Diamante de sangre y poder (Diamantes de la Mafia nº 4) ​Capítulo 27
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​Capítulo 27

Ania: Esta noche voy con Sophie a una fiesta de disfraces.

Un mensaje de Ania me saca de la concentración del momento. Estoy entrenando en el gimnasio de casa con Sergei y por culpa de ese mensaje me llevo un derechazo.

—No estás a lo que tienes que estar. Concéntrate o te romperé esa cara bonita que tienes para dejarte como Cuasimodo.

—Y aun así, ligaría mil veces más que tú en cualquier parte— Kolya intenta molestar a Sergei desde la esquina.

Se sacan mutuamente el dedo del medio, pero no me río.

No me hace gracia pensar que esta noche ella vaya a salir por ahí disfrazada de Dios sabrá qué cosa.

Todos sabemos que los disfraces hacen que la gente se desinhiba.

No es que me preocupe que ella se vuelva loca.

Me preocupa que algún hijo de puta se crea inmune a todo por ir con la cara tapada y se vea envuelta en alguna mierda.

—¿Os hace una fiesta de disfraces esta noche?—pregunto sin ni siquiera mirarlos a la cara.

—¿Cuántos años tenemos, quince? —Sergei se queja—. ¿No podemos salir como gente normal?

—No sabía que te consideraras normal —Kolya lo mira con asombro y le corta cuando quiere contestarle—. Ah no, ahórrate la explicación. Yo me apunto, Pavel.

—Ninguno en esta casa somos normales y el disfraz que he pensado no sale de nuestra zona de confort… Poneos la ropa de trabajo y un pasamontañas. Seguimos sin poder dejarnos ver.

—Eso quiere decir que Ania está en el ajo —suspira.

—¿Tenías dudas cuando ha preguntado si queríamos ir a una fiesta de disfraces? Joder, y luego dice que es normal… Ni siquiera le funciona el cerebro.

Los dejo discutiendo en el gimnasio mientras salgo para pillar algo de comer en la cocina, antes de una reunión online con Karsov. Por el camino le respondo el mensaje a Ania.

Yo: Allí te veré. Soy el de la ropa de combate y el pasamontañas ; )

Ania: ¿Cara tapada? Guau, esa novedad me tiene asombrada, pero no era una invitación.

Yo: Lo que me asombra a mí es que sigas creyendo que necesito una puta invitación para ir adonde sea que estés.

Ania: Podrías preguntar al menos… sería muy caballeroso de tu parte.

Yo: No soy nada de eso. También me asombra que aún no te haya quedado claro.

Ania: A veces sí... Inténtalo. Te reto.

Yo: Oh, ¿me retas? Bien, juguemos a eso. Ania, obsesión de mis obsesiones, me encantaría ir a tu fiesta de disfraces y poder matar a todo el que se te acerque. ¿Puedo acompañarte?

Ania: Buuuuu, malísimo. Vuelve a intentarlo.

Yo: ¿En serio? A ver…

Yo: Mi preciosa Tiff, me muero por saber de qué vas a disfrazarte y qué llevarás debajo. Me encantaría verte y arrancarte luego lo que sea que vayas a ponerte. ¿Puedo ser tu acompañante?

Ania: ¿Lo ves? No costaba tanto... Buen chico. Puedes venir.

Yo: Gracias, preciosa.

Yo: Ah, por cierto, sigue en pie lo de matar a todo el que se te acerque. Te veo esta noche.

Ania: Eres imposible.

Yo: Eso dicen. Nos vemos luego.

Salgo de la cocina con un tazón de cereales y un batido de proteínas para recuperar lo poco que ese cabrón me ha hecho gastar.

El único que me hace sudar de verdad la gota gorda es Alexei, pero ha ido a desfogar un poco de energía a ese club nuevo que ha descubierto; lleva un tiempo nervioso y solo se relaja cuando va allí.

No he visto un tío al que le gusten más las bailarinas de barra que a él.

No me sorprendería si un día viniera a proponerme abrir nuestro propio antro de striptease.

Subo a mi habitación, me deslizo tras la mesa que tengo para cuando no quiero estar en la oficina, pero me queda algo de papeleo, y abro el chat de vídeo con Gavrel. La pantalla se abre, dejándome ver la cara de ese cabrón.

—¿No tienes camisetas o es que es la nueva moda en Milán? —se ríe.

—No eres tan importante como para ponerme una puta camisa, Gavrel. Vengo de patearle el culo a mi segundo. —gruñe en respuesta— Supéralo, no pudiste quebrarlo y ahora es mi protegido. Olvídalo.

—¿Quién te dice que no pude quebrarlo, Pavel? —su risa hace que mi piel se electrifique. La maldad sale a borbotones de su cuerpo.

—¿Alguien va a contarme algún día que pasó en aquella misión? Sé que fue jodido, pero no quiere decirme el por qué.

—No hoy, no es el asunto a tratar.

Y así como si nada, una conversación que ha comenzado nada tensa se vuelve un bloque de hormigón entre nosotros. Algún día, esto explotará y sé que Karsov lo pagará; no tengo ninguna duda de que Sergei armará un buen lío cuando ya no pueda contenerlo más para sí mismo.

