Capítulo 29
Dos meses después
—No puedes librarte esta vez, Pavel. El Don dice que es poco serio que no aparezcas en ningún intercambio. —me dice Sergei—. Tienes que ir al siguiente.
—Esperaba poder darle largas, pero está bien. Si tan enamorado está de mí, iré. —me encojo de hombros.
El teléfono vibra en mi bolsillo; de nuevo el sensor de la puerta de Ania dándome el aviso.
Sophie acaba de entrar con una botella en cada mano y están las dos bastante arregladas…
Supongo que después de dos meses intentando que salga de fiesta, al fin lo ha conseguido.
¡Joder! Me moría por verla y tocarla de nuevo; saborearla y oírla disfrutar.
A lo mejor si no vuelve muy tarde, puedo verla un rato.
Sí, eso es exactamente lo que voy a hacer: voy a colarme en su casa y a esperar que vuelva.
Si fuera por mí, iría a donde ella fuera para controlar que todo vaya correctamente.
Pero como me duele un poco la pierna después del entrenamiento…
lo doy por imposible. Me viene una idea a la mente.
Miro fijamente a Vladimir hasta que se da cuenta de que lo observo.
—¿Por qué me estás mirando así? Mierda, me estás dando miedo —me dice con un vaso a medio camino entre la mesa y su boca—. Vas a pedirme alguna mierda, ¿verdad?
—Hoy harás de escolta. Arréglate. —le guiño el ojo.
—¿Escolta, yo? ¿Quieres que vuele algo por los aires sin decirme que vuele algo por los aires? —me pone ojitos—. Oh, en ese caso iré. Solo tengo una condición —me sonríe descaradamente—. Me llevo como mínimo a Kolya.
—¿Cómo que mínimo a Kolya? —Sergei se lleva la mano al pecho, haciéndose el dolido—. Mierda, Vova… Soy tu puto hermano de sangre.
—Id todos si queréis. Yo tengo ronda nocturna.
—Así que la reina de las armas ya te ha perdonado del todo, ¿eh? —se ríe Sergei—. No sé si darte la enhorabuena o mandarle a ella un bono regalo de diez sesiones para el psicólogo. ¿Cómo se puede perdonar tan fácilmente a un cabrón como tú?
—Vete a la mierda. —le saco el dedo y le tiro a la cabeza el tazón de helado vacío.
Sergei empieza a gritar y todos nos reímos. Joder, espero que ella se siente en esta mesa algún día y lo disfrute tanto como yo.
Mando a Vova y a los demás tras las chicas a la discoteca.
Van bien equipados, con una cámara camuflada en uno de los botones de su camisa.
Así, mientras estoy en mi habitación esperando que me den carta blanca para ir a casa de Ania a buscarla, puedo ver todo lo que pasa en la discoteca en la que están.
Vladimir me ha dicho que han ido a la Atenea.
Y no me gusta nada que vaya a los locales de la Cosa Nostra, pero como son italianas, no me queda otro puto remedio, de momento.
Vladimir está apoyado en la barra y veo cómo las chicas están pidiendo no muy lejos de él.
Sophie le hace ojitos al camarero con poco disimulo, haciendo que el muy cabrón se saque una tarjeta del bolsillo de atrás y se la entregue en mano.
¿Qué cojones es eso? Una vez que cogen las copas, se dan la vuelta, y sin dejar de bailar se dirigen hasta la escalera de la zona VIP.
Sophie saca la tarjeta que acaba de entregarle el camarero y se la da al portero, al mismo puto portero al que le sacamos el arma la primera noche que fuimos por el Atenea.
Vova intenta moverse entre la gente en dirección a las chicas; tarea difícil con la cantidad de bulla que hay esta noche…
Las chicas suben mientras ellos siguen intentando llegar.
—¿No podéis subir al reservado? —le pregunto a Vova—. No veo nada de lo que está pasando ahí arriba.
—Voy a subir al reservado pero vas a pagarlo todo, absolutamente todo, tú. —se ríe—. Estoy en horas de servicio y eso significa que todo corre a cuenta del jefe.
