ningún sitio.
—Llamad al 112 —dijo.
La frase revolucionó al autobús.
Varias personas hablaron a la vez. Dos móviles se encendieron. Alguien preguntó si había un médico. Un hombre de unos cuarenta años dijo que era veterinario, y lo dijo con vergüenza, como si eso lo descalificara y lo obligara al mismo tiempo.
—Pues venga —dijo Ramiro.
El veterinario se arrodilló junto al cuerpo.
No recordaría después el nombre del chico, ni la cara del conductor, ni la línea exacta del autobús.
Recordaría el suelo de goma bajo las rodillas, el olor a abrigo mojado y desinfectante barato, el temblor de sus propias manos al colocar una sobre otra en el centro del pecho.
Empezó las compresiones.
—Uno, dos, tres…
Contaba demasiado alto. O eso le pareció después. En el momento necesitaba hacerlo. La voz sostenía el gesto. El número siguiente impedía pensar en el anterior.
La chica del abrigo verde recogió el móvil de Daniel del suelo. La pantalla seguía encendida.
Llego en diez.
Lo sostuvo unos segundos sin saber qué hacer con él. Después lo dejó sobre uno de los asientos, boca arriba, como si dejarlo boca abajo fuese una falta de respeto.
La ambulancia tardó siete minutos.
Fueron siete minutos exactos, según el registro de emergencias.
Para los pasajeros fueron muchos más. Para Daniel no hubo ya una medida clara.
Los sanitarios subieron al autobús con una eficacia que no tenía nada de fría y nada de esperanzadora.
Traían guantes, una mochila roja, un desfibrilador, una forma entrenada de hablar sin pedir permiso.
—Fuera todos, por favor.
Algunos bajaron enseguida. Otros se quedaron un momento más, no por morbo todavía, sino por esa resistencia extraña a abandonar una escena que uno ha visto empezar y de la que no soporta no conocer el final.
En la acera, la ciudad empezó a detenerse.
Un repartidor apoyó la bicicleta contra una farola.
Dos estudiantes cruzaron desde la parada de enfrente.
Una mujer mayor preguntó qué había pasado y nadie supo contestarle con una frase completa.
El autobús, quieto con las puertas abiertas y la ambulancia detrás, empezó a parecer una cosa distinta: no un vehículo averiado, no un retraso, sino el centro provisional de algo que aún no tenía nombre.
A las ocho y treinta y cuatro, alguien subió la primera fotografía a una red social.
Era borrosa. Se veía el lateral del autobús, parte de la ambulancia y la sombra de los sanitarios inclinados sobre un cuerpo que casi no aparecía. La imagen no mostraba lo suficiente para informar de nada, pero sí lo bastante para que todo el mundo quisiera completarla.
El texto decía:
Otro muerto en la ciudad. Qué está pasando.
No había puntuación. No hacía falta.
A las nueve y media, media ciudad sabía que un chico joven se había desplomado en un autobús.
A las diez menos cuarto, alguien ya había dicho que era una sobredosis.
A las diez, otro aseguró que no, que era el corazón, que había más casos, que a un conocido de su cuñado le había pasado algo parecido.
A las diez y veinte, una emisora local habló de “muerte súbita pendiente de confirmación”.
A las diez y cuarenta, el nombre de Daniel Robles Martín llegó a la redacción de El Diario Provincial .
Dalia Tellería no estaba en su mesa cuando lo recibió.
Estaba en la terraza interior del edificio, con un cigarrillo a medio consumir entre los dedos y el móvil en la otra mano.
Fumaba menos de lo que necesitaba y más de lo que admitía.
Tenía treinta y ocho años, el pelo cortado a la altura de la mandíbula y una forma de permanecer callada que hacía que los demás hablaran un poco más de la cuenta.
Leyó el mensaje una vez.
Luego otra.
Varón, 22 años. Autobús línea 4. Parada cardiorrespiratoria. Sin antecedentes conocidos, según compañeros.
Dalia no se movió durante unos segundos. El cigarrillo siguió quemándose entre sus dedos. Afuera, en algún lugar de la ciudad, una sirena sonó y se apagó enseguida, como si alguien hubiera cerrado una puerta.
Volvió a la redacción.
Su ordenador estaba encendido. En la pantalla había una carpeta abierta desde hacía tres semanas. No tenía un nombre dramático. Dalia no era tan vulgar. Se llamaba incidencias_sanitarias , en minúsculas, como si escribirlo así redujera de algún modo la importancia de lo que contenía.
Dentro había notas, capturas de obituarios, comunicados de emergencias, mensajes de familiares, certificados filtrados de manera irregular y una hoja de cálculo que Dalia había empezado casi por fastidio después de escuchar la tercera historia parecida en menos de un mes.
No estaba segura de tener una noticia.
Eso era lo peor.
