Diamante de sangre y poder (Diamantes de la Mafia nº 4) Capítulo 21
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Capítulo 21

Dos años y medio desde el contrato de matrimonio

En la oficina de Fabrizio hace un calor de cojones. Está mirándome desde su silla con cara de pocos amigos. No le hace ni puta gracia que esté aquí pidiendo información sobre Ania.

Quiero saber qué tal le van las clases. Ya casi está terminando y va llegando el momento de decirle la verdad.

No quiero seguir alargando lo de Cosi mucho más tiempo; me cuelo en su cuarto cada vez que vuelvo a Palermo.

Este año he viajado muchísimo y, aunque hablamos a diario, la echo de menos.

Necesito que venga conmigo y estemos juntos cada día, pero, por la cara que me está poniendo Fabrizio, sé que las cosas no van a ser fáciles.

—Aún le quedan unos meses de clase, Pavel. Dejaste claro que tendría que acabar sus estudios antes de casarse. —me habla con cara de asco.

—Eso dije, sí. No quiero que se case conmigo ahora mismo, pero sí quiero que le cuentes la verdad. Quiero que vaya haciéndose a la idea de que soy su futuro.

—Conozco a mi hija. Solo se enfadará por hacer las cosas a sus espaldas y se desconcentrará. No voy a jugar con su último año de carrera. —bebe de su copa sin dejar de mirarme.

Me acerco a él y lo agarro por el cuello de la camisa. Se derrama medio vaso encima y comienza a temblar.

— Si esto es una táctica para mantenerme alejado de ella, no te va a salir bien.

Tengo mucho más poder de lo que crees para llevármela sin tu permiso.

Incluso si es en contra de su voluntad. ¿Entiendes lo que te digo?

Tiene un mes para terminar desde hoy. Vendré a por ella y me la llevaré aunque tenga que matarte en el proceso, como debí hacerlo cuando la metiste en esa puta misión donde podría haber muerto.

Le suelto la camisa y salgo de la oficina.

Mi cabeza quiere girar y mirar hacia su ventana, pero si alguien me ve, me saldrá caro.

Se supone que no sé nada de la casa de Fabrizio y mucho menos dónde duerme Ania.

Aunque habría que ser muy estúpido para pensar que no he investigado lo suficiente sobre ella… Pero de momento, voy a dejarlo estar.

Me subo al coche y Alexei arranca. Abro la aplicación de mi móvil y miro a través de la cámara; veo a Ania asomada a la ventana, fulminando mi coche con la mirada. ¿Le habrá hablado su padre de mí en algún momento? Le escribo.

Yo: ¿A quién estás mirando con esa cara de querer arrancarle la cabeza, Tiff?

Vuelvo a la app de seguridad y veo cómo se mete dentro de la habitación y agarra el teléfono; sonríe y empieza a teclear.

Ania: Los rusos siguen viniendo a amenazar a mi padre. Solo es cuestión de tiempo para que me mande ora vez a exterminarlos.

El pensamiento de su padre volviendo a mandarla a una misión donde pueda encontrar la muerte me llena de ira. Ese hijo de puta la usa de mercenario para arreglar sus problemas y ni siquiera le cuenta la puta verdad. Contesto lo que se me ocurre, porque si le digo lo que pienso me bloquea.

Yo: Avísame esta vez. Mantenerte con vida no resulta tan fácil como esperaba…

Me responde con iconos de fueguitos y bombas; maldita psicópata. Tres segundos después me llega otro mensaje. Solo veo la pre visualización antes de llamarla.

—¿Cómo que sales esta noche? —le digo en cuanto escucho que descuelga la llamada.

—Relájate, en la universidad hacen una fiesta de fin de carrera antes de los exámenes finales. No voy a clases presenciales, pero iré con mis amigas a celebrar que por fin acabo este infierno. No es en una discoteca, es en la propia universidad. Arturo vendrá conmigo.

—¿Tu padre te ha dejado asistir? —pregunto sorprendido.

—¿Estás loco? Le lloré un poquito a Arturo y accedió a sacarme de casa y acompañarme. Sabía que siendo en la universidad no iba a decirme que no.

—Maldito sea. —maldigo al guardaespaldas por no negarse él y poder consentirla. Ahora no puedo oponerme yo o seré el malo—. Vale, pero cualquier cosa que pase que veas que está fuera de lugar, me llamas. Estaré atento al teléfono.

—¿No me acosarás? —pregunta incrédula.

—No, Tiff. Hoy no, te daré espacio. Además vas con Arturo… Disfrútalo.

—Gracias, Cosi. Hablamos más tarde. Voy a preparar las cosas, adiós. Te quiero.

Me cuelga dejándome con ese primer te quiero en el aire. Sorprendido, me aparto el teléfono de la oreja y lo miro como si me fuera a dar una respuesta a qué es lo que cojones tengo que sentir en este momento.