La discoteca está abarrotada de disfraces que parecen directamente sacados de una fiesta en la mansión PlayBoy; hay conejitas, gatitas, diablesas y angelitas.

En resumen, todo disfraz con el que se puedan poner unos mini shorts es válido.

Los hombres, sin embargo, son más imaginativos y variados; hay presos, policías, jokers, zombis, egipcios, jugadores de fútbol americano…

y, por supuesto, ningún soldado. Nos hemos encargado —o más bien un par de billetitos grandes— de que no entre ningún tipo de disfraz militar en esta fiesta.

Eso me facilita las cosas. Ania no correrá el riesgo de que vuelva a matar en sus narices a nadie que se le acerque y vaya a confundir conmigo.

Al principio, me cuesta un poco encontrarla.

Después de dos barridos a todas las morenas del local, me doy cuenta de que no es una de ellas.

La veo de refilón en una esquina, con una peluca rubia y un vestido blanco.

Creo que va vestida de... ¿Tiffany? La risa se apodera de mí, saliendo de lo más profundo de mi pecho.

Mis amigos me miran como si jamás me hubieran visto hacerlo.

Les saco el dedo y me acerco a la barra, acomodándome en la otra punta del local.

Me pido una copa y la observo tras el pasamontañas.

Menos mal que el aire acondicionado está a todo lo que da…

sino hace rato que me hubiera deshidratado con tanta ropa.

Bebo despacio sin quitarle los ojos de encima a mi muñequita diabólica, que está más que encantada de enseñar su parte real a cada hombre que se le acerca.

Acaba de tirarle encima la copa a uno que le ha tocado el culo.

No me ha dado tiempo ni a levantarme cuando le ha abierto una brecha dándole con el vaso en la cabeza.

No me equivoqué; es Tiffany, una pequeña asesina con todas sus letras. Moy malen´kiy ubiytsa.

Sigue bailando con Sophie, mirando a todas partes, buscándome.

Tiene la suerte que justo cuando mira en mi dirección, uno de los cañones de luces móviles nos alumbra.

Su cara se ilumina, nos ha visto. Suelta a su amiga y empieza a esquivar gente para poder llegar a nosotros.

Se para frente a Vova que niega la cabeza y se hace a un lado.

Ocurre lo mismo con Alexei que está sentado a mi lado.

Entonces, me mira y yo le tiendo la mano.

Ella la toma sin pensárselo dos veces y se abalanza sobre mí; me abraza con fuerza y se acerca a mi oído.

Incluso estando ella de pie y yo sentado, soy más alto.

Así que tengo que agacharme un poco para facilitarle el acceso.

—Es un soplo de aire fresco verte fuera de mi habitación, Cosi. —la miro fijamente y sonrío aunque no pueda verme —. Hoy tampoco hablas, ¿no?

Me encojo de hombros y la aprieto contra mi pecho.

Mi pequeña asesina, tan hambrienta de mí voz como yo de su cuerpo.

Ania se separa de mí, me agarra de la mano y tira fuerte para que me levante.

Camino detrás de ella, pero se para sin aviso y nos chocamos.

Se da la vuelta y va señalando uno a uno a los chicos.

—Uno, dos, tres, cuatro. Mmm, faltaría uno... —me mira— ¿Son tus amigos? —le muevo la cabeza hacia los lados diciéndole «más o menos»—. ¡Son tus hermanos!

Asiento con la cabeza y ella se tira encima de Sergei, que me mira con los ojos como platos tras el pasamontañas y con los brazos abiertos para no tocarla.

Me río y le doy permiso con la mano. Sergei entonces la abraza y la levanta del suelo, lo que la hace reír.

Repite el mismo proceso con todos y, por último, llega a Kolya.

Ania nota que Kolya es diferente a los demás.

No siente tanta alegría de tenerla entre nosotros, pero, aun así, le da un abrazo y una sonrisa tímida.

Sé que no la odia. Solo le resulta difícil que haya una chica en nuestra vida que no sea Katty.

Y le agradezco en el alma que la haya abrazado de igual manera.

Algún día tendré que hablar con ella y explicarle todo con pelos y señales.

Todos forjamos nuestra personalidad en base a nuestras vivencias y, si va a vivir con nosotros, que lo hará, necesita conocer toda nuestra historia para poder sobrellevar nuestros días malos.

Ania me lleva al centro de la pista y empieza a bailar conmigo; cosa que no hago.

Me fulmina con la mirada y me pellizca la barriga.

O lo intenta, porque me preocupo bastante de que todo lo que haya en mi cuerpo sea músculo.

No tiene carne que pellizcar, así que simplemente me da un manotazo en el brazo.

Evidentemente no me quedo quieto y le doy un azote.

Se queda muy quieta y, aun en la medio penumbra en la que estamos, puedo ver cómo se sonroja por ello.

Sigo sin entender por qué lo hace; ya hemos intimado lo suficiente como para que siga poniéndose colorada con ciertas cosas.

