Diamante de sangre y poder (Diamantes de la Mafia nº 4) Capítulo 33
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Capítulo 33

Tres semanas después

Estas semanas han sido desastrosas. Ania hospitalizada, la Cosa Nostra dando caza a cada ruso que vive en Milán y alrededores…

y encima aparece Carlo Rizzo muerto en el puto rio.

La cosa está muy tensa en la zona y la guerra está a punto de estallar a gran escala.

No quiero más frentes abiertos así que es ahora o nunca; no pienso recuperar a mi chica en medio de una guerra, así que lo haré en medio de una reunión de capos italianos.

Hace un par de días encontré al hacker que cerró las líneas defensivas de la organización para que no pudiera localizar a nadie y lo obligué a darme acceso.

Le corté tres dedos y ahora trabaja para mí a cambio de protección y un buen sueldo.

Ania no ha contestado a ninguno de mis mensajes.

Está viviendo con ese cabrón y no hace más que darme largas aunque se lo expliqué todo.

Alessandro ha puesto una reunión hoy en sus oficinas con todos los capos importantes de su organización.

Va a nombrar a Ania su consigliere en una maniobra de manipulación hacia ella, queriendo que se sienta importante después de haber aceptado el matrimonio con él.

Matrimonio que no se va a llevar a cabo porque hoy entramos en acción los chicos y yo. Se acabó eso de esperar.

Bajo al garaje y les doy a mis hombres unos localizadores para tragarse.

Llevo algunos más para mis mejores soldados.

La táctica es entrar a matar, recuperarla y volver.

Si eso no es posible, uno se dejara cazar —porque a ella le gusta matar, pero también cazar y sonsacar información— y, a través del localizador, daremos con ellos y me llevaré a mi chica por fin a casa.

Todos nos tragamos un localizador antes de subirnos al coche vestidos completamente de negro con chalecos antibalas, pasamontañas y los cinturones completamente llenos de cargadores y armas.

Le rezo a un Dios que dejó de cuidarme cuando cumplí los diez y nos ponemos rumbo a la reunión que pondrá fin a mis años de espera.

El camino se me hace más largo de lo que me gustaría e incluso pienso que fallaré los tiros por lo nervioso que estoy.

Ni en las peores misiones a las que me mandó Karsov estuve tan agobiado.

Según llegamos a la oficina, vamos quitando del medio a cada puto guardia que nos encontramos.

Me paro en la puerta cerrada y escucho al padre de Ania engañar a todo el mundo con sus palabras.

En el momento que termina, abro un poco la puerta y tiro una bomba de humo con gas pimienta en la sala; la densidad la llena por completo.

Las sillas se mueven y los gritos empiezan a oírse.

Las balas vuelan por la habitación y los capos con sus guardaespaldas van cayendo uno a uno.

Les ha pillado tan de sorpresa el ataque que están como pollos sin cabeza.

Veo a Ania a través del humo, que ya se va disipando, trabajando como nadie.

Cuando creo que ya ha matado suficientes soldados, doy la señal de retirada.

Salimos todos juntos pero no veo a Vova.

Mierda, sé que ese cabronazo se ha quedado como señuelo.

Miro a Sergei que, sin necesidad de hablar, entiende lo que acaba de pasar.

Su cara se pone blanca y por un momento creo que va a darse la vuelta y correr a rescatar a su hermano.

Desde que volvieron de aquella puta misión, Sergei protege a Vova como si se tratara de su propia vida.

Salimos a la calle y nos metemos en los coches a la espera de que la señal de Vova se ponga en movimiento.

La localización nos lleva a un almacén de la Cosa Nostra al que llegamos cinco minutos después que ellos.

Oigo la voz de Vladimir decir «buena suerte» y como si fuera la señal, su hermano revienta la puerta para poder entrar.

Cuando entro, miro a Alessandro y a Ania forcejeando con mis hombres.

La cara de mi perfecta Tiffany llena de sangre me hace querer matar a todos los aquí presentes y limpiar con mi lengua cada gota que mancha su piel.

La polla se me pone dura solo de pensarlo. Sonrío y me dirijo a Alessandro.

—Querido Alessandro, ¿creíste que yo sabía de la existencia de la joven porque había investigado a su padre?

Déjame decirte que en realidad el enfrentamiento con su padre fue a raíz de que la mandara liquidar a más de cincuenta hombres ella sola.

Lo que fue toda una hazaña, por cierto —le guiño un ojo a Ania—.