En las siguientes horas, Ania me va dando actualizaciones de todo lo que hace. Me manda fotos de su ropa y selfies de ella con su maquillaje. Jodidamente espectacular…

Estoy cenando en la cocina. La casa está en silencio.

Kolya está en el gimnasio, Vova montando mecanismos para bombas en su habitación y, seguramente, Sergei esté con él.

Alexei es el que no ubico ahora mismo; anoche estaba muy tenso y hoy al llegar a casa después de la reunión con Giordano, ha cogido una de las motos y se ha ido solo.

No sé ni siquiera si ha vuelto. Me levanto de la silla y voy al único sitio donde sé que podría encontrar a Alexei cuando no está en el salón leyendo el periódico.

Abro la puerta que lleva al sótano y bajo las escaleras.

Saco las llaves y las meto en la cerradura de la puerta blindada que da acceso al lugar de relajación favorito de mi amigo.

En cuanto abro, la voz de María Callas cantando La mamma morta inunda mis oídos.

Encuentro a Alexei absorto en lo que hace con una precisión extraordinaria; tiene a un hombre de unos cincuenta años atado ya inconsciente en la mesa metálica.

Le está arrancando la piel a tiras y todo el suelo a su alrededor está manchado de sangre.

La tensión ha abandonado sus hombros y está mucho más contento de lo que estaba esta mañana.

A veces él necesita esto, aunque yo no lo entienda. No comprendo la paz que le da a este cabrón matar a la gente en el puto sótano escuchando ópera.

—¿Vas a quedarte mirando o piensas ayudarme? —me pregunta a la vez que la música cambia a La Traviata.

—¿Qué ha hecho este pobre? —me acerco a la mesa remangando los puños de mi camisa—. Dame algo con lo que trabajar.

—No sé, tenía pinta de gilipollas. Me miró mal mientras intentaba desahogarme con una botella de vodka en el bar.

Se encaró conmigo y se fue. Le perseguí hasta su casa y a través de la puerta escuche como pegaba a su mujer y a su hija.

Tiré la puerta abajo y simplemente acabó en mi mesa. —se encoge de hombros.

—Mierda… ¿Te vieron la cara? —lo miro a los ojos mientras niega—. Dame los bisturíes.

—Necesitaba esto; mis nervios estaban arañando mi cerebro. —me pasa los bisturíes y unos guantes.

—Estás peor que Kolya, maldita sea.

Me pongo con él a hacer lo que más me gusta, destripar.

Estamos mano a mano cuando mi teléfono empieza a sonar, pero estoy tan absorto en lo que estoy haciendo que apenas presto atención.

Miro el reloj que hay en la pared encima de todas las herramientas que Alexei tiene perfectamente colocadas para cuando necesita “trabajar”.

Son las doce y media de la noche. Mierda, me he olvidado de que Ania ha salido.

Me limpio las manos con un trapo después de quitarme los guantes y lavarlas.

Saco el teléfono. Tengo tres llamadas perdidas.

Trago saliva. El vello de mi nuca se eriza; sé que algo anda mal.

Marco la rellamada y al cogerlo, escucho mucho ruido, pero no la voz de Ania.

—¿Ania? Respóndeme. Dime qué está pasando.

—¡Lo han matado, lo han matado! —grita llorando. Escucho disparos y gente gritar—. Creo que los rusos me han encontrado, joder. Me van a matar.

Está tan jodidamente manipulada por Fabrizio que piensa que hemos ido a por ella. Puedo escuchar los engranajes de su cabeza desde donde estoy.

—Cosi, no tengo armas. No puedo defenderme aquí. —me congelo.

—¡Joder! ¿Cómo se te ocurre salir sin una puta pistola? Mierda, voy para allá. Escóndete donde puedas.

—¿Qué pasa con el anonimato?

—Me importa una mierda el anonimato cuando estás a punto de dejar que te peguen un tiro, Ania. ¡Escóndete!

Cuelgo y me voy de casa sin decirle a nadie donde voy. En cuanto la escuche gritar, salí del sótano corriendo, dejando a Alexei atrás.

Me subo al coche y conduzco como si me fuera la vida en ello; no la mía, la suya.

¿No puede haber elegido otra noche para salir que no sea la que estoy hasta el culo de sangre?

Al menos la carretera está tranquila y puedo ir adelantando a los pocos coches que hay.

A velocidad normal tardaría algo menos de una hora en llegar, pero como voy como alma que lleva el diablo, no tardo más de veinte minutos en entrar en los alrededores de la universidad.

Me salto el primer semáforo, sigo recto y en cuanto giro la esquina, todo se funde a negro.

