Diamante de sangre y poder (Diamantes de la Mafia nº 4) Capítulo 34 #2
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Capítulo 34 #2

Salgo de la tienda con una cajita minúscula metida en el bolsillo de la chaqueta.

Bajo tres calles y llego a la cafetería donde veo a Ania con un teléfono en la mano.

Pienso que está aprovechando mi ausencia para escribirle a Cosi, pero cuando me acerco, veo que no es el teléfono que le di aquella vez.

—¿De dónde has sacado eso? —le digo antes de que se dé cuenta de que he llegado. Se asusta y me mira con la cara pálida.

—Yo… le he quitado el móvil a esa señora. —doy gracias porque nadie nos entiende.

—¿Sabes lo que pensarían si ven a la esposa de un Pakhan robando el móvil de alguien? —ladro.

—Solo quería mandarle un mensaje a Alessandro.

Mi corazón se paraliza, mi respiración se acelera y mi sangre se calienta.

Me entran ganas de volcar las putas mesas de la cafetería y reventar todas las putas lámparas a tiros.

Odio profundamente al cabrón de Alessandro Brassi, que ni con tantos kilómetros de por medio deja de joderme la existencia. Saco mi teléfono y se lo tiro a Ania.

—Desde aquí aparecerá el teléfono oculto y no podrá rastrearte. —la miro con desprecio—. Supongo que en tus ganas infinitas de hablar con tu amado Don, no pensaste en que lo pondrás todo en peligro si aparece por aquí porque ha rastreado la llamada.

—Lo siento. —mira al suelo pero ya no me da pena. Estoy jodidamente furioso.

—Solo tienes que esperar a que yo recupere a mi hermano con vida, luego puedes tirar mis cinco años a la basura y volver con tu Don llevándote tu fusil y mi vida contigo. —sus lágrimas están a punto de salir—. Mientras estés aquí, respétame como esposo.

Ania se lo piensa por un momento, pero coge el teléfono y teclea. Al menos tiene la decencia de no hacerme oír la puta conversación de mierda. Comprar el anillo ha sido un puto error. ¿Cómo va a querer a alguien que la secuestra? Soy un puto idiota.

En cuanto termina de escribir, me devuelve el teléfono y se mete en el coche.

Todo el camino de vuelta a casa se lo pasa llorando, pero ya no siento nada; no sé si es real.

Sentí real cada beso y cada paseo, cada risa y cada mirada furtiva.

Todo era mentira; lo quiere a él. ¿Por qué iba a creerme ese llanto?

En cuanto llegamos al apartamento, me meto en la ducha.

No tengo fuerza para mirarla sabiendo que está aquí por pura obligación y que me da limosnas de cariño por la misma razón.

Necesito desfogar, necesito sangre, pero no puedo salir de casa.

Ahora mismo desearía que ella no estuviera aquí, pero ni de coña la dejaré sola para irme a cortar un par de cuellos.

¿Solución? Llamo a una prostituta. Después de lo de Mikhaila, todos juramos que no volveríamos a tocar a una ni con un palo, pero…

no pienso llamar a la única persona que conozco que vendría a por un puto polvo de despecho.

Cuando cuelgo la llamada, escucho ajetreo en el salón y como estoy atacado, siento la necesidad de saber qué coño está pasando ahí fuera.

Salgo de la habitación y me encuentro a Ania con mi chaqueta en una mano y la caja del anillo en la otra.

—Deja eso. —se asusta al escuchar mi voz—.

Pensaba que estábamos bien y te merecías tu historia bonita de amor, pero al parecer solo estás esperando que vengan a por ti.

—le quito la caja de las manos—. No te preocupes, el contrato está roto.

Cuando volvamos a Italia te irás a tu casa, pero eso sí.

Dile a Alessandro que se esconda bien porque voy a matarlo.

Me doy la vuelta y voy a la habitación. Intento cerrar la puerta, pero ella lo impide dándole un golpe y abalanzándose sobre mí.

—Eres un puto gilipollas, Pavel Volkov. Llevas cinco años esperándome y ahora me largas a cambio de una misión, por un mensaje de mierda que envío.

Te has rendido y has tirado mi vida y la tuya a la basura.

Has puesto mi vida patas arriba para luego irte.

Claro que me iré cuando volvamos, eso ni lo dudes.

Cierra mi puerta de un golpe y se va al salón.

¿Ella está enfadada? Lo que me faltaba por ver.

En un momento de arrebato, le doy dos puñetazos a la puerta del armario haciéndole un agujero.

Cuando voy a dar el tercero, suena el timbre y salgo cagando hostias a abrir la puerta.

Abro y aparece la imagen del mismísimo diablo hecho mujer.

Hacía años que no veía algo tan espectacularmente exuberante y no tengo claro si esto es un regalo del cielo o el mayor error de mi vida.

La chica se acerca a mí y me besa en la boca directamente.

Así, sin ni siquiera decir hola primero.

—Oh, eso es lo que hacen los maridos rusos, genial. —escucho a Ania mientras me voy a mi habitación.

No sé cuánto tiempo he estado con la chica y por qué eso no me ha hecho sentir mejor, pero solo quiero que se vaya antes de que Ania venga a dormir.

Si es que viene... Escuchar un «ha sido un placer chupártela, Pakhan», antes de cerrar la puerta de casa me hace querer vomitar.

¿En qué carajo estaba pensando? Me doy con una toalla y me limpio lo mejor que puedo todas las marcas de pintalabios de la prostituta.

Intento dormir; solo puedo dar vueltas y más vueltas…

A las ocho de la mañana ya no puedo más. Joder, necesito un puto café.

Me voy a la cocina y enciendo la cafetera mientras preparo el vaso y el azúcar.

La puerta de Ania se abre y escucho unos pasos ligeros que vienen hacia aquí pero no me giro.

No tengo los huevos suficientes para girarme y mirarle a la cara después de lo que pasó anoche porque sé que ella nos oyó.

Un sollozo sale de su garganta y hace que me gire horrorizado.

Sus lágrimas caen por las mejillas, pero nada de eso hace que agache la cabeza.

Su orgullo y su valentía son inquebrantables.

En cuanto termina de desayunar se va y yo saco el teléfono porque necesito sufrir como lo hace ella ahora mismo.

Busco el mensaje que le escribió Ania a Alessandro, mensaje que la muy listilla ha borrado para que no lea.

¿Con quién se cree que trata? Tecleo y tecleo, pero no tengo la jodida paciencia en su sitio en este momento así que llamo a Vladimir y le digo que me reenvié lo que sea que mandó Ania ayer.

Diez minutos después, Vova me reenvía el mensaje y mi puto mundo se viene abajo.

Todo lo que había hecho es decirle a Alessandro que se quedaba conmigo.

Soy un puto imbécil. Necesito hablar con ella, pero el informante de Karsov me ha llamado para decir que esta noche mi hermano tiene una misión en una discoteca.

La conversación y el perdón tienen que esperar.

Voy en busca de Ania y veo las señales de su dolor en la almohada, llena de rímel y lágrimas.

Nos vamos al salón a pensar que podemos hacer para sacar a mi hermano de allí.

Decidimos que será Ania quien se ponga en contacto con Dimitri ya que yo no puedo entrar ni ninguno de los chicos podrá acercarse a él; nos conocen a todos.

Ella puede entrar y comunicarse con él con lo básico de ruso que ha aprendido.

Todo está planeado. Ahora solo hay que esperar.

Esperar en el silencio de su tristeza hasta que llegue la hora de rescatar a Dimitri.