Diamante de sangre y poder (Diamantes de la Mafia nº 4) Capítulo 28
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Capítulo 28

Dos meses después de la fiesta de disfraces

Todas y cada una de las noches en las que no he tenido reuniones o trabajo de oficina, he estado observando a mi chica enfadada a través de las cámaras; porque es mi chica aunque ella no lo admita, aunque siga jugando la carta de «no sé quién eres», «las cosas no funcionan así», «tengo novio».

Novio, por cierto, al que no ha sido necesario cortarle la mano por pesado.

Cada vez que veo por las cámaras que intenta meterle mano a Ania —sí, a pesar de mi advertencia—, ella le para rápidamente los pies.

Lo único que no me gustó fue el momento en el que ella tuvo que decirle la verdad sobre quién era para justificar el por qué no quería acostarse con él.

Se supone que las princesas de la mafia deben llegar vírgenes al matrimonio, tradición de lo más arcaica, por cierto.

Aunque en el mismo momento que ella soltaba esas palabras yo veía en su cara la puta mentira.

Notaba el fuego en sus venas cada noche al irme de su cama; la ira cuando la dejaba allí solo con un beso.

No quiere acostarse con ese hijo de puta: es solo una excusa.

Sé que si me dejara llegar un poco más, follaríamos hasta quedar exhaustos.

Miro el reloj. Son las tres de la tarde de un lunes cualquiera.

Miro a los caballeros con los que estoy reunido en el muelle de carga del aeropuerto mientras esperamos que llegue todo el cargamento de Romanov.

Me doy cuenta que es el último puto sitio donde quiero estar.

Saco el teléfono y abro las cámaras de seguridad del apartamento de Ania.

Todo apagado. ¿Dónde cojones está? Romanov empieza a hablarme y tengo que guardar el teléfono, después de activar la alarma del sensor de movimiento del apartamento para que, en cuanto aparezca por la puerta, me llegue una notificación.

Llevo una puta hora en el muelle de carga y por fin me llega un aviso.

Acaba de llegar a casa hace unos minutos y todavía tiene el bolso colgado.

No sé qué ha pasado; hace muchos movimientos con las manos y Sophie va detrás de ella por donde quiera que se mueva.

Me aparto un poco de la gente y subo el volumen para escuchar la conversación.

—¿Cómo se atreve a follarse a otra en el coche? —se lleva las manos a la cabeza—. ¡Y tan cerca de mi casa! ¿Es que todos los hombres están empeñados en ver quién es el más hijo de puta? Estoy harta, joder.

—Tía, tranquila, ya sabíamos que había alguien más. —llaman a la puerta, o mejor dicho la aporrean. Sophie la abre y da un paso atrás—. Mierda, ya estás aquí.

—Apártate —Carlo la empuja y yo ya estoy en tensión, apretando el móvil con la mano—. Ania, escúchame. Ha sido un error. Yo no quería.

—¿Eres gilipollas? Estabas en tu puto coche con esa golfa. No me vengas con tonterías.

Un sinfín de insultos e improperios salen de la boda de Ania, marcando la sentencia de Carlo Rizzo para siempre.

Se acabó. El cabrón empieza a ponerse nervioso y echa a Sophie de casa.

Se arrodilla ante Ania y al ver que no consigue nada…

¿Está sacando la puta pistola? Marco el número de Ania y la llamo.

Escucho el teléfono sonar… Ella mira su bolso pero no se mueve; tiene la puta pistola de Carlo en la sien.

Me descubro sin pensarlo. Descubro las cámaras pero no mi voz.

Activo el cambio de sonido y hablo por el sistema de cámaras de seguridad.

—¡Baja el puto arma ahora mismo, cabrón, o te juro que en menos de tres minutos te mandarán la invitación para el funeral conjunto de toda tu puta familia!

—Carlo abre los ojos como platos y Ania...

Ania pone los ojos en blanco—. Baja el arma y sal de esta casa.

Lárgate. No vuelvas si no quieres morir, bastardo hijo de puta.

Carlo baja el arma mientras veo cómo se pone rojo de la ira. Obedece a duras penas. Ya sabe lo que le va a pasar si no lo hace; su pie se lo recuerda… Incluso sus amigos se lo recuerdan.

Sale de casa pegando un portazo. Ania coge el vaso de agua de la encimera y lo lanza contra la pared estallándolo en mil pedazos.

Grita y llora sin descanso, pero no digo una sola palabra.

Mi pecho está acelerado y el aire apenas puede moverse por mis vías respiratorias.

Ania se pone a moverlo todo por la casa, revolviendo armarios, sofás y ropa.

—¿Dónde coño has puesto las cámaras? Te crees con derecho a vigilarme otra vez después de no aparecer durante meses…

¡Vete a la mierda! —se arrodilla en el suelo—.

Vete a la mierda por dejarme tirada aquella noche en la que murió Arturo.

Vete a la mierda por llamarme cada día, por las flores que me mandas y por los mensajes que recibo.

Vete a la mierda por dejarme en aquella fiesta, por no venir durante meses y, aun así, por no dejar que me olvide de ti sin ni siquiera decirme quién eres, Cosi.

