Capítulo 31
Cuatro días después
Alessandro ya ha dado el primer paso. Ha enviado un correo electrónico a Ania para una entrevista de trabajo a la que ella se ha presentado.
El control de correo que uso con el mail de Ania hizo saltar las alarmas en cuanto verifiqué la IP de donde procedía.
Ella ni siquiera sabe dónde va. No sabe que él es el CEO de la empresa que va a entrevistarla.
Le he rogado mil veces que no vaya, incluso la he amenazado.
¿Su respuesta? «Cosi, es solo una entrevista de trabajo.
¿Qué puede pasar? No me vendrá mal hacer algo más aparte de salir con Sophie.
Además, es moda y mi padre quiere meterse en el sector para blanquear».
Un jodido infierno. Hace como veinte minutos que me dijo: «Te dejo que me acaban de llamar.
Luego hablamos». ¿Cuánto puto tiempo se tarda en una entrevista de trabajo?
¿Cuánto tiempo tengo que esperar a que me conteste antes de entrar allí, metralleta en mano, y dejar el puto edificio como un colador?
Decido la respuesta en cuestión de cinco minutos, bajando las escaleras hacia la armería. Justo en el momento en el que estoy sacando el arma más grande que tengo, mi teléfono vibra.
Ania: Me han contratado y tengo que quedarme trabajando. Te escribo esta noche.
Yo: ¿De qué? ¿Quién es tu jefe? ¿Por qué trabajas ya? ¿Por qué esta noche? ¿A qué hora terminas?
Ania: Cosi, relájate. Luego hablamos.
Para ahorrarme la gran cantidad de improperios que quiero escribir, apago la pantalla, suelto el arma y me voy a la oficina.
Subo los escalones de tres en tres con mi pierna chillando por el esfuerzo.
Entro en mi portátil y abro la aplicación de seguimiento que tengo con Ania.
Veo los dos puntos juntos. Joder, está con Alessandro.
Los dos puntos se mueven a través de las calles con rapidez, cosa que me dice que se dirigen a alguna parte en coche.
Entro en las cámaras de seguridad de todos los semáforos con radar de la avenida por la que avanzan y, por un momento, creo haberme quedado ciego porque los puntos desaparecen.
Me quedo solo con las cámaras, siguiendo el puto coche de ese bastardo.
¿Qué cojones ha pasado? Los puntos no vuelven.
Abro y cierro la aplicación al menos diez veces.
Lo hago desde el móvil, nada. He perdido la señal.
Pulso el botón de alarma de la casa porque no me sale la voz del cuerpo para llamar a los chicos y es la única manera para que vengan a la oficina.
Un minuto después todos entran arma en mano.
—¿Qué ocurre? —Alexei hace una pequeña ronda por la oficina.
—No… no lo sé. La he perdido, se ha esfumado. —le doy un puñetazo a la pantalla del ordenador y la parto—. ¡Se ha esfumado! Encontrad una respuesta.
Todos nos ponemos a buscar una pista de qué es lo que ha podido pasar, de su paradero o de alguna miguita en el camino que nos diga dónde, cómo y con quién. Cuatro horas buscando, llamando por teléfono… y solo Kolya da con una puta respuesta.
—La Cosa Nostra ha activado una barrera de seguridad en todos los dispositivos de altos cargos, soldados y trabajadores.
La ha sacado de tu radar. Me han dado el chivatazo de que contrató a un hacker que le hizo el protector.
En cuanto ella entró, se metieron en su teléfono a través de la red.
Tenía la orden de destruir la conexión que su teléfono pudiera tener con cualquier otro dispositivo.
—Eso es imposible. —tecleo en el teléfono—. Joder, han bloqueado las redes sociales. —tecleo de nuevo—. No, no, no. Han bloqueado los mensajes. ¡Joder!
Todos intentamos contactar con ella de alguna manera; sin éxito. Todos los mensajes son devueltos con un «imposible enviar mensaje».
Le mando un mensaje a Alessandro; le llega.
Yo: La voy a encontrar,. Me la voy a llevar y luego, cuando menos lo esperes, te voy a matar.
Una semana después
Lo busco entre todas las cabezas del local y tras un leve barrido, encuentro su cabeza llena de rizos rubios cerca de la barra.
Le hago una señal a Sergei que está en la otra punta de la cafetería.
Se levanta en cuanto ve a Carlo salir con su café para llevar.
Son las doce y media de la mañana y estoy jodidamente cabreado; llevo siguiendo a este bastardo desde la hora del desayuno.
La vida social de este engendro es agotadora.
Salgo tras Sergei y detrás de mí sale Vova.
Dos calles a la derecha, mi segundo intercepta a Carlo y le mete en el callejón.
La rata patalea con los ojos como platos; nervioso y asustado.
—Deja de hacer aspavientos, ¿quieres? No sé cómo a estas alturas de la película no te has acostumbrado a que te cojamos desprevenido. —le dice Sergei—. De hecho no sé cómo seguimos cogiéndote desprevenido. Realmente eres un inútil.
—¿Qué queréis de mí? Ya no la veo, no la llamo. Ahora es la puta mascota del Don.