Tres días después

Me pesa el cuerpo, los párpados, el pecho… Respirar no es fácil. Entra aire por mi nariz y siento frío. Intento abrir los ojos y me parece casi imposible. El sonido de fondo me está poniendo nervioso; un goteo. No, un pitido continuo. Muevo una mano y una voz me habla.

—Joder, menos mal. —Sergei.

—¿Dónde estamos? —sigo sin apenas poder abrir los ojos.

—En el hospital. Tuviste un accidente de coche hace unos días. Chocaste con un puto camión de la basura, joder. ¿Puedes tener menos glamour?

—Mierda, Ania. Dame mi teléfono. —intento incorporarme, pero un dolor intenso me sube por la pierna—. ¿Qué coño me pasa?

—Te has partido una pierna. Podrías haberte roto la cabeza y haberme dejado el cargo a mí…

pero no. Te operaron de urgencia. Tu fémur y pelvis fracturados estuvieron a punto de seccionar la vena.

Te han sustituido la cadera por una de titanio.

Tienes para un par de semanas jodido. Y respecto a la chica, está bien.

Vova hace una ronda por las cámaras cada dos horas y vigila que Ania siga viva…

Tu móvil está reventado; Kolya te ha conseguido otro. —me pasa una caja.

—¿Viva? —mira al suelo—. Escúpelo

—No tenía a nadie que la recogiera, mataron al guardaespaldas y llamó a su padre… Él fue a buscarla. Al llegar a casa, le dio una paliza que casi la mata.

Intento levantarme pero el dolor me consume.

Cojo la caja del nuevo teléfono y meto el duplicado de tarjeta que traía.

Enciendo el teléfono e instalo las aplicaciones mínimas pertinentes para poder comunicarme con Ania y el móvil empieza a pitar con miles de mensajes de Ania de la noche del accidente.

Ania: ¿Dónde estás?

Ania: Sigo escondida. Los tiros no paran.

Ania: Dijiste que venías. Eres un cabrón.

Ania: He tenido que llamar a mi padre. Que te den.

Ania: ¿Por qué no coges el teléfono? ¿Dónde coño estás? Mierda, ni siquiera te importa si llego bien a casa o no.

Ania: Me estás preocupando. Llámame.

Y muchos mensajes como estos entre el odio y la preocupación. Marco la tecla de llamada y rezo porque me lo coja después de mandarme a la mierda como veinte veces. Sergei me mira desde la silla.

—¿Qué? — espeta en cuanto coge el teléfono.

—Hola, primero que nada. —le digo—. ¿Estás bien?

—No gracias a ti. Eso desde luego. Me dejaste tirada. — no sé si está enfadada o triste. No soy capaz de diferenciarlo en este momento.

—Eso parece, sí. Lo siento, me llamaron con algo urgente. —miento.

—¿Más importante que la vida de la persona con la que juegas a diario?

Porque eso es lo que haces conmigo: jugar.

Me mareas diciéndome que soy tuya y todas esas mierdas.

Te metes en mi casa todas las putas noches que puedes y me comes la boca para luego, cuando estoy pendiendo de un hilo…

desaparecer. Ya te dije que estaba harta aquella noche que mataste a aquel tío y te las arreglaste para que siguiera a tus pies como un perro con tu puta palabrería. ¿Ahora qué?

—Algún día te lo explicaré. Tengo que colgar. —no sé qué contestar a todo esto.

—No hace falta. No llames. No vuelvas por casa. Olvídame.

Me cuelga sin decir adiós. Me cuelga, dejándome con ese «olvídame» retumbando en mi cabeza. Separo el móvil de mi oreja y miro la pantalla. Ella cree que la dejé tirada… Cree que sería capaz de dejarla allí en medio de un tiroteo.

—Oye… —Sergei me saca de mi propio pensamiento—. ¿Por qué no le has dicho lo que ha pasado?

—Porque es un buen soldado. Si le cuento lo que ha ocurrido, querrá saber más.

Investigará y dará con la ficha del accidente antes de que nos dé tiempo a borrar todas las huellas.

Sabrá quién soy y todo acabará sin más. Todo por lo que he esperado estos años…

Todo lo que he hecho por estar más cerca de ella; todo habrá sido en vano.

Además, ella ya creía que la había dejado tirada.

Si es capaz de creer eso, entonces es mejor así.

—Pero no vas a dejarlo así, ¿verdad? —se ríe.

—Claro que no. Seguiré cuidando de ella hasta que tenga fuerza suficiente para volver a colarme en su casa y decirle cuatro cosas a la puta cara. Ahora, haz el favor de largarte a casa y traerme algo de ropa en condiciones para que no se me vea el culo cuando me levante con esta puta bata.

—Está bien, maldito cascarrabias. —se levanta y va a salir de la habitación, pero se para en el marco de la puerta—. Feliz cumpleaños, hermano.

Mierda, es mi cumpleaños. Mi cumpleaños número veinticinco.