Capítulo 23
Dos días después de que Ania desaparezca
He dejado que Vladimir vuele las sedes de los rumanos simplemente por tocar los cojones, por permitir que Fabrizio los manipule y porque necesitaba ver trozos de persona volando delante de mi cara para poder calmar algo mi sed de sangre.
Hace dos días que no sé nada de Ania y eso me está matando tanto que, ahora que tengo solucionados los problemas en Palermo, he decidido volver a Catania y enfrentarme al hijo de puta que me ha robado lo único que más he deseado en la vida.
Dejo a Sergei a cargo de su hermano, que está un poco desquiciado después de que esos cabrones le rajaran el pecho de lado a lado dejándole una fea herida. Herida que por cierto, se ha grapado él solo, porque sí, porque está jodido de la cabeza.
Nikolai se va recuperando pero aún tiene que descansar, así que me llevo a Alexei de vuelta al infierno.
Tan callado como siempre, pero más letal que nunca.
A mi amigo no le gusta que toquen a las personas que quiere y esas personas somos nosotros, mi madre y mi hermano.
Alexei mataría por mi hermano Dimitri sin pestañear una sola vez; no dudaría en salvar a mi hermano incluso de mí.
De hecho, casi se carga al profesor de dibujo del niño por hacerlo llorar diciéndole que «las líneas no son adecuadas».
Después de ese día, el profesor no volvió y tuvieron que buscarle un sustituto. Ahora que lo pienso…
—¿Mataste al profesor de dibujo de Dimitri? —le pregunto a Alexei, que se sienta a mi lado leyendo un periódico ruso en su teléfono.
—¿A qué viene esa pregunta ahora? —me mira divertido y yo elevo las cejas inquisitivamente—. No, no lo maté.
—Pero le hiciste algo. ¿No es así? —empiezo a reírme y él se queda en silencio—. Venga, suéltalo.
—Simplemente le di un incentivo para que se dedicara a algo donde no le tocara los cojones a mi chico. —se encoge de hombros—. Ya sabes: una pierna rota, un ojo morado… Lo típico.
—Mierda, Alexei. Pensé que eras el más racional de todos nosotros y resulta que eres más volátil que Vova.
—Torturo gente en el sótano mientras escucho opera para relajarme. ¿De verdad esperabas que fuera el más racional?
Nos miramos durante un momento y nos echamos a reír.
No, quizá ninguno de nosotros esté totalmente cuerdo.
La vida nos ha dado golpes a todos, a unos más que a otros, pero a todos nos ha hecho papilla la cabeza.
Al menos ninguno estamos solos; nos tenemos los unos a los otros.
Menos Ania. Joder, por un momento el peso de mi pecho se había aliviado, pero vuelvo a estar irritado.
Alexei me da un golpe en el hombro en señal de apoyo cuando ve mi cambio de humor.
El avión aterriza y, con mucho trabajo para mi pierna, cogemos un coche para ir directamente a casa de los Giordano. Tengo intención de sacarle toda la información que pueda a Fabrizio y volver a Palermo esta misma noche.
Mi respiración se agita a medida que nos acercamos a la casa.
Las manos me tiemblan de la ira que va subiendo por mi garganta y de las ganas de violencia que me recorren las venas en este momento.
Cuando llegamos a la cancela, la reja está cerrada.
Llamo al interfono que tienen a un lado y espero.
Espero y espero. Vuelvo a llamar. Veo que hay una cámara de seguridad encima de la casa; ahora que su hija no está, no tiene miedo que le hackeen.
Ha puesto al menos diez cámaras que yo cuente desde aquí. Por fin hablan por el interfono.
—Márchate. —Fabrizio es cortante—. No hay nada aquí para ti.
—Abre la puta puerta o la echo abajo, Fabrizio. Te pegaré un tiro en el pecho como le hicieron los rumanos a mi amigo. Te rajaré el pecho de lado a lado y luego la garganta. Abre la puta puerta y da la cara, o tiro de la manta y se lo cuento todo a tu capo.
La amenaza parece tener efecto porque abre la cancela de inmediato. Le tiene un miedo atroz a su padre. Es bueno saberlo.
Meto el coche en la propiedad y el viejo Giordano aparece por un lado de la casa vestido con un pantalón de lino y una camisa a medio abrir. Lleva un rastrillo en la mano; debe estar quitando hojas del jardín. Bajo del coche cojeando y le estrecho la mano.
—Es un placer verle de nuevo, señor Volkov. ¿Qué le trae por aquí con una pierna en ese estado?
—Lo mismo digo, señor. Vengo a cancelar mis negocios en buenos términos. Ya no será necesario el transporte de armas en sus camiones de aceite y venía a hablar con su hijo de la finalización del contrato. La pierna es solo algo normal en este mundo; gajes del oficio.
—Es una pena, pero respeto que haya venido hasta aquí en persona a hacerlo. Por favor, adelante. —me indica con la mano para que pase a su casa—. Yo seguiré con mis tareas de jardinería. Ya sabe dónde encontrar a mi chico.
Me despido del viejo y voy en busca del bastardo de su hijo.
Entro en la oficina para encontrarlo sentado en su sillón, sonriéndome mientras bebe whisky como siempre.
Alexei entra detrás de mí y cierra la puerta para que nadie nos moleste.
Camino con paso lento hacia donde se sienta Fabrizio, intentando que no se note lo débil que me siento, y le pongo mi cuchillo en el cuello.
Le salto dos botones de la camisa y le sonrío como el maldito diablo que soy.
Sus ojos están a punto de salirse de las cuencas y toda la sangre abandona su cara, dejándolo completamente pálido.