Le ofrecí un negocio a cambio de olvidarnos de lo que había pasado; se negó y la mandó lejos cuando quise reclamarla al cabo del tiempo.

Llegar hasta ella no fue fácil pero lo conseguí…

Hasta que tú, socio, quisiste quedarte con ella y quitármela.

¿Sabías que su padre me la prometió primero para salvar su vida?

Su padre creyó que me olvidaría de semejante ejemplar salvaje tan solo por mandarla lejos y dándosela al primer italiano con poder que la quisiera.

Los negocios con la Bratva no se rompen.

Por ello ha pagado hoy con su vida. Un tiro en la cabeza después de esas conmovedoras palabras hacia vosotros.

La cara de Ania se retuerce entre el asco y el odio, justo como no quise nunca que pasara. El dolor de la pérdida casi no se nota en su rostro. Traga con fuerza y me espeta bien alto:

—No me importa lo que mi padre te prometió. Prefiero morir antes que casarme contigo, maldito bastardo. Después de esto, estás en guerra con la Cosa Nostra. Vas a morir y yo seré tu verdugo.

—No estés tan enfadada, moy malen´kiy ubiytsa, te gustará la Bratva. —le acaricio la cara con suavidad como tantas otras veces hice a través de mis guantes, pero esta vez su respuesta es escupirme a los pies.

Doy órdenes para que la suelten y la metan en el coche sin hacerle daño y los ruegos que profiere me rajan el pecho.

—Por favor, llevo veinticinco años siendo rehén en mi propia casa. Solo quiero vivir. Por favor, si necesitas que trabaje lo haré, pero déjame aquí. —la ira me consume. ¿Dejarla aquí para qué, para que esté con él?

—Tu padre te prometió conmigo cuando tenías diecinueve años por un error que cometió: te mandó matar a toda la Bratva de Sicilia con la intención de matarme a mí y quedar exento.

Cuando le dije que el tiempo se había terminado, hace dos años…

simplemente te mandó lejos. De esas cosas hace casi cinco años.

He sido paciente, Ania, y me he portado bien hasta ahora.

No dejaré que te cases con un hombre que no sea yo.

¿Entiendes? Conmigo estarás bien. Te gustará la Bratva y no serás una mujer objeto, no conmigo.

Seguimos discutiendo durante un par de minutos, pero el detonante es que Alessandro quiere seguir manipulando y, con una sonrisa en la boca, le dice: «Te amo y te encontraré donde sea que te lleven».

¿Mi humilde reacción? Pegarle un tiro en el pecho; el perro se desmaya en el acto.

Vendo los ojos de Ania para meterla en el coche y llevarla a casa por fin, sin dejarla ver el camino para que no pueda intentar escapar en cuanto me dé la vuelta.

Después de tantos años en las sombras, después de tantos mensajes…

por fin tengo en casa a la chica de mis sueños.

Al llegar a la mansión, me pregunta mi nombre y dudo la respuesta.

Mi cabeza quiere decirle Pavel y mi corazón decirle Cosi.

Luchan durante unas milésimas de segundo y finalmente gana mi cabeza.

¿Lo estropeará todo esta situación? ¿Quién prevalecerá después de esto en su mente, Cosi o Pavel?

Le enseño rápidamente la casa hasta que la llevo a su habitación, la que preparé con tanto detalle hace tiempo.

Tonos rosa, lila, verde agua… Su propio baño y una cantidad indecente de ropa y zapatos.

—¿Cómo sabes mis gustos y tallas? —me pregunta sorprendida y algo más tranquila.

—Tuve que investigar a fondo. —me encojo de hombros.

—¿Incluso los colores de la habitación? —me mira sospechosamente.

—Todo, moy malen´kiy ubiytsa.

—¿Por qué me llamas así todo el tiempo? Creo que eres consciente de que no hablo ruso y no entiendo una mierda.

—Significa mi pequeña asesina. —me mira fijamente con un pequeño destello en los ojos—. Me parece un apodo adecuado, eres asesina y no eres muy grande. —empiezo a reírme. Ania me despelleja con la mirada y me cierra la puerta en la cara.

Le grito a través de la puerta que la espero para la cena y bajo a la cocina saltando las escaleras de tres en tres con una alegría impropia de mí.

Me cruzo con Kolya, que al verme se ríe y niega con la cabeza.

Lo mismo hacen los demás en la cocina cuando me ven entrar.

Bebemos un rato en la isla de la cocina bromeando sobre cómo mi cara ahora está sonrojada por tener a la pequeña asesina en la habitación de arriba después de tanto tiempo.