Capítulo 26 #2
—Vamos a darle un susto a un bastardo. No preguntéis por qué ni de dónde vengo. Vamos a patearle el puto culo a él y a sus amigos, haciendo parecer que es un puto ajuste de cuentas. No lo quiero muerto, pero quiero su sangre en mis manos.
—¿Qué coche cogemos? —la pregunta de Sergei es la afirmación que necesitaba.
Ni diez minutos después, ya estamos subidos al G-Wagon de camino hacía donde la aplicación me marca que está el puto Carlo.
En la puerta de la discoteca encuentro un par de chavales pidiendo tabaco a todo el mundo.
Les silbo desde debajo de una farola para que puedan verme bien.
Me ven y piensan si acudir o no. Cuando se acercan, lo hacen con bastante desconfianza.
Mierda, parecen de un grupo de música para bodas con esas pintas y no tendrán más de dieciocho años…
pero para lo que los quiero, me sirven. Cuando los tengo a menos de tres metros, me saco la mano del bolsillo mientras veo cómo se tensan.
Por el miedo que les estoy notando, entiendo que la mafia se mueve por aquí.
Saco un fajo de billetes del bolsillo y sus ojos brillan al ver lo grande que es.
—Sacad a este tío de la discoteca —les enseño una foto de Carlo en el teléfono—. Como lo hagáis me da igual, pero hacedlo. Si lo conseguís, el fajo es vuestro.
—¿Cómo sabemos que no nos vas a engañar? —pregunta el que parece más avispado.
—Toma esto como muestra de confianza. —le tiro medio fajo—. Si intentas engañarme e irte con el dinero sin hacer lo que te pido, mi amigo Nikolai va a buscarte y a pegarte un tiro en la cabeza; quizá dos.
Los ojos de los dos chicos se abren como platos y empiezan a asentir rápidamente. Se dan la vuelta y salen disparados hacia la discoteca sin ni siquiera coger un puto billete. Cada día me asombro más de lo cagones que son algunos por aquí.
Seguimos sentados en el capó de un coche; esta vez más alejados de la luz para ser menos reconocibles.
Quince minutos después, los dos chavales salen corriendo de la discoteca con cuatro tíos más detrás de ellos.
¿En serio no se les ha ocurrido otra cosa que liarla para atraerlo?
En fin, les silbo de nuevo para que vean que hemos cambiado de lugar.
Extiendo el brazo con el fajo y cuando pasan corriendo por al lado, lo cogen sin parar ni un segundo.
Veo que Carlo y tres más se acercan cada vez más.
—¿Por qué corres tanto, Carlo, es que tienes prisa? —le pregunto metiéndome un cigarro en la boca. Me encanta hacer esto. Le da más drama al asunto—. ¿No deberías estar en casa con tu chica, o debería decir… la mía?
—¿Qué? —me mira intentando ver algo en la penumbra—. ¿Quién cojones eres y qué mierda dices de mi novia?
—Oh, esas no son maneras de hablarle a la persona que puede arrebatarte la vida en menos de tres segundos, ¿sabes?
Estoy un poco enfadado. Digamos que te has puesto la medalla con un regalo que no has hecho —muevo el dedo diciéndole que no—.
Eso no se hace. Has sido un cabrón muy listo y ahora vas a pagarlo.
El muy gilipollas se acerca a mí para encararse conmigo e intentar amedrentarme. A mí. Me levanto del capó del coche y Carlo se para en seco. Intenta dar un paso atrás pero ya es tarde. Lo agarro de la pechera de la camisa y me lo acerco al cuerpo.
—Escucha, gilipollas. Voy a pasar por alto que te estás intentando meter en la cama de la tía equivocada.
Voy a pasar por alto que haces no sé qué triquiñuela para que ella crea que está mejor en casa.
Voy a pasarlo por alto solo hoy —saco el cuchillo de mi bolsillo trasero; le rajo la camisa—.
Lo que esta noche me ha enfadado hasta límites insospechados es que te hayas apuntado el tanto de un anillo que me ha costado sangre y sudor conseguir.
¿Sabes lo que vale? Es el único diamante lila de ese calibre en el mundo.
—¿Quién cojones eres y cómo entraste en su casa a dejarlo? —el cabrón está enfadado y me está pidiendo putas explicaciones. Le corto el pecho con mi cuchillo—. Joder, ¿qué quieres?
—Quiero que en el tiempo que me parezca oportuno dejar a mi chica en tus manos, te comportes. Vas a cuidarla, vas a comprarle cosas bonitas y vas a hacer que se divierta. Y bajo ningún concepto vas a follar con ella. ¿Me estás oyendo?
—Y una mierda, haré lo que me salga de los cojones. —tiene la osadía de escupir a mis pies.
—Mala decisión. Están a punto de pasarte cosas muy malas; cosas que no vas a contarle a nadie —hago un movimiento de cabeza y los chicos agarran a los amigos de Carlo, que van a correr su misma suerte—.
Ninguno de vosotros va a contar lo que va a ocurrir esta noche.
Si eso pasa, os buscaré. Os encontraré y mataré a toda vuestra familia.
Os dejaré los últimos para que escuchéis cada llanto y cada grito.
Os juro que os mataré con lentitud, deleitándome en vuestro puto dolor.
—¿Quién eres? —pregunta un Carlo más aterrado de lo que estaba antes.
—Soy el ángel de la guarda de Ania, y tu puta peor pesadilla.
Empiezo a darle golpes en la cara; mis puños amasan sus mejillas sin descanso y le grito una y otra vez que se defienda.
Quiero sentir que es una pelea justa, aunque claramente no lo es.
El maldito bastardo me llega al pecho. Lo que debería ser una pelea dura menos de lo que me esperaba.
Lo tumbo en menos de diez puñetazos y, aunque no queda inconsciente, lo oigo respirar con fuerza; está luchando por que el oxígeno le entre al cuerpo.
Me agacho a su lado y le pongo el arma en la cabeza.
—Vuelve a apropiarte de algo que no es tuyo y te juro que te mato, Carlo Rizzo. Estás avisado.
Me pongo de pie y lo escucho suspirar con alivio. Apunto con mi arma a su pie y disparo.