Capítulo 33 #3
La noche avanza y las horas pasan entre conversaciones sin sentido e historias de terror.
¿Cómo puede decirme que ese hijo de puta es bueno?
Y ha tenido la poca vergüenza de decirme que se han acostado.
Lo ha hecho por primera vez. Casi voy a su habitación para arrastrarla al coche y matar al bastardo a sus pies.
En cambio bajo al sótano para desfogar con el pobre diablo que ha cazado hoy Alexei.
Le ha entregado un momento que esperaba para mí y eso me ha destrozado el alma.
Mi único consuelo es que no va a volver a pasar.
Nadie que no sea yo volverá a tocarle un pelo jamás.
Iré arrancando ojos, cortando manos y sacando corazones; destriparé y desangraré a quien haga falta sin mirar atrás, como estamos haciendo con este bastardo ahora mismo.
Menos mal que Alexei lo tenía ya amordazado y que mi aplicación de distorsión de voz cancela el ruido externo para que Ania no escuche sus putos gemidos de dolor.
Con mis manos ensangrentadas, ella al teléfono en la habitación unas plantas más arriba y la total confianza de que Alessandro será el próximo cabrón al que mataré, mi cuerpo se relaja un poco.
El enfado y la frustración sale de mi cuerpo…
Me convenzo a mí mismo de que todo esto de Ania y Alessandro, Carlo y todas esas mierdas es fruto del puto trauma de abandono que tiene.
El trauma de una madre que no estuvo, un padre que no quiso estar y yo, que he estado a ratos, pero nunca como ella ha querido.
Toda esta mierda la hace aferrarse a la mínima expresión de amor que recibe.
Debería tener miedo porque ella se aferrara a mí por la misma razón, pero sé que no es así.
Ella ama a Cosi; ama esa versión de mí. Solo tengo que hacerla comprender que somos la misma persona y sé que en algún momento llegará mi oportunidad.
Solo espero que me acepte después de tantas mentiras.
Son las siete de la mañana cuando consigo que se acueste por fin, pero yo no tardo ni dos horas en bajar a desayunar.
Cada día Ania baja al comedor en silencio, come y vuelve a marcharse sin dirigirme la palabra.
Vale que como Cosi, estoy bastante satisfecho con la atención, pero Pavel tiene que tomar protagonismo o no saldré nunca de las sombras.
Me dirijo a su habitación y le hablo a través de la puerta.
—Prepárate para una reunión después de desayunar. —no se molesta en contestarme—. Ania, ¿me estás oyendo?
El mal humor se apodera de mí y abro la puerta para ver una cama vacía.
El vapor y el ruido de la ducha salen por la puerta entreabierta del baño y no puedo evitar asomarme a ver ese cuerpo que tanto he extrañado.
¿Y si la asusto como la primera noche en la piscina?
Me divierto a mí mismo con la idea y hablo en voz muy, pero que muy alta.
—¡Ania! —gito y un bote de champú sale volando de la ducha.
—¡Joder! Lárgate de aquí, estoy desnuda. —lo veo. Lo veo y el corazón se me acelera mandando más sangre de lo necesario a mi entrepierna.
—Te duchas con el agua hirviendo y no se ve nada con el vapor. —mentira—. ¿Nunca te han dicho que eso es malo para la piel?
—¿Nunca te han dicho que no seas un puto acosador de mierda? —su voz se endurece en la palabra acosador y sé que acaba de acordarse de mi otro yo.
—Más quisieras que te acosara. Después de desayunar iremos a una reunión. Vístete en condiciones.
Un rato después Ania baja a desayunar sin dirigirme la palabra.
Le explico detenidamente que no soy su carcelero, pero que si no piensa decirme una sola sílaba…
tengo muchas maneras de obligarla. Lo primero es que vendrá conmigo donde sea que yo vaya.
Para sorpresa de nadie, la idea no le ha gustado una mierda.
Entonces como es un puto grano en el culo, mi instinto ha sido decirle que es una orden.
Error, porque si no me retaba lo suficiente antes de eso, ahora ya será un infierno.
Después de la reunión, mientras estamos volviendo a casa, la oigo suspirar.
—¿Sabes? Si quieres hablar conmigo puedes empezar tú la conversación y no ser un puto gilipollas.
—No tengo la paciencia para aguantar contestaciones de mala gana cuando te pregunto algo. Es muy difícil hablar contigo.
En su cara veo que se ahorra la contestación.
Mejor porque el ambiente está caldeado hoy en ambos bandos.
En cuanto llegamos a casa, sube las escaleras de tres en tres y da un portazo.
Ni de puta coña. Voy como alma que lleva el demonio hasta su puerta y la parto de una patada.
Ania se gira con los ojos como platos. Discuto con ella a voz en grito, dando como resultado unas lágrimas terribles que me agrian la sangre de las venas y una mudanza de ella a mi habitación.
Lo único que se me ha ocurrido para intentar calmar la situación que se ha dado antes es decirle a la hora de la comida que se ponga ropa cómoda para salir.
La he llevado al campo de tiro y hemos acabado haciendo una competición.
Su cuerpo ha ido perdiendo la tensión disparo tras disparo, y su cara de paz ha relajado mi propio cuerpo.
De vuelta a casa después de la competición, incluso se digna a hablarme, a contarme que le encantan las armas y disparar.
Lo que ella no sabe es que todas esas cosas me las sé de memoria.
Paro en el despacho de abogados donde trabaja legalmente Romanov; quiero hacerle un regalo a Ania.
—¿Ahora es cuando me obligas a casarme contigo? —me mira con nerviosismo y tensión.
—Si me casara contigo, no te traería aquí. Sería una boda en condiciones donde podrías gastar millones en lo que quisieras, moy malen´kiy ubiytsa. Venimos a ver a mi amigo Romanov.