Diamante de sangre y poder (Diamantes de la Mafia nº 4) Capítulo 22
60%

Capítulo 22

Ania

Le cuelgo el teléfono a Cosi con el corazón roto.

Me miro al espejo de mi tocador y veo mi cara amoratada; nada comparado con mi estado de ánimo y el destrozo de mi mente.

Arturo ya no está. Recibió un balazo en la cabeza en medio de la fiesta y aún no entiendo cómo ni por qué.

Ni siquiera mi padre me ha contado nada.

No me ha llevado a ver su cuerpo ni le ha hecho un entierro.

Estoy completamente desolada con los últimos acontecimientos.

Cuando Arturo cayó y Cosi no apareció, no tuve más remedio que llamar a mi padre.

Estuve una hora metida en los bajos de uno de los camiones de catering hasta que escuche los disparos y las voces de los hombres de mi clan.

Lo peor fue llegar a casa. Mi padre me llevó a mi cuarto y me estuvo golpeando hasta que dejé de resistirme a los golpes.

No solo me castigó por escaparme, sino por meter a mi guardaespaldas en el problema y hacer que lo mataran.

Lo que él no sabe es que no hace falta que me culpe, ya lo hago yo sin su ayuda.

Llaman a la puerta, me levanto y quito el cerrojo con cuidado. Mi padre me mira con gesto amable y me acaricia la cara. Empuja la puerta y entra en mi habitación.

—Tenemos problemas. —apenas me mira cuando me lo dice—. Los rusos saben que fuiste tú quien los asaltó. Tienes que irte durante un tiempo, amor mío.

Creo que no he escuchado bien lo que me ha dicho. Me siento de nuevo en la silla y empiezo a respirar con mucho esfuerzo. ¿Voy a morir? ¿Por eso ha muerto Arturo? Mierda, mierda, mierda…

—¿Fueron ellos los del ataque de la otra noche? —mi padre asiente—. ¿Qué pasa con el abuelo?

—Tengo un plan. Respira. —se agacha a mi lado y me agarra la mano—.

Le diremos al abuelo que quieres irte un tiempo a vivir la vida; a disfrutar antes de que te meta en un matrimonio con algún cargo de la organización.

Dile que quieres investigar un poco el mundo de la moda para ver si podemos meternos en él y blanquear dinero.

—No va a creerme, papá. —mis lágrimas salen sin previo aviso. Ya casi no nos cree cuando le dijimos que me habían golpeado en los entrenamientos.

—Entonces, esfuérzate en hacer que lo haga, Ania.

Es nuestra única salida. Si te pillan estás muerta y si me pillan a mí, estoy muerto.

Te enviaré a Milán. Allí hay mucha parte de la organización y estarás segura.

Seguirás usando tu nombre falso. No debes dejar que nadie te descubra, ¿me oyes?

No le digas a nadie dónde estás. Ni siquiera des ninguna pista cuando hablemos por teléfono por si nos están pinchando la línea.

El abuelo ya está mayor y tiene el corazón blando.

Ya está sensible con que tengas la cara así. Cederá.

Me llevo las manos a la cara y empiezo a llorar.

Nunca he estado lejos de mi familia y aunque lo he deseado con fuerza, no sé qué hacer sin ellos.

No sé cómo funciona el mundo exterior. No sé qué hacer aparte de comprar en el mercado y salir de noche con las chicas.

¿Qué pasará cuando Cosi venga a buscarme?

Porque por mucho que le haya dicho que me olvide, ese bastardo no va a dejarlo estar. Vendrá a por mí… Lo sé.

Mi padre me da un golpecito en el hombro y se va a su oficina, habiéndome advertido que me iré en un par de días.

Le diremos a mi abuelo que ya tengo un trabajo.

Él siempre hace lo que yo quiero… Según mi padre, lo tengo comiendo de mi mano.

Respiro hondo y voy en su busca para hacer el papel de mi vida.

