Capítulo 32
Dos semanas después
Todo el mundo en Milán había visto el vídeo del Don apuntando a Carlo con un arma en medio de la discoteca.
Todo el mundo había visto como una mujer, mi mujer, había hecho que la parca bajara la pistola.
Puedo sentir el zumbido de los cuchicheos en la piel.
He intentado llamar a Carlo mil veces para saber qué cojones ha pasado, y ni una de las veces me ha cogido el teléfono.
Por el revuelo que se ha formado, diría que está muy ocupado dando explicaciones.
Sin embargo, el punto de localización de mi software marca que está en su casa desde que ha llegado en medio de la madrugada.
Me pongo una nota mental para seguir llamándolo después.
Justo en este momento, tengo a Romanov con los nuevos contratos de armas.
Comienzo a firmar decenas de papeles. Me dispongo a levantarme para sacar dinero de la caja fuerte, pero unos toques en la puerta me interrumpen.
—Adelante. —doy permiso para entrar. La puerta se abre dejando entrar a Alexei—. ¿En qué puedo ayudarte, Alexei?
—Hay novedades en… la misión. —me dice mirando a Romanov de reojo.
—Tranquilo, Romanov tiene mi total confianza para esto. Cuéntame lo que tienes sobre Ania. —me siento de nuevo en mi silla.
—Tengo un topo en la flota de coches de la Cosa Nostra. El Don ha pedido un coche sin conductor a las siete para volver a casa. Van a moverse en un SUV sin matricular; completamente blindado.
—¿Qué hay del blindaje?
—De los mejores del mercado; completamente profesional. —Alexei mira a Romanov—. ¿Cómo entramos?
—No podéis. Esos blindajes son infranqueables. Solo hay una manera de llevaros a la chica y es haciéndola salir. —Romanov se echa hacia atrás en su silla y enciende un cigarro.
—¿Cómo cojones se saca de un coche blindado a un Don y a una asesina profesional? Es una soldado sin miedo a nada. —dice Alexei.
—Volcándolo. —digo en voz baja—. Hay que embestir y volcar el coche. ¿Cuántas balas hacen falta para romper una ventana blindada?
—Si el blindaje se lo ha hecho quien yo creo… seis de gran calibre; justo en la esquina superior. Se rajará como la cáscara de un huevo. —gesticula con las manos.
—Menudo blindaje… —se ríe Alexei.
—Ese Pietro usa seguridad ucraniana; que te puedo contar. —Romanov se encoge de hombros.
—Prepara a los hombres. Llévate a los mejores, pero los menos indispensables. Recuerda quién va en el coche; habrá muchos muertos —le digo a mi hermano—. Sin identificación. No quiero que puedan reconocer a nadie si la cosa sale mal.
—Entendido, no iremos ninguno. Mandaré algunos mercenarios.
—Los seguiré con el dron.
Alexei sale de la oficina y yo vuelvo a lo que estaba haciendo: abro la caja fuerte y le entrego a Romanov siete fajos de billetes. Tres millones en billetes grandes. Lo merecido por el equipamiento de primera que ha traído junto con las armas.
Despido a mi amigo y me dirijo al sótano.
Abro el armario que tengo bajo llave y saco el dron que compré en cuanto salió al mercado.
Un RQ-11 Raven; algo ligerito para la vigilancia en tiempo real.
Monto todos sus accesorios y lo meto en el maletero de uno de los coches que van a la misión.
Le doy las instrucciones a uno de los soldados de que, un par de minutos antes, lo saque en marcha del maletero y yo haré el resto.
Todos tienen la orden de no herir a la chica, pero de matar al Don si lo tienen a tiro, sí.
¿Tengo fe en esta maniobra? Ninguna, pero tengo que saber cómo se mueve el Don en caso de ataque.
Aunque he oído muchas cosas, tengo que verlo de primera mano.
Llega la hora y los coches salen a montar algo de vigilancia frente a las puertas de la empresa donde Ania trabaja.
A través de una de las cámaras de conducción de los coches, veo a mi chica bajar.
Entro en tensión cuando me percato de que ella nota la presencia de mis hombres, pero no dice nada.
Simplemente se sube al coche y se marchan.
Llamo al soldado al que le di la orden del dron y le digo que lo saque ya.
Quiero grabar incluso la manera de conducir de Alessandro.
Vuelo con el dron tras el SUV y veo cómo se mete por una carretera más apartada en dirección a la casa de Ania.
Quiere dar un rodeo para no encontrarse con posibles atacantes; mal día para hacer eso.
Le acaba de dar fácil acceso a mis hombres para hacerlos volar.
Uno de los coches acelera y los embiste de manera brutal, volcándolo a un lado de la carretera.
Desde el coche de atrás, sale un arma y dispara hacia la ventanilla como nos dijo Romanov.
Mis soldados salen y lo rodean. No ocurre nada durante unos fatídicos minutos y me temo lo peor.