—Habla con respeto. —le digo cruzándole la cara con el dorso de la mano—. Dame tu móvil.
—¿Qué? No. —se niega. Sigo haciendo el gesto con la mano para que me lo de—. Voy a meterme en problemas por vuestra culpa.
—Que me des el puto móvil, Carlo. Ya estás en problemas. Solo que ahora tú decides la magnitud de ellos. Si no colaboras, empezaré a decidirlo yo.
—Dime qué quiere la mafia rusa de alguien como ella. —me exige levantando la barbilla con valentía.
—La mafia rusa no quiere nada de ella. El Pakhan la reclama. —sus ojos se abren como platos—. Yo la reclamo.
—¿E...Eres el Pa... Pakhan? —tartamudea.
—Soy el puto Pakhan de la Bratva, y si alguien se entera de que voy tras ella, ya sabes lo que va a pasar, ¿verdad? Ahora dame el móvil.
—Pero no entiendo nada. —me da el teléfono—. ¿Todos estos años…?
—Cállate o te cruzo la cara de nuevo, No tienes nada que entender. No es tu puto asunto.
Escribo en el teléfono un mensaje rápido, comprobando mi teoría de que solo se han bloqueado los mensajes y llamadas de fuera de la Cosa Nostra. Dos segundos después, mi teoría se confirma. El mensaje ha llegado.
—Acabo de mandarle un mensaje. En cuanto te conteste, quedarás con ella en algún punto al que por supuesto no irás. —conecto mi parásito mágico al teléfono de Carlo y hago una conexión directa con él—. Tengo tu teléfono pinchado, Carlo. Lo sabré todo. Si me la juegas estás muerto.
—Voy a matarla en cuanto la tenga delante.
Le doy un puñetazo en la nariz con todas mis fuerzas haciendo que caiga al suelo. Escupo en su cara ensangrentada.
—No te mato porque me eres más útil como rata espía, pero tócale un pelo de la cabeza y la tuya adornara mi puto salón como si fueras un ciervo disecado. ¿Me oyes?
Me doy la vuelta dejándolo en medio del callejón con la nariz partida y el móvil en la mano.
No creo en Dios, pero por si acaso, rezo porque ella quede con él y poder verla aunque sea un par de minutos para poder explicarle por qué no puedo llamarla ni subir a su casa.
Está todo protegido a sus espaldas para que yo no pueda llegar a ella.
El puto bastardo ha jugado bien: las cámaras están fuera de línea y su calle llena de soldados de Alessandro.
La espero a lo lejos y, cuando creo que puedo acercarme, veo soldados de nuevo.
Estoy tan desesperado que incluso he recurrido a este plan de mierda para poder acceder a ella.
Me monto en el coche con los chicos y nos dirigimos a una callejuela donde siempre aparco para ver su edificio.
Está vigilada, pero al estar más oscura que el resto de calles puedo camuflarme bien.
Espero unos treinta minutos hasta que ella aparece, baja del coche y…
Mierda. Alessandro baja con ella para acompañarla a su casa; abren la puerta y entran juntos.
Saco la pistola decidido a entrar a tiros en el edificio como cada vez que algo respecto a ella me pone nervioso.
El coche de Alessandro sale de la calle y entonces caigo en lo que acaba de pasar.
El puto Don de la Cosa Nostra se está haciendo el héroe…
por el puto mensaje de Carlo. ¿Cómo puedo ser tan gilipollas?
Yo solo me he metido en esta mierda. Jodido inútil…
Cuando miro el reloj, son las diez de la noche.
Llevo casi nueve horas aquí sentado y lo único que ha pasado es que esos dos han salido para ir a otro edificio, el que intuyo que es la casa de Alessandro, y luego han vuelto aquí.
Dudo que ese hijo de puta vaya a volverse a dormir a su casa; ha traído un pequeño macuto con él.
Macuto donde deseo meterlo hecho pedazos. Saco mi teléfono y llamo a Alexei.
—¿Ocurre algo? —pregunta al descolgar la llamada—. Puedo estar ahí en quince minutos.
—Tranquilo, está todo bien. —miento—. Voy para casa. ¿Hay algo por hacer? Necesito despejarme.
—No hay nada hasta mañana. Ven a casa, hay una botella de vodka que lleva tu nombre.
El camino a casa no dura ni veinte minutos.
Entro en el comedor y arraso con todos los platos que veo.
Entre bocado y bocado, meto vodka como para emborrachar a un oso.
Mis tripas se llenan y se calientan por el alcohol, pero mi pecho sigue congelado.
Sigo intentando descifrar por qué me molesta tanto después de haberla dejado vivir su vida.
¿Acaso esto es diferente? Sí, joder. Sí es diferente; no puedo hablar con ella, no puedo verla ni tocarla.
Me la han quitado de las manos y me han arrebatado la oportunidad de explicarle por qué no estoy…
Cada noche que la veía desde la lejanía asomada a su ventana mirando a todas partes, buscándome...
Cada noche mi alma se rompía un poco más con su decepción.
Eso es algo que Alessandro Brassi pagará con creces.