Pavel

Una semana después del accidente

Estoy por fin en mi casa, después de unos días de mierda en el hospital.

¿He pedido el alta voluntaria? Sí, pero es que no aguantaba un puto día más ahí dentro.

Me encuentro en mi oficina mirando las cámaras de seguridad que puse en casa de Ania, intentando arreglar el audio que parece haberse jodido aún más de lo que estaba.

Tendré que mandar a Vladimir a arreglarlo en cuanto vuelva de Palermo; se calentó un poco la cosa ayer con los rumanos y lo mandé a relajar el ambiente…

O más bien, a que se relajase él mientras ve volar trozos de persona por los aires.

No entiendo el tipo de sadismo de ese hombre, pero tampoco voy a quejarme.

Él es feliz haciendo volar cosas. Yo soy feliz con que mantenga a mis hombres a raya.

—¿Pavel? —Sergei asoma la cabeza por el pasillo—. Tenemos problemas.

—¿Qué ocurre? —me incorporo un poco en la cama, dejando el ordenador a un lado.

—Han llamado de Palermo. La cosa se está poniendo fea. Han disparado a Nikolai; es grave. —veo la cara de tensión y su mandíbula apretada.

—¿Vova? —pregunto intentando descifrar la angustia que se refleja en su cara.

—El pecho rajado de lado a lado. Nada de vida o muerte.

—Mierda, prepáralo todo. Quiero irme en menos de una hora. Esos hijos de puta se van a arrepentir.

—No puedes ir así a ninguna parte, Pavel. Estás débil.

—No me toques los cojones, Sergei. Muévete, quiero irme cuanto antes.

Sergei asiente, sabiendo que no tiene otra opción, y se va por donde ha venido, dejándome solo de nuevo delante de la pantalla.

Veo a Fabrizio en la habitación de Ania y no parecen contentos ninguno de los dos.

Es una conversación más acalorada de lo normal.

Empiezo a maldecir por las cámara de mierda que pusimos; no puedo escuchar nada.

Espero mientras veo en la pantalla cómo su padre sale de la habitación.

Ania se lleva las manos a la cabeza y da vueltas con algo parecido a un gesto de preocupación en su cara.

Saco mi teléfono y tecleo rápido, aunque cambio de opinión.

Lo borro todo y la llamo, esperando que no me ignore como estos últimos días.

La veo meter la mano en el bolsillo trasero del pantalón; mira la pantalla por un momento y se lleva una mano a los ojos.

¿Se está secando las lágrimas? ¿Ha llorado?

Puto Fabrizio. Ojalá alguien le pegue un tiro por mí. Me cuelga. Mierda. Tecleo rápido.

Yo: Solo quiero saber que estás bien. Necesito que me digas que estás bien, Ania.

Sigo mirando la pantalla. Veo cómo se sienta en la cama y lee el mensaje. Teclea una respuesta rápida y escueta, como siempre, y tira el móvil a un lado para tumbarse en la cama con una almohada en la cabeza. Leo la respuesta.

Ania: Estoy bien.

Yo: No quiero un puto mensaje, Ania. Quiero escuchar cómo lo dices sin que se te quiebre la puta voz. Quiero que me digas la verdad. ¿Por qué eres tan jodidamente testaruda?

Tarda diez putos minutos en contestar. La veo teclear, pero no manda respuesta. Deja el móvil y lo vuelve a coger. Teclea de nuevo. Así unas cuantas veces más hasta que me llega su respuesta.

Ania: Todo se está desmoronando, necesito tiempo.

¿Tiempo, tiempo para qué? Marco su número de nuevo y la llamo.

Me cuelga y yo vuelvo a marcar. Repetimos la acción tres veces, hasta que apaga el móvil, dejándome jodidamente iracundo y mirando la pantalla mientras escucho su buzón de voz.

Cuelgo el teléfono mientras cierro el ordenador de un golpe.

Me levanto de la cama como puedo y me voy.

