Capítulo 24
Tres meses desde la desaparición de Ania
Hace meses que no sé dónde está Ania,. Creo que no se fía de mí lo suficiente como para confesar su paradero.
Hablamos cada jodido día, cada maldita noche…
Incluso la llamo en oculto y con el distorsionador de voz como siempre, pero ni todas las conversaciones del mundo son suficientes para que de su boca salga una posible localización.
Es bastante cuidadosa a la hora de hablar conmigo en ese aspecto.
Realmente su padre la ha entrenado bien durante todos estos años.
Me ha contado mil cosas, como que se ha echado una amiga, que tiene un piso para ella sola con cabina de rayos UVA en el edificio, que le gusta el ambiente de su nuevo barrio…
Según me ha contado, le parece increíble vivir una vida sin nadie que le coarte la libertad como hacía su padre antes…
Que es como volver a nacer. Esta confesión me ha estado haciendo pensar bastante y he llegado a la conclusión de que, ni en el momento en el que descubra dónde se encuentra, la alejaré de esta nueva vida.
Dejaré que disfrute unos años; bajo mi vigilancia por supuesto.
Dejaré que salga con sus amigas, que viva su libertad…
Ahora que su padre no está para cortar sus alas, no seré yo quien lo haga.
Simplemente me limitaré a protegerla desde las sombras; seguiré llamándola y escribiéndole mensajes a diario.
Seguiré haciéndole saber que me pertenece cada vez que crea que lo está olvidando.
Seguiré esperando a que viva lo suficiente y apareceré en el momento indicado.
Haré que me elija a mí, que elija a Pavel Volkov y no al obsesivo bastardo en que me he convertido mientras la espío. No pensará en Cosi nunca más.
Alargo la mano con una profunda molestia y me tenso en cuanto veo quién llama.
—Hola, mamá.
—Dimitri ha vuelto a escaparse. —me dice llorando y ahorrándose el saludo—. Ha suspendido algunas asignaturas; le he reñido y se ha escapado.
—Mierda, ¿quieres que vaya? —ese niño me está costando años de vida.
—No, solo llama a Gavrel. He intentado contactar con él, pero sus guardias no me ayudan. ¿Dónde puede estar tu hermano? He recorrido todas las esquinas en las que lo hemos encontrado otras veces… Este chico va a acabar conmigo, Pavel.
—No si acabo yo primero con él. Tranquilízate, seguramente estará timando a algún imbécil: eso se le da bien.
—me enfado ante la actitud que mi hermano ha tomado casi desde que nos fuimos de Rusia—.
Llamaré a Karsov. Cierra el garaje con llave y que no coja ninguna de las motos cuando vuelva.
Si tiene algún problema con eso, dile que puede llamarme y discutirlo conmigo.
Me despido de mi madre. La tranquilizo un poco antes de terminar la conversación y cuelgo para poder hacer la llamada de salvamento.
Gavrel Karsov coge el teléfono al quinto tono, justo cuando ya estoy a punto de colgar.
Nos ponernos un poco al día en los negocios.
La vida lo está tratando bien. Le cuento lo que ha pasado con mi hermano pequeño.
Cosa que hace que me cabreé, porque no deja de decirme que ya es hora de que el chico aprenda modales y que ya es mayorcito para que entre en la Bratva para aprender a sacarse las castañas del fuego si en algún momento la caga.
Pero yo me niego en rotundo a que mi hermano viva esta vida.
Yo entré de casualidad y me quedé porque necesitaba mantener a mi familia.
El dinero que le quité a mi padre no iba a durar para siempre y tampoco es que ninguno de nosotros supiera hacer otra cosa que no fuera pelear.
Éramos carne de cárcel o futuro alimento para los peces.
Quiero evitar a toda costa que eso le pase a Dimitri, pero cada vez me pone más difícil mantenerme firme ante Karsov.
Por esta vez, aligero el enfado de Gavrel ante mi negativa al reclutamiento de mi hermano,.
Si algún día tiene que unirse a la Bratva, será a mi puto clan y no al de Gavrel.
Sé que bajo mi mando habrá peleas continuas y que quizá con Karsov aprendería más y más rápido, pero, después de vivirlo en mis propias carnes…
la respuesta es no. No a las cuentas regresivas, no a los castigos por tener puta iniciativa.
No, jodidamente no. O es conmigo o no es.
Nos despedimos después de que uno de sus infiltrados le diga que mi hermano está en una puta partida de póker con unos cuantos viejos del casino…
Una puta partida ilegal de póker. Le he dado permiso para que lo acojone un poco y lo lleve a casa después.
Termino la llamada y me recuesto en la silla tremendamente agotado de la situación con Dimitri.
Vova entra en la oficina con un plato de patatas y dos hamburguesas. Se acerca a mí y me lo ofrece.
