Diamante de sangre y poder (Diamantes de la Mafia nº 4) Capítulo 35 #2
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Capítulo 35 #2

Ania se para en seco, mirándome con ira. Se acerca a mi mesita de noche y coge mi arma. Se acerca al sillón y se sienta en él. Me hace un gesto para que empiece a hablar. Obedezco.

—Jamás he encontrado atractivo el matrimonio, ya sabes la historia de mis padres.

Cuando llegué aquí tuve que hacerme cargo de muchos problemas, incluidos los transportes de armas por el territorio de tu familia.

—trago saliva—. Antes de reunirme con ellos fui a ese mercado al que te gustaba ir, y te vi.

Me obsesioné contigo desde el primer momento que vi tu pelo y tu sonrisa.

Mierda… hasta te quité de en medio a esos matones que tu padre hacía que te siguieran.

—se sorprende—. Tu padre no era un buen hombre, Ania.

Quiso hacer negocios fraudulentos conmigo a espaldas de tu abuelo pero no accedí; él solo quería el dinero.

Intentó amenazarme de varias formas para obtenerlo.

En ese momento yo ya te había pinchado el móvil y hablaba contigo, pero no sabía quién eras.

Te busqué de mil maneras diferentes aunque a ojos del mundo no existías.

—Sí, mi padre era bueno en hacer que no existiera…

—Tu padre era un bastardo ambicioso al que no le importó mandarte a liquidarnos sabiendo que podrías haber muerto.

De hecho si no hubiéramos intervenido, las balas de mis soldados te habrían alcanzado, pero reconocí tu forma de andar, de moverte.

Maté a mis hombres por tí, Ania, no te atrevas a decirme ni a pensar que no me importas.

Entonces dejaste esa carta de advertencia de tu familia y tonto de mí pensé que eras una mercenaria que trabajaba para los Giordano.

Cuando fui a exigir a tu padre una explicación y lo amenace de muerte, te ofreció en matrimonio para salvar su culo y cuando me dio tu foto…

joder, fue como la respuesta a todas mis plegarias.

—¿Entonces nunca me perseguiste? —pregunta.

—No de la manera que tu padre te hizo creer. Jamás quise hacerte daño. De hecho le dije que te daría tiempo para acabar los estudios, pero cuando te reclamé… Te mandó lejos. Te perdí la pista hasta que Sophie te regalo ese móvil que no tenía seguridad. Fueron los peores meses de mi vida.

—¿Qué pasó la noche que murió Arturo? —su cuerpo se tensa.

—Tu padre estaba celoso de tu relación con él. Sabía que ibais a iros y orquestó todo aquello para matarlo y crear una coartada para que te fueras de allí. —le confieso otra de las mentiras de su padre.

—¿Qué hay de ti? Te llamé y me dijiste que venías pero no apareciste. —hay reproche en la manera en la que sus palabras salen de sus labios temblorosos.

—Ya te lo dije, casi me mato. Cuando estaba llegando, un camión chocó contra mi coche. Me rompí una pierna y casi muero desangrado. —me encojo de hombros y ella se lleva las manos a la boca—. Tranquila.

—¿Por qué no me lo dijiste cuando pasó?

—Porque eres una soldado ejemplar; hubieras buscado incansablemente todos los accidentes de esa noche y hubieras dado conmigo.

Además, tú ya creías que te había cambiado por algo mejor así que para qué remover la mierda.

En fin, luego cuando te encontré ya estabas con Carlo y como me juré dejarte vivir…

simplemente lo amenacé, lesioné y cosas varias para que te tratara como es debido.

Con Alessandro fue todo muy precipitado.

—Me mandaste al puto hospital —se queja.

—No hay día que no me castigue por ello, Ania.

—ella mira al suelo y yo suspiro—. Te amo desde el primer momento en que te vi.

Ahí supe que o era contigo o no era con nadie.

No me importaba tu apellido ni tu procedencia; soñé contigo noche tras noche.

Me he vuelto loco para recuperarte y, después de aquel mensaje en el buzón de voz, eligiéndome a mí y no a Cosi…

supe que tenía que decírtelo. Mierda, lo siento.

Ania llora en silencio. Niega con la cabeza mientras se levanta del sillón.

¿No es suficiente para ella lo que le he contado?

Sigo de rodillas en el suelo cuando ella se acerca a mí sin decir una palabra.

Solloza. Sé que está intentando comprender toda esta mierda.

Le tiembla la mano y, en un acto desesperado, agarro el arma de su mano, pero ella no la suelta.

Me llevo la mano del arma al pecho y presiono mi cuerpo contra ella.

—No importa si me crees o no, Ania. La única meta que he tenido en mi vida ha sido tenerte en casa y ahora que estás aquí…

Si no me perdonas y te casas mañana conmigo, nada en mi vida tendrá sentido ni nada de lo que hice habrá valido la pena.

Prefiero morir a no vivir contigo ni un segundo más.

Una vez fui valiente y te dije que prefería que te fueras y estuvieras feliz a que estuvieras muerta en vida conmigo.

Hoy ya no soy valiente, hoy soy egoísta y si no estás conmigo, no quiero que estés con nadie.

No quiero ni puedo verlo. Si eliges no quererme, no perdonarme…

dispara ahora porque prefiero morir por tu mano a no oler tu pelo cada noche como hasta ahora.

Agarro su mano con fuerza, el cañón del arma pegado a mi piel justo encima de mi corazón.

Aprieto el agarre de su mano alrededor de la empuñadura y espero a que me dispare y acabe con mi sufrimiento.

Meto el pulgar en el gatillo, encima de su índice y cuando voy a apretar, ella me da un puñetazo con la otra mano.

Me desestabiliza un poco, me pone un pie en el pecho y me empuja atrás.

—No voy a vivir con tu muerte en mi conciencia, Pavel Volkov. Vete de aquí.

Me levanto como puedo para irme, dejando mi alma y mi corazón destrozado a sus pies para dejarle espacio. Quizá con el tiempo me perdone, aunque puede que ya no esté aquí para verlo porque he dicho la verdad; o es con ella o no es. Agarro el pomo de la puerta.

—Cosi. —me llama y mi cuerpo se tensa parando en seco.

—¿Sí, Tiff? —respondo con voz temblorosa.

—Dile a Pavel que lo veo mañana en el altar.

Y como si la vida fuera para mí, me giro y me abalanzo sobre ella para besarla como haré durante el resto de mi puta vida.

FIN

¿Necesitas más, malysh?

Pasa la página, déjame ponerte la miel en los labios.