Con una noticia se trabaja. Se comprueba, se escribe, se publica o se descarta. Con una sospecha, en cambio, uno empieza a contaminarlo todo. Cada dato nuevo parece obedecer a una forma que quizá solo existe porque alguien la está buscando.
Dalia abrió la hoja de cálculo.
Había once nombres.
No todos igual de sólidos. No todos igual de raros. No todos igual de limpios.
Eso también la molestaba.
Una lista perfecta habría sido sospechosa de otra manera.
Aquella no. Aquella tenía la suciedad de las cosas reales: edades distintas, barrios distintos, ocupaciones distintas, explicaciones médicas más o menos satisfactorias, familias dispuestas a hablar y familias que no querían volver a escuchar el nombre del periódico.
Había nueve hombres y dos mujeres en los apuntes preliminares, aunque una de las mujeres tenía antecedentes suficientes para que cualquier médico razonable cerrara la carpeta sin sentirse culpable.
Dalia no buscaba un asesino.
Buscaba permiso para hacer una pregunta sin que la llamaran irresponsable.
El redactor jefe pasó junto a su mesa con un café en la mano y la corbata desabrochada. Se llamaba Méndez y tenía la costumbre de sudar incluso en invierno. Se detuvo al ver la pantalla.
—¿Lo del autobús?
Dalia no apartó la mirada de la hoja.
—Sí.
—¿Edad?
—Veintidós.
Méndez dejó el café sobre una pila de periódicos atrasados.
—Joder.
Dalia añadió una fila nueva.
Daniel Robles Martín. 22 años. Estudiante. Colapso en autobús urbano. Parada cardiorrespiratoria. Sin antecedentes conocidos.
Después se quedó mirando la edad.
Veintidós.
No era el caso más inexplicable. No era el único.
Ni siquiera estaba segura de que fuera el más útil para entender la lista.
Pero tenía algo que los otros no habían tenido: testigos, una ambulancia en mitad de la avenida, una fotografía circulando ya por todos los teléfonos, una ciudad entera mirando antes de que nadie hubiera podido pedirle que no mirara.
Méndez leyó por encima las filas anteriores.
—Dalia.
Ella conocía ese tono. Era el tono con que los jefes empiezan a protegerse antes de proteger una historia.
—No voy a escribir más de lo que tengo —dijo.
—Eso espero.
—Pero voy a escribirlo.
—No tienes un patrón.
—Tengo una acumulación.
—Eso no es lo mismo.
—Lo sé.
—¿Lo sabes de verdad?
Dalia apoyó los dedos sobre el teclado. Las uñas cortas. Un pequeño corte junto al pulgar, de haberse arrancado un padrastro la noche anterior mientras releía por tercera vez el certificado de un comercial muerto en el garaje de su casa.
—La pregunta no es si tengo razón —dijo—. La pregunta es por qué nadie puede decirme con seguridad que estoy equivocada.
Méndez no contestó enseguida.
En la redacción sonaban teléfonos. Una becaria preguntaba a media voz cómo se escribía el segundo apellido de Daniel.
Alguien buscaba una fotografía de archivo de la línea 4.
La pantalla de televisión, colgada al fondo, repetía imágenes de tráfico, declaraciones municipales, un incendio menor en un polígono.
La ciudad seguía funcionando.
Eso era lo que más inquietaba a Dalia: la facilidad con que todo seguía funcionando mientras los nombres se acumulaban.
Escribió el titular despacio.
Doce muertes súbitas en seis semanas: la estadística que inquieta a las familias
Méndez lo leyó.
—Falta algo.
—Lo sé.
Dalia añadió el final.
…y que nadie investiga
Méndez cerró los ojos.
—Eso es una acusación.
—Es una descripción.
—Es interpretable.
—Todo lo importante lo es.
Volvieron a mirar la hoja.
Doce nombres.
Una ciudad pequeña.
Una palabra repetida con demasiada comodidad en demasiados sitios distintos.
Muerte súbita.
Dalia había aprendido a desconfiar de las palabras que servían para cerrar conversaciones. Algunas eran necesarias. Algunas eran exactas. Algunas solo colocaban una sábana limpia sobre algo que nadie quería seguir mirando.
Guardó el documento.
Durante unos segundos no hizo nada más. Luego apagó el cigarrillo que ya no recordaba haber traído de la terraza y empezó a escribir.
A las once y cuarenta y tres, el artículo se publicó.
A las once y cincuenta, ya lo había leído medio Ayuntamiento.
A las doce y dos, lo recibió la Delegación del Gobierno.
A las doce y seis, el teléfono del comisario Juan Salcedo empezó a sonar.
Y Daniel Robles Martín, que a las ocho y quince había escrito Llego en diez , dejó de ser un chico muerto en un autobús para convertirse en el último nombre de una lista que nadie sabía todavía cómo leer.