—Ni que fueras pobre como cuando te encontré, maldito cabrón. Sube al puto reservado y pásame luego la factura.
Los chicos se ríen a través de los pinganillos.
Caminan abriéndose paso hasta el reservado.
Escucho y observó cómo hablan con Mikhail, el portero, dándole un par de billetes de los buenos para subir al VIP.
Al fondo hay un par de mesas, una más oculta que otra.
Los chicos se sientan en la más alejada, pero no en la del final ya que esa la ocupa el Don con su hermano y su segundo. Éramos pocos…
Ania está bailando un poco con Sophie hasta que veo cómo se tensa y agarra de la mano a su amiga.
Tres segundos después aparece Carlo en la escena.
No puedo escuchar la conversación porque los chicos están lejos y hay mucho ruido, pero el lenguaje corporal de las chicas me dice que no está siendo agradable.
Carlo agarra a Ania del brazo y ella se zafa de él de mala gana, yéndose escaleras abajo de vuelta a la pista con todo el mundo.
Este cabrón la sigue con la mirada con un rostro inundado por un odio profundo.
No como Alessandro, que se ha levantado de su asiento y se ha asomado a la barandilla que da a la pista en cuanto ella ha bajado.
Ese es un gesto que no augura nada bueno para mí.
Se queda ahí parado durante un momento y luego se dirige hacia las escaleras, pero su hermano, su segundo y el portero le impiden bajar a la pista.
La cámara de Nikolai se acerca disimuladamente hacía el lugar donde están hablando los hombres.
Empiezo a ponerme nervioso y a sentirme impotente aquí en casa sin poder partirle la cara a ninguno de los dos.
Sergei se levanta detrás de Nikolai y se pone a su lado. Los dos hacen como si estuvieran manteniendo una conversación para no levantar sospechas, pero en realidad empiezan a hablar conmigo a través del pinganillo.
—Hermano, no te va a gustar lo que acaba de pasar. —dice Nikolai—. Alessandro Brassi ha mandado al puto portero traidor a buscar a las chicas para subirlas aquí. No sé con qué intención.
—¡Lo sabía, lo sabía desde el puto momento en que lo he visto levantarse! —maldigo—. No lo pierdas de vista.
Unos diez minutos después, aparecen el portero y las chicas.
Las dos absolutamente pálidas. Tan pálidas que puedo verlo a través de la cámara con la penumbra de la discoteca.
Antes de que puedan acercarse al Don, Carlo vuelve al ataque.
Esta vez Alessandro se mete en medio después de que la agarre de nuevo y es él quien aparta la mano de Carlo.
Hay una conversación que no controlo desde nuestra posición.
Solo puedo ver que el Don cada vez está más nervioso, tanto que no llevan ni tres minutos hablando y ya le ha partido la puta nariz de un puñetazo.
Joder, no sé qué está pasando y me estoy volviendo loco.
—¿Alguien me puede decir qué carajo está pasando? —grito a través de la cámara.
—El Don le ha preguntado a Ania que ha pasado con ese capullo y ella se lo ha soltado todo. Al parecer no le ha gustado la respuesta que él ha tenido ante las explicaciones de ella, así que le ha hecho una rinoplastia de manera gratuita made in Italy.
—¿Con qué puto derecho la defiende? Mierda, voy para allá.
—¡No! No es el momento de que descubras el pastel. Mucho menos ahora que este cabrón está de los nervios.
Alessandro se da la vuelta, mira Ania y le pregunta algo. Ella responde con lo que parece timidez y le sonríe. ¡Ella sonríe! La ira corroe y carcome mis venas; cada puta vena y arteria de mi cuerpo. No me contengo, cojo el teléfono y escribo.
Yo: Si le sonríes así a alguien más que no sea yo, está muerto. Me da igual que sea el puto don de la Cosa Nostra.
Tarda un poco en sacarse el teléfono del escote con disimulo.
Lee el mensaje a escondidas y se tensa. Empieza a mirar a todas partes buscándome, buscando una cara que no conoce, buscando algo que me delate.
