Capítulo 30 #2
Las manos me tiemblan y empiezo a notar una oleada de adrenalina proveniente del enfado que tengo. Estoy a punto de volver a gritar cuando Vova aparece por la puerta.
—¿A qué vienen tantos gritos? ¿Te has quedado otra vez paralizado con la pierna?—dice Sergei entrando detrás de su hermano. Lo fulmino con la mirada.
—Alessandro Brassi ha visitado hace unos cinco minutos la casa de los Giordano en Catania.
Los audios de las putas cámaras de mierda que pusiste no funcionan.
Haz lo que te salga de los cojones, pero consígueme esa puta conversación, Vladimir.
La quiero hoy. Estoy demasiado nervioso como para hacerlo yo mismo.
—miro a Sergei—. ¿Vladimir es tu puto nombre también? Lárgate gilipollas.
Sergei me saca el dedo del medio antes de salir por la puerta y dar un portazo.
Vova se sienta en mi silla y accede a las claves de las cámaras de los Giordano para ver si puede recuperar de alguna manera algo de voz.
Me siento en el sillón a esperar, pero la angustia y la incertidumbre me pueden.
Me levanto y empiezo a dar vueltas por la oficina.
Resoplo y me cabreo cada vez más; pasan los minutos, pasa incluso una hora antes de que Vova levante la vista de mi portátil, se quite el auricular y me hable.
—Esto va para largo, pero va. He accedido al teléfono de Brassi y estoy descargando toda la información que ha recopilado en la última semana.
El gilipollas lo tiene encriptado para que no acceda a la información de dentro, pero no para que acceda a los audios que se graban diariamente. Creo que para mañana lo tengo.
—¿Mañana? —me paso la mano por la cabeza casi rapada—. Joder, voy a matar a alguien de aquí a mañana.
—Quizá esté esta noche. No lo sé. —se encoge de hombros, me mira con cara inocente intentando aliviar mi ira.
—Esta noche me va bien. —le sonrió forzosamente.
Salgo de la oficina para irme a mi cuarto a por ropa decente para ver a Romanov, pero me paro en seco en la puerta. Mierda, no me viene bien esta noche. He quedado con Ania. Saco el teléfono y le escribo a la chica más guapa del mundo.
Yo: Me ha surgido una mierda esta noche…y no puedo ir.
Me arrepiento en cuanto el mensaje sale en dirección a su número.
Yo: Mierda, qué cojones… no aguanto tanto sin verte. Apágalo todo y quédate a oscuras. Voy para allá.
No es más de media tarde cuando llego a la casa de Ania, que muy obedientemente ha dejado todo a oscuras.
Como siempre, me espera en su habitación.
Pero esta vez, al no ser de noche, no la encuentro mirando por la ventana.
En cambio, está pintándose las uñas de los pies de color lila, con sus delicadas y feroces manos llenas de anillos de todas las formas y tamaños.
Espero unos segundos hasta que me mira y sonríe.
—Ya pensé que no venías, Cosi. —le hago un gesto con la mano—. ¿Qué pasa, no pensabas venir a acosarme ninguna de estas noches?
Avanzo a pasos gigantes por la habitación hasta llegar a ella; le arranco el bote de pintura de las manos mientras ella grita y se ríe.
—¡Vas a hacer que lo manche todo de pintura! Aún tengo las uñas sin secar. —le tapo la boca con la mano, pero no consigo callarla—. Cofi, laf uñaf. ¡Laf uñaaaaaaaf!
Es como el dinosaurio de internet, ese que no pronuncia bien porque no tiene mandíbula. Empiezo a reírme a carcajadas y veo cómo se queda muy quieta con los ojos como platos. Saco la pizarrita del cajón de su mesita de noche.
«¿La risa es un sonido extraño para ti, Tiff?»
—Oh, jodidamente sí. Es la primera vez que oigo un atisbo de tu voz. —dice con los ojos brillantes—. Es la risa más reconfortante que he escuchado nunca.
«Solo porque estoy contigo, preciosa. Solo contigo».
—Mierda, eres taaan mono. ¿Sabes de qué me acordé anoche? —le hago el gesto con la cabeza para que siga hablando—. Que no te he presionado lo suficiente para que me des tu nombre.
«¿Que tú no, qué? Me has presionado hasta el infierno y no, no soy tan estúpido. ¿Crees que no sé qué eres un soldado ejemplar? No tardarás ni tres minutos en atar cabos si te doy el más mínimo dato. Olvídalo»
—No sé si sentirme halagada o enfadada con esa contestación. —le guiño un ojo y ella los pone en blanco—. De verdad espero que esta mierda de ir de incógnito se acabe algún día. No sé cuánto tiempo más te voy a aguantar en este plan.
Voy a empezar a escribirle una respuesta genuina y divertida de las mías cuando mi teléfono empieza a sonar en el bolsillo. Lo saco y veo el nombre de Vova en la pantalla. Cuelgo y lo guardo de nuevo. Comienzo a escribir, pero el teléfono vuelve a sonar. Ania me mira.