Sigo volando alrededor de la escena y los disparos empiezan a acribillar el coche en un intento de hacer salir a alguno de sus ocupantes.
Alessandro no tarda en salir y empezar a disparar a diestro y siniestro.
Sus movimientos torpes y el rastro de sangre me hacen ver que está herido aunque no sé con qué gravedad.
Se agacha y se toca la pierna. Su mano ensangrentada me alegra la vista.
Todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo vibran.
Tres segundos después, veo a Ania salir rebuscando algo en su bolso.
Mierda, la pistola. La encuentra un momento después y, como si se tratara de la mismísima muerte, empieza a disparar dando blanco tras blanco hasta acabar con los hombres que habían quedado en pie.
La cara de Alessandro es seguramente un reflejo de la mía, entusiasmado con esa ira y esa violencia que emana del rostro de la mismísima Afrodita.
Llegan refuerzos y empiezan a mirar por todas partes justo en el momento en el que el Don se desploma en los brazos de su hermano recién llegado.
Esa misma noche, montando guardia en la callejuela frente al edificio de Ania, veo menos hombres de lo esperado. Y no me lo pienso dos veces para dar la orden.
—¿Estáis ahí? —pregunto.
—Seguimos aquí, señor. —me dice uno de los subordinados del equipo de Sergei—. Hay pocos hombres aquí. La señorita Ania ha llegado hace escasos minutos.
—Lo he visto. ¿Sabes dónde está el resto de guardias?
—El topo del señor Alexei ha dicho que Máximo ha puesto el hospital patas arriba para proteger al Don; casi muere desangrado.
—Bien, eso nos favorece en todos los sentidos. Vamos a entrar. Quiero a las chicas en el hangar. Al cabrón que las acompaña déjalo inconsciente; es el jefe de seguridad de Alessandro.
—Sí, señor.
Empiezo a verle un poco la luz a mi vida.
Y el deseo de herir tanto el ego de Alessandro que se vuelva loco, me empieza a consumir.
Cojo mi teléfono prepago, configuro los mensajes ocultos y le escribo un mensajito de amor al Don.
Un Don estúpido que se bloqueó para que no lo rastrearan, pero no para que no le enviaran mensajes o lo llamaran desde fuera de su organización como al resto.
Yo: La próxima vez morirás y nos la llevaremos. No te metas.
El día está siendo ajetreado para todo el mundo.
Mi chica ha matado hoy a diez de mis hombres y yo he vuelto a meter a otros tantos en otra misión sabiendo que, posiblemente, ella acabe matándolos también.
Los soldados de Sergei no tardan ni diez minutos en matar a los pocos guardias que hay en la calle y bajar con las chicas a cuestas para meterlas en el maletero.
¿En el puto maletero? Voy a cortarles el cuello a todos ellos.
Les sigo con el coche hasta los hangares, aparcando lejos de la vista. ¿Por qué hago esto? Sé que posiblemente ella vuelva a casa pronto. Mi objetivo no es ella. Es minar la mente de Alessandro en poco tiempo. Quiero que reaccione impulsivamente y caiga por sus propias acciones.
En el hangar espera una video llamada de Fabrizio, un padre mentiroso y manipulador que no va a abrir la boca sobre nuestro trato porque su padre se sienta a su lado.
Lo veo todo a través de las cámaras, veo cómo la manipula contando medias verdades y cómo la pone en contra de la Bratva, que lo único que ha hecho es protegerla durante cinco largos años.
Hago cortar la llamada cuando la cara de Ania se descompone antes las palabras de su padre sobre estar enamorada de Alessandro…
Sophie está al borde del colapso al enterarse de lo del matrimonio; su Don también la engaña a ella, ya que se la tira cada vez que puede, según el topo que tenemos dentro de la Cosa Nostra.
Veo como Ania empieza a serenarse y a calcular movimientos; puedo escuchar los engranajes de su cerebro desde aquí.
Quizá debería avisar a mis hombres de que van a morir en los próximos minutos pero… ¿no es una delicia verla trabajar?
En cuestión de minutos, se suelta de la silla y ahorca a dos de los hombres.
Otros dos soldados se abalanzan sobre ella y le tiran del pelo, le lanzan puñetazos y la asfixian.
Me preparo para levantarme y salir a por ella cuando la veo terminar de asfixiar al soldado, girarse y apuñalar a otro.
La estupefacción me petrifica delante de la pantalla de tal manera que no me doy cuenta que el hombre que falta saca un arma y le dispara haciéndola caer de rodillas.
El cabrón recarga el arma. Ania cierra los ojos y yo echo a correr.
Oigo un disparo y mi corazón se detiene.
Cuando estoy llegando al hangar, Alessandro está en la puerta bajando el arma en medio del amanecer.
Por única vez en mi vida, agradezco que este hijo de puta respire.