Diamante de sangre y poder (Diamantes de la Mafia nº 4) Capítulo 25
69%

Capítulo 25

Siete meses después de localizar a Ania

Mover de nuevo a toda la puta organización casi me cuesta un disgusto.

No es que nosotros no seamos fáciles de organizar…

No tenemos familia ni nada que nos retenga, pero muchos de mis hombres han encontrado un hogar y una mujer a las que también he accedido a reubicar para no tener de mala hostia a ninguno de mis hombres.

No pueden desertar, porque eso en la organización está castigado con la muerte; así que habrían accedido a venir de mala gana, habrían trabajado a costa de malas caras y yo habría tenido que castigarlos por un mal trabajo la mayor parte del tiempo.

Yo no soy de joder a nadie, no soy como Karsov.

No espero obediencia absoluta tan solo porque sean mis soldados; llámame empático…

El caso es que no me ha importado mucho llevarme a las chicas también.

Una vez que todos estaban ubicados en casas, y con la sede a punto…

sólo me quedaba el factor de las otras bandas y clanes.

¿Qué es lo que he hecho para que nadie ocupe mi zona en Palermo?

Dejar que Vova vuele por los aires la mansión.

Eso ha mandado el mensaje: uno que todos han entendido.

Cualquiera que se meta con la Bratva, está muerto.

Romanov ya está instalado en su casa y a nosotros nos ha costado un poco encontrar cómo sentirnos a gusto en esta nueva mansión.

No somos de lujos pero tampoco somos tontos; la casa es bastante antigua y necesita algunas reformas que ya están en marcha.

Tendremos un gran garaje, gimnasio, un baño por habitación, enfermería y habitaciones extra para mi madre y mi hermano por si algún día decidimos que llega la hora de que se muden.

Milán es mucho más animada que Palermo y, aunque a los chicos les ha costado despedirse de La Bohème, no han tardado en encontrar un lugar sustituto.

Las noches son bastante amenas; de hecho, la primera noche ya casi nos cuesta una bala en la cabeza.

Sergei encontró una discoteca de moda llamada Atenea.

No había acabado de decir el nombre y los demás ya estaban montados en el coche esperando rumbo.

Al llegar allí y, después de un par de botellas de Vodka en un reservado, se acerca un camarada.

Un portero igual de grande que Alexei, un tal Mikhail, y nos dice que no podemos estar allí sin permiso.

Pensé que era una puta broma. Antes de que pudiera abrir la boca, Vladimir ya le estaba apuntando a la sien con su pistola.

¿Culpo de ello al de seguridad por no registrarnos al entrar?

Evidentemente. ¿En qué cabeza cabe? Después de un par de minutos de encontronazo, Mikhail nos dijo que el local era propiedad de la puta Cosa Nostra.

Automáticamente y sin pensarlo, le metí el codo en la boca a Sergei, un golpe seco.

Ese gilipollas nos mete en una puta emboscada sin darse cuenta.

Respiré profundamente e intenté arreglarlo como pude…

Llamé a Brassi y le conté lo que había pasado.

El cabrón dice que le debo una por esa falta de respeto, que normalmente se pagaría con la muerte; pero que, por ser socios, nos lo perdonaba a cambio de un favor.

¿Matarnos por entrar en su local? Valiente gilipollas.

En fin, ahora que está todo calmado, las cosas van mejor.

Me acerco a mi coche al salir de la nueva oficina y antes de subir, saco el teléfono por enésima vez en una hora.

Ania sigue sin dar una puta señal de vida y ya es hora de que entre en acción.

Esa niñata no va a ignorarme así como así.

Marco el número de Vladimir y suenan tres tonos antes de que me coja el teléfono.

—Cuéntame.

—Busca equipo de seguridad de última generación. Lo quiero para esta noche. —espeto de mala gana.

—¿De qué tipo de seguridad hablamos? —la puta voz ya empieza a sonar divertida,. No sé por qué pregunta si ya sabe la respuesta.

—Del tipo de seguridad de «me estoy volviendo loco». Quiero el pack completo: cámaras, micros, cierres, sensores… Absolutamente todo. Lo colocaremos esta noche.

—¿Sigue sin llamar, eh? —lo oigo reírse—. Joder, ¿merece la pena todo lo que estás haciendo por conseguirla?

—Cada puto segundo.

Le cuelgo el teléfono sin dejar que conteste para decirme lo que el cabrón piensa; cualquier cosa que diga puede hacer que lo mate. Por un momento voy a guardarme el teléfono, pero no lo hago. Respiro sentado en el coche y tecleo. Tecleo con furia.

Yo: Llevas tres putos días sin dar señales de vida, Ania. No juegues con mi paciencia. O contestas o te juro por dios que me presento en tu puerta y mato a cualquiera que se te acerque en los próximos veinte años. ¿Me oyes?

Y como si de verdad solamente funcionaran con ella las amenazas, tres minutos después llega su respuesta. Una respuesta que me hiela las venas e incendia mis entrañas en una vorágine de odio, ira y terror a partes iguales.

