Diamante de sangre y poder (Diamantes de la Mafia nº 4) Capítulo 30
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Capítulo 30

Dos semanas después

Volví a la ley del hielo con Ania. No puedo creerme que, por diez minutos con ese hijo de puta, me haya mandado a la mierda.

Esto no va a quedar así; voy a pararlo como sea.

Ha llegado la hora de que todo salga a la luz, de decir la verdad.

No tengo más remedio que hacerlo ahora. Ayer me llegó un aviso de que alguien estaba buscando información sobre Ania.

Había puesto alertas en todas las páginas, pero no contaba con que el puto Carlo diera el chivatazo por hacerse el importante con sus amigos.

Le dijo a todo el puto mundo quién era ella.

Esta noche en el intercambio, le diré a Alessandro que voy en busca de Ania y que sea lo que tenga que ser.

Es mía y voy hasta el final. Levantaré suelos, bajaré cielos, quemaré el mismísimo paraíso y apagaré el infierno.

No me importa el coste, no me importa el tiempo.

Voy con todo lo que tengo a llevarme lo que me pertenece.

Porque quiero, porque puedo y porque no voy a dejar que ningún puto desequilibrado que no sea yo le ponga un dedo encima.

Llevo un par de horas en el campo de tiro sin dejar de darle vueltas al asunto…

pero, aun con esta distracción mental, no he fallado un puto disparo.

Miro el reloj de la pared; es hora de irse.

Lleno mi cargador y guardo mi pistola en su funda para poder subir a ducharme.

Hace ya mucho tiempo del accidente, pero la pierna me jode vivo cuando estoy cansado.

Subir los escalones es un infierno. Cuando llego arriba, estoy al borde del colapso.

¿Es posible tardar cinco putos minutos en subir un par de plantas?

Yo tampoco lo creía posible pero sí. Hasta ese punto ha llegado mi inutilidad.

Cuando llego al pie de las escaleras, me paro y las miro.

Salto de ellas al ascensor y de nuevo a las escaleras, sopesando la mejor opción.

No, hoy no es día de experimentar con la pierna.

Nunca se sabe cómo estará de ánimos ese cabrón de Brassi, así que prefiero estar con la energía bien cargada y el nivel de dolor al cero por ciento por lo que pueda pasar.

En mi habitación, saco la ropa de los cajones y me meto a la ducha.

Pongo el termostato del agua a tres grados para estar bien despierto.

Me enjabono lo más rápido posible, pero como siempre, me pongo bajo el cabezal de la ducha y dejo que el agua helada me aclare las ideas por un momento.

Respiro profundamente intentando reprimir las ganas de apuñalar en el corazón al Don de la Cosa Nostra en cuanto lo tenga enfrente.

Casi tengo una erección con ese pensamiento.

Joder, me encantaría sacarle el puto corazón y hacerle otro regalo a Ania con él.

Empiezo a reírme; la última vez creo que me llamó sádico. Si ella supiera…

Cierro el grifo, saco la mano de la ducha para coger la toalla y me enrollo en ella la cintura dando por terminado mi baño helado.

Me seco y me visto rápido. Sergei lleva cinco minutos llamándome al móvil.

Seguramente para que me dé prisa. Dice que tengo a Brassi demasiado enfadado como para llegar tarde al intercambio.

Además de tener a todos los viejos de la Cosa Nostra en tensión por nuestra relación laboral.

Ven un sacrilegio esta unión de clanes aunque sea mutuamente beneficiosa.

Me sudan los cojones todos y cada uno de los italianos de ese círculo.

La mirada de mi segundo cuando llego al garaje es, como mínimo, asesina.

Conducimos en silencio hasta el hangar donde es la reunión y esperamos tranquilamente hasta que llega Alessandro.

Según se acerca a nosotros, se enciende un cigarro y nos mira de arriba abajo creyendo que está al mando. Pedazo de mierda…

—¿Dónde coño está mi droga? —dice mientras me echa prácticamente el humo en la cara.

Noto a Sergei tensarse detrás de mí, pero hago un ligero movimiento de mano diciéndole a mi amigo que está todo bien. Debemos estar calmados.

—El cargamento llega mañana a primera hora en un barco de carga de material de construcción. Alexei y Sergei se encargarán del transporte hasta el punto que nos digas. ¿Mi dinero? —lo miro con una mezcla de desinterés y asco.

—Tendrás tu dinero cuando yo tenga mis cosas en su lugar. Ni antes ni después. No soy tan gilipollas de presentarme aquí con un maldito millón sin que tengas pensado darme un gramo de lo que me pertenece. ¿Crees que llegué al mando fiándome de cualquiera? Si se te ocurre joderme, estás muerto.

Mis hombres se mueven en cuanto Alessandro Brassi acaba de pronunciar esa frase.

Levanto visiblemente la mano para que todo el mundo se quede en su sitio.

Hoy no habrá reacción… pero tampoco perdón ni olvido.

Le sonrío con hambre depredadora mientras le tiendo la mano y se la estrecho.

Acto seguido, se da la vuelta y empieza a caminar.