—¿No quieres cogerlo para que no te oiga la voz? Eres ridículo. —se ríe echando sobre los almohadones de la cama.
La fulmino con la mirada y descuelgo el teléfono, rezando para que Vladimir sea lo suficientemente inteligente para no necesitar mucho más que un ruido para empezar a hablar.
—Mmmm. —digo al teléfono.
—Dios, dime que no has cogido el teléfono con ella delante.
—le gruño a modo de respuesta—. Escucha, tienes que venir.
Acabo de descargar toda la información del teléfono de ya sabes quién.
—vuelvo a gruñir, esta vez un poco más de tiempo—.
¿Eres una puta vaca? Joder, deja de jugar a las casitas y ven de una puta vez.
Te aseguro que no vas a querer perder el tiempo con esto.
Vladimir me cuelga el teléfono, lo quito de mi oreja y cierro los ojos echando la cabeza hacia atrás. Suspiro profundamente. Hace semanas que no la toco, que no la huelo… Me moría por estar con ella toda la noche, pero si Vova cree que esto es más importante, es que la cosa está realmente mal.
—¿Tienes que irte, verdad? —asiento con la cabeza—. Esperaba que te quedaras toda la tarde y toda la noche.
Me acerco un poco a ella y le acaricio el pelo. La agarro por la nuca y la acerco a mi pecho para abrazarla con fuerza. Ella me devuelve el gesto. Siento como me huele la ropa y se aferra a mí agarrándome la sudadera con los puños.
—No te vayas. No me importa tu nombre ni tu cara. No volveré a preguntar, pero no te vayas, por favor.
Mi corazón se acelera y se rompe un poco. La suelto un segundo y cojo la pizarra que había dejado en la cama.
«Me voy por trabajo. Es algo que no puede esperar. No me voy porque me hagas preguntas, Ania. Si te soy sincero, me molestaría que no las hicieras. Prometo volver lo antes posible».
Ania asiente con lágrimas en los ojos. Le levanto la cabeza poniendo los dedos bajo la barbilla.
Hago que me mire en la penumbra, me levanto la parte baja del pasamontañas y le beso la frente.
Le seco las lágrimas y pronuncio un «te quiero» silencioso, solo para que me escuche en un susurro.
En los suyos aparece una sonrisa y me abraza fuerte de nuevo.
—Yo también te quiero. Ahora lárgate antes de que te echen del trabajo. —me empuja hacia la puerta.
Le escribo la última nota en la pizarra.
«¿Quién te ha dicho que no soy yo quien está al mando, Tiffany?»
Le guiño un ojo y me voy a casa.
Entro en la mansión de muy mal humor por haber tenido que dejar a mi chica una vez más.
Me dirijo directamente a la oficina. A medio pasillo ya escucho a los chicos pegando voces y discutiendo.
No sé qué está pasando pero no pinta bien.
Abro la puerta y, en cuanto me ven ahí plantado mirándolos, se hace el silencio.
—Escúpelo. —digo mirando fijamente a Vladimir.
—Siéntate —entrecierro los ojos—. Joder, que alguien le quite las armas porque me va a disparar en cuanto abra la puta boca.
—Habla de una maldita vez, Vladímir, o te juro que... —me acerco amenazante a la mesa y él me corta a media frase.
—Fabrizio le ha dado la mano de Ania a Alessandro. —se echa hacia atrás en la silla cerrando los ojos mientras espera un golpe de mi parte—. Y cuando el viejo se fue a sus cosas, él le contó de tu existencia y de tu trato. Alessandro dijo que era una información que le hacía muy feliz.
—¿Que dijo qué? —sonrío para mí mismo—. O sea que lo que quiere es ¿joderme? Sabe que ella es mía y se la va a llevar igual. Que todo el mundo esté activo y a la espera para recibir órdenes en los próximos días. Estamos en guerra.
—Pavel —corta Alexei—. Ten la mente fría, porque va a jugar hasta el final y ella estará en medio.
—Mierda. ¡Joder! —tiro todo lo que tengo a mano— Cinco putos años, llevo cinco putos años a su lado. Cuidándola, hablando con ella cada puto día y necesitando verla. Aguantándolo todo para que pueda vivir una maldita vida y ahora viene este hijo de perra a joderlo todo.
—Vamos a solucionarlo, hermano. —Sergei me pone una mano en el hombro—. Vamos a quemarlo todo hasta que ella esté contigo.
—Joder… ¿Y si él consigue que lo quiera más que a mí?
Ni siquiera he cedido en contarle más cosas mías por mucho que me lo ha pedido…
Me ha llorado, se ha enfadado y la he decepcionado cientos de veces.
No le he dado lo que quiere y ahora lo hará él…
¿Qué haré entonces? —el suelo bajo mis pies parece desvanecerse.
—Lo matamos. —Kolya se encoge de hombros.
—Lo matamos. —repito, y respiro como puedo—. Lo voy a matar.