Máximo, el segundo del Don, agarra de la mano a Sophie y Alessandro pone la mano en la espalda de Ania para dirigirlas hacia la puerta de atrás del reservado.
Ni de puta coña. En cuanto llegue a su casa, voy a estar ahí esperándola para decirle un par de cosas.
¿El puto don de la Cosa Nostra? No gracias.
Me preparo y salgo disparado en el coche hacia su casa.
Esta vez no aparco en la parte de atrás.
Aparco en un lateral, me dirijo a la puerta de entrada y busco la parte más oscura que encuentro.
Tengo suerte porque no he acabado de camuflarme cuando aparece el coche y tanto Sophie, en compañía de Máximo, como Ania se bajan del coche. Alessandro para a Ania.
—Aún no me has dicho cómo te llamas.
—¿No eres tú el Don del que todos hablan? —creo que voy a vomitar—. ¿No puedes torturar a alguien para que te lo diga? —saco mi arma para dispararle a los sesos a ese perro si se baja del coche—. Es una pena, Alessandro.
Desde mi posición veo cómo se aprieta la mandíbula de ese cabrón.
¿Le ha lanzado un puto reto? Los celos para los inseguros, yo tengo un machete que pienso usar en la garganta de ese hijo de puta que se come a Ania con los ojos mientras entra en su edificio.
El coche se va y yo me quedo ahí plantado, perplejo por lo que acaba de pasar.
¿Acaban de tontear? ¿Acabaré la noche sin matar a Máximo?
Espero unos minutos y entro en el edificio.
Subo las escaleras hasta la planta del apartamento y me mantengo a la espera.
Espero el silencio para salir por la ventana del rellano y desplazarme por las cornisas hasta la ventana de la habitación de Ania.
Le doy un golpecito al cristal; ha cerrado la ventana.
Tarda un poco en asomarse. Abre para que pueda entrar, pero no sin fulminarme con la mirada primero.
Me cuelo dentro y la empujo contra la pared.
Quiero decirle tantas cosas que ni siquiera sé por dónde empezar.
—¿Enfadado? —me pregunta y yo asiento con la cabeza—. Sabía que estabas espiándome. Te mereces el enfado. Además, tampoco esperaba que pasara esto…. Por cierto, te he comprado una cosa. Déjame moverme.
Ella se remueve y yo aflojo el agarre. Se va a su armario y saca algo cuadrado. Se da la vuelta y empieza a dar saltitos hacia mí.
—Te he comprado una pizarra de esas de rotulador. Que no quieras hablar no significa que acabemos con todo el Amazonas para que me escribas notitas en papel, ¿no crees? —niego con la cabeza y pongo los ojos en blanco—. Sé que te encanta. Ahora ya puedes enfadarte. Vamos a estrenarla.
«No te quiero cerca del Don. No es de fiar».” « »
—Solo estás celoso. Es bueno.
«Ania, no juegues con mi puta paciencia. No lo quiero cerca de ti. Me perteneces. Ya dejé que experimentaras eso de tener un novio. No se va a repetir, ¿me oyes?»
—No puedes marcarme para siempre y no querer ir más lejos conmigo.
Me tienes mareada con tu forma de marcar territorio y luego desaparecer.
No puedes querer algo, no cogerlo y apartar a los demás para que no lo cojan tampoco.
Me estás aislando y no voy a permitirlo, no si sigues sin elegirme.
Se acabó. Estoy harta de este tira y afloja entre nosotros.
—me dice cruzándose de brazos y levantando las cejas.
Mi cuerpo se congela ante sus palabras. ¿Esto es lo que pasa cuando Alessandro aparece? Ni de coña. Empiezo a escribir, pero me agarra la pizarra y tira hacia abajo.
—Vete, por favor.
Agarro con fuerza la pizarra y la lanzo contra la ventana; rompo el cristal y la miro con los ojos abiertos. Esto no se va a quedar así. Escucho movimiento en el salón, y antes de empeorarlo más, saco el cuerpo por la ventana y me voy… Si Máximo me descubre, se armará jaleo y sé que lo mataré.