Capítulo 1
Bienvenidas al libro de Vladimir Petrov
Vladimir
«Deseo vivir lo suficiente para proteger a mi familia» .
Vuelvo a abrir los ojos y soplo las velas de mi vigésimo octavo cumpleaños. Todos los mayores aplauden y los niños me miran apremiantes para que corte la tarta de chocolate y vainilla que hay delante.
Tengo que reconocer que me siento abrumado por esta fiesta. Después de todo, no pensé nunca llegar siquiera a cumplir los veinte.
Mientras Mile y Ania cortan la tarta, mi mente se pone a divagar por mi oscuro pasado en el orfanato, en Karsov viniendo a por mí con Sergei, la iniciación en la Bratva y las incontables noches al borde de la muerte.
Cada vez que mi mente viaja en el tiempo, siento el enorme vacío congelado creciendo en el centro de mi pecho y la soledad que convive conmigo se apodera por completo de mí.
—Vova, ¿me estás escuchando? —Alexei me toca el hombro.
—Ni una mierda —me sincero guiñándole un ojo. Levanto las cejas invitándolo a repetir lo que acaba de decirme.
—Eres imposible. Te decía que podríamos ir al Atenea esta noche a seguir celebrándolo. Ahora que estamos en buenos términos con el Don, podemos divertirnos en su territorio.
—No veo fallos en tu lógica si el Pakhan no se opone…
—El Pakhan no se opone a una mierda. Después de tanto niño y tanto batido necesito volver a casa borracho como el infierno.
Pavel grita detrás de nosotros. Me giro a mirarlo justo cuando acaba la frase y Ania le da un golpe en la cabeza. Empiezo a reírme.
—Ah, la vida de un padre responsable haciendo estragos —le digo a Alexei–. No se hable más, mañana sin trabajar. No tengo pensado recordar cómo voy a volver a casa.
—A gatas seguro…—Seregei se queja desde la esquina—. No cargaré contigo esta vez.
—Y así, niños, es como se tratan los hermanos.
Pongo voz de completa decepción, Sergei me fulmina con la mirada, me saca el dedo del medio y todos los niños corren a acusarlo ante sus madres. Sí, definitivamente esta vida no es la que pensaba que tendría, pero es la mejor vida que podía esperar.
Los pequeños yonkis del azúcar acaban su dosis de chucherías y, cómo no, empiezan a correr y chillar por todo el jardín.
. Llevamos un rato sin ningún comentario sarcástico, lo que me hace buscar al culpable.
Encuentro a Sergei absorto en su teléfono tecleando sin parar, algo raro en él.
Le tiro una bola de papel que he estado haciendo con una servilleta y se sobresalta haciendo malabares para no tirar el móvil al suelo.
Cuando levanta la vista y dirige sus ojos a mi cara, me pone una mirada asesina.
Me saca el dedo de la vergüenza, otra vez, y la verdad es que yo no puedo ni quiero reprimir una carcajada, divirtiéndome aun después de tantos años por lo fácil que es sacarlo de sus casillas.
Ni un jodido gramo de paciencia en ese cuerpo.
—Tráetela esta noche y dile que venga con un par de amigas —le digo.
—No sé de qué me hablas.
—Y una mierda. Somos hermanos, Sergei, puedo oler tus cambios de humor a leguas. Todos podemos de hecho. Díselo o seremos los tres únicos solitarios de la fiesta.
Sergei me lanza una mirada cómplice y asiente.
Sé que él también piensa que ya es hora de conocer a alguien un poco más a fondo de lo que estamos acostumbrados.
Las relaciones de una noche ya nos cansan.
Llevo como once años sin estar con la misma chica más de una semana, y siento que poco a poco la juventud se me va de las manos.
En estos círculos, con la edad que yo estoy cumpliendo, se suele estar casado y con hijos.
Los italianos se casan por negocios, pero nosotros tenemos más libertad de elegir.
Yo me he cansado de esperar; anhelo ese calor del hogar que siento cuando llego a casa con Pavel, y Ania lo espera en el salón.
Esos abrazos sin fin que Mar le da a Kolya y las miradas cómplices de Milenka a Dimitri.
Estoy cansado de sentirme solo en ese aspecto, pero tampoco correré en busca de cualquiera que llene ese hueco.
Después del rato de celebración, he tenido que ir a un par de reuniones con algunos de nuestros protegidos que aún nos debían unas cuantas mensualidades. Normalmente ese trabajo es obra de Nikolai, pero Pavel lo ha hecho acompañar a Dimitri a Rusia para una reunión con Karsov.
Me pone de mal humor tratar con personas que no sean de mi círculo de confianza y si encima esas personas me mienten descaradamente a la cara para no pagarme todo empeora.
