Diamante de sangre y poder (Diamantes de la Mafia nº 4) Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

Termino la comida con dos botellas de vodka y mi cuerpo no lo nota.

Me levanto de la mesa sin despedirme de nadie y me voy a mi cuarto.

Intento tumbarme y cerrar los ojos en la cama, pero no puedo dormirme.

Quizá es demasiado temprano para alguien que no suele acostarse la mayoría de las noches.

Quizá este es el castigo que merezco por todos mis errores.

Veo las horas pasar. Escucho todas las habitaciones cerrarse dando por concluida la velada.

Todas se cierran, pero hay una que se abre a los pocos minutos; me quedo muy quieto y escucho.

Los pasos suenan frente a mi puerta y van pasillo abajo.

No puedo evitarlo y me asomo. Veo a Sergei vestido de chándal negro, incluyendo un pasamontañas que lleva en la mano.

Voy tras él sigilosamente y lo intercepto a medio jardín.

—¿Se puede saber dónde coño vas? —Sergei se gira apuntando con un arma—. ¿Qué coño haces, ahora vas a tener buena puntería? Baja la puta pistola.

—Podría haberte disparado, coño. ¿Qué haces aquí? —su gesto es desconcertado. No sé qué le he pillado haciendo pero me da curiosidad.

—Te he escuchado salir. Responde a mi pregunta. ¿Dónde vas a las tres de la mañana?

—No puedo dormir; iba a dar una vuelta. —mira al suelo rápidamente, una mentira.

—Yo tampoco. Demos esa vuelta. —decido creer su actuación de mierda y avanzo hacia él, pero niega con la cabeza—. No me hagas recurrir a mi estatus para poder ir contigo adonde coño sea que vayas, Sergei. Has cambiado mucho estos años y no sé qué pasa contigo.

—Paso de conversaciones sentimentales. Ven conmigo, pero cállate la puta boca. —asiento y comienzo a andar—. Por el día, cuando salgo a correr, me fijo en la gente a mi alrededor. El mundo está podrido y yo me deshago de la mierda.

—¿Eso qué cojones quiere decir, eres basurero en tu tiempo libre?

—No, joder. Cada puto día hay alguien que roba, acosa, mata, viola… Nadie lo ve, pero yo me doy cuenta por nuestro trabajo e intento equilibrar mi vida persiguiendo a esas escorias hasta donde pueda volver a localizarlas… Luego simplemente libero al mundo de seguir aguantándolos.

—Hay que joderse. Eres un puto justiciero… —lo miro anonadado—. Bueno, ¿y qué toca esta noche?

—Un bar. El dueño acosa a la camarera que me da el desayuno algunas mañanas. Veo cómo la toca sin permiso y ella se tensa. Esta mañana tenía lágrimas en los ojos y yo… mierda.

—Te recuerda a Mikhaila. —me mira con culpa—. Lo sé, hermano. Está bien. Ella no quiso salir de ahí, pero esta chica te necesita aunque no lo sepa. Vamos a por ese cabrón.

Caminamos durante una hora hasta llegar al bar que se encuentra en las afueras.

Abre a las cinco de la mañana para dar los primeros desayunos a los camioneros en ruta.

Veo a una chica con el pelo largo recogido en una trenza sacando las llaves de su vestido de uniforme; abre la puerta y entra.

Cinco minutos después llega un coche. Sergei me da un codazo; es el jefe.

Entramos en el bar y nos sentamos a desayunar.

Mi chico debe venir a menudo porque la camarera conoce su nombre y le sonríe con complicidad.

Pero cuando el jefe pasa cerca, la chica entra en tensión y nosotros con ella.

Nos comemos el desayuno con tranquilidad, pagamos y dejamos una buena propina para Sarah, la camarera.

Nos despedimos de ella y salimos como si nada fuera a pasar en unos momentos.

Nos meternos en la calle de atrás del bar donde tienen la puerta para sacar la basura.