Te odio por quererte sin saber tu nombre.

—Lo siento. —digo a través de las cámaras—. De verdad que lo siento, pero aquella noche, cuando lo de Arturo, estuve a punto de morir. No me odies, por favor.

—Estoy tan harta, tan harta de querer ser amada y solo encontrar baches en el camino.

Dijiste que estabas ocupado aquella noche, no que te hubiera pasado nada.

¿Por qué mentiste? Joder, y ni siquiera así me dejas escuchar tu voz ni ver tu cara…

¿Cómo voy a confiar en ti otra vez? —se mete en el baño y cierra la puerta.

Tres segundos después, sale y le habla al aire—. ¿Hay cámaras en el puto baño, Cosi?

—No, preciosa. No las hay. Estoy enfermo pero no tanto. —se ríe y entra de nuevo—. Voy a apagar las cámaras; no hables sola como si estuvieras loca, ¿vale? Llámame si necesitas algo.

Asoma la mano antes de cerrar la puerta y me saca el dedo del medio. No puedo evitar reírme. Decidido. Esta noche vuelvo a colarme en su casa como semanas atrás. Total, ¿qué puede pasar?

La tensión que ha sentido mi cuerpo en estos últimos meses se desvanece poco a poco ahora que Ania parece necesitarme.

Incluso la cena con estos animales que viven conmigo me resulta mucho más liviana.

Sergei me informa que en unas semanas tendremos un intercambio con Brassi en el hangar; inmediatamente lo pongo al mando.

Quiero interactuar lo justo con ese cabrón.

Sé que a la mínima palabra que crucemos, sacaremos las armas sin pensar.

Nos soportamos lo justo para no matarnos cuando tenemos que negociar cualquier mierda, cosa que hacemos en su oficina normalmente.

Lo quiero lejos de mis propiedades, tanto que de hecho no sabe ni siquiera dónde vivimos.

No lo quiero rondando por aquí o mandando algún secuaz a vigilar mis movimientos.

A media cena me llega un mensaje de mi madre, completamente agotada del comportamiento de mi hermano.

No tengo dudas de que en cualquier momento llegaremos a un punto de no retorno en el que Gavrel me hará la vida imposible hasta reclutarlo.

Así que pronto tendré que presentarme allí y «pedirle permiso» para llevarme un posible soldado de su territorio. Cosa que le guste o no, va a pasar.

Pasamos de la comida al postre: una botella de vodka Beluga recién traída de San Petersburgo.

Sirvo la primera ronda y, a grito de un «¡Na zdorovie!

», nos bebemos el vaso de un trago. Mi móvil vibra de nuevo, pero me doy el tiempo de tomar tres vasos más antes de seguir el drama con mi madre.

Me olvido del aparato hasta que voy a servir el cuarto trago y me acuerdo de que ha estado sonando.

Lo saco del bolsillo y observo como mi plan de asalto nocturno se va por el retrete.

No era mi madre, era el sensor de la puerta de Ania.

Ha llegado Sophie y parece estar intentando algo con mi chica, quien no deja de decir que no.

En un momento dado, Ania echa a su amiga de casa y mira a la cámara, dándome a entender que ha descubierto dónde están.

Me levanto de la mesa un poco torpe. Después de un par de horas sentado, la pierna está ligeramente dormida y dándome guerra.

Los chicos empiezan con el pitorreo y les saco el dedo del medio mientras salgo del comedor.

En la pantalla, Ania está hablando, pero como no tengo los auriculares puestos no me entero del todo.

Entro en mi cuarto y subo el volumen a tope mientras los busco.

—Que sepas que he echado a Sophie y le he dicho que no a una súper fiesta porque espero que vengas arrastrándote como el perro que has sido últimamente.

—¿No te dije que no hablaras sola para no parecer una loca, Tiffany? —le pregunto mientras me pongo los auriculares—. Puede que sí que aparezca esta noche, preciosa, y puede que sí que me arrastre hasta tu cama. Quizá haga que grites o quizá que ruegues…

—Oh, quizá, quizá, quizá… Cuántas incógnitas, ¿no, Cosi?

—Lo sé, preciosa. Pronto descubriremos cuál de ellas se cumplirá.

—Aham, ¿has cenado? —me pregunta intentando seguir enfadada.

—No —no puedo hacer otra cosa que mentir. Cada vez que cocina huele que alimenta—. Tengo un hambre que me muero.

—Ya… has cenado y vas a repetir aquí. ¿Verdad?

—¿Puede? —cierro la aplicación y la dejo riendo como una loca.

¿Es posible que me conozca tan bien después de todo?

Quizá solo le falte mi rostro y mi nombre, mi voz, mi piel, mi trabajo…

No, es imposible. No me conoce para nada.

Esto ha sido una casualidad, por aquella vez que le dije que me encantaba comer.

Lo que me deja asombrado es que aún se acuerde de eso.

Cojo de mi armario la ropa y el pasamontañas que llevo siempre cuando voy a verla, después de un tiempo olvidados en el fondo de un cajón.

