Capítulo 34
Un mes después
Me despierta el zumbido del teléfono en la mesita de noche, miro a un lado y veo a Ania aún dormida en la otra esquina de la cama. No puede ser ella escribiéndome. Normalmente se va al baño, a la piscina o al gimnasio; esas son sus excusas para hablar con Cosi.
Estas semanas que llevamos juntos por fin, han sido extraordinarias para mí.
Aunque ella es un puto hueso duro de roer.
La he llevado al campo de tiro semanalmente, le he comprado un puto rifle y la he dejado campar a sus anchas por toda la casa desde el primer día.
Nada de eso ha hecho que se acerque un poco más a mí, se resiste.
Aunque tengo que decir que siento que hay algo de mí que le llama, también me critica menos con Cosi.
A veces cuando hablo me mira pensativa y no sé qué coño se le pasa por la mente.
Alargo el brazo y cojo el teléfono. Mi madre es quien me está llamando. ¿Qué puta hora es? Miro la esquina superior de la pantalla; son las seis de la mañana. Mierda, eso son… ¿las siete en San Petersburgo? Cojo la llamada mientras tapo a Ania con las mantas. Sigue quejándose del frío cada noche.
—¿Mamá? —hablo en ruso.
—Se lo han llevado. Se lo han llevado, Pavel. —me siento de golpe en la cama—. Me ha llamado y me ha dicho que ha perdido una apuesta con un hombre poderoso de la Bratva. Lo han reclutado.
—¿Has llamado a Gavrel? —pregunto con cierta angustia en mi garganta.
—No. —mi madre llora desconsoladamente.
—Tranquila, lo solucionaré.
Cuelgo después de intentar durante un rato calmar a mi madre.
Inmediatamente me pongo en contacto con Karsov, que me da las peores noticias de la historia.
No ha sido él quien lo ha reclutado; ha sido Voinescu.
La puta facción de Voinescu. No es que haga falta ser Pakhan para reclutar a nadie.
Solo tienes que estar en un puesto de poder para tener tus propios soldados.
Luego si son válidos, acaban jurando a Karsov o al Pakhan de la zona a la que pertenecen y listo.
Intento planear algo con mi antiguo jefe sin llegar a ningún punto claro.
Él no va a intervenir, al menos no de cara a los demás para que no haya una guerra interna.
Pero sí me dará información y la ayuda que necesite.
Todo a escondidas. Me levanto de la cama con cuidado de no despertar a Ania, me visto rápidamente y salgo a llamar puerta por puerta a los chicos, que una vez avisados no tardan en llegar a la oficina.
—¿Queréis café o vodka? —pregunto antes de sentarme.
—¿Café? Mierda, sí que va mal la cosa. Que sea un vodka. —dice Kolya, todos asienten.
Sirvo una copa para cada uno y los miro a los ojos, pensando cómo decirles que el puto Dimitri ha cruzado la raya. Los chicos empiezan a mirarse unos a otros y el nerviosismo termina por invadirnos a todos.
—Voinescu se ha llevado a Dimitri. —digo de repente, cortando el aire de la oficina.
—No me importa el cómo, solo quiero saber cuándo nos vamos. Voy a matar a esa puta escoria como deberíamos haberlo hecho el día que matamos al puto Karkarov. —Alexei está más tenso que nunca.
—Karsov ha metido un par de topos en la Bratva negra. Estoy a la espera de información pero nos vamos mañana. No pienso perder un minuto aquí teniendo al niño metido en la mierda.
Entre todos organizamos el viaje, el armamento y todo lo que tenemos pendiente antes de irnos de viaje por Dios sabe cuánto tiempo.
Una vez organizados, cada uno se va a sus tareas diarias.
Ha amanecido hace un par de horas. Yo me quedo sentado en mi silla durante un momento para escribirle a Ania algún mensaje mientras la miro a través de la ventana.
Está como cada mañana, en la piscina desayunando como una auténtica reina antes de convertirse en un incansable soldado en el gimnasio.
Yo: Esta noche he soñado que volvías a estar desnuda en la mesa mientras cenaba. Han pasado cosas bajo mis sábanas.
La veo sacarse el teléfono de entre las tetas, mirar la pantalla y medio atragantarse con la fruta. Mira a todos lados y empieza a teclear.
Ania: Es la última vez que me dices eso mientras desayuno, puto pervertido. Casi me ahogo con el melón. Buenos días a ti también, por cierto.
Yo: Tengo una manera mejor de ahogarse que con un melón, avísame y te lo cuento.
Desde aquí puedo ver que casi se le salen los ojos de las órbitas.
Apago el móvil y salgo al jardín. ¿De qué se sorprende?
Me ha puesto en bandeja la respuesta. Me acerco a ella con el maletín de su arma y cojo la silla de su lado para sentarme.
Vuelve a observarme con esa cara de siempre, como si quisiera descubrir algo de mí que la tiene intrigada.
Se lleva un trozo de melón a la boca, lo mira y se sonroja levemente. No puedo evitar reírme.
—¿Qué? —me pregunta altiva y con la boca llena.
—Traga antes de hablarme; no me gusta que me escupas. Al menos no mientras comes… —le guiño un ojo. Ah, la hipocresía… con Cosi se sonroja y a mí me pone los putos ojos en blanco.