Rompiendo un par de cristales y enseñando el arma todo suele solucionarse; todos y cada uno de ellos suelen acceder ante la mínima expresión de violencia en mi rostro.
¿Qué puedo decir? No estoy hecho para soportar esas mentiras y tampoco las miradas temerosas.
No estoy hecho para tratar con personas y sus problemas.
Prefiero mil veces mis explosivos y mis armas, matar y golpear, que enfrentarme a los malos pagadores.
En cuanto llego a casa, me sirvo un largo trago del mejor vodka de importación que tenemos y con mi garganta ardiente me dirijo a mi cuarto.
Me planteo echarme un rato. Estoy un poco cansado, pero sé que si me duermo luego no habrá quien me levante; así que me meto en la ducha, lavo mi cuerpo, limpio mi mente y me preparo para la noche.
El Atenea está a rebosar, pero gracias a un par de llamadas entre la Bratva y la Cosa Nostra tenemos toda la zona VIP superior para nosotros solos.
Las chicas están tan emocionadas por una noche fuera de territorio ruso que parecen hasta adorables.
Los chicos, en cambio, están completamente en tensión por la cantidad de fetuccinis trajeados que giran la cabeza para mirar a sus esposas.
Ninguno de nosotros montaremos una escena.
No después de lo que nos ha costado entablar buenas bases de nuevo con el Don.
Lo único que pueden hacer estos gorilas en celo es intimidar a la gente.
Cosa que no es difícil de hacer con los dos metros de altura y los ojos inyectados en sangre que llevan en estos momentos.
Pedimos unos tragos y me siento incómodo en uno de los sillones del reservado.
Es mi cumpleaños y sé que debería estar más contento, pero aun así tengo un extraño y amargo sabor de boca.
Miro a mi hermano y veo cómo empieza a sonreír de oreja a oreja mientras mira a algún punto de la sala; la compañía ya ha llegado.
Se levanta de un salto y le dice al de seguridad que las deje pasar.
Tres chicas se acercan a nosotros y, por cómo se comportan, sé que sólo tendré que recordar el nombre de la chica de Sergei, Gala.
De las tres es por supuesto la más guapa y también la más recatada.
No sé qué esconde detrás de la máscara de serenidad y tranquilidad que tiene, pero conociendo a Sergei: algo salvaje seguro.
Las otras dos son guapas pero demasiado chillonas para mi gusto.
Viendo la cara de Gala al mirarlas de reojo, sé que piensa igual.
Se acomodan entre nosotros y seguimos bebiendo.
Mi acompañante es una tal Bianca, veinticuatro años y estudiante de algo así como dentista. Parlotea sin parar y yo digo que sí a todo sin escuchar prácticamente nada. Gala me mira con cara de disculpa y Sergei me hace un gesto con la cabeza para que lo siga.
—Vamos a fumar, disculpad —digo levantándome para seguir a mi hermano hacia la puerta.
—Mierda, no para de hablar. Es la maldita Janice —se queja Sergei—. Gala se ha disculpado tres veces.
—Tienes que dejar de ver Friends con las chicas No sé si reírme por esa referencia o matarte por la joven cotorra que ha traído tu chica —le digo quejándome con poca intensidad—. Parece que Gala te gusta, hermano.
Sergei se queda callado por un momento y me apoyo en la pared mientras fumo, observando la larga cola que hay para entrar en la discoteca. La gente ya va pasada de rosca y no son ni las tres de la mañana. Mi hermano suspira; giro la cabeza y escucho lo que tiene que decirme.
—Sí, me hace sentir bien y disminuye considerablemente mis ganas de matar. Bueno, al menos la mayoría de las veces…
Levanto las cejas y asiento a modo de aprobación. Este cabrón necesita relajarse de inmediato. Hace un mes casi le pega a un tío por colarse en la cola del estanco.
Sergei acaba su cigarro y abre la puerta por la que hemos salido a fumar; quiere volver a entrar y me mira esperando a que entre delante de él.
Le niego con la cabeza y me saco otro cigarro haciéndole el gesto para que entre él.
Se lo piensa un momento hasta que decide que puede dejarme solo.
Me agobia un poco que sea tan sobreprotector conmigo, pero sé que no está bien.
Desde esa última misión con Karsov de la que no recuerdo nada, Sergei no está bien.
Cierra la puerta detrás de él y me deja aquí con mi cigarro y mis pensamientos.
El aire fresco de la primavera me roza la cara y cierro los ojos para sentirlo mientras le doy una larga calada a mi cigarrillo, dejando que el humo llene mis pulmones.
Siento que poco a poco voy soltando peso, voy liberando presión de mi pecho.