Se lo dejo pasar. Le hago una seña a los chicos y se ponen a nuestro alrededor.

Voy a moverme a un sitio tranquilo con ella y no quiero que nos molesten.

Empezamos a avanzar por la discoteca hasta que encuentro una puerta que da a un pasillo oscuro.

Imagino que por aquí se va a las oficinas.

Meto a Ania en el pasillo y me cercioro de que nadie saldrá de ninguna de las puertas del final.

Saco mi arma y pego un tiro a la cámara que apunta hacia nosotros.

—¿Vas a follarme por fin? —la pregunta me coge totalmente desprevenido. Ella sigue mirándome—. Saca el puto móvil y comunícate conmigo…

Obedezco y tecleo en la aplicación de notas. Le enseño la pantalla.

Ruega que te folle, Ania. Pero antes dime qué pasará si alguien lo descubre. ¿Me negarás?

—Se supone que tengo que llegar virgen al matrimonio, Cosi… Si me obligan a casarme, lo negaré todo hasta el infierno. Eso o me repudiarán para siempre.

No llegarás a eso. No vas a casarte con nadie que no sea yo. No follarás con nadie que no sea yo.

—Promesas, promesas… —la agarro del cuello y la hago callar,. Subo el pasamontañas y la beso con furia—. Cosi, hazlo...

Un gruñido gutural sale de lo más hondo de mi cuerpo.

Le subo la falda del vestido y le bajo las bragas.

Me arrodillo ante ella y subo una de sus piernas a mi hombro; abro la puerta al paraíso y saboreo mi comida favorita una vez más.

Sus gemidos ahogan el griterío y la música de fondo.

Mi polla se pone dura. La agarro por las caderas y aprieto mis dedos en su piel; su cintura es como pegamento para mis manos y sé que cuanto más aprieto más le gusta.

Porque ella es así. Le gusta con fuerza, sentir cómo le demuestro sin palabras que me pertenece.

Ania se corre en mi lengua y yo la disfruto hasta la última gota, dispuesto a follarla hasta dejarla sin sentido hasta que una sola frase me apuñala y me abre en canal.

—Pareces un lobo hambriento, Cosi. Mi lobito… —un jarro de agua fría me cae y el aire sale de mis pulmones de manera dolorosa. Me aparto de ella—. ¿Qué pasa? Si no te gusta que te llame así, dímelo.

Me aparto de ella como si la propia Katterina me estuviera estrujando el corazón con su pequeño puño.

Le doy un beso en la frente y me bajo el pasamontañas agarrándola de la mano.

La arrastro hasta la puerta de nuevo y la meto en el bullicio de la fiesta; incapaz de mirarla a la cara por esto que siente mi cuerpo.

Ella forcejea conmigo y me pide explicaciones, pero mi mente está en otra parte,.

Apenas la oigo. Busco a Sophie con la mirada.

Consigo encontrarla rápidamente y llevo a Ania con ella.

Me cuesta soltarle la mano, pero no tengo otro remedio.

Esas palabras han cortado de raíz el deseo de hacerla mía.

Parece que Nikolai no es el único que sigue herido con esa pequeña niña.

Intento alejarme, pero mi chica testaruda me agarra de la camiseta y me implora con los ojos que me quede.

Niego con la cabeza para que se rinda esta noche.

Hoy no puedo, simplemente me es imposible.

Me aparto de ella cuando por fin me suelta y me alejo intentando no mirar atrás para no ver sus ojos tristes y enfadados.

En cuanto llego a los chicos, le arranco de las manos la copa a Sergei y me giro para irme.

No tengo que decir nada más; ellos vienen conmigo.

En cuanto entro por la puerta de mi habitación, mi móvil empieza a sonar de nuevo.

Ania lleva llamándome desde que salimos de la discoteca; la ignoro de nuevo.

¿Qué voy a decirle? Mira, Ania, es que había una chica muy importante para mí que me llamaba lobito y eso me ha cortado las ganas de follarte hasta secarme.

Es que no hay cómo explicárselo. Llevo media hora pensando y no se me ocurre nada.

Pero tengo que cogerle el teléfono ya,. No puedo seguir ignorándola.

—Dime, Tiff…

—¿Dime, Tiff? Llevo media hora llamándote y ¿eso es lo primero que dices cuando por fin te dignas a cogerlo?

—Tú también ignoras mis llamadas mil veces. —espeto y me arrepiento al segundo.

—Y tú te pones como un energúmeno cuando lo hago. ¿Se puede saber qué cojones ha pasado? Todo iba bien y de repente se te ha cruzado el cable.

—No ha pasado nada, simplemente he pensado en lo que has dicho. Si alguien se entera, estás perdida. Aunque luego te reclame mía… estarás marcada para los ojos de los demás. Además, ese no era el lugar para tu puta primera vez. Necesitas intimidad.

—Eso es una mierda que te estás inventando. —me grita.

—Habla bien.

—¡A la mierda! —me cuelga el teléfono.

Respiro hondo. No me hace falta ser muy listo para saber que voy a pagar caro esta noche.