Ania: He conocido a alguien.

¿Qué ha conocido a alguien? Esto tiene que ser una puta broma.

¿Cómo he dejado que pase esto, en qué momento ha pasado?

¿Por eso no me estaba contestando? Mi primer impulso es ir a su casa y hacer que me diga a la cara que ha conocido a otro tío.

Obligarla a que me diga quién es y dónde vive para poder ir a despellejarlo como la rata ladrona que es.

Quiero matarlo. Luego recuerdo que no puedo dejar que descubra quién soy por culpa de su puto padre, y que me juré que le daría tiempo para vivir una vida antes de reclamarla como mía.

Porque aunque ella no lo sepa o no quiera darse cuenta, es mía.

Arranco el coche sin contestar al puto mensaje que me ha provocado una puta embolia pulmonar.

Me salto todos los semáforos hasta llegar a casa.

Entro hecho una furia y doy vueltas por la casa hasta que encuentro a los chicos en el salón bebiendo.

Vladimir no está; supongo que estará buscando todo el material que le pedí.

Miro a los chicos de arriba a abajo y veo que se quedan completamente quietos.

No soy el más grande, pero sí el más impredecible y violento. Kolya es el primero en hablar.

—¿Va todo bien? Vova ha dicho que no había problemas a la vista, pero esa cara no me da buena espina.

—El problema no es con nadie, no es con los italianos.

Es la jodida italiana la que está haciendo que se me agrie la sangre de las venas —me paso la mano por la cara y suspiro completamente exasperado—.

Está con alguien y no puedo hacer nada para evitarlo sin que ella me odie para toda la puta vida. Mierda, necesito pelear.

—Vamos —dice Alexei levantándose del sofá—. Peleemos en el gimnasio.

—Estás borracho, Alexei. Joder, estáis todos borrachos. —digo observándolos a todos.

—No lo suficiente como para que me puedas patear el culo —los ojos de Alexei se oscurecen y empieza a reírse—. Ve a cambiarte o te juro que hago que ese trajecito caro que llevas quede hecho trizas en el recibidor, Pavel.

Empiezo a reírme y subo las escaleras de tres en tres.

Recorro el pasillo y entro en mi habitación.

La pierna me da punzadas pero la ignoro.

Mi armario está lleno de trajes, muy a mi pesar.

Prefiero la ropa deportiva o la de combate para las misiones.

Me gusta embarrarme hasta el cuello más de lo que me gusta meterme en una oficina a negociar con cualquier gilipollas de turno, pero ahora con esto de ser Pakhan no tengo otra opción.

Cojo los primeros pantalones de El loco Charlie que encuentro y me los pongo.

Una cabeza de perro gigante está bordada en la tela roja cubriendo toda mi entrepierna.

Me ahorro ponerme las zapatillas; ni siquiera me pongo una camiseta antes de salir en busca de Alexei al gimnasio.

En cuanto llegamos a esta casa, lo primero que les dije fue que iba a poner un ring, cosa que los obreros nos dejaron montada la semana pasada.

Cuando entro por la puerta, me quedo un poco en shock.

No me espero lo que me encuentro al llegar.

—¿Se puede saber qué cojones hacéis los tres ahí subidos y cómo cojones os habéis cambiado tan rápido?

—A ver, sí que es verdad que estamos un poco borrachos y eso puede hacer que los reflejos nos fallen un poco… —dice Sergei—. Y ya que estás tan empeñado en desfogar, pues se nos ha ocurrido darte la paliza de tu vida entre los tres.

—Espléndido —les aplaudo—. Tres culos para patear, gracias.

Me acerco a la estantería de la esquina y cojo las vendas para cubrirme las manos. Hoy no me pondré los guantes. Me subo al ring y los miro antes de reírme con diversión. Un escalofrío violento azota mi columna.

—Ding Ding Ding. —imito el sonido de la campana—. A pelear, cabrones.

La pelea dura unos veinte minutos. Lo suficiente para tumbar a Kolya que es el que está más perjudicado. Alexei y Sergei aprovechan cuando me doy la vuelta para atacar. Me golpean entre los dos hasta hacerme caer, me sacan el dedo del medio a tres centímetros de la cara y se alejan de mí.

—¡Te dije que íbamos a darte una paliza! —dice Sergei mientras sale corriendo.

—¡Eso ha sido a traición, puto bastardo! ¡Deja de correr, voy a matarte igual!

Me levanto del suelo con la ayuda de Alexei.

Kolya ha aprovechado el placaje que le he hecho para dormirse en cuanto se ha quedado ahí tirado.

Vova entra por la puerta y se choca con su hermano que huye como una cobarde.

Levanta los brazos a modo de disculpa y sigue su camino.

Me mira queriendo entender por qué la rata de cloaca de su hermano corre como si lo persiguiera el diablo, pero ignoro su pregunta y entrecierro los ojos lanzando la mía; él asiente. Perfecto, ya lo tiene todo.

