Diamante de sangre y poder (Diamantes de la Mafia nº 4) Capítulo 26
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Capítulo 26

Entiendo o quiero entender que, ya que Ania no ha dejado de hablar conmigo ni nuestra relación ha cambiado, lo suyo con Carlo Rizzo no es más que una patraña.

Lleva saliendo con él un par de meses, pero da igual lo que pase porque cada noche termina hablando conmigo por teléfono.

Cuanto más tiempo pasa con él, más conversaciones tenemos por teléfono; y aunque me jode que esté con ese cabrón…

gracias a su personalidad de mierda ella está cada vez más cerca de mí.

En cuanto supe quién era el tío con el que estaba, lo investigué.

Resulta que es el hijo de uno de los capos de Alessandro Brassi y un puto mindundi que va de rey del mundo.

Ya lo odiaba por estar con ella, pero en cuanto vi su foto y leí todo lo que había mandado mi informante, quise matarlo.

No entiendo como Ania puede estar con una persona así, pero como en este momento eso me beneficia, voy a quedarme quieto.

Tengo que reconocer que me molesta darme cuenta que cada vez sale menos por la noche, que es justo lo que yo quería evitar reclamándola como mía.

Su vida se está volviendo a cerrar como cuando vivía con su padre y tengo que ingeniármelas para que eso cambie.

Ya hackeé el teléfono de Sophie y estoy continuamente mandándole spam de fiestas exclusivas.

Incluso les he reservado una zona VIP en el Atenea haciendo un puto sorteo de Instagram y amañándolo para que gane ella.

Pero aun así, no consigo que salga. Cada vez que tengo un minuto libre, me meto en las cámaras de su casa y veo cómo cocina, cómo ve programas estúpidos de la tele o cómo pasa horas hablando conmigo por mensaje o por llamada.

Noto cómo su estado cambia cada cinco minutos pasando por una montaña de sentimientos: desde el enfado cuando habla con Carlo hasta la emoción cuando habla conmigo, incluyendo saltitos de alegría cada vez que le suena el móvil y ve mi nombre.

Bueno, no mi nombre, el nombre del engendro de Cosi.

Si tengo que ser sincero, muchas noches apago la seguridad de su edificio y la de su apartamento para colarme a ver cómo duerme; como esta noche.

Entro con sigilo en su apartamento y veo que no está todo ordenado como de costumbre: hay ropa tirada en el sofá, zapatos debajo de una silla e incluso sigue habiendo comida en el fogón, aunque esté apagado.

Tomo nota mental de abrir la olla y ver qué hay dentro después de comprobar que Ania está bien.

La puerta de su habitación está un poco entornada; me asomo y la veo dormir.

Me fijo en su cara y noto la tensión al instante.

Ha debido de pasarle algo para trastocar así su rutina.

Cuando hago mi ronda de «vigilancia» y ella está en casa, puedo ver cómo pasa horas recogiendo, limpiando y ordenando todo.

No hay día que no lo haga, todos los días menos hoy.

Poco a poco mis músculos empiezan a tensarse imaginando mil escenarios en los que Ania se siente tan aturdida, enfadada o aterrorizada, como para no tener su casa como siempre.

No lo pienso dos veces y me siento a su lado en la cama.

Con suavidad, le aparto el pelo de la cara y le acaricio la mejilla.

Sigo acariciándole la cara y poco a poco parece que su gesto se va relajando.

Llega un momento en el que levanta suavemente su mano y la pone encima de la mía, haciendo que paren las caricias de su mejilla.

Me quedo muy quieto. Por un segundo ella corta hasta su respiración; se ha dado cuenta de que alguien está en su casa.

Con mi dedo índice, doy un par de toques en su cara. De perdidos al río.

Ania abre los ojos y, en cuanto es capaz de enfocarme, los clava en mí como platos.

Intenta zafarse de mí y yo empujo mi mano contra su cara un poco más para que no se pueda mover.

Con la otra mano le hago el gesto de que deje de moverse.

Su respiración es agitada mientras sigue revolviéndose debajo.

Sigo presionando su cara con una mano y con la otra la agarro con fuerza del brazo.

Le gruño despacio y debe ser un gruñido bastante identificable, porque automáticamente se queda muy quieta, me mira fijamente y sonríe.

—¿Cosi? —pregunta con esperanza.

Muevo mi cabeza asintiendo y ella se relaja por completo.

Levanta una mano lentamente y la dirige hacia mi pasamontañas.

La intercepto a medio camino, niego con la cabeza y la obligo a bajar el brazo.

Su mirada cambia de felicidad a enfado en una décima de segundo y a mí lo único que se me ocurre para que afloje el enfado es darle un capirotazo en la nariz.

No se espera para nada ese movimiento; me mira con asombro y empieza a reírse a carcajadas.

—¿Por qué has hecho eso? —me encojo de hombros en respuesta—. ¿Acaso te ha comido la lengua el gato?

Vuelvo a darle otro capirotazo en la nariz por tonta y sigo mirándola o, mejor dicho, admirando la belleza de su cara. Incluso recién despierta en mitad de la noche, con la melena completamente alocada, es digna de admiración. Mierda, es perfecta y la quiero para mí.