Encuentro a Alexei y Sergei ya casi preparados para volar a Palermo a matar rumanos.

Supongo que en la cara se me nota el jodido mosqueo que llevo encima porque no sueltan palabra desde que me ven hasta que llegamos al avión.

Nos sentamos en los asientos del Jet y despegamos. La tensión es palpable en el ambiente.

—Están bien. Vamos a solucionarlo. —digo lo más tranquilo que puedo—. Esos hijos de puta están acabados.

Los dos asienten, pero ninguno responde y el silencio inunda el espacio durante el tiempo que dura el vuelo.

Al bajar del avión, nos recoge Romanov y nos lleva de vuelta a casa, donde Nikolai está en la cama de su habitación con un gotero enganchado al brazo y todo el pecho cubierto de vendaje.

Vladimir se sienta a su lado en la mesa, montando lo que parece ser una bomba.

La decisión de esos putos rumanos no ha sido buena; este cabrón va a volarlos por los aires. Levanta la cabeza y me saluda.

—Cuéntame todo lo que ha pasado. —le digo—. ¿Cómo os han pillado desprevenidos?

—Hay un topo. —me dice mirándome fijamente—. Sabían que veníamos. Alguien dio el aviso en Catania y nos interceptaron de camino hacia aquí.

—Mierda, ¿quien llamó para informar de los ataques para que viniéramos? —le pregunto.

—Rossi, fue Rossi. Hace diez minutos que rastreé todas sus llamadas como me enseñaste. Solo hay un número. —su mandíbula se endurece—. Fabrizio Giordano.

Mi cuerpo se congela. Miro a Alexei y de nuevo a Vova. La ira me consume lentamente. Ese cabrón firmó su sentencia de muerte el día que mandó a su hija a matarme… Es cuestión de tiempo que vaya a por él,. Solo tengo que curarme la puta pierna.

—Cinco centímetros más abajo y le habría perforado el pulmón, Pavel. —me dice Vova mirando a Nikolai—. No habría podido salvarlo.

—Ha sido una puta trampa. Lo ha hecho todo él. Él ha agitado el avispero, él ha dado la alarma y él nos ha traído hasta aquí. —dice Sergei—. ¿Por qué?

—No lo sé. ¿Venganza? —pregunta Alexei—. Casi nos mata a todos en la noche de recuento. No me extrañaría que quisiera acabar el trabajo.

Nikolai se mueve y se queja mientras lo hace; se intenta sentar sin éxito. Sergei se abalanza sobre él y lo ayuda a incorporarse un poco. Intenta hablar, pero apenas tiene voz. Solo es un susurro.

—Ania —todos nos quedamos en silencio y nos miramos unos a otros—.

Rossi ha estado hablando por teléfono cerca de mí esta mañana.

Hablaba con Fabrizio… pero los calmantes no me dejaban moverme ni hablar.

Casi no podía ni abrir los ojos. Quiere sacar a Ania de casa para llevársela y sabe que tú no lo vas a permitir.

No después de amenazarlo el otro día para que hablara con ella.

—No, no, no —me llevo las manos a la cabeza—. Vova abre las cámaras de la casa de Fabrizio. —Vladimir teclea con rapidez. Se abren todas las pantallas y en ninguna está ella—. Joder, joder, joder. Mira las grabaciones de las últimas horas.

En cuanto Vova le da al play, la veo. Tres maletas, chándal, moño y cara de pocos amigos. Su padre le da un abrazo que ella no le devuelve. ¿De esto se trataba lo de esta mañana? Le escribo un mensaje.

Yo: ¿Dónde coño te has metido?

La llamo más de diez veces y, en todas y cada una de ellas, me salta el contestador.

—No han salido vuelos después del vuestro, Pavel. —me dice Vladimir—. El coche iba sin matrícula; no puedo rastrearlo.

Mi vida entera acaba de desmoronarse. Se han llevado el diamante más valioso que he poseído nunca.