Quiero seguir relajándome mientras fumo pero una bronca me saca de mi silencioso relax.
Abro los ojos y ladeo la cabeza para ver qué está pasando.
Observo la puerta de entrada a la discoteca y veo cómo el portero está discutiendo con una chica a la que no está dejando entrar.
La miro de arriba a abajo, con un vestido rosa, toda encendida armando jaleo.
Mikhail, que hoy está fuera, no la deja entrar y según estoy escuchando…
es por sus zapatos. Malditos Italianos. Me acerco un poco más y le hago un par de señas al portero que parece ignorarme. Me planto delante de él.
—Deja que la chica entre —le espeto de mala gana. Sin saber muy bien por qué lo estoy haciendo.
—No —contesta el puto bastardo sin ni siquiera pensárselo.
—¿No? —empiezo a sonreír. Esto se pone interesante—. Escucha con atención, Mikhail. Ella viene conmigo, déjala entrar o te crearé problemas con Brassi. Aunque te aseguro que será el menor de todos los que tengas.
Mikhail me mira a los ojos y luego a la sonrisa diabólica de mi boca.
Después de mi tarde deprimente, no tengo paciencia para que me nieguen nada.
Siento la mirada de la muchacha quemando mi mejilla.
La muy pícara se agarró a mí en cuanto dije que venía conmigo.
Mi compatriota lo sopesa por un momento.
Hago el amago de llevar la mano muy despacio al arma que tengo en la espalda.
No voy a disparar, pero me gusta agobiar a la gente cuando piensa.
Traga fuerte, asiente y nos abre la puerta de mala gana.
—Buena suerte —me dice cuando paso por su lado.
Le saco el dedo y entro por la puerta principal.
Intento hundir hasta el fondo de mi cuerpo el instinto asesino que me consume entre tanto empujón.
En los clubes se nos conoce y los que me miran intentan en vano apartarse; se aprietan a los lados.
Por el rabillo del ojo veo la cara extraña de la chica, observando la reacción de la gente y luego mirándome a mí.
—Gracias, nunca quiere dejarme entrar —la chica me aprieta el brazo con una falsa sonrisa bien camuflada. Nada que yo no pueda descubrir.
—Quizá la próxima vez debas venir con algo que no sean botas militares y un vestido de fiesta —la veo alzar las cejas con asombro—. Dime tu nombre.
—Demasiado mandón para mi gusto. Gracias por la ayudita ahí fuera. Hasta luego—me dice, alargando la última vocal mientras suelta mi brazo y se escabulle entre el bullicio de la pista.
Sin perderla de vista, me acerco a las escaleras del VIP y subo hasta el reservado donde me espera mi familia.
En mitad de la escalera, un puto borracho trajeado me empuja y tengo que agarrarme a la barandilla para no caerme.
El movimiento involuntario me hace perder de vista a la chica de las botas.
Hundiendo mi enfado en lo más profundo de mi cuerpo, me doy por satisfecho con la buena obra del día.
Me siento en mi lugar y empiezo a beber de nuevo con el sonido de la música y la voz de mi acompañante taladrando mis tímpanos. Miro a mis amigos y alzo la copa. Todos beben champán; yo vodka.
—¡Za zdoróvie!
—¡Za zdoróvie! —responden todos alzando las copas.
La noche pasa entre copas ardientes, bailes y risas.
Hacía mucho tiempo que no disfrutábamos tanto; la vida nos ha golpeado duro y luego nos ha regalado personas en miniatura a las que proteger.
Al final del día, no nos queda mucho tiempo para el disfrute entre tanto lío, así que, el respiro que nos estamos dando nos está sentando de puta madre.
Incluso mi mal humor del día acaba desapareciendo.
La chica chillona amanece en mi cama. Así en silencio, parece otra persona.
Anoche debí beber algo más aparte del vodka porque no me acuerdo de nada y eso no es normal.
Mi cuerpo tolera el vodka como el agua. Maldita sea, va a reventarme la vena de la sien.
Empiezo a vestirme para el entrenamiento mientras dejo que la Janice italiana duerma unos minutos más hasta que le diga que tiene que irse.
Por supuesto le pagaré el taxi, si es que tengo cojones de encontrar mi puta cartera. ¿Dónde mierda la puse anoche?
Le he puesto un mensaje a Sergei y no la ha visto en el coche.
Dice que anoche no la tenía cuando nos íbamos del Atenea, pero yo juraría que sí.
Estoy seguro de que la cogí antes de salir de mi habitación; pagué en la gasolinera y la tenía en el bolsillo con el paquete de tabaco cuando salí a fumar…
¿Un momento, después de eso desapareció? La chica de la puerta… Mierda.
—¡Maldita zorra!