—Viendo que es la hora de comer y que no has aparecido como el monstruo hambriento que eres, he decidido traerte comida por si te había dado un bajón de azúcar o algo parecido. —al ver que no me río, deja el plato delante de mí y se sienta en el borde de la mesa—. ¿Qué ocurre?
—Dimitri ha vuelto a escaparse —suspiro— y Gavrel sigue presionando para reclutarlo. Si sigue comportándose así… no sé cuánto tiempo más voy a poder retener a Karsov para que se mantenga al margen.
—Mierda, deberían venir a vivir con nosotros. Los dos, mamá y él.
—No quiero pintar una diana en su frente. Aún somos nuevos aquí y aunque estamos manteniendo la escoria a raya, tenemos que asentarlo todo muy bien antes de que aparezcan por Italia y el chico empiece a liarla. Su comportamiento solo nos traería problemas ahora mismo.
Cierro los ojos dando por terminada la conversación.
Vova se marcha de la oficina dándome un golpecito en el hombro y dejando la comida en la mesa.
Enciendo el ordenador y abro los archivos de imagen que tengo de Ania, sacados de las cámaras de seguridad de cuando aún vivía con su padre.
Miro tantas veces las fotos y los vídeos que ya sé todo lo que va a ocurrir en cada segundo.
Joder, necesito encontrarla. La veo comer, correr, entrenar, leer, bailar.
Mierda, es tan jodidamente perfecta que de lo único que tengo ganas es de ir a prenderle fuego a su padre hasta que me diga dónde está.
Como hasta ahora no ha tenido «existencia», no tengo manera de encontrarla por ninguna parte y mi sistema de reconocimiento facial no coge las fotos que introduzco por su maldita baja calidad. Tecleo en mi teléfono.
Yo: Necesito verte.
G: Ya sabes dónde encontrarme.
Sí, ya sé dónde encontrarla. Me subo al coche y conduzco hasta el punto donde sé que estará esperándome más que dispuesta.
La Bohème es un prostíbulo que Alexei descubrió por casualidad buscando una ópera para reproducir mientras mataba a no sé qué tío de no sé qué banda por mancharle el zapato de ceniza mientras fumaba.
Nada que ver con la obra de Puccini. No suelo consumir este tipo de «ocio» y conocí a Greta en el bar del local cuando los chicos vinieron a verlo hace unos meses.
Ninguno de nosotros estuvimos de acuerdo en contratar a ninguna chica, excepto Sergei.
Los demás solo esperamos a que acabara: unos bebiendo y otros hablando con las mujeres. Como yo.
Greta es una mujer espectacular; tiene un cuerpo por el que los hombres matarían y se sabe aprovechar de ello.
Mantuvimos una larga conversación y su frase final fue: «Es una pena que estés enamorado.
Nos lo hubiéramos pasado bien». Y aquí estoy, dispuesto por una vez a olvidar mi vida y relajarme; dispuesto a dejar a un lado mis principios y disfrutar el puto cuerpo de Greta hasta que se me cansen las manos o el cerebro se me apague. Lo que sea que llegue primero.
Aparco el coche y entro en el prostíbulo.
Saludo a la camarera y me dirijo al final de la sala donde hay chicas bailando en las barras americanas.
Aquí es donde Alexei pasa más tiempo cuando venimos; le encantan las malditas strippers.
Greta aparece a mi lado y me agarra de la mano, arrastrándome con ella a uno de los reservados donde cierra las cortinas y quedamos apartados de los demás.
Me empuja suavemente a un sillón y me hace sentarme.
Sus manos suben por mis pantalones hasta la hebilla de mi cinturón.
Me tenso un poco ante la idea de lo que estoy a punto de hacer y siento que, aunque ella nota mi reticencia, sigue desabrochando los pantalones.
Yo la dejo hacer. La polla se me tensa, pero no al cien por cien.
No dejo de imaginarme a Ania en el lugar de Greta.
—Para. —le digo. Ella levanta la cabeza para mirarme—. De rodillas sobre el sillón.
Me levanto y la dejo ponerse de rodillas, apoyando el pecho en el asiento del sillón.
Le bajo el tanga de encaje que lleva a juego con el picardías.
Con mi mano abierta la azoto; la oigo quejarse muy bajo.
Un dos por ciento de mi tensión se relaja.
Repito la acción y me arrodillo detrás de ella.
Cojo con mis dos manos la poca ropa que lleva y se la arranco, dejándola completamente destrozada.
—La pagaré. ¿Soportarás el dolor? —me mira de reojo y la puta sonrisa diabólica que me regala me hace vibrar todos los huesos—. Tú lo has querido.
—Mi coño lleva esperando tu polla mucho tiempo, Pavel.
—Buena táctica, ¿le dices eso a todos tus clientes?
—Solo a los de las pollas grandes y buenos fajos de billetes. —se ríe por lo bajo.