Me acerco lentamente a su oreja y le digo lo suficientemente bajo para que sea apenas un susurro:
—No está bien prometer y quitar,. No está bien mandar a la gente que amas a una muerte prácticamente segura.
No está bien joder con la puta Bratva. —me separo un poco y lo miro a los ojos—.
Dime dónde está o te juro que salgo, le cuento todo a tu padre y luego vengo a cortarte la polla y hacértela tragar.
—Dudo que hagas eso. —el color vuelve a su cara y me sonríe—. Lo dudo muchísimo.
—¿Me estás provocando, hijo de puta? No me va a temblar la mano mientras rebano tu asqueroso miembro para metértelo en el agujero que más me convenza.
—Eso solo haría que la persona por la que has venido, muera. —me quedo quieto—. Así es, la he escondido de ti y te aseguro que la prefiero muerta antes que contigo.
—Eres un bastardo hijo de puta… ¿Matarías a tu propia hija?
—¿Por joderte a tí y salvar mi pellejo? Por supuesto.
La quiero, pero me quiero más a mí. Al fin y al cabo, ¿qué obtengo por una hija que no va a saber comportarse en un matrimonio?
Me la devolverían a los tres días; es impredecible e ingobernable.
Aunque tengo que reconocer que es mi mejor soldado.
—Mierda, ¿fuiste tú el del ataque a la universidad, verdad? —Fabrizio se ríe a carcajadas—. ¿Por qué?
—Ese hijo de puta de Arturo tenía que morir. Estaba ocupando mi lugar en su corazón y actuando a mis espaldas. No es que me importe mucho, pero, me gusta estar el número uno en todo.
—¡Casi la matas a ella! —grito intentando comprender.
—En todas las guerras hay daños colaterales.
Empiezo a comprender muchas cosas, como que nunca tuvo intención de entregarla en matrimonio.
Era una trampa para obtener tiempo y salvarse el culo.
Tampoco le importa que ella muera. No le importó la noche de recuento ni cuando mató a Arturo.
Aprieto un poco más el cuchillo contra su cuello, hasta que veo un leve hilillo de sangre manchar la hoja.
—Eres un padre de mierda. Llevas toda la vida escondiéndola para esto, para jugar la carta de la salvación.
Salvando tu culo cuando más lo necesitas, aunque eso haya significado ponerle una diana en la espalda.
La has manipulado con tu falso afecto y lo seguirás haciendo hasta que consigas que le metan una bala en la cabeza. ¿No es cierto?
—Este es el mundo en el que vivimos, Volkov.
Apréndelo cuanto antes o te llevarás muchas decepciones.
Así que ya sabes, de ti depende que ella siga viva.
—me ha agarrado bien por los cojones con esta amenaza—.
Si vuelves por aquí, si me llamas o me buscas un puto problema…
la hago dormir con los peces en el Jónico.
Tengo el impulso de apretar el cuchillo y rajarle el cuello; acabar con todo esto en este jodido momento, pero sé que ella acabaría enterándose y sería mi fin.
Retiro la hoja de su yugular y la cara de satisfacción de Fabrizio me da ganas de vomitar.
Alexei me mira y no me hace falta que haga ningún gesto para saber qué opina lo mismo que yo; tengo más opciones mientras él viva.
Me dirijo a la puerta y antes de salir, vuelvo la cara.
—La encontraré. Y cuando lo haga, te mataré. Es una jodida promesa.
Veintitrés días después de la desaparición de Ania
Llevo oficialmente de vuelta en Palermo tres semanas; tres semanas de reuniones y eventos, tres semanas intentando rastrear de nuevo a Ania sin éxito.
No me coge las llamadas, pero al menos de vez en cuando me escribe algún mensaje, sin decirme dónde está ni por qué se ha ido.
Aunque esto último yo ya lo sé. La patraña de su padre de que los rusos lo perseguían a él y ahora la persiguen a ella le ha funcionado.
La tiene bien escondida y sabe camuflarse; los dos lo hacen.
Por mucho que hackeo las cámaras que Fabrizio ha puesto, nunca obtengo nada.
Los oigo hablar por teléfono cada día, pero sin dar ningún dato útil.
Al viejo le han dicho que se ha ido a vivir un poco antes de meterse en un matrimonio y no sé qué mierda de meterse en el mundillo de la moda.
Me he metido en el teléfono de Fabrizio y no he encontrado ningún mensaje ni llamada a nadie.
Sus cuentas de banco están al mínimo y sin transacciones fuera de lo común.
Nada que me dé pistas de dónde puede tenerla escondida.
Sabe moverse sin dejar rastro, haciendo que mi vida sea un rompecabezas cada segundo que no estoy con algún negocio o reunión.
Cojo mi teléfono y releo una y otra vez cada mensaje de estas últimas semanas, como tantas veces he hecho últimamente, intentando encontrar pistas de su paradero. Me llega un mensaje nuevo.
Ania: De verdad que sé que quieres encontrarme, pero no puedo ponértelo tan fácil. No sería de buen acosador.
Yo: Deja de jugar conmigo. Reza por que no te encuentre, porque como lo haga, te juro que voy a encerrarte en mi habitación de por vida. Así aprenderás a no fugarte.
Ania: Eso no me parece una amenaza para nada y no me he fugado. Me estoy escondiendo de la gente que quiere matarme.
Yo: Nadie te está buscando, solo yo. Y puedo asegurarte que a quien se le ocurra tocar un pelo de tu cabeza, le sacaré el puto corazón.
Ania: Uhg, ¿también vas a mandármelo en una caja? El último regalo que me hiciste no tuvo mucho éxito. ¿Sabes? Eres un pelín sádico. Buenas noches, Cosi.
Yo: Ya no habrá más corazones en cajas. Al menos no uno que no sea el mío. Buenas noches, Tiff.