Me voy a mi habitación, me ducho y me pongo ropa de trabajo. Voy a colarme en casa de Ania para poner toda la mierda que le he pedido a mi amigo. Si esa niña no quiere contestar los mensajes que no lo haga, pero yo voy a saber dónde y con quién está.

Cojo la cajita que tengo en la mesilla de noche, salgo de la habitación rumbo al garaje y llamo a Vladimir para que me acompañe.

Ninguno de los otros tres está en sus cabales después de una caja de botellas de vodka, así que no me arriesgo en esto porque si ella nos descubre, estoy acabado.

Nos montamos en el coche, rezando porque esté dormida o porque se haya ido de fiesta con Sophie.

No quiero pensar en que esté con nadie más, porque atravesaría la garganta de cualquier persona que se pusiera delante de mí de una sola cuchillada.

Llegamos al edificio en menos de media hora.

Paso por delante con el coche, pero decido dejarlo en la calle de atrás para más seguridad.

Cuando aparco, me meto en la aplicación de rastreo como cada día y veo que efectivamente, mi chica no está en casa.

Está bastante lejos; creo que paseando debido al movimiento del puntito rojo.

Me planto frente al bloque de apartamentos.

Es un edificio lujoso con entrada trasera para el servicio de limpieza.

Puerta que aprovechamos para colarnos, no sin antes entrar en el sistema de seguridad y dejarlo inhabilitado para que no nos graben.

Subimos hasta la planta que le corresponde al piso de Ania y con el juego de ganzúas de Sergei, abro la puerta del apartamento.

Su olor me invade como aquella noche de discoteca en la que casi mando a la mierda todo por defenderla de aquel tío que la molestaba.

Doy una vuelta por el piso y me deleito con las fotos que tiene puestas por el salón.

Rozo con los dedos la suavidad de sus sábanas de seda lila y huelo su puta almohada.

Mi polla salta en mis pantalones haciendo presión contra la tela.

Maldigo mi estupidez. Si ya es difícil sacarla de mi cabeza, después de tocar y oler sus sábanas tras tanto tiempo sin poder hacerlo… Mierda.

Levanto la almohada y dejo la pequeña caja que he traído debajo.

Espero que la encuentre a solas y no con ningún bastardo; explicar lo del admirador/acosador no va a ser fácil para ella y encima si se pone tonto lo voy a tener que matar.

Cosa que sinceramente me importa una mierda.

Vuelvo al salón con Vova y empezamos a montar cosas, a conectarlo todo a mi teléfono.

Le pongo un extra de seguridad para que nadie más tenga acceso a las cámaras.

Por un momento, me fijo en la mesa baja de cristal cerca del sofá.

Está llena de varillas fluorescentes de las fiestas, limas de uñas y…

¿eso son balas? No entiendo esta mezcla decorativa de aquí, pero me hace bastante gracia.

Una vez que lo tengo todo conectado y asegurado, me meto en el baño, robo la colonia de Ania y salgo del apartamento para volver a casa. Como si me hubiera visto por un agujerito, Ania me manda un mensaje.

Ania: Estoy con Sophie y me lo estoy pasando genial, pero me parece indignante que te diga que he conocido a alguien y te dé exactamente igual. Terrible como acosador. Te pondré una mala reseña en TripAdvisor.

Yo: ¿Eres consciente de que estás enfadada porque no te he montado el numerito? Estás enferma.

Ania: Enferma me pone tu inutilidad acosando. Voy a seguir saliendo con él, pero…

La llamo por teléfono y me cuelga. Dos minutos después me llama.

—¿Por qué no me has cogido el teléfono, estás con él? —le digo en cuanto descuelgo—. Dime quién es y dónde encontrarlo. Voy a apuñalarlo hasta que se desangre a mis pies.

—Deja de ser tan dramático. Te he dicho que estaba con Sophie, la cual no sabe que tengo un acosador de pacotilla; por eso no lo he cogido. He venido al baño del bar.

—Entonces, ¿qué quieres, que siga aquí mientras te follas a otro, Ania? —Vova abre los ojos como platos. Le apunto con la pistola y gesticulo un «cállate» con los labios—. Porque no me apetece saber que pruebas una polla que no es la mía, ¿sabes?

—¿Nunca te han dicho que eres un grosero?

—¿Por decir polla? —me río—. Vamos, no me digas que puedes matar a decenas de hombres, pero te molesta que diga polla. Además, montaste mi mano una vez mientras soñabas con ella.

—Lo que me molesta es que tenga que follarme a otro porque no te dignas a aparecer en persona con tu cara al descubierto. Carlo es muy divertido. Está ganando puntos.

—Ah, ya tiene nombre el muerto. Ania, si voy en persona a buscarte… no vas a escapar de mí. No juegues con fuego.

Le cuelgo la llamada antes de decir nada más de lo que me pueda arrepentir. Hablar con ella me deja algo más tranquilo; ha dejado claro sin querer que sigue siendo mía. Buena chica.