—Eres asqueroso. —le da un sorbo al café—. ¿Qué tienes que decirme? Normalmente a estas horas solo nos vemos cuando saqueas la cocina.
—Nos marchamos a Rusia. —le digo sin andarme con rodeos—. ¿Así que espías mis movimientos, eh?
—Más quisieras. Y no, no vamos a ninguna parte.
—No voy a discutir, moy malen´kiy ubiytsa. Nos vamos mañana.
Después de un rato discutiendo del por qué sí y por qué no tenemos que ir a Rusia, salen un par de amenazas de aislamiento.
Cuando veo que por fin está a punto de aceptar, saco de debajo de la mesa el maletín del arma que le pidió a Romanov hace unas semanas.
Se lo entrego con la promesa de poder usarlo en la misión que tengo pendiente a cambio de su agradable compañía y un teatrillo de matrimonio consolidado para los viejos de la Bratva.
Abre el maletín con una sonrisa en la boca y en cuanto ve la mira, sus ojos se abren como platos.
Levanta la vista y me hace una pregunta con los ojos que no llega a su boca. Los diamantes.
—Uno por cada año que te he esperado, malysh.
Ania acepta la misión con un brillo diferente en sus ojos.
Un brillo que no abandona mi mente en todo el día; algo que despierta en mí una inseguridad descomunal.
¿Y si la estoy disfrutando, pero luego decide marcharse?
La furia y la sed de sangre me corroen hasta que algo en mi cabeza se gesta como una idea.
Cuando me despierto por la mañana, decido que voy a llamar a Alessandro; sé que lleva meses buscándonos en vano.
Le voy a decir que nos vamos a Rusia y voy a ponerlo al límite.
Voy a dejarle hablar con ella. Voy a dejarle escuchar su vocecita feliz, justo hoy que tiene arma nueva.
Eso me va a dejar a mí como hombre considerado a los ojos de mi chica, ya que le estoy dejando despedirse.
Pero ese cabrón, oh… Ese cabrón va a sufrir escuchándola decir adiós.
El día ha sido largo. He madrugado más de lo que me gustaría, he llamado y puteado a Alessandro, y luego hemos cogido el avión.
Llegar a Rusia ha puesto rígido todo mi cuerpo.
He llevado a Ania a casa de mi madre y le he contado finalmente todo lo que ha pasado y el por qué estamos aquí.
Ha accedido a ayudarme y no sé si porque le he ofrecido su libertad a cambio de la de mi hermano o porque mi madre la ha cautivado tanto como ella me ha cautivado a mí.
Por supuesto que mi madre sabía quién era ella; le he contado muchas cosas y sabe todo lo que he hecho por ella.
Hace muchos, muchos años, le prometí a mi madre que no obligaría a ninguna chica a casarse conmigo si ella no quería, y esa promesa sigue en pie.
Por eso también le he dado tiempo todos estos años, ella necesita vivir antes de convertirse en esposa o madre.
Volvemos a mi apartamento, nos duchamos y nos ponemos cómodos.
Cuando me siento en el sofá esperando que nos traigan la comida, Ania me pregunta cosas sobre mi madre.
Le cuento todo lo que me pide. Miro a Ania y sonrío.
Sé que no la obligaré a nada que no quiera, pero que me maten si no hago todo lo posible para que me elija.
—Gracias. —me dice.
—¿Gracias por qué? —pregunto extrañado.
—Por darme la oportunidad de vivir libre antes de meterme en un matrimonio concertado. Siento que todo se liara de esa manera. No habría ido a esa misión si lo hubiera sabido.
—Lo sé. —le cojo la cara y la hago mirarme—. Yo siento no haberte podido recuperar de otra manera menos violenta. No soy muy bueno en otra cosa que no sea dirigir la Bratva.
—Estabas en tu derecho, Pavel. —¿qué está pasando, me está comprendiendo?—. Los negocios no se rompen, no se juega con ellos. Siento que nos hayamos conocido de esta manera. No eres un mal tipo.
Auch, mi puto corazón. ¿Está latiendo de nuevo?
Un mes en Rusia
El tiempo que llevamos en mi país ha sido agradable a la par que extraño.
Aunque sé que todo es un teatro, nos damos la mano por la calle, duerme conmigo e incluso ha llegado a darme algunos besos.
Hemos visitado a mi madre unas cuantas veces, ha aprendido algo de ruso —amenaza como si fuera algo cotidiano—), se ríe y se divierte.
Nuestra relación ha dejado de ser tensa para ser jodidamente agradable.
Apenas le escribe a Cosi y cuando contesta los mensajes es cada vez más escueta, cosa que hace que la esperanza aflore en mi pecho.
He dejado a Ania en una cafetería con la excusa de venir a ver a un contacto.
La verdad es que he venido a la joyería más exclusiva de mi ciudad a comprar un anillo de compromiso.
Las cosas van tan bien entre nosotros que he decidido contarle toda la verdad sobre Cosi y Pavel, toda la verdad de lo que pasó la primera vez que la vi en aquel mercado y de cómo su padre me ofreció un matrimonio que no me interesó hasta que vi su foto y el destino me puso de rodillas.