—Venga, no me digas que vas a seguir sin hablarme toda la noche.

Porque te vas a quedar toda la noche, ¿verdad?

—esa pregunta me ha cogido por sorpresa y no sé qué responder ni cómo moverme—.

¿Crees que voy a dejar que te vayas después de haberme despertado a las tres de la mañana?

Ni de coña. Si no quieres hablarme, está bien.

Supongo que no quieres que sepa de dónde eres.

Ya te dije que sabía que no eras italiano.

Y aunque distorsiones la voz de las llamadas para hablar conmigo, me doy cuenta perfectamente de que pronuncias raro.

No quieres que sepa quién eres y me parece bien…

de momento. Pero algún día esto tendrá que cambiar.

No voy a estar toda la vida esperando a que te decidas si quieres seguir siendo mi acosador o el «algo más» que tanto dices que quieres ser.

No puedes reclamar a una persona y no querer que sepa quién eres.

No me queda otro remedio que sacarle el dedo del medio, cosa que la hace reír aunque no era mi intención.

Puedo hacer lo que me dé la gana. Puedo reclamarla y seguir toda la vida con este puto pasamontañas.

Mierda, tengo tantas cosas que decirle que no poder hablar me está matando.

Le hago el gesto de escribir; ella se levanta de un salto.

Tres segundos después, aparece con una libreta y un boli.

Se la arranco de la mano y escribo intentando parecer molesto.

«Puedo hacer lo que me dé la gana porque eres mía, y eso no lo va a cambiar ni el silencio ni el anonimato.»

Ania coge el papel y lo lee. Me mira y sonríe.

—Ya casi se me había olvidado lo bonita que es tu letra.

Desde que me mandaste aquel corazón no he vuelto a verla.

Guardo esa nota, por cierto. El corazón no…

Eso es asqueroso. No lo hagas más, por favor.

—empieza a reírse como una loca y es el sonido más energizante que he escuchado nunca. Me da la puta vida.

«Si sigues riéndote así, voy a tener que follarte en esta cama.»

Le doy el papel que he escrito y su risa se corta en seco; me mira y se sonroja.

Bien. Coge la sábana y la sube un poco más, tapándose las piernas como si no las hubiera visto ya mil veces.

Agarro la sábana y vuelvo a llevarla a su sitio.

No va a taparse las piernas por mí. Me fulmina con la mirada y me saca la lengua.

«Cuidado o tendré que morderla para llevarme la casa.»

Se les oscurecen los ojos mientras me mira.

La jodida niña se ríe y vuelve a sacar la lengua, pero esta vez de manera lenta y sensual.

No me queda otro remedio que subirme el pasamontañas hasta la nariz, acercarme a ella y regodearme en su sabor mientras se la chupo y la muerdo.

La oigo ronronear. Me estremezco mientras gruño, echándome atrás para levantarme de la cama.

—¿En serio te vas a ir? Después de tanto tiempo, te vas a ir de esta manera… Vete a la mierda, Cosi.

Me paro en el marco de la puerta, me giro para mirarla y le guiño un ojo. Salgo del apartamento, agarrando el móvil con fuerza y, mientras bajo las escaleras, tecleo.

Yo: No tenía más remedio que irme o follarte en esa cama en la que seguramente follarás con ese tío. Por cierto, no me dijiste nada del anillo que te dejé debajo de la almohada.

Ania: Con quién yo folle o deje de follar no es asunto tuyo. ¿Era un regalo tuyo? Pensé que había sido Carlo y él tampoco lo negó. Aunque ahora que lo pienso… estaba un poco mosqueado después de eso.

Yo: Puta rata bastarda. Voy a matarlo.

Como me gusta tenerlo todo bien atado para no llevarme ningún tipo de sorpresa, al igual que tengo fichado el teléfono y ubicación de Sophie, también tengo el de Carlo.

Me meto en la aplicación de rastreo y cómo no…

ese cabrón está en la discoteca mientras ella está en casa.

Putos italianos machitos de mierda. Arranco el coche para llegar a casa volando, cambiarme de ropa y llevarme a los chicos para ir a la caza del chico Rizzo.

El camino de vuelta se me hace más corto, ya que esta vez no espero ni un puto semáforo.

No tengo tiempo para la seguridad vial en este jodido momento.

Entro en casa con un cabreo como una catedral y abro las puertas de par en par pegando un golpe seco.

Dos minutos después, todos aparecen en el vestíbulo con las armas en alto.

—Mierda, casi te pego un tiro —dice Sergei bajando el arma—. ¿Tenías que entrar así, joder?

—Habrías disparado, lo cual no quiere decir que le fueras a dar al blanco. Eres jodidamente malo —Kolya baja las escaleras.

—Callaos —ladro—. Tenemos que irnos; poneos algo decente. No podéis ir con esas pintas.

—¿Dónde vamos y en qué modo tenemos que activarnos? —Alexei se para a mi lado—. No traes buena cara.