No me olvido de las ganzúas porque, aunque ella sabe que entro en su casa, le ve algo erótico a que lo haga sin llamar.

Le gusta que me cuele en el apartamento y la sorprenda.

Bajo tan rápido como puedo hasta el garaje, arranco el coche y me dirijo hasta la parte trasera de su edificio.

Desconecto por costumbre el sistema de seguridad, entro y subo las escaleras con bastante trabajo.

Empiezo a mover las ganzúas dentro de la cerradura hasta que consigo abrir.

La casa está en absoluto silencio. La oscuridad inunda la estancia principal, pero puedo observar un atisbo de luz al fondo, en su habitación.

Cierro la puerta muy despacio y entro con una cojera bastante acentuada después de unas cuantas plantas de escaleras.

Está sentada en la cama tranquila, mirando por la ventana mientras le da vueltas al anillo que le regalé.

La luz de una pequeña lámpara que adorna su mesita de noche ilumina su perfil y no puedo hacer otra cosa que apoyarme en el marco de la puerta a admirarla.

Por un momento me doy cuenta que a los pies de su cama están cuidadosamente apilados todos y cada uno de los ramos de flores que le he mandado durante estos meses.

—¿Vas a quedarte ahí toda la noche o vas a venir arrastrándote como un perro hasta mis pies, Cosi? —me dice sin darse la vuelta—. Llevo semanas esperando que aparezcas por esa puerta y te arrastres pidiendo perdón.

Sin pensarlo dos veces y, a pesar del maldito dolor de pierna que me consume en este momento, me arrodillo en el suelo y gateo hasta ella.

Me arrodillo a sus pies cogiéndole uno con suavidad, Me levanto un poco el pasamontañas y comienzo a besarle el empeine.

Ania me agarra por la barbilla y me tenso por un momento pensando que va a descubrirme mientras tiro de la tela que me cubre la cara, pero lo único que hace es tirar de mí hacia arriba y besarme.

Me besa con suavidad y luego con fuerza, como si el aire fuera insuficiente en su cuerpo y quisiera arrancarlo de mí para poder vivir.

Justo lo que he sentido yo este tiempo sin estar con ella, justo lo que necesitaba: arrancar el vacío que sentía, acortar la distancia entre nosotros, oír su voz.

—No me refería a esto cuando te he preguntado si tenías hambre, Cosi. —corta el beso entre nosotros, pero me da unos cortos y pequeños besos entre palabra y palabra—. Hay cena en la cocina. ¿Picnic en la penumbra?

Me saco un papel y un boli del bolsillo y le garabateo.

«No pienses que vas a librarte de mí tan fácilmente, Tiff. No serás mi cena, pero sí mi postre»

—No pienso follar contigo, Cosi. Ya lo sabes, no después de aquella fiesta—me empuja hacia atrás.

«Follar y comer no es lo mismo, preciosa. Hoy eres mi postre»

Le escribo. Ania se pone roja cual tomate, pero sé que luego me lo agradecerá.

Como aquella vez que la tiré en el sofá y la presioné contra él con mi cuerpo.

Notaba como su piel irradiaba electricidad, que se duplicó en cuanto metí la mano en su pantalón de pijama.

Inmediatamente, noté como se mojaba y mis dedos tuvieron acceso completo a su cuerpo.

La mimé tanto como pude sin dejar de desear que fuera mi polla lo que estuviera dentro de ella en lugar de mis dedos.

Cuando llegó al clímax, me apretó con su musculatura y puedo jurar que casi me corrí pensando en cómo se sentirá eso cuando la hiciera oficialmente mía.

—¿Me explicas por qué te brillan los ojos? —me pregunta sacándome de mi recuerdo.

Le quito el papel de las manos y escribo de nuevo.

«Recordaba la vez que te corriste en mis manos preciosa. Estoy deseando repetir la experiencia con mi boca esta noche.»”

De hecho, ni siquiera espero a cenar su estupenda comida; le sonrió en la penumbra y me abalanzo sobre ella.

La beso con fuerza, la muerdo y la saboreo.

Meto mi mano en sus pantalones y ella coge aire sorprendida por lo que estoy haciendo; no se opone.

Meto dos dedos en su interior y escucho como gime tímidamente.

Sentir su calor húmedo es una puta locura.

La penetro una y otra vez con mi mano hasta que deja de sentir vergüenza.

La miro a los ojos y veo la leve luz de la ventana reflejarse en ellos.

Le quito los pantalones y las bragas sin dejar de mirarla y llevo mi boca a su centro.

Meto mi lengua en sus pliegues y siento el éxtasis de su sabor contra mis papilas gustativas.

Mi polla hace presión contra la bragueta y quiero explotar de puto placer.

Ania agarra mis hombros con sus muslos y monta mi boca; cabalga mi lengua y solloza buscando el placer.

Cuando por fin se corre, todo su elixir inunda mis sentidos y no puedo hacer otra cosa que apartarme y sentarme en el sillón de la esquina.

Me bajo la cremallera y me saco la polla para bombearla mientras la miro derrotada en su cama, con las piernas a medio abrir, en el final de su orgasmo mientras me observa buscar mi propio placer.