Según los cálculos de Sergei, el jefe de la muchacha no debe tardar mucho en salir con las primeras bolsas.

Efectivamente, pasan diez minutos y las predicciones se cumplen.

o que me dice que este cabrón lleva estudiando a este tío un tiempo.

Me acerco a la puerta para bloquearla y que el tipo no pueda volver a entrar, mientras Sergei se acerca al contenedor de basura con su pasamontañas puesto.

El hombre se tensa en cuanto lo ve. ¿Y quién no?

—Dime una cosa, Sergei. ¿Por qué el pasamontañas si vas a matarlo? —al tío se le abren los ojos al escuchar mi voz y ver a Sergei detrás suya.

—Mira lo que has hecho, idiota, ahora me va a dar más trabajo. Ya sabe lo que viene. —lo agarra del cuello—. Intenta no moverte mucho, ¿quieres? Quédate así quietecito, como se queda ella cuando haces que entre en pánico tras la barra.

—No sé de qué me hablas. Por favor, déjame. No me mates. —lloriquea el desgraciado, levantando las manos en señal de rendición.

—Oh, mírate... Pero si conoces la palabra no. Una lástima que a mí me importe tan poco como a ti cuando es ella quien lo dice. —le da una puñalada en el estómago.

—Dios mío, cuánto drama. Pégale un tiro y ya. —le digo impacientándome.

—Hace mucho que no tocas sangre, hermano. No corras tanto, ven.

Me acerco a él y el olor metálico me inunda las fosas nasales.

El olor de la sangre derrite el hielo de mis venas por un momento, excitándome con la idea de calentarme las manos con ella.

Sergei me mira y sonríe gesticulando un « bienvenido de nuevo» con la boca.

Agarro el cuchillo y desgarro todo lo que puedo.

Las oleadas de éxtasis me hacen vibrar por dentro mientras lo escucho gritar de dolor.

Empiezo a reírme a carcajadas. Por el rabillo del ojo veo a Sergei bloquear la puerta de atrás del bar con unos cubos para que no salga nadie.

Me meto con el hombre tras uno de los contenedores de basura y lo apuñalo incontables veces.

Ya no oigo su voz, no siento sus gritos en mi piel ni noto el forcejeo.

Hace mucho que se fue, pero yo no puedo parar.

Mis manos han perdido todo rastro de mí; solo queda su sangre para llenarlas.

Noto unas manos que me agarran por los hombros y tiran hacia atrás. Poco a poco recupero levemente la cordura y escucho la voz de mi amigo.

—Pavel tenemos que irnos. —me levanta con fuerza y se saca un mechero del bolsillo—. Hagámosle arder y vayámonos. Tienes que lavarte antes de ver a Romanov.

Dejamos la callejuela del bar atrás con una nube de humo con olor a basura, cartones y carne.

Me quito la chaqueta y me limpio las manos como puedo.

Veo a Sergei mirarme de vez en cuando y no lo culpo; he perdido los papeles y no sé si es por lo que ha pasado con Ania o porque por ella llevo años sin un baño de sangre como este.

He estado tan ocupado dirigiendo el negocio desde la oficina para poder verla que no he prestado atención a las necesidades de mi cuerpo por la violencia y el dolor.

En cuanto llego a casa me meto en la ducha y dejo que todo rastro de lo que ha pasado esta noche se vaya por el desagüe.

Me echo un par de horas en la cama hasta la reunión con mi traficante de armas.

Pero lo que me encuentro cuando me despierto a las once de la mañana no me hace sentir más que ganas de volver a repetir lo de ese bastardo.

Un aviso de salida de avión con reconocimiento facial. Alessandro.

Reviso el vídeo y la ira me consume de tal manera que le pego dos tiros al portátil nuevo que me trajeron ayer. Ania se sube con él al jet y despegan. Así sin más, se va con él y me deja aquí.