Momento perfecto para tirar mi dardo envenenado.

—Es un placer hacer negocios con usted, Señor Brassi —le digo tratándolo de usted como señal de provocación—.

Le informo que quizás armemos un poco de jaleo en las calles intentando capturar a una persona.

Los Giordano me deben ciertas cosas y se niegan a dejarnos trabajar en su territorio.

No me dejan más remedio que buscar a su preciosa chica para que entren en razón.

—¿Qué chica? —la cara de Alessandro se descompone por un momento.

—Ania Giordano, la nieta del Don —puedo sentir que mi mirada se oscurece al pronunciar su nombre en voz alta.

—¿Fabrizio tiene una hija? No tenía esa información. —puta rata rastrera y mentirosa. Sé que han estado husmeando.

—Tuvo una preciosa muchacha con una sirvienta de la que se enamoró. Murió al dar a luz a la chica. Una lástima.

Cruzamos un par de frases más y, por la manera en la que ese cabrón se sube a su coche y acelera, sé que acabo de despertar al cazador, a la Parca. Que empiece el juego, entonces.

Me subo al coche con Sergei, que me mira de reojo durante todo el camino hasta que, en un semáforo, me giro para mirarlo a la cara.

—¿Vas a decirme que coño miras? —le espeto de mala manera.

—Pues la verdad es que me pregunto qué cojones acaba de pasar hace un rato y por qué no ha muerto desangrado ese jodido cabrón con una raja en la garganta. ¿Te has dejado los cojones en casa?

—Con esa puta pregunta dejas claro por qué soy yo el que está al mano y tú eres el gilipollas que recibe órdenes —digo mientras piso de nuevo el acelerador—. He presionado el botón de alarma de su cerebro. Voy a por algo que él cree poseer.

—¿Y eso te beneficia porque…? —Sergei eleva las cejas abriendo los ojos, instando a que le dé la respuesta.

—Me beneficia porque sus siguientes pasos van a ser precipitados con la presión que acabo de crearle.

Va a querer estar por delante de mí a toda costa —le explico—.

Irá detrás de ella y la angustiará; cosa que ella odia, por ejemplo.

Quiero que cave su propia tumba tanto con ella como con lo demás.

Ahora que va a por algo que es mío, yo iré a por él. Hasta el final.

—Eres un cabrón retorcido. —se ríe Sergei recostándose en el sillón del coche.

—Por eso estoy al mando.

Me despierto por la mañana con una especie de resaca emocional después de la reunión de ayer. Nadie sabe el placer que me da ni entiende lo que me produce presionar los botones de los demás.

Desayuno con los chicos y me pongo con algunos papeles que se me han quedado atrás. Mi teléfono vibra; dos notificaciones. La primera, para mi sorpresa, es un mensaje de Ania. Lo abro.

Ania: Te echo de menos. Siento estas semanas de silencio de mierda, pero tienes que entender que tienes mi cabeza hecha un lío. ¿Puedes venir esta noche?

Quisiera tirarme encima del teclado y reventar las teclas escribiéndole que sí, que no faltaré a esta cita que me pide… pero tengo que contenerme. Ya sabe de sobra que bebo los vientos por ella. No hay que recordárselo cada vez que me habla. Respiro profundamente y escribo con paciencia.

Yo: Solo tenías que silbar, Tiff. Nos vemos esta noche. No puedo esperar a probarte de nuevo.

Estoy a punto de abrir la segunda notificación del teléfono cuando el globito de la conversación con Ania aparece con su respuesta. Una carcajada sale de mi garganta. Esta chica siempre consigue que el humor aflore.

Ania: He dicho vernos, no comernos.

Yo: Tú has dicho verme, yo he dicho comerte.

Dejo a mi chica un rato y abro la notificación pendiente, una que me hace estallar.

El reconocimiento facial de la casa de Fabrizio ha detectado algo fuera de lo normal, una cara nueva.

Y no es ni más ni menos que el puto Alessandro Brassi.

No contaba con que ese cabrón fuera a meterse en territorio de otro jefe.

¿Qué cojones quiere? Voy cambiando de cámara en cámara buscándolos por la casa, hasta que doy con ellos en la oficina de Fabrizio.

Cómo las putas cámaras no tienen audio, no puedo enterarme de nada.

Miro atento el lenguaje corporal de los tres hombres que están en la sala.

Alessandro derrochando una seguridad con la que me dan ganas de sacar mi cuchillo KABAR y reventarle un ojo de una puñalada profunda.

Fabrizio primero muestra interés y luego tensión.

El viejo Don primero muestra preocupación y luego cambia a aceptación.

La reunión tarda como una hora hasta que salen a la puerta.

Don Francesco, el abuelo de Ania, se despide de Alessandro y se vuelve a meter en la casa.

Fabrizio aprovecha el momento para alejarse un poco con mi enemigo número uno y hablarle en privado.

Alessandro se tensa un momento y luego se ríe como un loco.

Le da un golpecito a Fabrizio en el hombro para despedirse de él y se va.

—¡Vladimir! ¡Vladimir! —llamo a gritos—. ¡Vladimir, ven aquí!